lunes, 28 de diciembre de 2015

Fargo. Season 2.

Suelo ver las series a toro pasado, sin riesgos, quiero decir que las veo cuando ya llevan un tiempo emitiéndose, o incluso ya han finalizado y puedo tener una perspectiva más acertada de si una serie me agradará o no. No me atrae mucho eso de meterme en una serie que no sé bien de lo que va, aunque algunos casos también hay. Tampoco me gusta ser esclavo de la rigidez de la programación de las series. No quiero estar pensando que el siguiente capítulo se emite tal día y que ese día hay que estar sentado a tal o cual hora frente al televisor para no perderme el capítulo. No tengo esa ansia por la novedad, ni por estar al día, y la tecnología hoy día me permite relajarme en ese aspecto.

De manera que en raras ocasiones veo algo en estreno de televisión. Pero como todo tiene su excepción la segunda temporada de Fargo ha sido una de esas. Cada fin de semana, o sino el lunes como muy tarde, mi santa y yo nos sentábamos en el sofá por la noche dispuestos a disfrutar del capítulo que se había estrenado en la semana anterior. Ni sé el canal ni sé el día ni la hora, pero sé que cada semana teníamos un capítulo nuevo en el menú de series del paquete digital. No podría decirse que es ver algo en estreno pero casi.

La segunda temporada de Fargo ha sido una grata sorpresa. No voy a escribir mucho sobre ella porque no me gusta destripar nada. Puede que me haya gustado quizás menos que la primera temporada, pero también me ha gustado. Si hay una tercera temporada de Fargo -que parece que sí- no me la pienso perder, ustedes hagan lo que quieran, pero no digan que no les avisé.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Odio las campañas electorales

Cada vez tengo más claro que detesto las campañas electorales. Ver a un político hablar me parece una absoluta pérdida de tiempo. Dicen que tienen propuestas, que las soluciones económicas les salen de las orejas, que en el bolsillo tienen una barita mágica y sólo les falta decir que si te tocan en el hombro te sanarán o te tocará la lotería. Los observo y saco mis conclusiones más de su expresión corporal, de lo comedido o abrumador de sus gestos, que de lo que les sale por la boca. Todos creen ostentar la razón y todos creen fervientemente que son la solución a nuestros problemas. Mantienen una seguridad sobre sí mismos desbordante, una palabrería admirable. Tampoco admiten tener lagunas en sus impecables programas electorales y todas sus estupendas propuestas parecen ser soluciones eficaces a nuestros problemas.

Sin embargo, después de estar oyéndolos unos pocos minutos, mientras te cuentan sus múltiples ideas innovadoras y sus propuestas acomodadas a las soluciones individuales pero enfocadas en el problema general y tal y tal, comprendes que llevas escuchándolos un buen rato hablando maravillas de lo que van a hacer pero no han explicado nada del cómo lo van a hacer.


Esta actitud me parece muy desconcertante, pues a mí me pasa todo lo contrario. Mientras más edad tengo más dudas me surgen. Cada día tengo más incertidumbres, y cada vez tengo más claro que lo que me hace bien por un lado me perjudica por otro, y que por muy bien que haga una cosa siempre tengo la seguridad de que podría hacerse mejor. Tengo tan claro que las cosas buenas no necesitan publicidad y que es mucho mejor obrar que hablar, que me parecen charlatanes de feria. Entonces cambio de canal y casi cualquier cosa que encuentre mejora lo anterior, así recuerdo por qué detesto tanto las campañas electorales.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Narcos. Temporada 1.

Comencé a ver la serie Narcos casi por casualidad. Alguien en un grupo de WhatsApp comentó que la estaba viendo y que andaba enganchado y ese mismo día, inesperadamente, casi como ocurren las mejores cosas, tuve un hueco libre y decidí ver el primer capítulo. La serie trata sobre la lucha del gobierno colombiano y la DEA contra los narcotraficantes colombianos, y más concretamente contra Pablo Escobar.

Narcos es una adictiva serie de diez capítulos de algo menos de una hora cada uno, en el que Pablo Escobar hace y deshace a su antojo todo lo que le rodea. Abastece a las fábricas de cocaína, prepara las rutas desde la profunda selva colombiana hasta las mismísimas narices de los jóvenes universitarios californianos. Compra a los agentes de adunas, controla a la policía de Bogotá, posee más armamento que todo el ejército Colombiano junto. Asesina, secuestra, amenaza, extorsiona jueces, policías, políticos. Nada escapaba a su influencia. Nada, o casi nada.

Es una serie dura, donde igual se mete un tiro en la nuca, o se mata a golpes con una barra de acero que se tortura a cuchillo. Con Pablo Emilio Escobar Gaviria no había medias tintas, o estabas con él o contra él, y aún estando de su parte tu vida dependía de su antojo. La elección era obligada: plomo o planta. El patrón, como se le conocía, no era partidario de dejar cabos sueltos, y cuando sospechaba que algo no iba bien, cortaba de raíz. Espero con impaciencia la segunda temporada.

martes, 15 de diciembre de 2015

El jamonero

Eran sobre las ocho y media de la noche cuando salí de trabajar y fui directo al supermercado a hacer la compra que mi santa me había whatasappeado minutos antes. Una lista digital de la compra. Los tiempos cambian. 

Minutos después caminaba por uno de esos gélidos pasillos de supermercado y mi barriga se retorcía de mala manera al ver tanto alimento transgénico. Mal momento para hacer la compra -pensé-, con el apetito que suelo manejar normalmente, a estas horas del día, no hace falta tener mucha imaginación para comprender que iba a encontrarme con alguna tentación imposible de evitar. Una pared atiborrada de patas de jamón fue el anzuelo que no supe esquivar. Las navidades, los Reyes Magos, la paga extra de mi santa, o que el Málaga le ganó al Rayo... cualquiera de ellas me pareció una excusa adecuada.

Una vez con el jamón en casa sólo faltaba sacar el jamonero para ponerme manos a la obra.  Por el trastero debía estar perdido, así que ni corto ni perezoso bajé a buscarlo. Una jamonero rústico de madera, simple y sencillo. Sería fácil de encontrar. Nuestro trastero tiene sólo cuatro metros cuadrados de superficie, pero son cuatro metros cuadrados de desorden absoluto. El caos hecho trastero. Tras veinte minutos removiendo polvo, trastos y cajas de cartón no lo encontré. Pero no perdí el ánimo, subí a casa para preguntar a mi señora que tiene un gran olfato para encontrar cosas y  minutos después regresé al trastero con la mejor ayuda posible: mi mujer. Ahora sí, sería mucho más fácil.  Éramos dos removiendo cajas y trastos en cuatro metros cuadrado de anarquía absoluta. El imperfecto desorden laberíntico en el reino del caos. Cajas de batidoras, de plancha, de árbol de navidad, botes de pintura, la sombrilla y las sillas de la playa, esterillas viejas del coche, un reproductor de vídeo VHS, las cajas de los apuntes de la universidad, un par de cuadros, la cesta con las palas y los cubos de la playa, una mesita de noche, encontramos de todo pero no encontrábamos el jamonero. Llegó el momento en el que teníamos la certeza de que aún removiendo cajas dos días más nunca encontraríamos el jamonero. Parecía que buscáramos una diminuta partícula de hidrógeno en la inmensidad infinita del espacio exterior. Una tarea inalcanzable, absolutamente estéril. Regresamos a casa sin el jamonero dichoso, pero al menos nos deshicimos de tres o cuatro cajas que llevábamos guardando inútilmente varios años. Batalla perdida.

Después en la cama con las luces apagadas mi cabeza todavía seguía encendida. ¿Tiraríamos el jamonero la última vez y no lo recuerdo? ¿lo habremos prestado? ¿si no lo guardamos en el trastero... ¿dónde diantres lo haríamos?

Esta noche me parece que tengo un nuevo viaje espacial. 


martes, 8 de diciembre de 2015

Breaking Bad. Season 2.

Ya he escrito por aquí que últimamente casi sólo nos dedicamos a ver series, que es el formato que mejor se ajusta a nuestra falta de tiempo libre, pero también habría que añadir que las series, a mi juicio, han dado un gran salto de calidad en los últimos tiempos.

Ahora hemos terminado la segunda temporada de Breaking Bad, que si bien los primeros capítulos fueron trepidantes luego se paró y nos dejó un poco extrañados porque desde el primer capítulo de la primera temporada había llevado un ritmo trepidante, pero a los pocos capítulos, afortunadamente, la trama se recondujo de nuevo a la gran serie que es.

Lo que más me gusta de Breaking Bad es lo impredeciblemente desconcertantes que son los guiones. Difícilmente pueda uno si quiera medio adivinar lo próximo que vaya a ocurrir, aunque a veces esa misma circunstancia, si no es lo suficientemente convincente puede llegar a parecer absurdo. En el final de la segunda temporada me ha pasado esto, es tan inverosímil que no me lo creí, pero como es más un artificio de decorado que un maniquí principal, al final no quedó tan mal.

Ahora para la tercera temporada espero un paso más. Un siguiente paso contundente, donde algunos pequeños dobleces que quedaron a la vista, se solapen definitivamente. Ya estoy ansiosamente preparado para el primer capítulo de la tercera temporada.


domingo, 6 de diciembre de 2015

El desvío a Santiago - Cees Nooteboom

Hay libros y autores que son inclasificables, los casos que ahora me ocupan en esta entrada son dos de ellos. 

El autor es tanto articulista, como novelista, autor de guías de viaje, historiador y poeta. Algo así como un renacentista de la escritura. El libro es harina de otro costal, pero antes me gustaría responder a la pregunta fundamental sobre un libro: ¿qué tal está el libro? No podría decirles menos que es un libro estupendo, tremendamente recomendable. Para leer y disfrutar a pasitos cortos. Una acertada recomendación. Para la siguiente pregunta -¿de qué va?- me costaría horrores encontrar una respuesta acertada, pero como soy hombre de retos inalcanzables voy a intentarlo.

El desvío a Santiago es básicamente un libro de viaje (¿qué libro realmente no habla de un viaje?), el viaje alrededor de El Camino de Santiago, pero teniendo en cuenta que al mismo tiempo es un libro de historia, ¿qué es el camino de Santiago? ¿cómo se creó? ¿qué sentido tenía hace siglos? ¿cómo ha ido evolucionando? ¿qué personajes relevantes tejen la historia alrededor de El Camino de Santiago? Todo esto se explica en sus páginas simplemente imaginando situaciones, explicando los entresijos históricos de los que todos hemos oído hablar alguna vez. 

Podemos empezar afirmando que El desvío a Santiago es un libro sobre un viaje, o mejor, sobre varios viajes, pero al mismo tiempo también es un libro de historia, y habría que añadir que además un diario, el diario intermitente y sinuoso del autor holandés por los distintos Caminos de Santiago que ha recorrido a lo largo de su vida. Un diario personal en el que la historia va conectada con el  camino, en la que el autor nos cuenta sus anécdotas y sus ocurrencias. Lo mismo nos habla del hombre junto al que se sienta en la barra de una vieja tasca de un pueblo apartado como del erudito guía de una catedral de capital. Sueños y pesadillas, venganzas y desaires, degüellos y traiciones, guerras y batallas, religión y locura, oportunidades desaprovechadas y enlaces interesados. Emperadores y reyes, cetros y coronas, sangre y poder, la historia repetida una vez tras otra. La cíclica historia que se repite. La historia está repleta de pequeñas intrigas que completan la hache mayúscula que preside la Historia. Nooteboom pasea por los lugares elegidos, allá donde la historia clavó sus circunstancias. Campos de batallas, lugares santos de peregrinación, salas capitulares, tronos, en definitiva, nos muestra el papel sobre el que se firma con sangre la Historia.

Si con todo esto no fuese ya suficiente, el libro además está bañado en el oro del arte. Catedrales góticas enormes, esculturas y relieves majestuosos, cuadros de incalculable valor. Ostentación y riqueza. Pequeñas y sobrias iglesias románicas, pobreza en el interior y simpleza en el exterior, exhibicionismo en obispos y austeridad en los claustros. Humildad versus vanidad. Fortunas que cambian de manos como coronas de cabezas. Herederos y usurpadores. Un libro que flexibiliza y despliega el conocimiento. Un libro que he releído mientras leía. Que me ha obligado a volver atrás un capítulo entero porque el placer ha sido inmenso y deseaba volver a él. La historia como ejemplo democrático y aleccionador. Un libro que me prestó mi amigo Miguel, al que le estoy muy agradecido. Un libro que después de leerlo sé que algún día me tendré que comprar, aunque eso en realidad ya lo sabía tras los primeros capítulos.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Scott Weiland

Esta mañana nada más despertar, echando un vistazo por las noticias en Internet me llega un mensaje por Whatsapp de un amigo diciéndome que Scott Weiland ha fallecido. El que fue cantante de las bandas de rock Stone Temple Pilots y Velvet Revolver  ha dejado este mundo a la edad de 48 años. Las circunstancias de la muerte son por ahora bastantes confusas, pero en realidad sea lo que fuere ya casi no tiene importancia. Un músico menos en el mundo es un mundo peor. Eso es lo cierto.

Los dos primeros discos de Stone Temple Pilots fueron banda sonora de mis días allá por los primeros noventas. Los escuché tropecientas veces entonces y desde entonces los sigo con atención. Suelo tenner cosas suyas siempre en el móvil y en los cds del coche. Siempre he tenido la esperanza de que se unieran y de verlos en directo, pero ya no va a ser posible definitivamente. Va a ser que no. En fin, para quitarme este mal sabor de boca,  voy a ponerme la discografía completa en los oídos y para ustedes les dedico este vídeo de su primera época. Espero les ayude.



Interestate love song - Stone Temple Pilots

jueves, 3 de diciembre de 2015

Arte callejero 35


Muchas veces cuando estoy delante de una obra de arte me pregunto qué es lo que realmente pretendía el artista representar con el cuadro, qué se dejó fuera, qué ocultó, qué no incluyó del cuadro, qué se le escapó o dejó escapar. En ocasiones es fácil de deducir o están implícitas las respuestas, pero en la mayoría de las ocasiones hay que tirar de imaginación, pues el artista pinta en un atelier o directamente en un exterior pero o bien no pinta lo que tiene delante, o bien lo acota. A mí, por simple divertimento, me gusta imaginarme qué hay detrás de un cuadro. Este graffiti me facilitó el ejercicio.


martes, 1 de diciembre de 2015

Happy eighty Woody

Hoy, primer día de diciembre, es el cumpleaños de Allan Stewart Königsberg, genio nacido en Brooklyn, más conocido como Woody Allen. Ochenta tacos en la buchaca. Es sin duda mi director de cine favorito. Le tengo un cariño especial porque lleva toda mi vida haciéndome reír, año tras año, incansable y puntualmente. Su agudo ingenio, sus alocadas ocurrencias, sus giros en los diálogos, sus gags de dos frases, sus guiones surrealistas, sus fobias, sus citas sobre la vida, la muerte y el futuro. Todo me encanta.

Así que quería aprovechar la oportunidad que me ofrece este insignificante blog para desearle felicidades a él y recomendarles a todos ustedes que si aun no se han dejado atrapar por el maestro, se den una vuelta por sus películas y ya no habrá vuelta a atrás.


¡Happy birthday Woody!


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Marilyn Monroe 32

Cuentan los que conocieron a Marilyn Monroe que un rasgo destacado de su personalidad es que se afectaba muy intensamente y con excesiva facilidad por todo lo que la rodeaba. Se le acusaba de ser demasiado crédula y poco reflexiva. Pero esta misma peculiaridad de su naturaleza la cubría de una sensibilidad y empatía hacia los que la rodeaba fuera de lo común, que la convertían en un ser especial.

Cuentan que las desgracias ajenas la apenaban tremendamente y que su sensibilidad y quizás falta de carácter para afrontarlas la sumían en un aletargamiento depresivo inmediato. No quisiera imaginarme cómo viviría Marilyn Monroe los desgraciados acontecimientos que nos están tocando vivir.




viernes, 20 de noviembre de 2015

Homeland. Season 4.

La semana pasada mi santa y yo terminamos de ver el último capítulo de la cuarta temporada de Homeland. En mi opinión la mejor de todas las temporadas hasta ahora. Es completamente adictiva, aunque el final me ha dejado un poco frío, pero no voy a comentar nada de él porque no me gusta destripar la historia. Sí puedo decir, en cambio, que la particularidad de que gran metraje de la cuarta temporada esté rodado fuera de los Estados Unidos provoca que la trama parezca más atrevida e imprevisible. Un giro estupendo en el guión.

La quinta temporada  está ya en antena. Lleva cuatro o cinco capítulos, no lo sé, pero creo que esperaremos a que termine para meternos de nuevo en ella. Ahora estamos a caballo entre la segunda de Fargo y la segunda de Breaking Bad. Y es que últimamente estamos viendo más series que películas. En primer lugar porque no nos queda mucho tiempo al final del día, y una serie se ajusta al tiempo del que disponemos. Además las series actuales están en un momento estupendo. Evidentemente hay de todo, basta zapear un rato para darse cuenta, pero hay mucha calidad en las series: directores de primer orden, guionistas estupendos y grandísimos actores, y todo ello, imagino, debido a que se ha puesto mucha grasa en las series. Y me alegro.

No soy mucho de hacer recomendaciones, aunque luego me doy cuenta de que lo hago más de lo que creo y debo, pero pueden estar seguro que esta serie bien merece la pena. Ustedes hagan lo que les parezca mejor.


martes, 17 de noviembre de 2015

Sin respuestas

Enciendes la televisión con la intención de ver un partido de fútbol amistoso y así poder relajarte y descansar al final del día. Entonces comienzan a poner teletipos en la parte baja de la pantalla. Un atentado en París. Las primeras informaciones son confusas. Se confirma que hay más de un atentado en París. Comienzan las primeras estimaciones de fallecidos. Decides saltar a otros canales y te quedas congelado, con el mando en la mano, sin mover un dedo, nada. No lo puedes creer. ¿Qué clase de barbaridad estás viendo? No comprendes nada, estoy a años luz de comprender lo que está pasando. Lo que ya ha pasado, o quizás no, porque esto sigue pasando, lleva pasando desde el inicio de los tiempos. Desde que el hombre es hombre, o incluso desde antes y todavía no ha acabado. Sigue ocurriendo.

Piensas que no puede ser simplemente una diferencia de creencias, no puede ser sólo yo tengo mis ideas y las tuyas y las mías se estorban. No. No puede ser mi Dios es más fuerte que el tuyo. No comprendo nada.  Empiezo a hacerme preguntas, una cascada de preguntas me saltan a la mente: ¿por qué?, ¿cómo es posible?, ¿como hemos llegado a esto?, ¿cómo se arregla esto?, ¿cómo se evita?, ¿qué se ha hecho tan mal? No encuentro respuestas a las preguntas que todos nos hacemos. Las preguntas son múltiples las respuestas nulas. Sólo sabes que muchas cosas se deben estar haciendo mal desde hace mucho. Tienes ganas de llorar por las víctimas, por los tiempos, por nuestros hijos que heredarán esta barbarie...

Han pasado cuatro horas y no te has movido del sofá. Aturdido apagas la televisión pero permaneces sentado frente a ella. Con la luz apagada la oscuridad te envuelve. El silencio es absoluto. Estás sobrecogido. Sé que dormir va a ser complicado. Me asomo al cuarto de los niños y están dormidos. Plácidamente dormidos. Ahora no tengo tan claro que sean unos niños afortunados. En ese momento no me siento tan a años luz de lo sucedido esa noche.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

No tengo arreglo

En algún sitio leí que no había nada tan efímero y duradero como el tiempo.  A todos nos pasa que alguna vez el tiempo se expande en el vacío de las horas, como cuando estamos esperando algo con gran expectativa y, por mucho que se acerque el momento, el instante se dilata hasta la eternidad. Sin embargo, esa misma medida de tiempo se disuelve (es mi caso) en las salas de las pinacotecas como la sal en el agua, el tiempo entonces es hirientemente fugaz. Luego puede que nada haya más relativo que medir el tiempo, pero a la vez pocas cosas conozco más constantes y seguro que nada más irreversible.

No sé si cuando llegue mi hora definitiva, el fin de mis horas -espero que aún lejana- seré consciente del fin. Preferiría no serlo, pero supongo, por lo poco que me conozco, que lo que me condenará más será pensar que desperdicié mis días, que pasé horas y días futilmente, pero es que claro, ¿cuál es la mejor manera de aprovechar el tiempo? Esta pregunta, a mi juicio, no tiene una respuesta cierta y única, es una pregunta capciosa, porque aprovechar el tiempo es dificilísimo y, al mismo tiempo, facilísimo. Hay quien aprovecha el tiempo echando una siesta y quien a lo mismo lo considera una pérdida de tiempo. A mí me pasan ambas cosas.

Es posible que lo más cercano que conozco a aprovechar el tiempo sea hacer lo que a uno le apetezca, pero hay tan pocas ocasiones para hacer realmente lo que a uno le apetece, sobretodo teniendo en cuenta que no siempre sabemos con seguridad qué es aquello que nos apetece. En contadas ocasiones tengo claro lo que me apetece. Más bien tengo claro lo que no me apetece que lo que sí.  Es algo así como cuando llego a un restaurante y veo la carta. Es fácil descartar lo que uno no quiere, el problema llega después, cuando tienes que seleccionar entre los platos que te gustaría tomar. Al final me dejo llevar por la intuición, pito pito gorgorito, o por lo mismo que pida el que está acompañándome, no vaya a ser que yo me pida otro plato y luego le envidie el suyo. Que esa es otra. Después de comer, a veces piensas, quizá debí pedirme aquel otro plato que también tenía buena pinta. En fin, que no tengo arreglo.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Castañas asadas

Acaba de terminar el verano, el otoño tiene envoltorio de suspiro y las navidades están a la vuelta de la esquina, pero como todo tiene su tiempo, y no es cuestión de ir saltándose las estaciones, mientras  llega el momento del turrón y los mantecados tenemos entre nosotros las castañas asadas. 

Salí del trabajo y en un puesto de castañas rodeado de denso humo junto al mercado central compré un cartucho de tres euros, que dan para dieciocho castañas asadas. Pocos minutos después, al abrir la puerta de casa y anunciar que traía castañas, los niños se abalanzaron sobre mí como un depredador sobre su presa.

El primer cartucho de castañas asadas de la temporada siempre llega con ese aire de novedad cíclica -si es que es posible que algo cíclico sea al mismo tiempo novedoso-. En esta ocasión las castañas se pelaban con extraordinaria facilidad, lo que fue una sorpresa decepcionante. Yo esperaba pelarles las castañas a los niños tal y como mi madre me las pelaba a mí, con minuciosidad y paciencia, pero no fue necesario, ellos es un santiamén y casi si esfuerzo las pelaban completamente. En cierta manera fue descorazonador, pero con el intenso sabor de la primera castaña asada el inesperado chasco se diluyó inmediatamente. No importa -pensé-. Ya habrá otros días con castañas difíciles de pelar. Entonces viví un déjà vu. Tenía la sensación de que ya había vivido esa imagen con antelación. No era capaz de anticipar nada que pudiera pasar, pero mi mente me repetía la idea, una y otra vez, de que aquello ya lo había vivido. Los cuatros en la cocina, sentados juntos alrededor de un cartucho de castañas. La sensación era extraña pero lógica, porque al fin y al cabo, ¿es posible que algo cíclico sea novedoso?

sábado, 31 de octubre de 2015

Una Mica

Lo reconozco, tomo más cervezas de la cuenta. Quiero decir que probablemente debería tomar una cantidad inferior de cervezas a la semana, seguro que sí. Es un dato que no he consultado en ninguna web ni en ningún tipo de documento, pero estoy completamente seguro que la OMS cree que tomo más cervezas de la cuenta. No necesito constatarlo. Seguro que es así, pero qué hacer si tengo un compromiso personal en este blog. Me comprometí a presentarles una cerveza cada mes, y aunque algún mes he fallado, por lo general estoy aquí puntualmente para el caso. Así que no puedo defraudar a mis lectores, y sobre todo y más importante, no quiero.

De manera que hoy les presento una cerveza que he probado recientemente. Fue en el viaje de este verano por España. Íbamos, creo, en dirección a Burgos y paramos en una gasolinera a tomar un café y a visitar el baño. En la gasolinera vendían la cerveza y no pude resistirme. Me compré la versión tostada.

La Mica es una cerveza artesanal elaborada en Aranda de Duero (Burgos), sin filtrar ni pasteurizar. Mirando la botella al trasluz, se pueden ver los sedimentos propios de la carbonatación. Sus ingredientes son agua, malta de cebada, lúpulo y levadura. Según leo en la etiqueta "la mica es un mineral característico de la Sierra de Fuentenebro (Burgos) un lugar rico en minerales, donde cultivamos junto al Duero una cebada muy cuidada para elaborar esta cerveza única."

Lo cierto es que su sabor es intenso y la espuma muy tostada, aunque poco duradera. Contiene un 4,9 % de alcohol, que es muy equilibrado para ser tostada,  y no sé si volveré a catar en mi vida, pero me encantaría.

domingo, 25 de octubre de 2015

Vuelta a la normalidad

Poco a poco voy retomando el acomodado ritmo de la normalidad. Los días parecen crecer en la dirección correcta hacia el descanso rutinario. Los fines de semana regresan con parsimonia y desdén, y desde antes de asomar la esquina de sus primeras horas ya está uno imaginando y maquinando en la cabeza todo aquello que pretende llevar acabo en él. Evidentemente cuantos más planes uno desea realizar, más complicada se convierte la tarea, por eso, la mejor forma que conozco para exprimir al máximo cada hora de los días, es dejando en blanco la programación de las tareas.  Nada de planes. El caótico e imprevisto beneficio del azar gobernando el limpio panorama de las horas por llenar.

Una ducha caliente, comprar el pan, el café entre las manos, consultar la prensa, dar un paseo por el rastro, preparar el almuerzo sin las prisas que aprietan los estrictos horarios de los días laborables. La riqueza completa de las horas vacías a nuestros pies. Cada tarea se enriquece sin las prisas, sin el agobio de los rígidos horarios que atan de pies y manos nuestro día a día.

Los fines de semana son como el descanso de regresar a casa tras un largo viaje. Y de entre todos los fines de semana uno que marca una gran diferencia con el resto, es el último de octubre. En él se da por terminado el verano definitivamente. Recién acabó la feria de mi localidad, y ya puedo ponerme a dieta y, como si no fuese suficiente, además, este fin de semana contiene una hora más. Habrá que disfrutarla.


domingo, 18 de octubre de 2015

Irrational Woody

En una semidesértica sala de cine en sesión matinal he visto esta misma mañana la última película del maestro de Brooklyn, Irrational man. Una película firmada por Woody Allen siempre merece una visita en salas.

Irrational man es irónica, perspicaz, en ocasiones sorprendente, bien interpretada, con exteriores hermosos e interiores elegantes (yo me quedé enamorado de un restaurante que sale en la película y ¡qué interiores!). El guión no es excesivamente complejo pero tampoco simplista, sin embargo es tremendamente perversa.

Un profesor de filosofía universitario, (Joaquin Phoenix) algo aficionado al alcohol, que vive desorientado una vida sin sentido, casi tocando fondo, busca un sentido que no sabe encontrar. Alrededor de su vida, una soñadora compañera casada infelizmente (Parker Posey), una joven estudiante enamoradiza (Emma Stone) y un buen número de mentiras y engaños. Piensen lo que quieran que no acertarán.

No sé si esta película pasará a la historia del cine, pero a mí me ha dejado un muy grato recuerdo. Ya estoy deseando que Mr Allen nos ofrezca otra clase, porque una película de Woody Allen es una de esas cosas que me hacen feliz.



sábado, 17 de octubre de 2015

Puro sentimiento

Tras regresar del cultural y veraniego viaje que hice junto a mi familia por las Castillas de España,  menos de dos meses después, el día 10 de octubre, en plenas fiestas de mi localidad, fui con mi cuñado Francisco a Barcelona, concretamente al último de los cuatro conciertos que U2 ofrecía en Barcelona, que fueron también los únicos de España.

Francisco es un gran fan de U2 desde sus imberbes orígenes hasta nuestros días. Es seguidor fiel como pocos. A mí la banda irlandesa también me gustan, y bastante, pero reconozco que no tengo una pasión tan febril como la suya. Escucho sus discos y los disfruto pero no llego a aprenderme todas letras y en ocasiones ni siquiera los títulos. Él, en cambio, compra casi todo lo que U2 publica desde hace décadas. Los sigue y los disfruta siempre que puede. Hace meses me comentó la posibilidad de ir a Barcelona a verlos, en un espacio más reducido como es el Palau San Jordi y no en un estadio de grandes dimensiones como las dos veces en las que yo los había visto anteriormente, en el Vicente Calderón. Él además de en esas dos ocasiones, si no me equivoco, los vio en Sevilla y en el Camp Nou, pero tampoco nunca los vio en un recinto reducido. A los dos nos agradaba la posibilidad.

Finalmente gracias a su implacable empeño y mejor hacer -dinero aparte- conseguimos un par de entradas para la cita. Añadimos un par de billetes de avión, un hostal económico y allí nos presentamos. 

El concierto resultó formidable. No sé si decir que el mejor de los tres que ya he visto, pero sí el que he vivido más intensamente y desde más cerca.

Aterrizamos en Barcelona la misma mañana del concierto, y tras dejar las mochilas en el hostal, y sin prisas pero sin pausa llegamos a los aledaños del Palau. Compramos una camiseta cada uno y nos dispusimos a hacer cola. Casi dos horas después y una vez dentro del Palau San Jordi,  nos situamos muy cerca de la pasarela que une el escenario principal con el escenario secundario y la verdad es que la situación fue un acierto. No pudimos disfrutar como era debido de la pantalla gigante que había sobre la pasarela, pero, en cambio, pudimos gozar de sentirnos en el mismo centro del concierto. Si te gusta la música y muy especialmente la música en directo, ver a una banda de rock desde la primerísima posición es un sentimiento indescriptible. Además de que, por circunstancias que no vienen al caso, gran parte del concierto, o al menos la parte animada del concierto, sucedió frente a nuestras narices.

Una vez finalizado el concierto, mientras bajábamos en nuestra salida del Palau hacia la Plaza de España, con una cerveza en la mano, me sentía contento por lo vivido, exultante por seguir acumulando experiencias, por añadir otra muesca más en el córtex de mi cabeza, reconociendo una vez más algo que ya sabía pero que no viene mal recordar, que no hay mejor forma de invertir el dinero que en sentimientos. Y la música en mi vida es puro sentimiento.

Pd: La foto de The Edge la hizo Francisco.

viernes, 9 de octubre de 2015

Pasos de cebra

Aquí en el sur, o al menos en mi sur, que es el de España y en parte también el de Europa, en Málaga, los últimos días de septiembre y los primeros de octubre atesoran la temperatura más agradable del año. Entre abril y mayo se dan simétricamente las mismas circunstancias. En las primeras horas del día, cuando bajo a paso sosegado hacia el trabajo, todo lo que me rodea parece  estar envuelto en una perfección irreal, nada está envenenado aún, las calles aún permanecen limpias, los pájaros buscan alegremente el sustento de sus crías, los niños van al colegio de la mano de sus madres y hermanos, perfectamente peinados con su raya al lado, oliendo a perfume infantil. Por el camino me cruzo con conocidos con los que saludo los buenos días cordialmente. Se cede el paso con educación vial en los pasos de cebra, el olor a pan recién hecho inunda el aire y delante de las cafeterías el olor es absolutamente cautivador. Todo esto, unido a la música que llevo enchufada a los oídos conjuntan un verdadero placer. Parte de la esencia de la felicidad.

Pero de alguna manera, poco a poco, las horas avanzan tirando de la mañana y las personas van torciendo el gesto, cambiando el humor, y el calor empieza a apretar y la gente va encabronándose de tal manera que cuando regreso a casa ya nadie respeta los pasos de cebra.
 

miércoles, 7 de octubre de 2015

Culpa - Ferdinand von Schirach

Justo antes de ponerme a escribir esta entrada sobre el último libro que he leído, Culpa de Ferdinand von Schirach, consulto qué fue lo que escribí sobre el libro anterior del mismo autor muniqués (más que nada para no repetirme) y tras leer la última frase de aquello que escribí me quedo algo aturdido.

"No tardaré en leer su siguiente libro". Esa fue la última frase escrita por mí tras contarles lo que me pareció el primer libro de Ferdinand von Schirach (Crímenes). Evidentemente, cualquiera que lea aquello y compruebe que dos años y unos días después son para mí "No tardaré en leer su siguiente libro" creerá que después de esa afirmación tan alegre he perdido toda mi credibilidad, que creo que ya la tenía bastante denostada, o bien -en el mejor de los casos- creerá que mi noción del tiempo hay que tomarla bastante a la ligera. 

Estoy seguro que mi intención cuando terminé aquel primer libro de relatos era esa, no tardar en leer su siguiente libro, sin embargo estoy también seguro de que se me fueron cruzando otros libros por en medio, otros quehaceres y obligaciones y el tiempo (siempre tan relativo) se fue estirando como en la espiral de entrada a un agujero negro, y poco a poco, sin darme cuenta, el libro se fue quedando atrás en la fila, o abajo en la torre de libros, según se mire.

La realidad es que ahora me oculto detrás de que más vale tarde que nunca y que ya por fin he terminado de leer la segunda entrega, Culpa. Un libro que es una especie de continuación al anterior. Da igual cual de los dos se lea antes porque no son novelas, sino relatos. Ambos a mi juicio muy buenos.

Personalmente me gustan mucho los relatos de Schirach. Son concisos, con detalles precisos, donde se relatan historias inesperadas a pesar de que son hechos reales y tienen ese brillo que ostentan las páginas limpias y bien trabajadas. Un libro que si tengo una vida medio larga recuperaré algún día, a pesar de que no soy mucho de relecturas. Hay tanto por leer.

Pd: Hoy es el cumple de mi pequeño. Siete años cumple. ¡Cómo pasa el tiempo! Además hoy comienza la feria. Hoy soy todo para él.

lunes, 5 de octubre de 2015

El Parque Warner, el Santiago Bernabéu y Almagro

Para la parte final de nuestro viaje por España dejamos lo que creiamos que era lo que más ilusión le haría a los niños, visitar el Parque Warner Madrid. No nos equivocamos.

No despertamos demasiado temprano ese día pues la noche anterior nos habíamos acostado algo más tarde lo que venía siendo habitual  y como desayunábamos en el mismo hotel, pues no era necesario madrugar tanto. Nos pusimos ropa cómoda y deportiva para la ocasión y nos montamos en el coche en dirección al Parque Warner. Cuando los niños nos preguntaron que hacia dónde nos dirigíamos les contestamos que a un castillo y ellos tan anchos con nuestra respuesta no hicieron ni media pregunta más. Nos estábamos acercando por la carretera y muchos carteles señalaban el camino hacia la Warner, pero ellos no se percataban de nada y hasta que no estábamos en la mismísima puerta de acceso al parque temático no se dieron cuenta. ¡Vaya sorpresa que se llevaron!

Pasamos el día completo en el parque. Desde casi primera hora de la mañana hasta la última hora de la noche, cuando para finalizar lanzaron fuegos artificiales. No paramos nada más que para ver algún espectáculo y para almorzar. Prácticamente pasamos todo el día de un lado del parque para otro, riendo, disfrutando a pesar del calor, que era sofocante, pero como en el parque hay varias atracciones que son de agua, al montarte salías de ellas empapado y así se hizo más llevadero.

Al entrar compramos (aparte de la entrada) unas pulseras que servían de pases para evitar colas, que si bien no te evitaban todas las colas, al menos sí te la acortaban muchísimo. Los niños lo pasaron en grande y los mayores también disfrutamos lo nuestro. El regreso al hotel lo hicimos, como digo, a última hora y los niños cayeron en un sueño profundo desde la primera curva y aún habría que aparcar el coche, ir al hotel y bañarse antes de caer desplomados sobre la cama. La vida del turista, en ocasiones, es una auténtica paliza.

Para nuestro último día del viaje sólo programamos dos paradas. La primera era visitar de nuevo el Bernabéu, pero en esta ocasión visitar el museo y todas aquellas zonas que están habilitadas en el tour: los vestuarios, la sala de prensa, los banquillos, el área mixta, la salida al césped y especialmente las salas de trofeos, que a los niños los dejó boquiabiertos. Les encantó la visita. Para abandonar el Bernabéu es obligatorio pasar por la tienda (no hay atajo que lo evite) donde recogimos unas  fotos que nos habíamos hecho antes con la Décima. Y también compramos un un balón oficial para Miguelito. El Bernabéu es una máquina perfectamente engrasada para sacar dinero.

Después de esta visita tan futbolera comenzaba el trayecto de retorno a casa. Tan sólo habíamos previsto una visita por el camino: Almagro, que está a poco más de dos horas desde Madrid.

Llegamos a Almagro por carreteras desoladas y aparcamos en una de las bocacalles de la Plaza Mayor de Almagro. Parecía una ciudad abandonada, completamente muerta. Lo primero fue contemplar brevemente la plaza mayor, pero inmediatamente después entramos en unos de los bares que en la misma plaza localizan su terraza. Entramos, digo, en el Bar El Gordo. Desde luego el hombre que nos atendió tenía una buena cintura.

Nada más terminar con los postres nos acercamos a visitar el Corral de Comedias, en cuyo precio de entrada se incluía la audioguía. Miguelito no pagó, y por eso tampoco nos facilitaron una audioguía para él, a pesar de que la pedí, para que no se me aburriera. Me dijo que no era posible. Uff pensé, ahora vamos a tener a Miguelito en el Corral de Comedias aburrido. Creo que subió las escaleras al palco como unas diez veces. Escaleras para arriba, escaleras para abajo. Creo que la mujer se arrepintió de no haberle dejado la audioguía. La explicación que se daba en el audio, por cierto, era interesante.

Paseamos por el centro y nos acercamos al Parador de Almagro, antiguo Convento de Santa Catalina. Allí tomamos un café antes de regresar al grisáceo asfalto del camino de vuelta. El viaje se acababa. Pocos kilómetros nos quedaban por descontar. Bueno, no tan pocos, unos cuatrocientos. Estábamos allí, en el parador de Almagro pero nuestras mentes ya bajaban camino de vuelta a casa. En realidad todos estábamos deseando llegar, pero al mismo tiempo nos daba una pena enorme acabar con este viaje. Paramos un par de veces en ventas de carretera, para hacer necesidades y para cenar. La noche nos envolvió en su boca de lobo. El coche no nos había dado ningún problema y todo había salido bien. No olvidamos nada en ningún hotel. Nadie se puso malo. Todo fueron buenas noticias. Un viaje que recordaremos el resto de nuestros días. Especialmente mi santa y yo.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Medina del Campo y Madrid

Amaneció el día en Valladolid fresco y despejado y sentíamos nuestros cuerpos más renovados en nuestras fuerzas de lo habitual. La tarde en la piscina -en mi caso echando la siesta- había dado sus espléndidos frutos. Por muy débil y desganado que uno se encuentre no hay nada como el descanso y el tiempo libre para reactivar las entusiasmo por la actividad.

Desayunamos nuevamente en el McDonalds junto al hotel y directamente retomamos nuestro itinerario. El punto de destino era Madrid capital, pero en el trayecto teníamos prevista tan solamente una parada en Medina del Campo para visitar el Castillo de La Mota.

La primera palabra que se le viene a uno a la cabeza cuando está por primera vez frente al Castillo de La Mota es fortaleza. Es un castillo con letras mayúsculas. No le falta de nada. Situado en una elevación, con una torre (Torre del homenaje), un foso que lo rodea, un puente levadizo, una capilla, un patio de armas. Fue la fortificación más avanzada de su época y no me extraña.

Llegamos antes de que abrieran las puertas. Los primero. Tal vez demasiado temprano. Aparcamos el coche y Miguel y yo nos acercamos al puente levadizo, nos acercamos a ver la puerta desde cerca. estábamos tocándola. Yo le explicaba a Miguelito que allí se habían librado muchas batallas. Se habían llevado a cabo luchas religiosas, por coronas y por poder, luchado por reyes, y que probablemente sobre sus muros se habría derramado mucha sangre en los múltiples asedios que allí se había llevado a cabo durante su larga historia. Miguelito tenía los ojos como platos imaginando la sanguinaria escena. Me preguntó si desde allí podría haber caído alguien herido al foso, le dije que probablemente sí, entonces su imaginación ilimitada me preguntó si se lo comieron los cocodrilos. Yo estaba dispuesto a contarle que probablemente no habría cocodrilos cuando desde detrás de la puerta, desde dentro del castillo, nos llegó un fuerte es estruendoso cerrojazo. Miguelito en un salto se situó detrás mía. Y en ese preciso momento comenzó la visita.

Miguelito iba por todo el castillo, sala a sala, esquina o mazmorra, imaginando que él iba con una poderosa espada abriendo camino hacia los mismos aposentos reales para dar muerte al más frío y carnicero enemigo que su imaginación era capaz de crear.

Terminamos la visita y Miguelito estaba empapado en sudor. Una dura batalla. Igual luchaba contra un dragón, que contra un león, o un fantasma. A veces llevaba un arco en sus manos y sacaba flechas desde detrás del hombro, las cargaba en un pestañear y lanzaba casi sin apuntar aunque siempre acertaba en el mismo centro de la frente de un centinela en una almena. En ocasiones cortaba cabezas de dos en dos con una espada mágica. Como lancero también era excepcional y en el cuerpo a cuerpo no tenía parangón. Pero aún mejor que todo lo que les cuento es la cantidad de efectos sonoros que hace con la boca. Una cantidad de ¡pum! ¡pam! ¡argh! ¡ah! y ¡zas! que me tenían todo el rato mirándolo con el rabillo del ojo, porque en cuanto se da cuenta que lo miramos disimula levemente y lo hace todo igual sólo que con voz apagada y con gestos escondidos. Nos metimos en el coche y todavía desde el interior iba guerreando desde su asiento. No quedaba nada vivo por donde rodaba nuestro coche. Llevaba a El Cid, Atila y a Thor sentado en el asiento trasero del coche.

Poco a poco, la música fue amansando su rabia y cuando llegamos a Madrid y a nuestro hotel, que estaba cercano al Santiago Bernabéu, Miguelito había canjeado la rabia por la ilusión, y ahora no paraba de imaginarse que detrás de cada esquina se encontraría con Isco, Cristiano Ronaldo o James. Ya les digo, la imaginación de un niño de 6 años es inagotable.

Casualmente esa misma noche se jugaba un partido en el estadio madridista, el trofeo Santiago Bernabéu, contra el Galatasaray. Justo después de aparcar el coche y de dejar las maletas en la habitación nos acercamos al Bernabéu, en busca de unas entradas para el partido. Había una cola inmensa y se comentaba que aún había entradas, pero sólo quedaban sueltas y que las estaban dando separadas. Llegado a ese punto no había vuelta atrás. Los reventas anunciaban a bombo y platillo que tenían entradas, en la cola el desánimo aumentaba. Existía la sospecha de que podíamos quedarnos sin entradas. Mi mujer estaba más mosca que nadie. Los niños emocionados ante la posibilidad de ir a un partido y ver al Real Madrid. Las conseguimos, pero no fue esperando la cola...

Almorzamos en una pizzería que había cerca del hotel y en metro nos acercamos a la Puerta del Sol, que como siempre estaba abarrotada. Sofía sí la recordaba de nuestra visita anterior, pero para Miguel era imposible, porque en cada ocasión que pasábamos delante del famoso reloj, Miguel dormía profundamente. Paseamos por la Plaza Mayor, la Calle Mayor, el mercado de San Miguel y la Plaza de la Villa. Poco más. Yo tuve la suerte de encontrar la librería Méndez abierta y pude entrar por fin, tras varios años intentándolo, y comprarme un libro (La sonata a Kreutzer - Tolstoi).

Regresamos en metro al tren y todavía subimos a la azotea, donde estaba la piscina del hotel, y nos dimos un chapuzón en ella. Un baño rápido porque no nos sobraba el tiempo y porque el agua estaba helada. Las vistas desde lo alto del hotel hacia los nuevos rascacielos de Madrid eran espectaculares. Bajamos a la habitación y nos arreglamos para ir al partido.

Antes del partido fuimos a cenar algo rápido a un Burger King que hay en la Calle General Moscardó, y en los aledaños del estadio compramos a los niños unas bufandas para el partido. ¡Qué felices e ilusionados estaban! Se lo pasaron estupendamente. Un partido internacional, el ambiente festivo de principios de temporada, una noche estrellada, el resultado emocionante hasta el final y de colofón un golazo de Marcelo que dio la victoria y de remate la entrega del trofeo. ¡Todo un espectáculo y otro bonito recuerdo a la buchaca!

viernes, 18 de septiembre de 2015

Valladolid

Valladolid era un destino destacado en nuestro viaje, incluso habíamos dejado un día completo para descubrila, pero al mismo tiempo también iba a ser una parada de descanso porque lamentándolo mucho llegaríamos un lunes, y los lunes siempre se encuentran un buen número de museos cerrados. Nos hubiera encantado eliminar el lunes de nuestro viaje pero cuando el viaje dura más allá de una semana es algo que no está a nuestro alcance. Así que resignación.

Nuestro primer punto de interés turístico, después de  aparcar el coche por el centro, que lo nuestro nos costó, era la Catedral de Valladolid, que es -a mi juicio- exageradamente grande, inmensa a pesar de estar inacabada. Pero cuando uno está enfrente de la Catedral, sin querer se le distrae la mirada en busca de La Iglesia de Santa María la Antigua. La torre románica terminada en pirámide de teja dan un aire singular a la iglesia del siglo XII. La iglesia está construida en distintos estilos arquitectónicos pero el resultado es elegante y atractivo. A mí me enamoró a primera vista. Ninguno de los dos templos católicos estaba abierto y es que se unía que además de lunes también era agosto. Una lástima. En cualquier caso rodeamos ambas para llevarnos un recuerdo más completo.

En la parte trasera de la Catedral, en una zona que daba la impresión de estar algo descuidada, está el Museo Diocesano, que también estaba cerrado, y enfrente la Universidad con una estupenda fachada barroca. Como la universidad sí estaba abierta (debía ser periodo de matrículas) entramos aunque sólo fuese para contemplar la majestuosa escalera que encontramos en la entrada. En la plaza que hay justo delante de la universidad se encuentra una estatua en honor al que es considerado la figura máxima de la literatura española, Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Desde allí nos dirigimos hacia la Plaza Mayor, pero de camino pasamos por delante de la Parroquia de San Salvador a la rodeamos y seguidamente cruzamos por el Pasaje Gutiérrez, dando un distraído rodeo, porque durante unos minutos habíamos perdido completamente el norte y nos costó hallar el pasaje. Como bien es sabido que eso de perderse tiene sus inconvenientes y no hay inconveniente que no tenga su ventaja, en nuestro deambular sin rumbo por las callejuelas del centro nos cruzamos con una zona en la que se concentraban varias librerías con muy buena pinta. Me quedé con la matricula. En el interior del pasaje se estaban llevando a cabo unas obras en uno de los locales que lo deslució bastante.

Por la Plaza de Fuente Dorada accedimos por una calle peatonal a la Plaza Mayor, donde está el Ayuntamiento. La Plaza Mayor es bastante amplia y en el centro hay un engalanado monumento al Conde Pedro Ansures, repoblador de Valladolid. El Ayuntamiento recuerda a los edificios herrerianos del centro de Madrid.

Desde la Plaza Mayor, por la Calle de Santiago, se llega directamente al paseo de Zorrilla, frente al Parque del Campo Grande, a cuya entrada hay colocada una magnífica estatua del vallisoletano José Zorrilla. Allí también se encuentra el imponente edificio de la Academia de Caballería frente a una no menos imponente fuente. Giramos nuestros pasos justo hacia el otro sentido en busca de la Casa de Cervantes, que según me informo vivió en Valladolid durante seis años, pero como ya era de esperar también estaba cerrada.  Proseguimos nuestra visita en sentido a la Plaza de España, donde había un mercadillo. Curioseamos unos minutos y continuamos nuestro paseo por la Calle Duque de la Victoria, para después girar por la Calle Platerías, en cuyo final está la Iglesia de la Vera Cruz.

Nuestra próxima parada era la Iglesia de San Pablo, cuya fachada gótico isabelino es sencillamente sensacional. Los primeros pasos del renacimiento ya estaban dados. No pudimos entrar. Nuestra idea de visitar el claustro se esfumó. Todavía intentamos visitar la casa de José Zorrilla, pero nos encontramos con otro cerrojazo, de manera que decidimos regresar al centro, donde cerca de aquellas librerías le echamos el ojo a un bar con una terraza agradable. En esta ocasión no tuvimos suerte con la elección, pero al menos yo me traje un recuerdo de una de aquellas librerías tan atractivas que habíamos visto al principio del día.

Después del almuerzo regresamos al hotel, pues como ya dije al principio de la entrada, ese día tocaba descansar y por esa razón elegimos un hotel con piscina. Mi santa y los niños se fueron a darse un baño, pero yo me eché una poderosa siesta que me sirvió para recargar completamente mis energías. El volante amodorra mucho y si bien ellos pueden dar una cabezadita, yo no me lo puedo permitir.

El resto del día fue así, de descanso. Los niños lo necesitaban y a nosotros tampoco nos vino mal. Salimos por la noche a cenar a un McDonalds que había cerca del hotel -no todo iban a ser lechazos- y nos acostamos tan pronto como pudimos. Todavía nos quedaban algunas visitas y varios días intensos por delante.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

León, Astorga, Benavente, Zamora, Toro y Valladolid

Salimos a desayunar a un bar cerca del hotel, pues en este hotel tampoco teníamos incluido el desayuno. Por mí perfecto. Soy hombre de cafeterías. Los desayunos en los hoteles me parecen todos iguales, como los menús para los turistas. En las cafeterías además puedes leer la prensa, charlar en la barra con el camarero o con el abuelo que todos los días se echa un carajillo al gaznate. Los bares son  auténticos, en cambio, los salones donde se sirven los desayunos en los hoteles me parecen como los decorados efímeros de las películas del oeste, que en cualquier momento parecen que se van a desmontar. Nada que ver. 

De manera que salimos a desayunar, y como este quinto día de viaje estaba previsto que sería uno de los más largos y agotadores, porque además de muchos kilómetros por delante también teníamos pendientes muchas paradas y visitas, decidí regalarme un desayuno contundente. Así que pedí un pincho (pintxo?) de tortilla y un café con leche. No tendría ninguna importancia sino fuera porque me pusieron como pincho un cuarto completo de una tortilla que era más sencillo darle la vuelta que saltarla, y que desde ese mismo momento quedará para siempre en mi maltrecha memoria como el pincho de tortilla mejor servido de mi vida. Todo acompañado de casi media barra de pan. Aún a pesar de tan magno tamaño, no dejé ni las migas.

Iniciamos la jornada acercándonos en coche a la plaza Mayor, porque aunque el día anterior ya la habíamos visitado, fue de noche, y creímos que sería una buena idea hacerlo también de día. Y está claro que fue una decisión acertada.

La plaza parecía completamente otro lugar, totalmente distinto al que habíamos visto la noche anterior. Más bonita todavía. El ayuntamiento con sus balcones corridos, los torreones achapelados, las flores de la fachada y el reloj en el centro completaban un conjunto robusto y bello.  Incluso el color del conjunto de la plaza, que nos pasó desapercibido de noche, ahora nos llamaba la atención.

Seguimos en coche hacia el Convento de San Marcos y aparcamos en la Avenida Condesa Sagasta, junto al Bernesga, muy cerca del convento. La mañana estaba despertando aún y todavía podía respirarse esa atmósfera limpia de contaminación. La plaza estaba casi completamente vacía y la imponente fachada del convento gobernaba con insolencia autoritaria. El plateresco en su más alto esplendor. El renacimiento en una sola fachada. Un lienzo completo de ventanas de medio punto y pilastras platerescas, balaustradas, medallones con personajes ilustres. Un experto en arte podría pasar fácilmente una mañana explicando la fachada.

Entramos. Ahora parte del convento es un hotel. Otra vez Paradores. El conjunto incluye también una iglesia, un claustro y un museo. Desde el hotel se puede acceder al claustro pero a la iglesia no, o al menos creo que no, pero todos sabemos los pasajes secretos que unieron siempre la iglesia con el poder. Y éste, no cabe duda, es lugar de poderosos. Reyes que gobernaron el reino más grande jamás gobernado. Los Reyes Católicos, Carlos I, Felipe II. La lista es larga. Visitamos todo lo que nos era posible visitar, menos el museo. Nunca hay tiempo para todo y elegir es una obligación. Astorga nos esperaba. Nuestro propio camino de Santiago no paraba. Ya habíamos llegado lo más al norte que nos habíamos propuesto llegar, ahora comenzábamos el camino hacia el sur.

En media hora estábamos aparcando en la Avenida de las Murallas, probablemente desde donde se tienen las mejores panorámicas de las dos perlas que acoge Astorga: la Catedral y el Palacio Episcopal. Obra esta última de Gaudí. Y se nota. Entramos en el Palacio Episcopal, o capricho de Gaudí. ¡Qué maravilla de luz! Los espacios interiores todos únicos y extraordinarios. Parece mentira que pudiera haber tanta luz rodeada de tanta piedra. Me gustó más de lo que esperaba. En los viajes siempre existe este tipo de sorpresas inesperadas, y me gusta que así sea.

Después de la luminosa visita nos acercamos paseando al Museo del Chocolate de Astorga, un museo curioso y original, donde se explica el proceso completo para elaborar el chocolate desde el cacao, así como un resumen histórico del chocolate a lo largo de la historia. Fue entretenido aunque prescindible, pero a los niños les gustó, especialmente cuando nos dieron a probar distintos tipos de chocolate. A la salida, en la tienda, compramos un par de tabletas que nos sirvieron de tentempiés durante el resto del día.

Justo a la salida del museo había un parque con una original tirolina infantil, y Miguel y Sofía, desde el primer momento en que la vieron estaban deseando tirarse. ¡Cualquiera los convencía de lo contrario! Después de tirarse unas cuantas veces comenzaron a desaparecer misteriosamente las primeras pastillas de chocolate. Regresamos al coche y programamos en el navegador que mi hermano nos había prestado para el viaje (gracias Bro!) nuestro próximo destino: Benavente.

Llegamos a Benavente directamente a la Plaza de Santa María, donde está la Parroquia de Santa María La Mayor o Santa María del Azogue. Tuvimos suerte y aparcamos en la Plaza de la Madera a pocos pasos de la Iglesia.

Santa María del Azogue es una iglesia atípica. Por una lado el torreón o campanario, rectangular, con el reloj colocado en su fachada en un lugar poco previsible. Luego sus cinco ábsides, juntos en serie, en la parte trasera, como en un abrazo de piedra. Uno de los pórticos es extrañamente blanquecino, como afrancesado. Otro pórtico es románico ejemplar, el universo del medio punto y la austeridad. El conjunto es verdaderamente un conglomerado de estilos a la vista de todos. La piedra hecha enciclopedia de arte.

Almorzamos en el centro de la ciudad, no muy lejos de allí, en el Restaurante Lord Byron, donde sirven un ciervo en salsa exquisito. Doy fe. Después de espabilarnos con un café nos acercamos en coche a un extremo de la ciudad para visitar el castillo de Benavente, hoy el Parador de Benavente. Una torre medieval, conocida como la torre del Caracol, y en el salón de la torre un artesonado mudéjar. Algo nada habitual. Bajamos las escaleras del torreón mientras yo iba pensando: por estas escaleras bajaron los Reyes Católicos, creadores de un Imperio. Iba de alguna manera repitiendo los pasos de la Historia. Casi pisando la Historia.

Seguimos nuestra cuesta abajo por la piel de toro en nuestro itinerario hacia Zamora. El paraíso del románico. Aparcamos junto al Mercado de Abastos, a pocos pasos de la Plaza de la Constitución y de la Iglesia de Santiago del Burgo. Caminamos por la Calle Santa Clara hasta la Plaza Sagasta y continuamos hasta la Plaza Mayor, donde está la Iglesia de San Juan. Otro soberbio encuentro con el románico zamorano.

En la Plaza Mayor cogimos un tren turístico que nos dio una espléndida panorámica inicial de la ciudad de Zamora. La primera impresión fue magnífica. Pronto comprendimos que estábamos ante la gran desconocida. La vista de Zamora desde el Puente de Los Poetas con vistas al puente de piedra es una preciosidad. La foto de la vista de Zamora desde el otro lado del Duero es ahora mismo el fondo de mi escritorio en el ordenador de sobremesa.

Otra vista fabulosa es la que se disfruta desde la Iglesia de Santiago el viejo. Una maravilla. Las murallas cercando al castillo y a la catedral, algo elevada, que descansa echada a un lado, con el espléndido cimborrio coronando la vista, nunca mejor dicho. Les aseguro que las fotos no hacen justicia.

Callejeamos. No teníamos mucho tiempo, pero no nos metimos prisas. Sabíamos que tendríamos que salir y abandonar Zamora sin llegar verdaderamente a conocerla, pero demorábamos ese instante callejeando por su casco viejo. La Puerta del Obispo, las calles empedradas, la casa del Cid, los torreones, las vistas al Duero y al puente de piedra desde el mirador en la calle Corral de Campanas, la iglesia de San Isidoro y las cigüeñas sobre el campanario, y en un muro el poema de Lope: Esto es amor...

Abandonamos Zamora con pena en dirección a Toro. Allí perseguíamos ver la Colegiata de Santa María la Mayor pero encontramos mucho más.

Entramos a la ciudad de Toro intentando pasar bajo la Puerta del Mercado, y todo parecía correctamente encaminado, pero justo cuando estábamos delante de la Puerta una señal mostraba que la dirección era prohibida. De manera que no pudimos cruzarla, por lo que giramos obligados a la izquierda hacia la Plaza de Santa Marina y continuamos por la Calle Sol, rodeando por el exterior el centro de la ciudad hasta aparcar en la Plaza de San Agustín. Justo al otro extremo de nuestra entrada frustrada. Continuamos a pie junto al Alcázar, por la Calle Comedias. Llegamos al Paseo del Espolón, donde está situada la espléndida Colegiata de Santa María la Mayor. Uno comienza a quedarse sin palabras.  Las vistas que hay sobre el Duero me recordaron en cierta manera a las del Tajo de Ronda, pero éstas me gustaban más. El río Duero marcaba una gran diferencia.

Comenzaba a atardecer. El cielo parecía arder. Aquí falleció desterrado el Conde Duque de Olivares. Observas que el Pórtico de la Majestad tiene un nombre verdaderamente acertado. Hay niños jugando al fútbol. El atardecer colorea la lámina de agua del Duero. Lo dora. Los arcos del puente de piedra se duplican en el espejo dorado. Es una contemplación inspiradora. Definitivamente estoy seguro de que vamos a agotar la batería de la cámara de fotos. Después de un buen rato maravillados decidimos acercarnos a ver la Plaza Mayor. El Ayuntamiento queda a la izquierda. Hay soportales y en ellos mucha animación. Las terrazas están repletas. Todo el mundo parece llegar en ese momento. Es el centro en domingo y comienza a abarrotarse. Coincidimos en que es el momento perfecto para abandonar Toro.

La siguiente parada sería la última del día: Valladolid. La carretera a Valladolid desde Toro pasa por Tordesillas, pero la tendríamos que dejar para otra oportunidad. Anochecía y el cansancio se adueñaba de nuestro ánimo. El tráfico se hacía denso. Sólo cabía en nuestro pensamiento subir las maletas a la habitación del hotel, salir a tomar algo de cenar, darnos una buena ducha y echar un sueño. Valladolid podría esperar un día más.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Burgos, Frómista, Villalcázar de Sirga, Carrión de los Condes, León

En el primer itinerario de viaje que imaginamos, teníamos marcado para ese día salir temprano de Burgos hacia León, pero como no fuimos capaces de encajar la visita del Monasterio de Santa María la Real de la Huelgas el día anterior, la dejamos para esa mañana. Además como el Monasterio está en las afueras de Burgos, casi en dirección a León, no nos venía del todo mal en nuestro camino hacia León.

Para desayunar quedamos con una amiga de mi familia, Puri, que era una amiga de mi madre y vive en Burgos. Vino hasta nuestro hotel, donde estábamos esperándola a la hora convenida, y desayunamos juntos. Echamos un buen rato charlando durante el desayuno, pero no pudimos quedarnos mucho con ella porque el tiempo se nos echaba encima y nuestro viaje ya llevaba bastante retraso. Nos despedimos y seguimos nuestro camino hacia León, pero antes... el Monasterio de las Huelgas.

Lo primero que me gustaría señalar del Monasterio de monjas cistercienses es que se realiza con visita guiada y que la guía que nos tocó en suerte fue absolutamente maravillosa. Un buen tono de voz, con el que se la entendía clarísimamente, muchísimos conocimientos, que aunque parezca una perogrullada no siempre es así -lo digo por experiencia- y además era amena y divertida.

El Monasterio de las Huelgas es una visita obligada en Burgos. Hoy día sigue manteniendo una zona de clausura, y, según nos contó la guía, es una de las órdenes más duras y estrictas que aún existen. El lugar y su entorno parecen estar apartados del tiempo, como sumergidos en siglos de ausencia. Aun pareciera que la abadesa María Ana de Austria paseara en sus rígidos quehaceres alrededor de Las Claustrillas. La visita bien vale una mañana pero nosotros sólo dispusimos del tiempo de la visita guiada y un poco más. Si os gusta la historia y los entresijos de reyes, abades y demás nobleza, así como los líos de palacio, estad seguros de que esta visita os encantará y, por si fuese poco, el Monasterio es un lugar bello, casi idílico, donde el arte y la historia van cogidos de la mano.

A cuarenta y cinco minutos de Burgos aproximadamente está Frómista (Palencia) y en mitad de una amplia e irregular plaza su joya románica, la Iglesia de San Martín de Tours. El cielo había ido despejándose conforme iban avanzando la manecillas del reloj y cuando bajamos del coche el sol era dueño y señor de todo su reino del cielo, pero abajo en la tierra, en ese justo momento, para mí, quien dominaba bellamente aquel instante era la Iglesia de San Martín. Es difícil de explicar pero cuando uno contempla la Iglesia de San Martín, por cualquiera de sus cuatro puntos cardinales, tiene la sensación de que todo está bien hecho, quiero decir, perfectamente hecho, equilibrado tanto armoniosa como artísticamente. Nada sobresale ni para bien ni para mal, es completamente proporcionado, tanto las simetría de sus torres como la altura del cimborrio, la escala del pórtico y las dimensiones de las ábsides. Una perfecta armonía visual.

Quisimos entrar pero estaba cerrada, y aún faltaban un par de horas para que abrieran sus puertas. No podíamos esperar tanto. Los viajes son así. Las visitas del camino se hacen en el camino y llegas cuando el camino te lleva a ella. Depende más del camino que de uno. Quizás la próxima vez sea posible, o quizá no. Nunca se sabe. A veces es bueno dejar una excusa para volver. Nosotros dejamos dos. Ver el interior de la Iglesia y picar algo en La Venta Boffard, a pocos metros de la Iglesia, donde hay un patio alargado y al mismo tiempo recogido en el que sirven degustaciones de quesos Boffard. ¡Qué olor!

Pero no quisimos demorarnos, pues ya teníamos comprometido el almuerzo. A pocos kilómetros de Frómista hay un pequeño pueblo llamado Villalcázar de Sirga y en él un mesón, Mesón de Los Templarios, y mi hermano que lo conocía bien, antes de mi partida me recomendó encarecidamente que lo visitase. No teníamos reserva, porque no sabíamos si podríamos encajarlo en nuestro itinerario, pero finalmente pudimos, aunque tuvimos que tirar de una pizca de ingenio y un saco de suerte para coger una mesa. ¡Y valió la pena!, porque les aseguro que si alguna vez vuelvo, en la siguiente ocasión, haré el esfuerzo que sea necesario para encajar de nuevo el almuerzo en este mesón dentro del itinerario. Comimos de entrada una sopa castellana, un plato de queso y morcilla palentina ¡ojo!, y como plato principal lechazo al horno de leña. Una delicia para los sentidos.

Para llegar a León pasamos por Carrión de los Condes, pero de pasada. Sólo yo me bajé del coche para fotografiar y contemplar durante unos instantes la imponente fachada del Antiguo Monasterio de San Zoilo. Los niños, una vez la panza llena, había quedado amodorrados en sus asientos. El aire acondicionado y la música de los altavoces fueron un aliciente mayor que la fachada de un Monasterio. Mi santa que no quiso dejarlos solos se quedó a contemplarla desde el coche. También nos detuvimos en la estrecha calle en la que se ve el famoso friso de la fachada de la Iglesia de Santiago. Al menos no me quedé sin verlo, pero fue una lástima no poder dedicarle más tiempo.

Poco más de una hora después estábamos en la habitación del hotel de León. Lo justo para subir el equipaje, acicalarnos un poco y listos para continuar, aunque esta vez a pie por el centro de León. Verdaderamente ya nos apetecía estirar las piernas.

La primera visita era obligatoria. Si vas a León la Catedral es una obligación. De nuevo nos ofrecieron la posibilidad de las audioguías y de nuevo nos pareció una buena idea. La catedral de León tiene algo que la diferencia de las demás: su luz. El haz de luces que entran a través de las vidrieras otorgan una presencia distinta al interior. Parece irreal, casi sobrenatural, divina. Uno camina bajo el rosetón con la mirada levantada, y la visión te tira hacia arriba, te impulsa. Uno desearía poder estar situado más alto, elevado, alzado sobre un artilugio que te permitiera desde la altura poder apropiarte de toda esa luz, o mejor aún, levitando en el mismo centro de la catedral, en el punto exacto donde la luminosidad entrante alcanzara su máximo esplendor, pero no es posible, o al menos yo no puedo, pero sí soy capaz de pasear y detenerme y comprobar que desde cada ángulo hay una visión distinta, casi mejor que la anterior. Al finalizar la visita uno sale convencido de que si existe una catedral, un templo religioso, en el que se pueda alcanzar el éxtasis del amor divino, sin duda, éste es uno de los más propicios.

Al abandonar la más francesa de las catedrales españolas, y después de enmarcarla varias veces en el objetivo de la cámara, continuamos nuestra visita por la Calle Ancha hasta la Plaza San Marcelo, donde está el Palacio de los Guzmanes y la Casa Botines, obra de Gaudí, en cuya fachada hay una fabulosa escultura de San Jorge y el Dragón, que llamó mucho la atención de los niños, aunque a todos nos pareció más un cocodrilo que un dragón. En el quiosco que hay en la misma Plaza de San Marcelo le compramos un par de sobres de cromos de fútbol a Miguelito, que no dejaba pasar la oportunidad de preguntarnos si se estaba portando bien cada vez que pasábamos delante de una papelería o quiosco. Y como está comprobado que el que la sigue la consigue, casi todos los días, al final de la jornada le caían un par de sobres. El muy pillo se te acerca, te da la mano, pone cara de niño bueno y te pregunta con una vocecita dulcísima: ¿verdad que me estoy portando bien hoy, papá?

Giramos a la derecha de la plaza hacia la Basílica de San Isidoro de León. Entramos y contemplamos el retablo, pero los niños estaban muy cansados para realizar una visita interior. De manera que salimos hacia la terraza de un bar que hay en la misma plaza, desde el que se podía admirar descansadamente la impresionante fachada románica. Lo cierto es que llevábamos mucho andado y mucho había aún que nos quedaba por andar.

Una vez restablecidas las capacidades mínimas para continuar la visita, nos acercamos hasta el Arco de la Cárcel, frente a la Plaza del Espolón, entramos y salimos en pocos minutos, y nos adentramos de nuevo hacia el centro de León, aunque en esta ocasión por calles más solitarias -para mi señora demasiado solitarias-. Llegamos de nuevo hasta la Catedral, faro de esta ciudad. De nuevo muchas fotos. Perspectivas distintas, fotos distintas. Nos dejamos llevar entre el gentío por el Barrio Húmedo, hasta desembocar nuevamente en la Calle Ancha y en unas de sus bocacalles decidimos picar algo antes de regresar al hotel. La noche se cerraba y comenzaba a refrescar, a pesar de ello decidimos sentarnos en la terraza del Four Lions. Nuestra manía de preferir los exteriores. Four Lions es una cervecería que sirve -evidentemente- cerveza artesanal. Me tomé un par de buenas cervezas acompañadas con pinchos de jamón. ¡Qué fácil se enlaza la felicidad a veces!

Antes de retirarnos al hotel quisimos acercarnos a ver la Plaza Mayor por la noche, por verla iluminada, a pesar de que Miguelito y Sofía se negaban, pero les dijimos que era el camino más corto para regresar y más mal que bien aceptaron dejarse guiar por nuestros pasos. Aunque  cada veinte pasos preguntaran si faltaba mucho para llegar al hotel.

Así se acabó la jornada un día más. Los niños reventados y nuestros pies machacados. Deseosos de volver al hotel y darnos un baño caliente, descansar un poco y, antes de dormir, preparar todo para el día siguiente. El final y el comienzo de algo parecido a días perfectos.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Covarrubias, Santo Domingo de Silos, Lerma, Burgos

Despertamos temprano. El cielo estaba casi despejado y en toda la noche parecía que no hubiera vuelto a llover. Salimos a desayunar a un bar cerca del hotel e iniciamos un nuevo día en dirección a Covarrubias. Primera parada prevista del día.

Covarrubias está aproximadamente a tres cuartos de hora en coche desde Burgos. Es un pequeño y agraciado pueblo que parece estar detenido en el tiempo, conocido como la Cuna de Castilla. Está situado en la Ruta de la Lana, en el camino del destierro de El Cid, en el Camino de Santiago y, sobre todo, muy cercana y de camino desde Burgos a Santo Domingo de Silos. Covarrubias está declarada Conjunto Histórico-Artístico Nacional y a nosotros nos encantó.

Nuestra primera impresión fue que era un pueblo dormido. Apenas nadie por las calles, los comercios abiertos pero no se apreciaba ningún movimiento. Si acaso una mujer con una bata que venía de comprar una barra de pan. Comenzamos a pasear dejándonos llevar por el conjunto de su encanto. Miraras hacia donde miraras todo era una estampa preciosa. Nos hicimos fotos junto al Torreón de Fernán González, torre defensiva del siglo X, en un plaza sin igual. Visitamos la Colegiata de San Cosme y San Damián, inesperadamente bella. Nos fotografiamos frente a la casa de Doña Sancha -esposa de Fernán González-, con su soportal y su balconada típicamente castellanos. Traspasamos las murallas y caminamos hechizados junto al río Arlanza, detuvimos nuestro paseo brevemente en un banco en el que me hubiera encantado pasar la mañana leyendo un buen libro, pero ni llevaba un libro ni podía disponer del tiempo, así que proseguimos nuestro deambular por las callejuelas de Covarrubias hasta desembocar en la Plaza Mayor, donde está el Ayuntamiento.

Finalmente tomamos asiento en una terraza junto al torreón, a tomar un café, con las murallas medievales de fondo, el sol dorando el empedrado de las calles y una brisa fresca alborotando las hojas caídas. Un lugar perfecto para dejar pasar el tiempo. Un lugar perfecto para detener el tiempo en nuestros recuerdos.

Abandonamos Covarrubias atravesando en coche el puente de piedra sobre el río Arlanza, en pocos minutos nos esperaba Santo Domingo de Silos. Una visita muy deseada por mí.

Sin duda nuestra primera visita en Santo Domingo de Silos era su monasterio benedictino, especialmente su claustro, el románico, claro está, porque el monasterio contiene dos claustros, uno románico del siglo XI y XII y otro construido posteriormente al mismo tiempo que la Basílica, ambos en el siglo XVII.

Buscábamos el claustro románico pero lo primero que encontramos fue la entrada a la Abadía y presidiéndola una gran secuoya. Impresionante. Finalmente, tras un corto rodeo llegamos a la entrada que da acceso al claustro románico, y nada más llegar nos informaron que en pocos minutos comenzaría una visita guiada por el interior del claustro que no quisimos dejar pasar. La guía  de la visita fue fabulosa.

La primera sensación que uno tiene cuando entra por primera vez al claustro de Santo Domingo de Silos es tranquilidad, sosiego, paz. Después, conforme la explicación de la visita guiada va desarrollándose, uno siente gratitud por poder visitar en su vida un lugar así. Algo similar sentí en mi última visita a El Patio de los Leones de la Alhambra. Sentir que uno puede visitar un lugar como estos con solo pagar una entrada es un auténtico privilegio. Un lugar que durante muchos siglos ha estado cerrado a cal y canto, fuertemente custodiado, que se pagaba con la vida traspasar furtivamente sus muros, bien por ser residencia real, bien por ser el palacio de un emperador o un espacio sagrado de meditación en un monasterio de clausura, por lo que quiera fuere, uno se siente un afortunado. Sobre todo sabiendo que es gracias a tantas restricciones y limitaciones a lo largo de los siglos la razón por la que el lugar permanece excelentemente conservado.

El claustro consta de dos plantas. La segunda planta se cree que se construyó a finales del siglo XII o principios del XIII. Su forma es casi cuadrada, pero lo que llama la atención es tanto su conjunto como sus detalles. El conjunto es armonioso y sencillo, incluso modesto, un patio interior ajardinado abierto al exterior -el cielo- por el interior -el jardín del claustro-.  Alrededor del jardín un pasillo cubierto, aporticado con columnas colocadas a pares sobre un podium corrido que limita el paso desde la zona ajardinada. Hasta aquí casi como cualquier claustro, salvando que este tiene unos pocos siglos más. En el centro una fuente. El agua: muy árabe o muy románico, como gusten. En un lado un ciprés, o más bien, el ciprés. Alto, esbelto, lozano y al mismo tiempo eterno. El molde del resto de los cipreses. ¿Está bajo sus raíces enterrado el abad Domingo -el futuro Santo Domingo-? Debe haber una respuesta para ello pero yo no la sé, pero en realidad ¿alguien lo sabe?

Todo esto es el conjunto y unos pocos detalles. El resto son todo detalles. Los ochos relieves en los machones de las esquinas, con pasajes de la vida de Jesús, la explicación del orden divino en aquella actualidad. En realidad no muy distinta de la de hoy día, mil años después. El pecado contra la virtud. La mentira y la negación contra la razón y la fe. La vida en la tierra y la divina salvación. El aquí y el ahora y el eterno más allá. Más detalles: los capiteles profusamente adornados con representaciones figurativas o vegetales. El techo forrado de madera, el piso adoquinado de piedra, casi como un mosaico romano,  y en medio de todo, las dos columnas torsas.¡Vaya giro! ¡Qué atrevimiento! El punto de quiebro. Desde aquí y hasta aquí. La curva frente al ángulo recto. El cuadrado frente los arcos de medio punto. Y de repente, sin esperarlo, como si no fuese ya suficiente, el gran salto de los siglos: ¡un arco de herradura! ¡escritos árabes sobre la piedra!¡en un lugar cristiano! ¡Las manos sobre la cabeza! El aprecio de la cultura hacia la Historia. El milagro del respeto. El valor de distinguir entre lo común y lo especial. El arte ganándose el respeto de la Historia y de quien la escribe.

Salimos del claustro. Aún estoy un poco aturdido. Mi niña dice que le ha gustado mucho la visita y especialmente la explicación. Tiene nueve años y es prácticamente la primera vez que escucha hablar de arte sacro, de arcos de medio punto, siglos que van y vienen, reyes, monasterios, relieves sobre la piedra, verborrea arquitectónica... y dice que le ha gustado. La magia de la comunicación. Ver las cosas en la realidad o verlas en un libro. Vivir versus leer. Tengo la ilusión de que puede que esta visita haya sido más importante de lo que estoy dispuesto a suponer.

El camino que nos lleva a Lerma es sencillamente hermoso. El suave perfil de las praderas con sus verdes intensos, el cielo plomizo cubierto de nubes algodonadamente infladas, el amarillo ocre de la mies, los girasoles saludando a la mañana, un par de cigüeñas planeando con sus alas extendidas, y en medio de todo, desde los ojos de esas cigüeñas, la cuerda gris del asfalto, y sobre él un coche color vino tinto. En ese momento conduzco sobre los sutiles cambios de rasante, aún bajo el profundo influjo del claustro, lo confieso.



Llegamos a Lerma. Aparcamos en medio de la Plaza Mayor, en superficie, nada de aparcamientos subterráneos. Una plaza enorme. En el aire olía a lechazo al horno. Ocupando completamente uno de los lados de la plaza está situado el palacio cortesano del Duque de Lerma. En las cuatro esquinas del Palacio Ducal hay cuatro torreones con el clásico estilo herreriano, tan característico de los Austrias, con los chapitales piramidales acabados en punta reforzando su aspecto simétrico. Entramos en el patio interior del Palacio Ducal, que ahora es un hotel de la cadena Paradores. El patio está cubierto y todo parece armonioso y bien cuidado. A pesar de ser privado es posible pasear por las bellas galerías de columnatas que rodean al patio. Una sobriedad desconcertante. Éste edificio fue tanto residencia del favorito de Felipe III como cárcel.

Con el coche nos acercamos a la Plaza de Santa Clara, y nos detuvimos junto al Mirador de Los Arcos, desde donde la mirada puede descansar en la enormidad del horizonte. Abandonamos Lerma de vuelta Burgos. Una hora más tarde estábamos sentados en una mesa del Restaurante Casa Ojeda, a punto de calzarnos un plato de cordero lechal al horno de leña. Para chuparse los dedos. Un lechazo como Dios manda. ¡Qué lujo! ¡Comida de reyes!

A la espalda del restaurante está la Plaza de la Libertad, también conocida como la Plaza del Cordón, por el cordón franciscano de la fachada del Palacio de los Condestables de Castilla, también conocida por la Casa del Cordón, en cuyos aposentos los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón al regresar de su segundo viaje a América. Ésto ocurrió el 23 de abril de 1497. Coincidiendo con la fecha de cumpleaños de nuestra Sofía, sólo que varios siglos antes. En la Casa del Cordón también falleció Felipe el Hermoso. Cruzamos por la Plaza Santo Domingo de Guzmán, por la calle Entremercados -me encanta este nombre de calle- y llegamos a la Plaza Mayor, desde aquí se callejea fácilmente por el casco viejo hasta la Catedral.

Entramos a visitar la Catedral y otra vez nos servimos de las audioguías. A los niños les entretenía y a nosotros no pareció una buena idea. La Catedral de Burgos es un mundo de detalles, siglos de trabajo para agrandar una fe, una adoración. Las torres, el rosetón, la bóveda estrellada, las capillas exageradamente decoradas, retablos rococó, el coro y su sillería de nogal y el trascoro barroco, los relieves decorativos, el Papamoscas y el Martinillo, el altar y el trasaltar, la escalera dorada, los pórticos góticos, los transeptos, el claustro, el sepulcro del Cid, su baúl... De todo y para todos. Un mundo, infinitud de vidas, todo por la vertiginosa ascensión a la eternidad. La fe y la vida en el más allá. Siglos esculpidos en busca del favor por el descanso eterno.  La materia prima parece la piedra, pero en realidad son la sangre y el sudor, la inspiración y el todopoderoso dinero. La fe y el poder, el vértice de la pirámide.

Abandonamos la Catedral viéndolo casi todo pero asimilando casi nada. Demasiada información en tan poco tiempo. Una vez fuera hay que alejarse hacia el otro extremo de la Plaza Santa María para poder ver sin incomodidades la catedral completamente. Introducirla en una fotografía ya es otra tarea.

Desde la misma plaza sale cada cierto tiempo un trenecito que hace un recorrido por los principales monumentos de la ciudad. Treinta minutos sobre un tren que parece de juguete pero que está a escala humana para obtener una vista general de la ciudad. Empieza hacia el Paseo de los Cubos, junto a las murallas y bajo el Arco de San Martín, continua por delante del Arco de Fernán González, delante del Mesón del Cid y la Iglesia de San Nicolás, en lo que supone un paseo por la fachada trasera de la Catedral, sigue hacia la Iglesia de San Gil Abad y tuerce hacia la Plaza de España, prosigue por delante de la Iglesia de San Lesmes  hasta cruzar el rio Arlazón, pasar por delante de la fachada del Museo de la Evolución y girar por el puente de San Pablo hasta la estatua del Cid, que se rodea y se vuelve a girar por el Teatro Principal hacia el Paseo del Espolón para regresar a la Plaza de Santa María a través del Arco de Santa María, uno de los monumentos más emblemáticos de Burgos.

Gran parte de este paseo que realizamos sobre el traqueteo del trenecito lo repetimos después pero a pie, insistiendo sobre el mismo recorrido intentando así aumentar nuestra capacidad de retentiva. No sé si lo conseguimos o no, pero yo conservo un muy grato recuerdo de nuestro paseo por Burgos. Desde el Paseo del Espolón atravesando uno de los tres arcos bajo la Casa Consistorial accedimos directamente a la Plaza Mayor.

Como los niños comenzaban a estar rendidos y nosotros teníamos los pies como si hubiésemos pasado toda la tarde con unos zapatos dos tallas más chicas de lo habitual, decidimos que lo mejor era tomar el camino de vuelta al hotel, y cenar algo en los alrededores, pues ni teníamos mucha hambre -el lechazo harta, doy fe- ni nos quedaba mucho espíritu. De manera que cenamos en el mismo sitio a cincuenta pasos del hotel en el que habíamos desayunado más que aceptablemente ese mismo día