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jueves, 21 de agosto de 2025

Budapest Día 2

Segundo día en Budapest. Nos dimos un poco de margen para descansar y programamos la alarma a las 7:30, aunque yo ya llevaba un buen rato despierto antes de esa hora. Mi ansiedad en los viajes esa así. La idea era ir a desayunar a algún sitio cerca del hotel, porque no teníamos incluido el desayuno. El día anterior frente al Smashy Burger vimos un par de cafeterías que parecían apropiadas. Nos decidimos por Kaffeine. Espresso Bar. A mí me gustó. Tomé un café muy bueno y una especie de bollo algo dulzón con unas lonchas de un tipo de salchichón típico de la zona, con algo de rúcula. Muy rico.

Para nuestro segundo día teníamos también un free tour reservado pero en esta ocasión por Buda. El itinerario comenzaba junto a la estación de metro Széll Kálmán, que estaba prácticamente en uno de los otros extremos de la ciudad. Así que cogimos un taxi que nos acercó hasta allí. Los taxis son relativamente económicos en Budapest, y además como somos 4, pues compensa. Nos dejó cerca del Museo de la Moneda y Banco Nacional, que si bien no teníamos intención de visitar interiormente, sí de verlo por su exterior que, tras una reciente remodelación, ha mantenido su estilo Art Nouveau. Junto al edificio pudimos ver una grandiosa estatua de un ciervo, símbolo de la ciudad.

Esperando el momento del inicio del recorrido, junto a nosotros pudimos ver a unas aves que no recordaba haber contemplado antes. Me encanta ver especies de aves que no haya visto antes. Parecían cuervos, pero de menor tamaño que los que yo he solido ver, y lucían dos colores, la parte de la cabeza y el babero, así como las alas eran negras, el resto gris. Pensé que podrían ser unas urracas. No lo tenía claro. Le hices unas fotos para luego mirarlo con más tranquilidad en las redes. Según creo eran cornejas cenicientas, que es de la familia de los córvidos. En algún sitio decían que era un cuervo encapuchado. Parece que la principal diferencia es el tamaño. Así que me inclinaría por la primera, la corneja cenicienta, que además cuadra mejor por el hábitat, que es más sencillo encontrarla en ciudades.

Aún teníamos algo de tiempo hasta el inicio del tour y entramos en el centro comercial Mammut, que estaba a pocos minutos del punto de encuentro, pues Miguel se había venido al viaje sin un cinturón, así que fuimos a buscarle uno, ya que estábamos allí. Fue algo rápido.

Iniciamos el recorrido hacia el Castillo de Buda, por Várfok, y accedimos en ascensión por la Puerta de Viena, uno de los accesos medievales al casco histórico, también conocida como puerta judía. Conectaba el Castillo de Buda con el camino que llevaba a Viena. Giramos hacia la derecha donde está el impresionante edifico de los Archivos Nacionales de Hungría. Seguidamente encontramos el Ayuntamiento y en frente la Iglesia de María Magdalena, cuya torre gótica se remonta al siglo XIII. La iglesia sufrió graves daños durante la II Guerra Mundial y lo que queda es lo poco que se conservó. Dentro del casco antiguo, que está amurallado, hay un buen número de edificios oficiales,  como la Embajada de Alemania o  el Archivo de Historia Militar, hoteles y restaurantes. La guía nos llevó por un camino ajardinado, a la sombra de cerezos, que aunque no estaban en flor, estaban preciosos, desde donde disfrutamos de unas vistas excelentes a la ciudad. Un lugar acogedor y romántico. El paseo era un lujo.

Giramos para encontrarnos con la Estatua ecuestre de Andras Hadik, un capitán imperial húngaro. Por lo visto entre los estudiantes existía la creencia de que si le tocas las partes nobles al caballo,  te traería suerte en los exámenes, y ahora, con el viento a favor de la tontería humana, casi cada turista que pasa,  repite las caricias y el caballo tiene los testículos brillantes como fruta madura. En fin.

Al final de la calle el tiempo se detiene, la belleza coge aire y asciende, es imposible no levantar la vista hacia la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, también conocida por Iglesia de Matías, con su torre  del siglo XV. En frente, la estatua barroca de la Santísima Trinidad erigida para conmemorar el fin de la epidemia de la peste. Algo más al fondo la Estatua Ecuestre de San Esteban I (1906), sobre un pedestal neorrománico con escenas de su vida  y los cuatro leones guardianes, todo ello enmarcado por el precioso Bastión de los Pescadores, que hace las veces de muralla, mirador y terraza con vistas panorámicas sobre el Danubio con el Parlamento al fondo. Es un sitio verdaderamente bello a pesar de que estaba abarrotado de turistas. Pero no es de extrañar que todo el mundo que vaya a Budapest pase por allí.

Podríamos pasar el día contemplando cada uno de los detalles del barrio, pero no siempre es posible, en ese momento no lo era, la visita continuaba. Tras unos minutos de descanso que la guía nos regaló y que todo el mundo utilizó para hacerse fotos, seguimos con el tour. Caminamos por calle empedradas en dirección sur, hacia el Palacio Presidencial.

Todo esta zona algún día será preciosa, pero a nosotros nos tocó visitarla en obras. Grúas, albañiles con chalecos y casos fluorescentes, vallas señalizadoras, andamiajes, zonas de apero y sobretodo un terrible rugir de martillazos y taladradoras. Un trasiego extraño que mezclaba empleados ajetreados con turistas ociosos. Apenas pudimos escuchar la explicación que la guía ofreció sobre la Fuente del Rey Matías y sobre la leyenda que en ella se cuenta. Aquí acabó la visita. 

Nos acercamos a una terraza mirador que presidía la Estatua del Príncipe Eugenio de Saboya, desde allí había unas vistas magníficas hacia el Danubio y especialmente hacia el Puente de las Cadenas, el más antiguo de los puentes que unen las dos partes de Buda y Pest. Descendimos por unas inmensas escaleras que bajaban directamente desde el Castillo a la rivera del Danubio y desde allí cruzamos hacia Pest por el Puente de las Cadenas. Me agradó mucho cruzar el Danubio a pie por el puente.

Nos dirigimos por Zrínyi, que es una larga calle peatonal muy animada, llena de restaurantes, frente a la fachada principal de la Basílica de San Esteban. Sabíamos que los restaurantes allí no iban a ser baratos, pero yo había leído buenas críticas de algunos de ellos. Nos decidimos por Iconic Gulyás Lángos. La terraza tenía buen ambiente, y una mesa en la terraza y algunos platos que estaban tomando algunos comensales nos terminaron de convencer. Nos sentamos en la terraza. Barato no fue, pero comimos muy bien. Pedimos un lángos clásico, para probarlo, yo no las tenía todas conmigo, porque había escuchado que era como un churro pero con forma de pizza. La verdad es que nos gustó, especialmente a Pepi. Yo me pedí un gulash, o estofado de carne ternera con pasta de queso cottage. ¡Riquísimo! En el interior había varios músicos tocando en directo. Nos repusimos de la caminata más que bien.

Decidimos que una buena forma de bajar la comilona era caminar toda la famosa avenida Andrássy. Y eso hicimos. Iniciamos la caminata frente a la basílica y comenzamos el recorrido desde el inicio. Pasamos de largo por la Ópera, donde estuvimos el día anterior, cruzamos el cruce de caminos, Oktogon, y bajamos a ver la parada de metro en Vörösmarty, que nos habían comentado que las estaciones de metros en Andrássy eran los más bonitos y continuamos nuestro recorrido hasta llegar a la Plaza de los Héroes, al final de la avenida. A la izquierda está el Museo de Bellas Artes de Budapest, un edificio de estilo neoclásico con una colección egipcia y una pinacoteca estupenda, pero no disponíamos de tanto tiempo. A la derecha el Museo de Arte Moderno. Sólo contemplar el friso neoclásico de vivos colores, algo atípico, es algo espectacular. Contemplar su fachada es una delicia. 

Gran parte de la Plaza de los Héroes permanecía vallada porque estaban montando un escenario para un concierto que iban a dar próximamente y la afeó bastante. Al otro lado del lago, del que todos hemos visto fotografías de gente patinando sobre la lámina de agua congelada, está el Castillo de Vajdahunyad (qué trabajito lleva escribir estos palabros). El castillo tiene un aire mágico, como de cuento de hadas, con una arquitectura típica húngara y su torre de piedra junto al foso, abrigada de hiedra, es una estampa bellísima. Intramuros, frente al Castillo está la Capilla Jaki, de estilo románico, junto a un monasterio que sirvió como antigua abadía benedictina. Es sencilla y a la vez imponente. El entorno es precioso, un bosque de árboles de una elegancia extraordinaria. Al fondo incluso se veía un gran globo aerostático, que ascendía al calentarse el aire, pero que estaba bien sujeto con una larga cadena que impedía que ascendiese más de la cuenta.

Junto a la Capilla vimos una escultura dedicada al autor del Gesta Hungarorum, que es algo así como una crónica sobre la historia de Hungría, al que se suele denominar como Magister P, o simplemente Anonymous. La escultura posee un toque siniestro y lúgubre. A mí no sé por qué me recordaba a la Inquisición, que provocaba el terror allá por donde fuese. Por si acaso, abandonamos el recinto en dirección al Balneario Széchenyi, que no quedaba lejos de allí. 

Nuestra idea no era darnos un baño caliente porque era una experiencia que en agosto no nos apetecía, pero quisimos acercarnos para verlo de primera mano. Posiblemente es una de las atracciones más famosas de Budapest, y lo cierto es que no me llevé ninguna sorpresa, encontré lo que esperaba: un lugar icónico, el balneario más grande de Europa, bello y concurrido. 

Decidimos regresar al centro pero no nos apetecía realizar el mismo trayecto otra vez, y no era cuestión de fatigarnos los pies porque sí, así que llamamos un Uber vía app, que vino en forma de Tesla (en realidad lo pedimos así). Mi primera ocasión montándome en un Tesla. Me resultó curioso ver cómo el navegador de la pantalla simulaba hasta a la gente que caminaba por la acera. Nos llevó de nuevo hasta el inicio de la Avenida Andrássy, donde la guía nos había recomendado probar los Chimney Cake, un pastel típico húngaro de masa dulce en forma de espiral cilíndrica con la superficie caramelizada con un toque de canela o chocolate. A Pepi le encantó.

Tras tan dulce parada decidimos continuar nuestro descubrimiento de Budapest dejándonos perder por las calles del barrio judío y conocer de primera mano los Ruin Bars, que son unas cervecerías o bares de estilo vintage que se han montado en edificios abandonados, de varias plantas de altura, algunos de ellos en ruinas. Hay muchos de ellos. Buscamos un sitio que se llama Street Food Karaván, que es como una parcela donde se han montado un buen número de quioscos de comida rápida y típica, donde puedes comprar comidas de muchos tipos y después sentarte a comer en unas mesas de madera que hay por el centro. Es curioso, pero nosotros no teníamos nada de hambre.

Para esa noche habíamos reservado a través de la guía del tour de esa misma mañana un viaje en barco nocturno por el Danubio. Ella lo había recomendado y nosotros teníamos la intención de hacerlo, así que nos dejamos aconsejar. Como el barco salía desde el otro extremo de la ciudad, llamamos un Uber que nos llevó hasta el punto del puerto desde donde salía el barco. Llegamos pronto, pero nos vino bien porque luego no había asiento para todo el mundo en el barco y pudimos coger un buen sitio para disfrutar de las vistas durante el trayecto.

Budapest es una ciudad imperial, preciosa, verdaderamente bella, pero de noche lo es aún más.  Navegar por el Danubio, contemplando a izquierda y derecha los edificios del Parlamento y la Basílica, o el Bastión de los pescadores y el Castillo de Buda, todos ellos excelentemente iluminados, es un sueño de fulgor y encanto. El edificio del Parlamento, iluminado con brillantes focos dorados y su simétrico reflejo amarillento de la luz en el agua del Danubio producen un efecto casi radiante, como una corona de gloria, una aureola irradiando resplandor y belleza. Algo imposible de describir en un texto.

Descendimos de la travesía en barco todavía deslumbrados por la belleza imperecedera de lo que acabábamos de admirar, comenzamos a caminar y en cuanto comprobamos que había casi una hora de camino llamamos a un Uber que nos llevó de vuelta al hotel donde descansamos con la mente todavía abotargada por lo vivido. 



jueves, 7 de agosto de 2025

En Setenil de las Bodegas

Todos los veranos, desde hace ya muchos años, solemos irnos junto con una par de familias amigas a algún pueblo de la sierra de Cádiz, para desconectar del trabajo, del bullicio de los restaurantes masificados, del atasco tras atasco en el tráfico y del calor sofocante. Este año elegimos uno de los pueblos blancos de la Sierra de Cádiz: Setenil de las Bodegas. 

No era nuestra primera vez en Setenil de las Bodegas. Pepi y yo ya habíamos estado varias veces cuando ella estuvo destinada en Grazalema como profesora de idiomas. Pero ya hacía bastante tiempo, y nos apetecía.

Setenil tiene la curiosidad de tener algunas de sus calles del centro incrustado en la roca del tajo que se ha formado durante miles de años. No es que se haya excavado la roca, es que la roca ha ido erosionándose con el paso de los siglos, tal vez milenios, hasta quedar como la encontramos ahora mismo. Es algo muy curioso y especial para ver.

Aprovechando el tirón turístico de la localidad, muchas de esas cuevas se han convertido en restaurantes, y tiendas de comercio, de tal forma que el centro del pueblo, allí donde el tajo discurría más serpenteantemente, es ahora un entramado turístico popular.

Mis días de Setenil de las Bodegas no tenían doblez, eran repetitivos y simples. Recién iniciadas mis vacaciones, me deshice poco a poco del nerviosismo apresurado de los últimos días de trabajo, en el que la premura de cumplir los plazos estipulados, había ensanchado mis nervios de tal manera que me encontré como si tuviera el pensar algodonado, como si un mínimo raciocinio hubiese pasado a un estado permanente, aunque al fin resultara transitorio, de alelamiento general. A base de refrescar la cabeza en la piscina y de lubricar el gaznate con cerveza fresca, fui recuperando el pulso sosegado y lánguido de mis vacaciones.

Y así, casi como todos los veranos, una vez más, comprobé de primera mano que no existe mejor medicina que comer sano, dormir suficiente y disfrutar de una buena compañía. 

martes, 8 de julio de 2025

Sara Dowling Quartet en el Portón del Jazz

El Portón del Jazz volvió a ofrecer conciertos de jazz los viernes de julio. El primer viernes de julio, el día 4 de julio, fecha en el que se celebra el Día de la Independencia Americana, acudimos mi amigo Miguel y yo a ver a Sara Dowling Quartet. El concierto vino marcado por las últimas noticias de la Guerra de Gaza, pues Sara Dowling es una cantante palestino-irlandesa, y aunque lleva viviendo dos años en Valencia, gran parte de su familia vive actualmente en Amán, la capital de Jordania, exiliados desde Palestina. El genocidio en Gaza por parte de Israel contra la población civil palestina no tiene nombre.

Sara posee una voz intensa y una fuerza interpretativa que creo que se vio acentuada por el momento particular de su vida. Al igual que ocurrió con el setlist, que estuvo marcado por una selección de canciones elegidas para el día. Esto provocó que el concierto alcanzara momentos de mucha emoción. 

El cuarteto estaba formado además de por Sara Dowling a la voz; su marido italiano, Dario Di Lecce al contrabajo, el pianista húngaro, Mátyás Gayer y en la batería el británico Steve Brown

Uno de mis temas favoritos del concierto fueron el standard con sonido íntimo Speak Low y una versión de Sarah Vaughan de I'm glad there is you.

La movida versión  I hadn't anyone till you dio paso a varios estupendos solos de los instrumentistas y seguidamente interpretó una canción propia muy sentida, Our matches aren't parades.


viernes, 11 de abril de 2025

Mañana y tarde - Jon Fosse

Cuando lees un libro que te gusta, estás deseando comenzar otro del mismo autor. Es algo que normalmente ocurre, es casi un pensamiento directo, correlativo. Si una cosa te gusta, lo evidente es continuar. Pues en cuestión de lecturas yo lo evito. Me gusta darles tiempo a las lecturas. Intento, sin otra razón aparente, salvo un capricho personal, ir saltando autores, incluso voy más allá y suelo intentar saltar autores y épocas. Me gusta ir pasando de lecturas contemporáneas a clásicas, pero también mezclar entre narrativa con poesía o ensayo. Además, me gusta salpicar lecturas de autores hispanoparlantes con autores de lengua extranjera. Soy así, particular y antojadizo.

Esto que comento es una pauta personal, para nada un mandamiento, porque por encima de este orden está el libre albedrío o la voluntad instantánea del momento. Es una querencia, una especie de equilibrio general, como si cuidara la nutrición de mi cerebro de la misma forma que busco la variedad en la alimentación digestiva. Tonterías personales. Supongo que soy yo alejándome de los radicalismos.

Después de leer Blancura de Jon Fosse, me quedé con ganas de leer otro de sus libros. Pero, como digo, pasé a otro tipo de lectura. Sin embargo, semanas después, pasé por la biblioteca y cuando vi este libro, no pude evitar llevármelo a casa. Se me quedó enganchado de tal manera, que comencé a leerlo allí mismo. 

Mañana y tarde es un libro corto, una lectura breve, pero intensa, con ese aire de misterio e hipnotismo que desprende la escritura de Jon Fosse. ¿Es un cuento? No diría tal, pero sí que tiene el aire de un cuento. ¿Es una novela de misterio? ¿de ciencia ficción? Sí, pero no. ¿Entonces qué es? Quizás cada persona pueda entenderla de manera distinta, quizás lo mejor sea leerlo y sacar sus propias conclusiones. O no. 

lunes, 7 de abril de 2025

Escapada rural a Pinseque

Dicen que el roce hace el cariño y creo que es así a pies juntillas. Ese roce se puede hacer día a día en el trabajo con un compañero, en el ascensor con un vecino, o como el caso que me ha tocado a mí: por redes sociales. Así es. Un foro en español de mi banda de rock favorita, Pearl Jam, donde entrabas a hablar de música, y a comentar giras, conciertos discos,... poco a poco vas conociendo a las personas que están detrás de las palabras. Un día coincides en un concierto de una gira, otro día en tal otra gira, y lo que empezó como una curiosidad va, con el paso de los años, y miles de palabras escritas en un teclado, ya sea de un ordenador o un móvil, en un foro o en un grupo de whatsapp creando conexiones, vínculos. La música y las palabras siempre pueden unir a las personas.

De manera que esa amistad en la red, ese nexo virtual, va creando nudos de cercanía, lazos acompasados por conciertos y música compartida. Festivales de común confluencia, reuniones de primeras filas. Recomendaciones musicales que dicen más de lo que suena. Así, coincidiendo en gustos musicales va uno mimando una relación sin más ambición que la de compartir el tiempo -quizás lo más importante que tenemos-  con la solidaridad del que siente de manera similar al otro. Coincidencias del primer mundo.

Con el paso de los años, a veces, incluso, conseguimos sacar un fin de semana para juntarnos y echar unas risas. Pepi y yo volamos a Valencia, donde nos recogió en coche un amigo valenciano, con el que fuimos a Pinseque, cerca de Zaragoza. Este año, una madrileña, un uruguayo, una granaina, un vasco, un valenciano, un burgalés, una wisconsinesa, junto con estos dos malagueños y un par de alegres canes nos reunimos en una casa rural. Echar unas risas, compartir unos chuletones, disfrutar de la compañía. No hace falta mucho más para ser felices.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Blancura - Jon Fosse

Ya saben que soy caprichoso con las lecturas. Que un libro puede estar por casa varios años -también podría escribir décadas- y sin sospecharlo, sin ninguna razón aparente, salvo mis arbitrarias elecciones, tan azarosas e inciertas como impredecibles, podría ser el libro elegido.

En esta ocasión tenía en el horizonte acudir al hospital, ya saben, al trasteo de la entrada anterior, y se suponía que iba a estar una temporada con más tiempo libre, aunque todavía no sabía si con ganas de leer. El asunto es que tenía desde hace tiempo curiosidad por leer algo de Jon Fosse, el autor noruego galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2023 y su última novela Blancura, me pareció que podría ser la adecuada. Me la habían regalado recientemente los Reyes Magos, y estaba todavía sin ubicar en ninguna estantería. Me lo llevé al hospital, me pareció que podría ser una lectura adecuada.

Un hombre conduce sin un rumbo en mente, hasta que su coche queda atascado al final de una pista forestal. Es una tarde de finales de otoño, ya casi no hay luz y comienza a nevar. En lugar de volver caminando hacia atrás en busca de ayuda o quedarse en el coche, de forma imprudente y sin saber muy bien por qué, el hombre decide adentrarse en el bosque. Inevitablemente, se pierde, y la noche sigue avanzando. Cuando el agotamiento y el frío empiezan a vencerlo, vislumbra un extraño resplandor en medio de la oscuridad.

Cuando leí este párrafo, que es parte de la sinopsis que acompaña al libro, no pude evitar pensar en la muerte, esa luz misteriosa era una especie de hipnótico fin, una puerta de salida o tal vez de entrada. Tendría que leer la novela. No andaba yo tan perdido como el protagonista, o tal vez sí. Pero lo acompañé a su viaje de descubrimiento, al principio algo aturdido por el efecto de la anestesia y lo acabé con una mezcla de esperanzadora desilusión. No sé si esto es posible, pero así fue. Luego pensé que el libro no es tanto religioso, como sí espiritual. No contesta preguntas directamente, pero te deja con muchas rondándote la memoria. 

En mi imaginación el libro me hizo evocar a las ballenas que se apartan de su grupo para acabar muriendo varadas en una playa. O a los elefantes que se separan de su manada, para alejarse en soledad al cementerio de elefantes, donde muy posiblemente perecieron sus padres y seres queridos. Es un final trágico el de las ballenas y los elefantes, pero al mismo tiempo -al menos a mí me lo parece- es romántico. ¿Y si los humanos hiciéramos lo mismo? ¿Y si pudiéramos prever nuestro último momento y decidiéramos coger el coche e ir al sitio donde todos tuviésemos nuestro final?


miércoles, 13 de septiembre de 2023

El perfeccionista en la cocina - Julian Barnes

Me gusta la cocina y me gusta leer, aunque no tanto leer libros de cocina, y nunca había leído a un escritor hablar sobre cocina. Creí que éste era un buen libro por el que comenzar y acerté. Lo cierto es que, una vez leído, no aprendí mucho de cocina leyéndolo, algunas cosas sí, claro, siempre se aprende algo leyendo, como que es importante respetar y tener en cuenta los tiempos, así como anotar las que sabes que te funcionan. La cocina no es una ciencia exacta y cada horno, cada placa de fuego tiene sus propias medidas. Por eso hay que ir aprendiendo los tiempos de cada plato en casi cada cocina.

También aprendí, algo que yo no he tenido nunca muy en cuenta, que las recetas de los libros en un alto porcentaje de las veces no son muy específicas. Y a veces incompletas. Suponemos que por falta de rigor, quizás por prisas en las fechas de entrega, o tal vez por mantener algunos secretos. En cualquier caso, Julian Barnes es un británico con un típico y agudo humor británico que hace uso de él contando sus eventualidades que en muchos casos han sido catastróficas desgracias en la cocina. A veces chistoso y alegre, a veces abatido y derrotado, pero siempre entretenido y ameno.

Me he reído mucho con este libro, y si bien muchas de las sugerencias se escapan a la sencillez de mis platos habituales, sí que tras leerlo me han entrado más ganas de cocinar cosas distintas, que no es poca cosa. 

Una cosa que tengo en común con Julian Barnes es que ama ir a Mercados, hacer la compra, ir a ver qué es lo que hay fresco, cuáles son las frutas o verduras de temporada. Ir al mercado es siempre algo más caro, es cierto, pero también es cierto que se compra mejor calidad en la mayoría de los casos.


domingo, 23 de abril de 2023

Sofía cumple 17

No conozco a nadie que tenga tantas ganas de que llegue su cumpleaños como a Sofía. Meses antes de que se acerque la fecha ya está imaginando cosas alrededor de su cumpleaños. Siempre trato de recordarle esa cita tan sabia de que a grandes expectativas, grandes decepciones, pero no me hace mucho caso.

Como su cumpleaños este año caía en domingo, quedamos con los abuelos y los titos y los primos y los invitamos a todos a desayunar churros con chocolate. Sofía cogió una banda que guardaba de otro cumpleaños suyo anterior y orgullosa se la colocó cruzada en el pecho, así presidió la mesa.

Además de esta celebración, desde hace años que el día de su cumpleaños siempre vamos a comer fuera y, por ser su día, ella disfruta del privilegio de decidir el sitio. Normalmente elegía ir a la Pizzería Ramazotti y se pedía una lasagna, pero tras la Covid comprobamos con tristeza que el ristorante italiano cerró, así que este año no tuvo más remedio que elegir un sitio distinto. Sorprendentemente eligió un restaurante indio. Y allí fuimos.

La comida india nos gusta a todos. A unos más picante y a otros menos, pero nos gusta a todos. Tuvo también sus regalos, como es natural, pero lo que de verdad le apetecía era tener su cuarto propio.  Y ese día, tras mucho esfuerzo, ya tomó posesión de su cuarto. Se la veía muy contenta.


Pd: Una semana más tarde todavía Sofía celebró su cumpleaños una vez más, esta vez con sus amigos en una pizzería. 


miércoles, 19 de abril de 2023

Un cuarto propio

Sofía y Miguel ya se nos van haciendo mayorcitos. Sofía ya está saliendo de esa brumosa franja que es la pubertad y Miguel está en el centro del amplio salón de la adolescencia. En esa coyuntura, ambos comparten habitación, porque aunque nuestro piso tiene tres dormitorios, uno lo mantenemos como una habitación para el ordenador, los libros y los cds, y trastos en general.

Durante muchos años hemos sabido que "el cuarto del ordenador", nuestro despacho, tenía fecha de caducidad, que era algo provisional y que algún día no tendríamos más remedio que usarlo como dormitorio para uno de los dos. Hemos retrasado ese día más de lo que en un principio pensábamos, porque nos gustaba escucharlos reír, o charlar por las noches. Y sabíamos que si los separábamos eso se iba a perder. Finalmente cada uno de los dos estaba loco con la posibilidad de tener un cuarto para ellos y tuvimos que ponernos mano a la obra.

Sofía ya tenía sus propios planes de cómo quería su cuarto, que si la cama para allá, que si una luz aquí, una mesa allí, un espejo en esta pared, aquí el caballete de pintura y allí unos libros. Miguel no tenía las cosas tan claras, pero quería cambiar el color de la pared, quería un espejo grande, una mesa para hacer deberes y mucho espacio para guardar sus cosas.

Tomamos las medidas pertinentes y nos dirigimos a Ikea en busca de un par de mesas con cajones, una silla, una mesita de noche, dos armarios y, como suele ocurrir cuando acudes a Ikea, nos  trajimos también un buen montón de cosas que no necesitábamos.

Llegó el momento, pero como antes de entrar hay que dejar salir, antes montar el cuarto había que vaciarlo, y fuimos sacando unos libros, una estantería, y así hasta que al final logramos sacarlo todo. Unas manos de pintura, un cable por aquí, un martillazo por allá, apretar unos tornillos unas cuantas tardes  y  poco a poco, con la ayuda de todos, lo fuimos logrando y ya, por fin, cada uno de ellos tiene aquello que tanto deseaba Virginia Woolf, un cuarto propio.


sábado, 7 de enero de 2023

Esta bruma insensata - Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas es uno de los autores que tengo entre mis querencias habituales. Tiene una escritura fronteriza entre ficción y realidad, entre narrativa y ensayo (auto)biográfico. En muchos de sus libros sus protagonistas son escritores buscando un tema de escritura, o bien, se encuentran angustiosamente en mitad un bloqueo. Escriben para tratar de evitar la página en blanco, en una forma de huida hacia delante intentando huir o prevenir el bloqueo del escritor.

Vila-Matas gusta de incluir abundantes citas literarias en sus textos, a veces la cita es de cosecha ajena, de otros autores, o a veces la cita llega de manera directa de sus personajes. Deja a la interpretación del lector si lo que se dice que dijo fue dicho o si es una licencia literaria decir que alguien, tal vez, dijo tal cosa. Esa zona brumosa de realidad versus ficción. En cierto modo da igual, no tiene más importancia que que aquello que uno está leyendo funcione. Y la literatura de Vila-Matas funciona.

Esta bruma insensata, no ha resultado ser una de mis novelas favoritas del autor barcelonés, pero no se puede decir que no mantenga el espíritu de su literatura. La prosa de Vila-Matas es mucho más Vila-Matas que el propio autor. El autor se puede desdecir, imagino que hasta puede pasar desapercibido disfrazándose, pero su literatura tiene unas facciones reconocibles con facilidad y difícilmente pueda esconder la pluma detrás de sus palabras.

En la faja que venía envolviendo el libro hay una cita de Paul Auster que dice: Con Enrique Vila-Matas sólo tienes que dejarte llevar porque estás en manos de un maestro. Y estoy de acuerdo. Pero habría que añadir que es un maestro de su propia literatura, de su voz narrativa que es a la vez inalienable y sumamente expansiva -¿me han quedado muy grandilocuentes estos adjetivos?-.

A veces pienso que cuando Vila-Matas escribe mantiene como máxima no apartarse de sus obsesiones y mantenerse firme en su voz narrativa. Con eso ya tiene enganchado y contento a su público, en el cual me incluyo. Lo demás es simplemente ir escribiendo a ver qué va saliendo. Gracias de nuevo.

Pd: A penas unas semanas después acudió Enrique Vila-Matas a dar una conferencia en un Ciclo de Arte y Literatura en el Carmen Thyssen de Málaga. Eligió previamente un cuadro del Museo, La buenaventura de Julio Romero de Torres. Y vino a ofrecernos su punto de vista sobre el cuadro. Fue muy interesante. Y me dedicó el libro.

Pd: Me dedicó el libro -digo- pero por cosas de la vida puso para Salvador Romero, en lugar de Salvador Moreno.  Igual, si viene en otra ocasión, se lo llevo para que lo rectifique.


viernes, 12 de noviembre de 2021

Muñoz Molina

Me enteré de casualidad que acudía a Málaga el magnífico escritor Antonio Muñoz Molina para ofrecer una charla patrocinada por la Fundación Manuel Alcántara, en el Salón de Actos de Unicaja en la Plaza de la Marina. Lo presentaba o introducía, Guillermo Busutil y el tema principal del que trataría sería La mirada del escritor. Algo tan amplio como etéreo y personal. Desde que supe sobre estos diálogos tenía claro que quería asistir.

Llegado el día acudí con toda la antelación que pude, porque era un jueves laborable y tuve que hacer algunos cambios para poder acudir y, especialmente, porque la entrada era gratuita hasta completar aforo, y estas cosas se llenan pronto, sobre todo si hay un premio Príncipe de Asturias de las letras por medio. Además todo venía envuelto en una feria del libro que tenía lugar en la misma plaza. 

Mi amigo Miguel, mi habitual acompañante a coloquios, firmas de libros, presentaciones culturales y a todo cuanto huele a representación artística se apuntó sin dudarlo. Como llegamos con tiempo, pudimos acercarnos a la firma de libros de José Antonio Garriga Vela, que acababa de publicar su novela Horas muertas y estaba en la caseta esperando atender a sus lectores.

Seguidamente nos fuimos para el salón de actos y esperamos pacientemente el inicio. Como estábamos inmersos en una pandemia tuvimos que entregar nuestros datos antes del acceso, para llevar un control por si acaso nos dijeron.

No sé qué me gusta más, si escuchar a Muñoz Molina o leerlo. Creo que prefiero leerlo pero también me gusta mucho escucharlo. Además, como regalo, al final de la conferencia tuvo la paciencia de quedarse a firmar algunos ejemplares de los lectores que quisimos esperar. Algo tan simple como una sencilla firma a mí me hizo una especial ilusión, porque he pasado muchas horas de mi vida leyendo a Muñoz Molina, como si hubiera estado sentado junto a él en esa famosa terraza, de la que tanto habla en su último libro, escuchando lo que estaba pensando. Porque los último libros de Muñoz Molina apenas están disfrazados. Son una especie de diario personal de vida y sociedad. 

Regresé a casa deseando llegar a la cama y seguir escuchando en sus páginas lo que me quisiera contar.


 

viernes, 6 de agosto de 2021

La M.O.D.A en el Marenostrum Fuengirola

Hace ya bastantes años que escribí por aquí sobre una canción de La Maravillosa Orquesta Del Alcohol que me tenía robado el corazón, Vasos Vacíos. Me la ponía una y otra vez, repetitivamente, una vez entraba en ella era difícil salir. Tenía muchas ganas de verles en directo, y de poder escuchar esa canción. De manera que estuve atento a giras, salas y por una razón u otra la oportunidad no llegaba a concretarse. Siempre ocurría algo. Cada vez que venían cerca no me era posible. Mea culpa.

Cuando ya había perdido la esperanza, y también la fiebre inicial por fin llegó el día, y encima a un paseo de casa, y claro yo había estado todos estos años escuchando sus discos. Vinieron al Marenostrum del Castillo de Fuengirola, en plena pandemia, distanciamiento y mascarillas mediante, pocos días antes de coger mis vacaciones, cuando estábamos hasta arriba de trabajo, pero fui.

El concierto estuvo muy, muy bien, ellos tocaron estupendamente, el cantante sigue manteniendo esa voz desgarrada, y la música en directo siempre tiene ese brillo distinto que la mejora y la completa. Si he de poner un pero al concierto (aunque no tendría porqué) es que me pareció algo corto, o al menos, así se me hizo. No llegó a una hora y media en total. Por poco, pero no llegó.  También es cierto es que iban a saco, casi sin descanso ni respiro entre canción y canción. Hilando una tras otra, que siempre es de agradecer, para no perder el crescendo de la emoción del directo.

Vasos Vacíos la interpretaron de otra manera, algo cambiada, con el ritmo más marcado, algo encerrada, encorsetada, y a mí me hubiera gustado que la interpretaran de una manera más parecida a como yo tantas y tantas veces la amé. El resto de canciones del concierto, pues las bordaron. Sólo pude ponerme en pie y aplaudir hasta enrojecer las palmas de las manos. Cuando vuelvan cerca, allí estaré.

Ahora es una banda con infinidad de seguidores, y bueno, yo no voy a decir que soy el más fan de todos, porque no lo soy, pero sí que estaba ahí desde casi el principio. Cuando hace años escribí mi entrada, por la razón que fuera les llegó, y por lo visto escribieron un tweet, y enlazaron mi blog, y dijeron algo así como: Solo porque alguien escriba esto de una canción tuya merece la pena haberla escrito. Me hubiera gustado acercarme y darle las gracias por lo que dijeron, pero no se iban a acordar de ello, ni tampoco existía la posibilidad de acercarme a ellos para saludarles y contarles la miles de horas que me acompañaron, pero bueno, siempre está la magia de Internet.

jueves, 10 de septiembre de 2020

El fin del verano

Poco a poco las vacaciones se estaban acercando a su fin pero aún teníamos algunas actividades pendientes por realizar que debido al confinamiento no habíamos podido llevar a cabo. Una de ellas era dar un paseo junto al mar, los cuatro, sin prisas, para terminar en un chiringuito regalándonos un buen homenaje de sardinas al espeto, que lo estábamos deseando, y eso que ya en casa también las cocinamos, aunque claro, no es lo mismo, no son al espeto al fuego de leña junto a la brisa marina, sino al horno, pero bueno, también terminamos chupándonos los dedos. 

Sofía tenía pendiente también un concierto de Aitana, que es su cantante favorita. El concierto, como casi todo en este año de Covid, había estado varias veces a punto de suspenderse pero finalmente se pudo realizar. Fue en Marbella, en el Starlite Festival, y se celebró al aire libre, con mascarillas y manteniendo las distancias de seguridad y todas las medidas que estaban contempladas para evitar al máximo los contagios. Mientras la madre y la hija asistían al concierto, Miguel y yo nos acercamos a comer a uno de los sitios favoritos de Miguel, el restaurante Bocaseca, que ponen unas costillas al estilo americano de rechupete. Luego bajamos a Puerto Banús para tomar un helado y contemplar los yates imponentes  atracados en el puerto. Nos despedimos del lujo de lo más elitista de Marbella y regresamos al Starlite para recogerlas tras el concierto.

El colofón tras la vacaciones fue el cumpleaños de mi padre. El abuelo Miguel para los niños. Ochenta años ya. El tiempo pasa para todos e incluso para él, aunque a veces no lo parezca. Recuerdo muy bien cuando cumplió los 40 años.

Llevaba mucho tiempo esperanzado en poder celebrar su cumpleaños y a todos nos rondaba el pesar de que, con este funesto virus, no fuese posible y que todas sus esperanzas e ilusiones cayeran en un pozo, pero se acercaba el día y al final sí fue posible. Algo más reducido, con menos pompa, pero se pudo. Que era lo importante. Felicidades papá.


martes, 3 de marzo de 2015

Homeland. Temporada 1

Después del buen sabor de boca que nos dejó a mi santa y a mí la primera temporada de la serie Fargo y teniendo en cuenta que la segunda temporada no se estrenará hasta el próximo otoño, en el mejor de los casos, hemos decidido lanzarnos a otra serie, pues las noches, después de acostar a los niños, recoger los líos de casa y dejar medio preparado el avituallamiento habitual del día siguiente, no da para mucho más que una hora pelada y mondada, de manera que, si no es nuestra intención adornar nuestras miradas con profundas y llamativas ojeras y pretendemos ser capaces de tener energía para sobrellevar el día siguiente de una manera digna, hemos tomado la decisión de dejar las películas para los fines de semana y las series para los días de entresemana.

Así que nos volcamos en Homeland, una serie que nos habían recomendado varios de nuestros amigos, y si bien a mí personalmente no me ha gustado tanto como la serie basada en la película de los hermanos Cohen, sí admito que me ha entretenido suficiente como para querer ver la segunda temporada. Homeland, hasta donde sé, tiene cuatro temporadas completas, de 12 capítulos cada temporada, y según parece ya está anunciada la quinta temporada para este mismo año.

Nosotros no vamos a ir tan ligeritos, y una vez que acabamos de terminar la primera temporada ya hemos pensado en saltar a otra serie -ya os contaré cuál-, porque queremos darle tiempo entre una temporada y otra, para separarlas un poco, aunque sólo sea unas semanas.

Lo mejor de la serie, a mi juicio, es lo bien que mantienen la intriga, aunque a veces es algo forzada. Los personajes son creíbles, aunque la protagonista, Carrie Mathison, interpretada por Claire Danes, en ocasiones me parece demasiado desaforada y compleja. Todo lo contrario que Nicholas Brody, interpretado por Damian Lewis, que es más efectista de la cuenta y que creo que sería un caramelo para otro actor que alcanzara más registros interpretativos. Pero sin duda, de entre todo el elenco de actores, mi favorito es Mandy (Mandel) Patinkin, que aunque tiene nombre de mujer (al menos así lo creía yo) interpreta magistralmente al jefe de división de Oriente Medio de la CIA y el antiguo jefe y mentor de Carrie. Seguiré informando.
 

lunes, 9 de junio de 2014

La vida es...

Había pensado empezar esta entrada diciendo que a veces la felicidad se esconde en el fondo de una botella de cerveza, pero sopesando bien el verbo creo que quizás fuese mejor afirmar que la felicidad se muestra -que no se esconde- en el fondo de una botella de cerveza. Pero claro, con tal afirmación como comienzo de entrada, pueden ustedes llevarse la impresión de que hago apología del alcohol, o algo así, cuando en realidad yo no soy hoy en día (de otra época anterior no respondo) una persona que se pierda por las cantidades, si no más bien por las calidades. De todas formas, como a veces me cuesta tanto explicarme, y por tanto tengo que estar todo el rato dando vueltas a la misma idea, de un lado para otro, hasta intentar medianamente explicarme. Lo que yo realmente quería alcanzar a decir, si hubiese sido capaz de explicarme más allá de un comienzo de párrafo, era que: compartir unas cervezas, o un café, o un té o sencillamente un vaso de agua con unos amigos, es posiblemente una de las formas más simples de acercarse a la felicidad.

Seis personas en una terraza alrededor de una mesa, bajo el envoltorio perfecto de un cielo idílico, con un mar de fondo tiñendo el horizonte, compartiendo sus experiencias, sus recuerdos y sus deseos inmediatos, aliñando la conversación con manjares diversos, salados y dulces, es, bajo mi punto de vista, uno de los placeres más sencillos que existen. Pruébenlo, merece la pena.

viernes, 9 de mayo de 2014

Freír relativamente un huevo

Los que conocieron a Albert Einstein cuentan que era un hombre afable, gran conversador aunque no muy amigo de las entrevistas y los clamores multitudinarios. Estoy seguro de que Einstein era un físico magnífico y revolucionario, pero a mí lo que no deja de sorprenderme son las reflexiones que ha dejado para la posteridad. Una de ellas la puse en este blog hace unos años, y hoy quiero poner una de sus míticas respuestas en una de sus ponencias.

Durante una rueda de prensa un periodista preguntó a Einstein: ¿Me puede usted explicar la relatividad? A lo que Einstein contestó:  ¿Me puede usted explicar cómo se fríe un huevo? El periodista extrañado por la respuesta recibida dijo: Pues sí, sí que puedo. Entonces Einstein le replicó: Bueno, pues hágalo, pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite ni el fuego.
Yo no sé ustedes, pero me parto con la ironía de este genio.


viernes, 3 de enero de 2014

Los primeros días del año...

Estos primero días del año vienen rodeados de buenos propósitos y todos, en mayor o menor medida, pretendemos cambiar algún aspecto de nuestro comportamiento, de nuestra forma de ser. Mi pequeña experiencia me dice que es complicado cambiar, pero que si la intención es constante y no se diluye en los primeros días de las semanas siguientes, puede que  finalmente se consiga.

Lo más sencillo es comprender que es cierto, que cambiar es posible y que todo lo más importante para ser feliz en la vida está en nosotros mismos, en nuestro interior. No hay que pagar por ello, no hay que pedir favores, ni siquiera se necesita realizar un gran esfuerzo para lograrlo. Nuestra felicidad depende de ello, y ese "ello" somos nosotros. La felicidad de nuestras vidas está en nuestra manera de buscarla. La felicidad, bien pensado, no es un fin, sino un medio, y sólo a través de él lo podremos alcanzar. Pero no quiero seguir con este parafraseo redundante que empiezo a parecer a Coelho en El País de la autoayuda, y no es lo que pretendo.

Ahí van unos consejos por si quieren seguirlos:

 Creo que se entiende bien y no necesita traducción.

martes, 26 de noviembre de 2013

Como una leyenda

El domingo estuve en el cementerio; la hermana de un viejo amigo mío no pudo sobrevivir a una complicadísima doble operación de pulmón y corazón. Ni cincuenta años contaba. Un marido y una hija de apenas catorce años deja en este mundo. Una verdadera lástima.

Cada vez que visito el camposanto vivo un sentimiento contradictorio. Por un lado está la pena por la persona que deja esta vida, por las personas que le lloran aquí y que tendrán esforzadamente que intentar superar el drama de la muerte de una persona cercana y querida; pero al mismo tiempo, casi en contraposición, en mi interior siento un sensible impulso de vida, algo así como una respuesta inmediata a la muerte, una especie de deseo enérgico por querer aprovechar más intensamente los días.

La cercanía de la muerte, tan presente y tan ausente en nuestras vidas, me obliga a mirar de soslayo aquello que se queda y aquello que está por venir, por eso cuando la muerte roza mi vida en cualquiera de sus formas, seguidamente siento un impulso efusivo por vivir. La muerte nos recuerda que la vida es tan efímera como los minutos, y que hay que aprovecharlos antes de que se acaben, de que se nos vengan encima, que seguro que se nos vendrán en nuestro último día, por eso al volver a casa, en el regreso al hogar desde el cementerio, los abrazos son más estrechos y los besos tienen un sabor más pausado. Es la forma más natural y directa que conozco de sentir la vida.

Más tarde antes de acostarme, cuando los chiquillos dormían bien acurrucados bajo sus mantas en las esquinas de las camas, me acerqué a mi coqueta biblioteca, abrí un libro de citas y dudé si buscar la palabra muerte o la palabra vida. Al final me quedé con esta cita de Séneca:

La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Arte callejero 20

No sé si Einstein dijo alguna vez lo que está escrito en el cartel que sostiene en esta pintada vista en algún muro de Canadá, pero estoy seguro de que estaría de acuerdo. ¿No creen?


viernes, 8 de noviembre de 2013

Voltaire dixit

Otra cita que me gustó y que me traje de Úbeda y que ahora comparto con ustedes, es ésta de Voltaire, que desafortunadamente no llevo al pie de la letra tanto como me agradaría.