jueves, 30 de abril de 2026

Gravedad cero - Woody Allen

Ya he contado más de una vez por este blog caprichoso y personal, que soy un asiduo seguidor de las películas de Woody Allen, y que también soy lector de todo lo que publica aparte del cine. Digo lo que publica porque a veces son guiones, otras veces son cuentos o relatos, o incluso series. En cualquier caso, suelo estar atento a todo lo que lleva su firma porque, a mi juicio, es uno de los grandes.

Este Gravedad Cero reúne diecinueve narraciones. El escenario principal es Nueva York, pero a partir de ahí, todo puede ser posible. Puedes reencarnarte en una langosta, ser dueño de un caballo que pinta cuadros, o simplemente enamorarte de una joven mientras paseas por Central Park. El punto común de todos estos relatos son el ocurrente humor del longevo autor norteamericano. 

Me reí a carcajadas mientras lo leía. El cuento titulado Park Avenue, piso alto, urge vender fue directamente desternillante. Lo leí dos veces de lo que me reí. Pero de todos los relatos, mi favorito fue el último y más extenso, Crecer en Manhattan, con enormes tintes autobiográficos.

Muchas de estas piezas fueron publicadas con anterioridad para la revista The New Yorker, pero el resto se han publicado en este libro por primera vez. Yo no había leído ninguna de ellas, pero si no se ha leído nada del autor neoyorquino es una estupenda toma de contacto, aunque yo siempre recomiendo sus películas.

Quisiera destacar la traducción, porque hay muchos de los apuntes de Allen que son de un carácter local o al menos nacional. Muchos guiños a la actualidad y si no te dan una pincelada que te oriente, algunas bromas no son fáciles de pillar. Woody Allen es una persona observadora, y siempre está atento a advertir los dobles sentidos de las frases, pareciera que camina avizor y acechante a pillar algún agudo detalle que los demás hemos obviado. Lo recomiendo.


martes, 28 de abril de 2026

Los recibimientos

La segunda división es una liga loquísima y el Málaga el más loco de todos. Acabábamos de ganar al SD Huesca por un 5-3, en La Rosaleda y con esos tres puntos nos colocábamos en cuarta posición. Cuatro puntos sobre el Burgos, equipo que quedaba, en esa jornada 30, fuera del Play-Off de ascenso, y lo más importante, a un solo punto del Deportivo de La Coruña, que ocupaba la segunda posición, empatado a puntos con el UD Almería, que ofrece acceso directo a primera división. El sueño al alcance de un partido.

Tocaba desplazarse a una plaza nunca sencilla como es la del Cádiz CF., que si bien en esos momentos estaba a siete puntos del descenso, no disfrutaban de una posición holgada en la clasificación. A priori iba a ser lo que se conoce un derbi andaluz a cara de perro. Pero como el fútbol en muchas ocasiones se empeña en hacer justo lo contrario a lo que se espera, resultó que en el minuto 22, en una contra, desde fuera del área y con la pierna izquierda, Chupe, colocó el balón cruzado ajustado al palo izquierdo de la meta del portero, 0-1. Cinco minutos después el Málaga pudo ampliar el resultado pues Joaquín lanzó al palo una jugada a la contra, pero en el minuto 34, otra vez Chupe, tras luchar un balón, dentro del área, entre dos jugadores cadistas, consiguió hacerse un hueco y anotó haciéndole imposible al portero detener el balón, 0-2. Así se llegó al descanso, y todos los planes, los ajustes que el entrenador del Cádiz, Sergio González pudo hacer, no sirvieron de nada porque en el primer minuto de la segunda parte, Dani Lorenzo anotó el tercero y definitivo 0-3. Pudo ser una goleada de escándalo.

En el siguiente partido en La Rosaleda, contra el CD Leganés, equipo situado justo debajo del Cádiz, en la parte baja de la clasificación, se esperaba un partido en el que el Málaga debería asegurar los tres puntos, como siempre ocurre en casa, pero especialmente más en este tramo casi definitivo de la temporada. Nos faltaban Dotor por lesión y Adrián Niño, convocado con la Selección Nacional sub-21 El partido comenzó con dos grandes paradas casi en la línea de gol por parte del cancerbero pepinero, Juan Soriano, exmalaguista. Un tiro se fue alto por poco. Una contra casi perfecta salió junto al palo en el último minuto de la primera parte. En la continuación todo siguió igual. El Málaga asediaba pero no marcaba. Toda la puntería que se mostró en Cádiz se había esfumado. Al borde del minuto 60, Dani Lorenzo tiró al larguero. La suerte no parecía estar de nuestro lado. Juan Soriano seguía sacando todo lo que iba entre los tres palos y por eso fue el jugador del partido y simplemente no era el día. 0-0.

Jornada 33, tocaba partido internacional, pues nos desplazábamos al  Encamp, donde juega como local el FC Andorra, que venía de golear a la Cultural Leonesa por 0-4. Nos recibían colocados en la media tabla, lo que a mi parecer hace que estos  equipos despreocupados sean muy peligrosos, aunque también algo inconstantes o impredecibles. Y más teniendo en cuenta que era una jornada entre semana, con lo que se suponía que habría un buen puñado de cambios en el once titular, como así fue. Además, por si no fuese suficiente, llovía. En cambio, en la mitad de la primera parte, cuando el partido estaba más dormido, en un saque de esquina, Murillo remató solo, con el pie a la red. 0-1. Al borde del descanso, penalti claro sobre Joaquín, al que pisaron en el gemelo, que como Chupe estaba en el banquillo, Eneko Jauregi se encargó de tirarlo y marcar. 0-2. Descanso. Todo parecía bien encarrilado.

En el campo comenzó a caer agua agua nieve. Se inició la segunda parte  y a los 5 minutos en un centro profundo del extremo derecho del Andorra, lo remató de cabeza algo forzado Cerdà a la red, 1-2. Mal arranque, pero todavía estaba por llegar lo peor. Cinco minutos después, en un mal despeje de Alfonso Herrero en un corner, otra vez Cerdà, esta vez con el pie, empató el partido. Pero el Málaga, lejos de hundirse, se rehizo y un tiro de Dani Sánchez desde fuera del área se estrelló en el larguero. La suerte sigue sin estar con nosotros. Y quedando 10 minutos en una jugada del Andorra, se adelantan en el marcador. 3-2. Vaya desastre. Larrubia, un minuto después aún tuvo tiempo de empatar el partido con un tiro a la escuadra de la portería en la que Owono se lució con un paradón. La parada del partido. Pero en el córner Montero, en el segundo palo de cabeza, consiguió el empate final. ¡Vaya partido loco! Pero segundo empate consecutivo.

La siguiente jornada, habría que disputar un segundo partido consecutivo fuera de casa, nada menos que en campo del RC Deportivo de La Coruña. Estaba claro que no era nuestra parte sencilla del calendario. A pesar de estos dos partidos con empates consecutivos, manteníamos la cuarta posición, aunque ahora el Deportivo estaba en posición de ascenso directo pero tan sólo a tres puntos. Partido vital, y manteníamos la baja por tercer partido consecutivo de Carlos Dotor, jugador que estaba rayando a muy alto nivel. 

En la primera parte el Málaga salió algo tímido y apenas inquietó al equipo coruñés, y ellos mostraron más peligro pero poca efectividad. Alfonso Herrero y su punto de mira desatinado fueron suficientes  para que el marcador no se moviera. La segunda parte fue otra cosa. El Deportivo comenzó con ganas y tuvo un par de buenas ocasiones, pero el Málaga a mediados de la segunda parte, de las botas de Joaquin, tras un leve toque en un jugador deportivista, estrello el balón en la cruceta. De nuevo la suerte no estaba de nuestro lado. En la contra de ese córner, con un pase fabuloso de Altimira, Mulattieri anotó el primer gol 1-0. Pero pocos minutos después tras una larga carrera de Dorrio y un centro a Chupe, le hicieron un claro penalti que nadie sabe por qué no pitó. No teníamos la suerte ni los árbitros a nuestro favor.  Adrián Niño, en otro córner, con un remate colocado anotó el definitivo gol del empate 1-1. Los tres partidos sin Dotor, tres empates.

Días después el CTA, Comité Técnico de Árbitros, reconoció que se debió pitar el penalti. ¿Sirve ya de algo? El resultado, tercer empate consecutivo.

El siguiente partido no iba a ser de relajación. Llegaba a La Rosaleda la UD Las Palmas, empatada a 57 puntos con el Málaga, al igual que el Castellón y el Burgos. Llegamos al partido, además, con las bajas de Larrubia, por un pisotón, Dani Lorenzo e Izán Merino por acumulación de tarjetas. Al menos recuperábamos a Dotor.

Las Palmas comenzó dando un susto con un disparo de Jesé que salió lamiendo la cepa del poste. Pocos minutos después, Chupe, en una jugada individual, con pisada de balón dentro del área, también estuvo a punto de marcar. Pero fue Murillo, en la segunda parte, al cuarto de hora, que remató un cabezazo junto al punto de penalti que entró por la escuadra, 1-0. En la siguiente jugada, Joaquín, tras robar el balón, y con un gran recorte, ajustó un gran tiro haciéndolo inalcanzable para el portero, 2-0. Las Palmas reaccionó e incluso al borde del pitido final un tiro rozó el palo, pero ya no se movió el marcador. Resultado importantísimo contra un rival directo y vuelta a encontrarnos con la victoria.

 La siguiente salida era de traca. A campo del UD Almería. Nosotros cuartos, ellos terceros. Un punto por encima nuestra. Tres puntos por detrás nuestra, en séptima posición y fuera de las plazas de Play-Off, Las Palmas. Si te duermes dos jornadas te pasa el pelotón. Larrubia lesionado y Dani Lorenzo también. Dos bajas importantes.

Comenzó el partido y parecía que nadie quería dar un paso adelante. El Almería tuvo algún acercamiento pero los dos equipos dejaron todo el zumo para la segunda parte. En el minuto 50, Embarba recogió un balón atrás de Miguel de la Fuente y anotó al primer toque, 1-0. Este gol espabiló al Málaga que dispuso de un par de claras oportunidades que desbarató el portero con dos grandes intervenciones, pero en una jugada absurda, otra vez Embarba cazó un balón dentro del área y logró el 2-0. Este gol hubiese hundido a cualquier equipo. Perdiendo por dos goles, fuera de casa, contra un rival experimentado y con menos de media hora por delante. Pero no fue así, Adrián Niño en un soberbio zapatazo anotó desde tiro lejano, 2-1. Y por si fuese poco, en el minuto 84, Haitam, que acababa de entrar dos minutos antes, en jugada personal, desde la derecha, se metió hacia dentro y anotó con la izquierda ajustado al palo largo, 2-2. Lo más complicado estaba hecho. Pero en el descuento, de gran cabezazo, Baptistao anotó el definitivo 3-2. Vaya segunda parte. Todavía en el descuento, Chupe marcó de cabeza en una falta lateral, pero fue anulado por fuera de juego. Una derrota en un mal momento.

Siguiente partido, jornada 37, en La Rosaleda contra el CD Castellón, que tras nuestra derrota de la semana anterior nos había adelantado. Un punto por delante del Málaga. Larrubia y Dani Lorenzo todavía lesionados, pero es que además Rafa Rodríguez vio la quinta amarilla y Ramón Enríquez vio una tarjeta roja con el partido terminado por una discusión con otro jugador del Almería. El más difícil todavía, por eso las peñas del Málaga CF pidieron realizar un recibimiento al equipo. No es la primera vez, y no será la última. Allí estuvimos. Vaya recibimiento disfruta el Málaga. Pocos hay así. Yo que he vivido las gradas vacías, que he soportado campos en segunda B y recientemente en Primera Ref, ver una ciudad volcada con su equipo, con la camiseta puesta, cantando el himno, besando el escudo. Me emociona.

El partido comenzó con un estadio a reventar y con una gran jugada de Adrián Niño que desperdició Joaquín por encima del larguero. El que no falló fue Chupe un penalti por mano dentro del área, 1-0. Pero el Castellón reaccionó tras un despiste del Málaga y Calatrava anotó el 1-1. Así acabó la primera parte.

El Castellón salió muy enchufado y Puga sacó de manera increíble un balón bajo palos. El Málaga reaccionó y cuando estaba volcado para marcar, el que anotó fue Calatrava a la contra con una estupenda jugada de libro, 1-2. Minutos después, a balón parado, en jugada ensayada, anotó también el 1-3. Vaya hat trick se cascó. Cinco minutos antes del final Chupe anotó de cabeza y recortó el resultado. Incluso tuvo el Málaga un par de oportunidades más para empatar el partido. Una de ellas tocó el palo. La suerte no estaba para nosotros.

Este resultado negativo suponía la segunda derrota consecutiva y, además, contra otro rival directo que provocó que abandonáramos las posiciones de Play-Off. Bajamos a la octava posición. Cinco jornadas por delante y a un punto de los puestos anhelados. Pero todos sabíamos desde el inicio que esto no iba a ser fácil, y lo que es seguro era que el Málaga, ni su afición iban a bajar los brazos. Por delante cinco finales, dos en casa y tres fuera. Si algo se han ganado estos chavales es que creamos en ellos.

lunes, 13 de abril de 2026

Regresar a Cuenca

Hacía tiempo que teníamos previsto una escapada de fin de semana familiar a Cuenca, la ciudad donde nació Rosa, la mujer de mi padre. Fuimos a Cuenca para celebrar su fiesta de ochenta cumpleaños, rodeados de sus siete hijas y su hijo, el menor de todos, el último en llegar. En mi mente distraída y juguetona siempre que lo veo pienso que bien pudo ser el niño más buscado de España. Más buscado que Chencho, el niño perdido en el clásico del cine español, La gran familia.

Iniciamos nuestra escapada en dirección a Cuenca con mi hermano al volante, pues fue él el que condujo durante todo el fin de semana la furgoneta para ocho pasajeros que alquilamos en Fuengirola. Recogimos a Pepi al salir del Instituto y tiramos en dirección a Cuenca. Seis horas de carretera, varias paradas para estirar las piernas, desayunar y almorzar. 

Llegamos a Cuenca a eso de las 17:30 de la tarde. Tiempo justo para instalarnos en el Hotel Torremangana, tomar una cerveza en la terraza mientras recibíamos y conocíamos a algunos familiares de Rosa y seguidamente fuimos a dar una vuelta por la ciudad iluminada por la noche. Subimos dando un largo paseo junto al río Huécar, afluente del Júcar, en busca del Puente de San Pablo, construido en 1902, un puente de hierro y madera sobre el río Huécar, con vistas a las Casas Colgadas y con una caída vertiginosa bajo él. Yo casi ni me acerqué. Fue dar los primeros pasos, ver la luz por entre los listones de madera y escuchar su crujir y empezar a temblarme las piernas. Media vuelta y hasta pronto. Como estaba en el lado correcto del puente,  giramos hacia la Plaza Mayor, frente a la Catedral gótica de Santa María y San Julián e iniciamos el camino de vuelta pero esta vez por los miradores que una parte ofrece hacia el otro lado del tajo. 

Mi padre y Rosa estaban esperándonos en un restaurante del centro, donde ellos se habían quedado, porque mi padre no está para largas caminatas, y también porque Rosa quería recordar viejas historias con sus amigas de juventud. Desde allí ya regresamos al hotel, que el día había comenzado pronto.

A la mañana siguiente, Anita, José, Pepi, Sofía, Miguel y yo nos dispusimos a dar una vuelta turística por la ciudad. Rosa fue a la peluquería y mi padre me temo que esa mañana se leyó el periódico entero. 

Iniciamos nuestro recorrido hacia la Plaza de la Constitución y cruzamos hacia el Monasterio de Madres Benedictinas, cruzamos el Jardincillo de El Salvador, junto a la Iglesia de San Felipe Neri hacia la Plaza del Carmen desde donde ascendimos hasta los pies de Torre de Mangana, desde donde hay un mirador con vistas fabulosas hacia el oeste de la ciudad. A pocos pasos está la Iglesia del Convento de la Merced donde pudimos ver a un par de monjas, con el hábito religioso, de las que ya apenas se ven. Continuamos hacia la Plaza Mayor, esta vez de día, y entramos en la Catedral. Es la segunda vez que entro en la Catedral, porque Pepi y yo la visitamos por el verano de 2003 o 2004 si no recuerdo mal, en un viaje fabuloso e irrepetible que hicimos Pepi y yo por ciudades españolas. Rosa, una vez maqueada de la peluquería, se acercó a acompañarnos por nuestra visita.

Me gustó mucho la Catedral. La fachada Gótica es esplendorosa y muy particular, pero su interior también es sorprendente por la cantidad de detalles de distintas épocas que encuentras. Los techos, las ábsides y las nervaduras de las bóvedas, arrancando desde los pilares hacia arriba. La Antesala Capitular, con un techado renacentista con geometría octogonal, decorado con tonos rosa pastel, verde pálido y detalles celestes con toques dorados, tan típico italiano. El claustro, el coro. Podría pasar un día allí observando su interior.

Al acabar regresamos al puente de San Pablo, esta vez de día. Si queríamos disfrutar de las vistas desde el otro lado del puente, había que cruzarlo. Vi a niños cruzarlo dando brincos. Yo apenas podía despegar los pies del suelo. Mi hermano me sirvió de Lazarillo y dejó que yo le echara el brazo por encima de los hombros y muy despacio, sin salirnos de la imaginaria línea media, equidistante a las barandillas laterales, sin dejar de mirar al frente, lento como una tortuga reumática, conseguí cruzar el puente. Es la tercera vez que lo cruzo. Porque en mi vista anterior lo tuve que cruzar a la ida y a la vuelta. Por suerte, en esta ocasión sólo lo tuve que atravesar una vez. Más que suficiente. Al otro lado, cercano al Parador, estaban las letras de Cuenca, donde ahora viene siendo obligatorio hacerse una foto. Así que lo hicimos.

Había que regresar hacia el hotel, porque había que arreglarnos antes de la fiesta de celebración. Aún de camino pasamos por una especie de mercado medieval que había junto al río, y pudimos ver cómo sazonaban un cerdo completo, que seguidamente iban a meter en el horno. En el río pudimos ver patos de cabeza verde iridiscente con un collar blanco y pico amarillo, ánades reales y también pudimos ver algunas urracas, que no son nada fácil de ver por el sur.

El Restaurante La Ceca, donde se celebraba el cumpleaños estaba a un paseo corto desde el Hotel. Primero con la cerveza de bienvenida y las presentaciones con la amplia familia de Rosa, seguidamente con la comida, donde, entre muchos platos, nos sirvieron como especialidad típica conquense oreja de cerdo con ajo y perejil, crujiente por fuera y tierna por dentro, que no a todos los de mi familia agradó. Hasta el momento de la tarta, que fue muy especial, e incluso disfrutamos de  varias actuaciones musicales de nietos y amigos de la familia de Cuenca. Echamos la tarde y parte de la noche.

Regresamos al hotel, nos pusimos cómodos y decimos bajar, esta vez nosotros cuatro, Sofía, Miguel, Pepi y yo, a ver cómo era eso de comer un cerdo asado cocinado como el medievo. No estuvo mal. Picamos cuatro cosas y regresamos al hotel. El día había sido largo e intenso y al día siguiente no parecía que fuese a ser menos.

Para el último día teníamos previsto visitar el Museo Paleontológico, pero amaneció lloviendo, y nos quedaba un día largo de vuelta en la carretera. Así que tras desayunar decidimos bajar las maletas a la furgoneta y volver a casa. Seiscientos kilómetros por medio. No sé si podremos repetir un viaje así en nuestras vidas, porque cada vez es más complicado unir a tanta gente. Un viaje inolvidable.


martes, 7 de abril de 2026

Días de celebraciones

Llevaba Pepi un tiempo con ganas de ir a comer a un restaurante de comida asiática que le habían recomendado por varios sitios, entre ellos nuestros hijos, el restaurante Misake Asian Fusion. Por una cosa o por otra, la posibilidad de ir, una y otra vez se fue estropeando. El Misake Asian Fusion es un restaurante con menú bufé de comida asiática, como se pude intuir en su nombre con facilidad. Pides lo que quieres y puedes repetir hasta no poder más. Algo así como la bebida recargable en algunas de las franquicias americanas de hamburguesas. El anticulto moderno al fitness vital. Comer hasta reventar y poco más.

Así que como era casi nuestro aniversario de boda. Quisimos celebrarlo con los niños y fuimos a rendir homenaje pleno al sentido de come hasta no poder más. Nuestra idea, más que comer hasta reventar era probar muchos platos, dejándonos llevar por la experiencia de nuestros hijos y sus parejas. Así que probamos muchísimos platos, aunque en poca cantidad. Probamos sushi de salmón y de atún, unos que llamaban nigiris, que son los enrollados. También sashimis -o algo similar- que es un plato de pescado crudo, cortado muy fino, que se toma con salsa de soja o wasabi. También un surtido variado de pan bao con cosas, y vieiras, y unas gambas rebozadas -tenían otro nombre, pero eran eso-,  y rollitos de primavera, y platos de fideos con pollo y ternera y yo incluso me pedí unos espárragos a la plancha. Me apetecía. Y volví a probar dos cervezas que hacía tiempo que no probaba. Las bebidas no estaban incluidas en el menú. Una era una Kirin Ichiban, que ya presenté aquí hace años y la otra era una Sapporo, que ya había probado antes pero que, según comprobé, aún no había presentado aquí. Cualquier día de estos.

Al día siguiente, el día seis de abril, ya sí que era nuestro aniversario, y aunque era lunes, decidimos que sería una buena idea ir a cenar -esta vez los dos solos-, a uno de nuestros clásicos en las celebraciones, Casa Roberto. Probablemente uno de los restaurantes que más años llevamos yendo juntos. Aún éramos dos tiernos novios y ya íbamos en fechas señaladas a celebrar algún acontecimiento compartido. Bien el día de los enamorados, bien nuestro aniversario o algún cumpleaños. No lo hacíamos muchas veces, claro, pues cuando eres joven la economía no está para muchos esplendores, aunque ahora tampoco está muy allá. 

Llevamos yendo al Restaurante Casa Roberto desde el milenio pasado, se puede decir así sin faltar a la verdad. Cuando entonces el restaurante lo regentaban los padres del actual propietario. Un negocio de padres a hijos. La esencia es la misma, han cambiado pequeños detalles, aparte de los precios, y hasta la moneda, pues pasó de pesetas a euros. En esta ocasión, de entre todas las veces que he ido, creo que es la primera vez que pedí pescado en el menú. Por las noches no llevo muy bien eso de comer carne, especialmente la carne roja, así que me decidí por un lenguado que tenía muy buena pinta y creo que finalmente acerté, porque estaba riquísimo. De entrada unos mejillones y de postre pedimos para compartir unos profiteroles. El postre favorito de Pepi en Casa Roberto. Es lo único que tenemos seguro antes de entrar. No puede faltar.

El año que viene haremos veinticinco años de casados. No es ninguna tontería. Cada día es más raro que las parejas aguanten tanto tiempo juntos. La vida es un inmenso conjunto de elecciones. A veces se acierta a la primera, a veces a la segunda y hay quien no acierta en toda su vida. Yo tuve la inmensa fortuna de acertar con mi santa en unos pocos minutos. Todavía mantenemos la curiosidad de ir a sitios nuevos, pero también volver a los sitios que nos llevan acompañando tantos años.


sábado, 4 de abril de 2026

Una Semana Santa de Procesiones

La pasada escapada el fin de semana con los niños por pueblos costeros de Cádiz, significó un descanso necesario, una pausa de hidratación a mitad de camino entre las fiestas navideñas y el inicio del verano. Especialmente para mi mujer y los niños, porque ellos regresaron de nuestro tour por Cádiz y aún tenían por delante siete días sin trabajo, o sin universidad en el caso de Sofía o sin instituto en el caso de Miguel. Pero para mí significaba una bocanada de aire fresco, algo más que un respiro, pero al instante tenía que echar a andar, regresar a la rutina, porque el lunes yo estaba otra vez trabajando como un lunes de infantería, aunque con la esperanza puesta en los días festivos de jueves y viernes santo en mi próximo horizonte. Parece una tontería, pero los esperaba con tanta necesidad, como el sediento se acerca al oasis en mitad de una larga travesía por el desierto.

Así que el lunes madrugué, y fui a trabajar, y el resto de la familia se quedó en la cama, recuperándose, a pesar de que el que había estado conduciendo era yo, pero no me desanimó, al contrario, me sentí eufórico con la proximidad de los días de fiesta, tan exultante me sentía ante la perspectiva de una semana de trabajo de tres días, que le propuse a Pepi ir a ver la Semana Santa de Málaga.

Llevo tiempo escuchándola decir, como una queja crónica, que casi no ha ido en su vida a las procesiones malagueñas. Y tiene razón. De niña sus padres no la llevaron, y siendo novios fuimos poco, algo, pero poco.  Lo confieso, no soy nada semanasantero, no siento ese fervor religioso, ese acto de fe incuestionable, es simplemente un hueco que no se he rellenado. Por lo que no soy la persona idónea, ni aconsejable para ir de lazarillo, pero aún así me ofrecí  con mis mejores intenciones a acompañarla a ir a la Semana Santa de Málaga. Creo que nunca en mi vida vi tan nítida la expresión de incredulidad en la cara de Pepi.

Debió de ponerse muy contenta porque pasó gran parte de la mañana preparando arroz con leche. Cuando llegué del trabajo a casa había arroz con leche para alimentar con varias raciones a los todos portadores de los tronos de Málaga y sus familias. Bueno, sí, vale, estoy exagerando, pero créanme que aquello era un pico de glucosa difícil de salvar con solo mirarlo. Por suerte, para nuestra salud y bienestar físico, la mayoría de ellas eran para repartir por la familia. Aunque también es cierto que la Semana Santa todos acabamos con un poco más de atracción gravitatoria a nuestro cargo, sobre todo si tenemos en cuenta que al día siguiente llegó el momento de las torrijas. Aclarando que las torrijas llegaron a casa también a kilos, gracias a la buena mano y el saber hacer de mi Santa -nunca mejor dicho- en la cocina. Los borrachuelos vinieron en menor cantidad desde la panadería o la pastelería.

Tiramos relativamente pronto para Málaga y aparcamos el coche, con muchísima suerte, junto a la biblioteca de Málaga, cerca del Metro Universidad, cuando ya parecía imposible aparcar. Había tal desbarajuste en el aparcamiento, que Pepi pensó que no podríamos salir nunca de aquella madeja de coches. Desde allí tomamos el metro camino del centro. Tuvimos que esperar que pasaran varios metros hasta que finalmente pudimos hacernos sitio en uno. La Semana Santa la comenzamos como sardinas en lata.

Lo primero que alcanzamos a ver, recién llegados por el metro, junto a la Alameda de Málaga, fue la procesión de los Gitanos, que es cuanto menos bastante curiosa. Seguidamente a tres calles de allí contemplamos la Virgen de los Dolores del Puente,  y seguidamente la procesión de El Cautivo que es conocido como El Señor de Málaga, y una de las devociones más populares de Málaga. Casi no se podía uno mover. Tuvimos que dar unos cuantos movimientos estratégicos para llegar a un sitio desde donde tuviéramos una buena panorámica. Parecía que regalara milagros. He visto Málaga muchas veces abarrotada, pero he de decir que me sentí como una playa costasoleña  en agosto a la hora de buscar el sitio donde clavar la sombrilla en la arena. No encontrábamos un metro cuadrado libre donde colocarnos. Había colas para todo. Sólo el hecho de cruzar una calle en Semana Santa es comparable a pasar la ITV, hay que ponerse en cola primero, esperar turno, y rapidito que no hay mucho tiempo.

Eran casi las once de la noche y llevábamos un buen rato dando vueltas por Málaga. Todo el rato de pie. Decidimos parar a picar algo en algún sitio por el centro. Ya era lo suficientemente tarde para que se hubieran vaciado las mesas, pero lo suficientemente temprano para que aceptaran cogernos antes de cerrar la cocina, y como estábamos cerca de la Catedral de Málaga, nos dirigimos a La Cosmo, que siempre hemos querido probar la ensaladilla rusa, que tiene fama y ha ganado premios como una de las mejores de Málaga. Eso hicimos. Probamos la rusa, riquísima, compartimos un plato de  carne, un postre para compartir y continuamos porque aún teníamos la intención de ver la procesión del Cristo de Los Estudiantes, donde hace muchos, muchos años, en mi época de estudiante, yo tenía varios amigos que la procesionaban. Incluso pudimos escuchar el Gaudeamus Igitur.

Eran más de las doce de la noche, bajamos la calle Larios que ya estaba recogida, y fuimos al metro, donde la cola no era kilométrica pero casi. Al menos iba rápida. Ya sólo quedaba deshacer nuestro recorrido hasta casa. 

El Viernes Santo, Miguel, mi hijo pequeño, se apuntó junto a un grupo de amigos a llevar un trono de la Hermandad del Yacente. Así que bajamos a verlo pronto, y también a darle agua de vez en cuando, y alguna golosina que le endulzada el recorrido. Y sobretodo a llevarle los guantes que se le habían olvidado para la salida, y sin olvidar comprarle una buena y reconstituyente hamburguesa al finalizar. Cosas de padres, o más bien de madres. Al menos, en mitad del recorrido, Pepi y yo nos pudimos escapar un rato a unos de mis restaurantes italianos favoritos y cenar en La Pérgola. La lasaña allí es uno de mis platos favoritos. Ni tan mal.


miércoles, 1 de abril de 2026

Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa

El domingo tocaba volver. Un par de días de escapada para desconectar y regresar a casa para continuar con la rutina, pero con las baterías algo recargadas. Desayunamos en el mismo bar del día anterior, El Campana. Nos había gustado y al estar cerca del apartamento era bastante conveniente. Nos despedimos de la propietaria del apartamento, entregamos las llaves y fuimos camino a Barbate, nuestra primera parada programada.

Entre Sanlúcar y Barbate hay apenas cien kilómetros, pero se tarda una hora y cuarto aproximadamente. Yo incluso tardé más porque no llevaba ninguna prisa. Aparcamos cerca de la Plaza de la Inmaculada, donde está el Ayuntamiento de Barbate, la Oficina de Empleo, la Parroquia de San Paulino y el colegio Estrella del Mar. No tiene desperdicio la plaza. Bajamos ya a pie la principal avenida en dirección al Paseo Marítimo. Pasamos por la otra acera del Mercado de Abastos, lo miré con cierta nostalgia, pero al ser domingo era seguro que estaría cerrado y ni nos acercamos. La avenida llevaba casi a la puerta del puerto y donde comienza la playa de Nuestra Señora del Carmen. La playa de Barbate es una playa maravillosa. Es una arena de color pálido, harinosa y muy amplia. Hay partes, las que están más alejadas del paseo marítimo, que parecen aún vírgenes.

Recorrimos el paseo marítimo prácticamente entero y regresamos hacia donde teníamos aparcado el coche, aunque por otro camino, que era más corto y más bonito. Cerca de donde aparcamos le habíamos echado el ojo a un bar, Tapería Hostal Barbate, donde servían el atún de distintas formas y a mí me apetecía mucho. Barbate, tradicionalmente, es sinónimo de atún. La verdad es que todo lo que pedimos estaba riquísimo. Tomamos sólo unas tapas de entrada, pues habíamos reservado mesa en una arrocería en Zahara de los Atunes.

La carretera desde Barbate hasta Zahara de los Atunes es una de las carreteras con las vistas más bellas que he circulado en mi vida. Tras los casi doce kilómetros que separan una de la otra, dan ganas de encontrarse una rotonda y volverse para recorrerla de nuevo. Preciosa.

Fuimos directos a la arrocería, pues con las tapas en Barbate habíamos abierto el apetito. Nuestra primera idea era comer un arroz con atún, típico de la zona, pero justo ese día no lo ofrecían y finalmente comimos un arroz negro que estaba muy rico. Es muy posible que saliéramos ganando.

Si la playa de Barbate es buena, la de Zahara de los Atunes no tiene nada que envidiarle salvo que Zahara es más turístico y todo estaba algo subido de precio. También notamos que hacía más viento, pero pudo ser pura casualidad. Barbate es más pueblo costero, mientras que Zahara es casi una expansión turística algo apartada y fantasmal. Casi un apéndice semilujoso solo para el verano.

Continuamos nuestro pausado regreso parando en Tarifa, que está desde Zahara de los Atunes a unos 45 minutos en coche. Aparcamos en el puerto, frente al Castillo de Guzmán el Bueno. Cruzamos en dirección al Paseo de la Alameda, con el Teatro Municipal al fondo, y giramos hacia el Mercado Municipal y la Calle Colón por donde comenzamos a dejarnos llevar por sus callejuelas encaladas de blanco, con geranios y buganvillas trepadoras de vivos colores  en las fachadas de las viviendas. El cielo limpio de nubes acentuaba el contraste de colores.

Empezamos a ver a muchas personas vestidas de nazarenos. No sabíamos si acababa de terminar una procesión o es que próximamente iba a comenzar alguna.  Seguimos caminando como una pelota que flota en el agua, algo a la deriva, como un paseo de descubrimiento, hasta que vimos a lo lejos una iglesia, la Iglesia de San Mateo Apóstol, del siglo XVI, de fachada barroca. No pudimos entrar a visitarla, porque desde allí estaba a punto de iniciar una procesión. Decidimos rodearla y recorrer otra parte de la ciudad que no conociéramos. Con la inquieta curiosidad que lleva al descubrimiento de algo nuevo. 

Abandonamos el centro de Tarifa bajo el arco de piedra en medio de las torres almenadas de la Puerta de Jerez, y bajamos en dirección a la playa. Una playa amplia donde normalmente el viento sacude fuerte pero que en esa tarde apenas movía una brizna de hierba. Buscamos una terraza donde tomar un helado, y en mi caso un café, porque por delante, de vuelta a casa, quedaban casi dos horas de carretera. Poca cosa.