domingo, 17 de septiembre de 2017

Día 5. Lagos de Covadonga - Santuario Covadonga - Cabrales - Liébana - Potes

El hotel de Intriago, además de un jacuzzi, una zona amplia de aparcamiento y una pista de fútbol, también tenía el desayuno incluido, y muy completo, todo sea dicho. Fuimos pronto porque teníamos muchas cosas que hacer esa jornada, como venía siendo habitual.

Nuestra primera parada del día era subir a los Lagos de Covadonga, para ello lo inmediato era dirigirse a los pies de los Picos de Europa, aparcar el coche en uno de los parkings habilitados para ello, donde puedes sacar el billete de autobús que te lleva hasta la parada de arriba. Ese trayecto desde abajo hasta arriba en autobús no es apto para enfermos de corazón. Curvas cerradísimas, rampas de un desnivel enorme, precipicios increíbles. Por si fuese poco, te cruzas con autobuses, pasando uno al lado del otro a escasos centímetros. Añádanle que a mitad del camino nos introdujimos en una nube, una neblina espesa que impedía ver nada más allá de unos pocos metros. Y, por si fuese poco, a todo este disparate encima le añadimos el factor salvaje, que es que cada dos por tres había una vaca cruzando el camino, créanme si les digo que es casi mejor cerrar los ojos y y rezar todo lo que sepan. Llegas arriba con ganas de besar el suelo.

Una vez allí ya todo es caminar, subir y bajar escaleras, sin prisas, unas vistas desde el Mirador del Príncipe verdaderamente extraordinarias. Las minas de la Buferrera son también espectaculares, y cuando llegas al Lago de la Ercina, el descanso es obligatorio. A los niños les sorprendió verse rodeados de vacas en libertad.

Ascendimos al Mirador de Entrelagos desde donde se pueden contemplar los dos lagos, el Lago de la Ercina y el Lago de Enol. Las vistas allí son inigualables. Tuvimos la suerte porque el cielo estaba prácticamente despejado y miraras hacia donde miraras la atención se te perdía en la infinidad de la naturaleza. Qué preciosidad. Te quedarías allí horas, en silencio, simplemente contemplando, pero el tiempo es quizás lo más preciado y limitado que disponemos y hay que intentar aprovecharlo.

Bajamos justo por el otro extremo de por donde habíamos llegado, es decir, dimos la vuelta completa. A la bajada nos encontramos con que empezaba a subir una niebla que apenas permitía ver el Lago de Enol. En cuestión de minutos todo había cambiado. El chófer del autobús nos dijo que habíamos tenido mucha suerte y que no se suelen ver muchos días en esas condiciones por allí. Una temperatura perfecta.

Tomamos el autobús de vuelta y nos bajamos en la parada del Santuario de Covadonga. Había gente pero no era exagerado. El Santuario está construido en un sitio tan complicado, con una comunicación tan compleja que sólo imaginar las dificultades lo convierte en un lugar especial. El entorno en sí mismo, entre mágico y terrenal, con un marcado carácter montañés, que es un escondite tanto como un escenario junto al camino, hacen que te sientas fuera de lugar. Tanto un refugio como un lugar de paso.

El conjunto del santuario es precioso,  la capilla en el interior de la cueva, el detalle de la tumba de Don Pelayo, primer rey de Asturias, la basílica con la explanada delantera y la escultura a Don Pelayo. En general todo lo que allí encuentras es hermoso.

Cogimos de nuevo el autobús que nos llevó hasta donde teníamos aparcado el coche. Cambiamos de vehículo de locomoción y continuamos nuestro viaje, pero ante hicimos parada en el hotel de Intriago -nos pillaba de camino- a recoger las maletas. La siguiente parada era en Arenas de Cabrales, entrada a los picos de Europa, a tan solamente media hora en coche.

Sofía es una auténtica devota del queso de cabrales, y todo aquello que esté relacionado con el queso de cabrales. Planeamos pasar por Cabrales a la hora del almuerzo para que se llevara una grata sorpresa. Buscamos un sitio agradable donde almorzar y descansar y que tuviese productos asturianos. Lo encontramos y pedimos casi de todo lo que se puede pedir con cabrales: patatas al cabrales, croquetas al cabrales, carne al cabrales... bueno, además pedimos fabada y algún postre. Todo estupendo.

Nuestra siguiente planeada desde Arenas de Cabrales era visitar la Iglesia de Santa María de Lebeña, y para ello tendríamos que circular junto al río Deba por entre el desfiladero de La Hermida, que tiene más de una, de diez y de cien curvas, es tan estrecha que sientes que en cualquiera de las curvas la montaña se te va a tragar. Está literalmente echada encima de la carretera. Sofía se quedó tan a gusto después de tanto cabrales que se pasó todo el trayecto durmiendo. Pepi pasó nervios de verdad.

Pasado el susto llegamos a Santa María de Lebeña, donde pudimos realizar una visita guiada. Una locuaz señora nos resumió brevemente la historia de la Iglesia, así como sus características arquitectónicas, y nos puso al día de las vicisitudes de una serpiente que el párroco se encontró días antes en el interior de la capilla. Fue una visita muy interesante y divertida, la verdad. Nos contó la historia del robo de la Virgen de la Buena Leche, la del campanario, los arcos mozárabes, e incluso la leyenda del tejo y el olivo. Todo de manera muy amena.

Nuestra siguiente parada era un cruce de caminos, Potes. Aparcamos en el aparcamiento al aire libre que hay justo en el centro del pueblo, frente a la iglesia de San Vicente. El centro de Potes estaba animadísimo cuando llegamos.  Potes es un municipio precioso de calles empedradas, donde dos ríos se dan de la mano una vez han descendido desde los Picos de Europa. Presidiendo la localidad, robustamente alzada sobre sillares de piedra está la Torre del Infantado. No disponíamos de mucho tiempo, pero tuvimos suficiente para pasear por el centro y cruzar el puente de San Cayetano y contemplar ocas jugueteando en el cauce del río. Comenzó a nublarse y en un santiamén cayó un chaparrón de aúpa. Caía agua pero bien. Pudimos refugiarnos en unos amplios soportales y allí esperamos a que aflojara el aguacero. Dimos una carrera para meternos en el coche y ya con un leve chispeo abandonamos Potes en dirección a Camaleño, donde teníamos reservado nuestro hostal. En diez minutos estábamos allí.

Nuestro hostal en Camaleño estaba en la misma carretera y no tenía pérdida porque no había otro alojamiento. En realidad Camaleño es pequeñísimo. No sé cuantos habitantes tiene pero seguro que pocos. El alojamiento era como un caserón de montaña, de un par de plantas, con escaleras de madera que crujían al pisarlas. Además, en la parte trasera disfrutaba de un espacioso jardín donde estaba instalada una red para jugar al badminton. Y al fondo del jardín había una especie de granero, que se utiliza como almacén, donde había muchos juguetes y artículos de entretenimiento.
 
Cuando llegamos al jardín había un hombre jugando con una joven al badminton e invitaron a Miguel y a Sofía a unirse a jugar con ellos.  No se lo pensaron. Al rato ya le habían pillado el truco y se lo estaban pasando en grande todos juntos. Pepi y yo nos sentamos relajadamente a una mesa de madera, necesitábamos ese descanso. Los picos de Europa de fondo, toda la vegetación que nos rodeaba refulgía en verdes. Había manzanas y peras caídas en el césped debajo de cada manzano y peral.

Empezó a anochecer y bajarmos a tomar algo al restaurante del hostal. No teníamos mucho apetito. Pedimos un surtido de quesos y un cachopo para los cuatro. Aproveché la ocasión de que no tenía que conducir y pedí sidra -Pepi me acompañó-. Al llegar a la habitación todos caímos derrotados después de un día intensísimo. Al día siguiente nos esperaba una gran etapa de montaña.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Día 4. Lastres - Arriondas - Cangas de Onís

Como la noche anterior nos recogimos a descansar algo más temprano, esa siguiente mañana despertamos más frescos. Preparamos las maletas, bajamos a desayunar a la cafetería del hotel y comenzamos una nueva etapa en el viaje. La de este día estaba marcada en mayúsculas.

Nuestra primera parada estaba escasamente a una hora de nuestro hotel en Oviedo. Lastres es un pequeño pueblo pesquero, conocido por ser el pueblo del Doctor Mateo  (una serie de televisión que yo no he visto), en la que pasa consulta un doctor que vive en el pueblo, que por lo que sé, el pueblo se hace llamar de otra manera en la serie.

Lastres tiene similitudes con Cudillero. Lastres es tal vez un pueblo menos turístico que Cudillero, ni posee un amplio aparcamiento ni disfruta de infinidad de restaurantes, pero goza de una playa estupenda a los pies del pueblo.

Como llegamos bien temprano, tuvimos la fortuna de aparcar en primerísima línea de playa, y créanme si les digo que no hay muchos aparcamientos. Pepi y los niños bajaron una espaciosa escalinata de piedra que descendía hacia la playa. Se quitaron el calzado y pasearon un buen rato por la orilla. Llegaron a mojar sus pies en el Cantábrico. Se les veía felices. Se enjuagaron los pies en una ducha y regresaron. Apenas visitamos el pueblo, estaba muy inclinado, todo lleno de cuestas y teníamos más visitas pendientes para esa jornada.

Nuestra segunda escala prevista para el día estaba en Arriondas. El pueblo está completamente volcado al piragüismo y al descenso en canoa del Sella. Nuestra idea era alquilar un par de canoas en una de las múltiples empresas de las que ofertan descensos del río Sella y eso hicimos.  Alquilamos un par de canoas, nos dieron unos remos, chalecos salvavidas, un bidón con un picnic y unas fugaces instrucciones de cómo se dirige una canoa y al agua patos.

Lo cierto es que el mayor inconveniente del descenso es que el río no llevaba mucha agua en algunos tramos y las canoas se encallaban. Además al ser agosto, por el río descendían cientos de canoas. En ocasiones estabas más preocupado en no chocar con otras canoas que en poder disfrutar del paisaje que nos rodeaba en el trayecto. Sofía y Pepi ocuparon una canoa, Miguel y yo la otra. Tuvimos más de un percance. La primera contrariedad es que cuando encallaba una canoa había que descender de ella y dar un pequeño empujón y luego casi en un salto montarse de nuevo rápido para así aprovechar el empuje, pero claro, esto es fácil decirlo, pero el río estaba abarrotado de canoas, el fondo del río lleno de cantos rodados y era difícil mantener la verticalidad y mucho más cuando no teníamos el vestuario apropiado, especialmente el calzado. No es lo mismo unas chanclas que unos escarpines. Pepi lo avisó antes de iniciar el viaje, pero no era seguro que hiciéramos el descenso en canoa (se tenían que dar las condiciones climatológicas) y los escarpines suponían un gasto añadido para una sola ocasión. Nos tomamos el descenso como algo ocasional y low cost

Ahora nos reímos y lo recordamos con diversión, pero Pepi se dio una buena zambullida al intentar descender de la canoa para desencallarla, y en el chapuzón además perdió las chanclas. Miguel no paraba de reírse, le hizo mucha gracia. Pepi y Sofía andaban todo el rato discutiendo y Miguel disfrutaba de la escena. Lo único que le preocupaba a él era que fuésemos por delante. Lo cierto es que era cansado. Imagino que cuando el río lleve más caudal todo será más sencillo, pero lo hecho hecho está. Una vez que le cogimos en tranquillo todo fue más sencillo y divertido. El entorno es verdaderamente espectacular y el tiempo fue fabuloso. 

Abandonamos el río en la primera salida, más o menos a la mitad del descenso. La idea era probar esto del descenso en canoa, no hacernos unos expertos y bien que estuvimos por lo menos 4 ó 5 horas en el río. Teníamos aún cosas pendientes por hacer en ese día y no queríamos demorarnos mucho.

En una furgoneta nos devolvieron al pueblo, allí entregamos los remos, las canoas, los chalecos y los bidones pero sin los picnics, que buena cuenta dimos de ellos en una de las paradas que realizamos en el río. Nos cambiamos en los vestuarios y montamos en el coche hacia la siguiente parada.

Nuestro hotel estaba en Intriago, una pequeña población a unos ocho kilómetros al este de Cangas de Onís. Llegamos molidos. El hotel contaba con una piscina, una pequeña pista de fútbol y un par de jacuzzis al aire libre. Ni que decir que el jacuzzi nos vino divino. ¡Qué descanso! A Miguel le dio tiempo incluso de jugar al fútbol con un niño del pueblo. Tras el reposo nos arreglamos y fuimos a visitar Cangas de Onís. ¡Qué bonita es Cangas de Onís! Y qué magnífico es el puente. Lo has visto mil veces en la televisión, en postales, revistas, pero no es lo mismo, tiene una presencia y una escala asombrosa.

La primera visita obligatoria en Cangas de Onís es su puente Romano, aunque realmente parece ser que no es romano, pero no importa, es igualmente bello. Paseamos por el centro, por las calles principales, muy animadas en verano, Cangas de Onís es una localidad muy turística también, llena de tiendas de regalos y de sidrerías, también volcada al descenso del Sella. Dimos un  lento paseo por la calle donde se encuentran todos los caserones Indianos, que no son pocos, y seguimos holgazaneando por las tiendas de regalos. Miguelito se había traído algo de sus ahorros y estaba loco por gastar, aunque no sé cómo se las apaña que al final le saca siempre alguna tontería a la madre y así no necesita rascarse el bolsillo. ¡No es listillo! Empezaba a anochecer y decidimos abandonar Cangas de Onís para cenar. Todo parecía estar abarrotado y no teníamos ganas de jaleo ni de andar esperando cola para una mesa. Nos fuimos.

En el trayecto desde Intriago (donde estaba nuestro hotel) hasta Cangas de Onís habíamos visto muchos restaurantes a pie de carretera con bastante buena pinta. Nos apetecía huir del bullicio del centro y de los menús para turistas y así hicimos. Creo que acertamos porque necesitábamos tranquilidad. Resultó que el restaurante que elegimos tenían una buena barbacoa encendida y una buena parrillada de carne cayó en un santiamén. Al terminar, después de recorrer los pocos kilómetros de vuelta a Intriago, caímos rendidos sin remedio. Había sido realmente un día agotador para todos.

martes, 5 de septiembre de 2017

Día 3. Oviedo - Cudillero - Gijón - Oviedo

Sonó el despertador y nos costó un poco más que de costumbre levantar anclas, el cansancio se va acumulando y se hacía notar. Salimos a desayunar en una cafetería junto al hotel y sin entretenernos fuimos a por el coche, que dejamos descansando en un parking cercano.

El Palacio de Santa María del Naranco y la Iglesia de San Miguel de Lillo son visita obligatoria si vas a Oviedo. Nosotros somos fieles obedientes de las obligaciones y no faltamos a la cita. Cada media hora los abren alternadamente. Una persona se dedica a cerrar cada uno, recorrer la distancia que los separa a pie, y nada más llegar, abrir la otra. Así toda la jornada.

Santa María del Naranco es un antiguo palacio construido en el siglo IX. Doce siglos de por medio y ahí sigue. Te paras a pensar la de historias y vidas que han recorrido alrededor de sus piedras y es imposible hacerse una mínima idea. Guerras, venganzas, sacrificios, suicidios, asesinatos...todo ocurriendo en la ladera del monte Naranco, el mundo en agitación y mientras el palacio ahí, inmóvil, como observador pétreo, y aún, erguido a pesar del paso del implacable tiempo. ¿Imaginarían tal hazaña los obreros que levantaron sus piedras? Seguro que no.

Eché de menos una explicación, una pequeña visita guiada, no necesariamente muy extensa porque lo que hay es simplemente piedra sobre piedra, pero ¿por qué esa orientación? ¿por qué esa altura? ¿cuál era su función inicial? En realidad todo está ahí en Internet, esperando que mi interés me arroje uno de estos días a buscarlo, información tan paciente como la piedras en la ladera del monte Naranco.

A cinco minutos a pie, o menos, ascendiendo una ligera pendiente, está la Iglesia de San Miguel de Lillo. Otra maravilla del siglo IX. Aquí además de piedra existen frescos, y relieves en las jambas de la puerta de entrada. Lo que vemos ahora es lo que queda, tendremos que abrir bien los ojos para comprender que falta mucho, que varias alas se derrumbaron y lo que observamos es un tercera parte de lo que inició su estático recorrido por los siglos. La historia de lo que no vemos.

Si te separas unos metros de la Iglesia, si tomas perspectiva, va creciendo en belleza. La simetría va ordenando todo. Las distintas alturas de las cubiertas a un agua juegan al equilibrio de las proporciones. El Prerrománico era rácano en luces, pero rico en robustez. Hay una belleza inexplicable en su simplicidad que le congratula con su alrededor. Está tan integrado en la naturaleza que le rodea que pareciera que el sitio estaba hecho para construirla ahí. Ni una piedra más ni una piedra menos.

A una hora en coche aproximadamente desde allí está el pequeño y bello pueblo pesquero de Cudillero. Bello como una postal. Tuvimos que atravesar el pueblo en coche para llegar al parking, que estaba al final del puerto. Entras en el pueblo sin llegar a darte cuenta de lo que te rodea, especialmente si vas conduciendo, pero conforme vas regresando a pie desde el aparcamiento, consigues poco a poco ir juntando los detalles. Es una montaña a pie de mar. Un bosque besando la dársena del puerto. Las fachadas de las viviendas de distintos colores rodeando como una herradura a la plaza. Y justo enfrente, abierta al mar, la plaza con su mercado y alrededor terrazas de restaurantes.

Las gaviotas descansando al sol en la rampa, resignadas a la constante molestia de los niños que suben y bajan la rampa para asustarlas. Es pronto y aún no apetece sentarse en una terraza. Decidimos pasear por el pueblo. Fue un paseo breve y empinado pero hicimos decenas de fotos. El pueblo empezaba a abarrotarse. Decidimos seguir nuestra hoja de ruta. Próxima parada Gijón.

En apenas tres cuartos de hora estábamos aparcados en un parking a una manzana del paseo marítimo, junto a la playa de San Lorenzo.

Hacía un día estupendo, el cielo estaba completamente despejado y disfrutábamos de una temperatura plenamente veraniega. Toda Asturias parecía estar en esa playa. ¡Y eso que era lunes! No he visto una playa tan abarrotada en mi vida. Me entró sofoco de sólo verla. Como no trajimos trajes de baño, ni falta que nos hacía, pues nuestra intención era hacer turismo, buscamos un lugar donde probar la fabada asturiana.

Entramos a uno de los sitios que habíamos visto recomendados por Internet, restaurante El Mirador de la Playa. ¡Qué gran acierto! Un sitio agradable, con un servicio estupendo y una comida maravillosa. No fui capaz de comerme todo lo que me pusieron y eso que yo soy de buen jalar. La fabada estaba para chuparse los dedos, y todo en realidad, y hasta los postres estaban soberbios y eso que llegamos a ellos ya sin muchas ganas. Restaurante tremendamente recomendable.

Para bajar semejante atracón reanudamos a pie nuestra visita por Gijón. Cerca de allí estaba la oficina de turismo. Allí nos facilitaron un plano y algunos buenos consejos. Nos dirigimos por el paseo marítimo hacia el Cerro de Santa Catalina. Por el camino nos encontramos con la Parroquia de San Pedro Apóstol y con el Club de Regatas. Las vistas desde allí hacia la costa son un recuerdo imprescindible de la ciudad.  Ascendimos al cerro hasta el Elogio del Horizonte, monumental obra de Chillida. A Miguelito le hizo ilusión llegar hasta allí. Iniciamos el descenso junto a las Baterías de Santa Catalina,  por el otro lado del que habíamos ascendido, con vistas hacia la Playa de Poniente, que estaba mucho menos abarrotada.

Llegamos de frente al Palacio de Revillagigedo y entramos a ver su patio y unas pocas obras expuestas en él. También curioseamos en el Pozo de la Barquera y nos acercamos a contemplar de cerca la estatua de Pelayo, que preside con grandeza la plaza. En la Plazuela del Marqués nos sentamos a tomar un café. A pocos pasos estaban la Plaza Mayor y el Ayuntamiento de Gijón, donde estaban montando un escenario para alguna celebración. Pasamos por la puerta del Museo de Gijón,  que está en la casa Natal de Jovellanos.

Nos fotografiamos con lo que se está volviendo una constante en todas las ciudades. El nombre de la ciudad en letras grandes, en un lugar donde te puedas fotografiar con ellas. En este viaje lo vimos en Cáceres, en Oviedo y ahora en Gijón. La por primera vez que nos encontramos con una cosa así fue en Amsterdam creo recordar, allá por agosto del 2009. Ya ha llovido.

Volvimos por todo el amplio y elegante paseo marítimo que me recordó un poco al de San Sebastián, comprobando cómo la marea sube de rápido en el Cantábrico. A los niños les hizo mucha gracia ver como la gente tenía que ir levantándose porque el agua les alcanzaba. Había además algo de oleaje y a Miguelito le gustaba acercarse a la barandilla y esperar a que las olas rompieran y le salpicaran. Se lo pasó en grande.

Regresamos en coche a Oviedo pero antes de despedirnos de Gijón pasamos por el estadio de El Molinón. Me hacía ilusión. Ni siquiera bajamos del coche, tan sólo paré un momento para verlo bajando la ventanilla.

Al llegar a Oviedo, paseamos un rato por el centro, nos acercamos a la concurrida Calle Gascona, el bulevar de la sidra, callejeamos por el centro histórico en los alrededores de la catedral y compramos algo de fruta para cenar porque no teníamos nada de apetito. La comida había sido copiosa y aunque habíamos paseado bastante, no teníamos ni pizca de hambre. Una pieza de fruta era más que suficiente.

Se nos hizo de noche paseando por Oviedo, prácticamente nos estábamos despidiendo de la ciudad. Llegamos agotados al final del día y los pies necesitaban un descanso inmediato, así que nos retiramos al hotel a descansar, que al día siguiente nos esperaba otro día cargado de actividades.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Día 2. Salamanca - Oviedo

En nuestro segundo día en Salamanca también madrugamos (iba a ser tónica habitual en el viaje). Desayunamos en el bar de la estación de autobuses y bajamos andando al centro. Comenzamos la caminata cruzando por el parque Campo San Francisco hasta el cruce de calle Bordadores, frente al Convento de las Úrsulas, donde está la Casa del Regidor, donde vivió y murió Miguel de Unamuno, frente a la que han colocado una estatua muy acertada de la figura de Unamuno.

Continuamos por delante del Palacio de Monterrey, giramos a la izquierda y entramos en la Plaza Mayor por la Calle Prior. A esas horas, con la luz del día todos los detalles de las fachadas de la plaza se podían ver con claridad. Localizamos el medallón dedicado a Miguel de Cervantes que no encontramos la noche anterior y los niños consiguieron la foto con el elefante haciendo el pino con la trompa que de noche no salía bien por la falta de luz. Les hacía ilusión.

Seguimos hasta la Catedral y esta vez entramos a visitarla. El precio de la entrada incluía audioguía, que siempre es muy útil, en especial para entretener a los niños. La Catedral de Salamanca no necesita ningún tipo de presentación, pues es mundialmente conocida. Sólo decir que disfruté mucho de la visita. La parte de la Catedral vieja es lo que más me gustó, con las pinturas murales en la piedra, con el atractivo dorado en los escudos, los sepulcros en alabastro, la gran cúpula, el retablo mayor... sólo con esa parte bien vale la visita. Dentro de la catedral también había una exposición de pintura. Algunos de los cuadros eran verdaderamente magníficos. Sofía y yo la visitamos completamente solos.

Nada más salir de la visita nos pusimos en cola para montarnos en el tren turístico que visita el centro histórico de la ciudad vieja. Para ser domingo por la mañana había bastante gente en la calle. El cielo permanecía completamente despejado y la temperatura agradabilísima animaba a salir de casa. En el recorrido del tren turístico iban explicando brevemente la historia de los edificios más relevantes de los lugares por los que pasábamos: el Puente Romano sobre el Río Tormes y el Berraco, el Museo Art Déco y Nouveau, el huerto de Calixto y Melibea, también nos llevó a los Conventos de las Dueñas y San Esteban, que ya habíamos visitado el día anterior. Fue una visita muy completa por el centro.

Nuestra siguiente visita para la mañana era la Casa de las Conchas. Es un edificio muy curioso porque es un edificio gótico, pero también renacentista y tiene elementos mudéjares. Es una edificación especialmente llamativa porque la fachada está decorada con conchas. En el centro de la  está el patio de dos plantas. La parte inferior está realizada con el típico arco salmantino, y la planta alta está rodeada con balaustradas en piedra con decoraciones vegetales de influencia mozárabe. En el centro del patio existe un pozo, que en su momento abastecía de agua potable al palacio. Frente por frente de la Casa de las Conchas está la Universidad Pontificia de Salamanca, que no visitamos.

Compramos algunos artículos de recuerdo de la ciudad y nos despedimos de ella deshaciendo nuestros pasos de vuelta al hotel. Teníamos que abandonar la habitación y también teníamos mesa reservada a dos horas de carretera en un restaurante en Arcahueja, muy cerca de León, Restaurante El Pradillo, mi amigo Mario me lo había recomendado. Un acierto rotundo. El chuletón fue maravilloso, y las croquetas también, y el pulpo y bueno, en realidad todo estuvo estupendo. Lástima que no nos pille cerca de casa porque es para repetir.

El almuerzo fue sólo un alto en el camino, porque aún teníamos por delante hora y media de camino en carretera para llegar a nuestro hotel en Oviedo, el Hotel Vetusta, que resultó estar ubicado en el centro de todo.

La primera impresión que te llevas al pasear por Oviedo es que es una ciudad muy elegante. Y también que es posiblemente la ciudad de todas las que he visitado en mi vida que tiene más y mejores esculturas por sus calles.

La primera escultura con la que nos encontramos en nuestra visita por el centro fue Culis Monumentalibus, es decir la escultura de un culo con sus piernas. A los niños les hizo mucha gracia la escultura. Justo al lado del Teatro Campoamor está la estatua Esperanza caminando, una joven caminando mientras lee un libro, muy bonita. Un buen número de ellas están en el Campo de San Francisco, quizás la más famosa de las que allí se encuentran es la de Mafalda, con la que todos quieren hacerse una foto, pero mis favoritas son La Regenta en la Plaza de la Catedral, Woody Allen en calle Milicia, y La Bella Lola en la Plaza del Fontán. En la Plaza de la Escandalera están las estatuas de los Esturcones o La Maternidad de Botero, y así, repartidas por toda la ciudad, un sinfín de estatuas.

En dicha plaza del Fontán tomamos asiento en Casa Ramón, en una estupenda mesa con vistas a la plaza, otra recomendación de un amigo. Cenamos magníficamente. Bebimos sidra, comimos un pastel de centollo riquísimo, una tabla de quesos y un cachopo que no fuimos capaces de comernos entre los cuatro. Todo muy bueno, pero habíamos almorzado abundantemente y lo que no se puede, no se puede.

Abandonamos la plaza de vuelta al hotel paseando por calles vacías iluminadas por las farolas. Apenas ningún coche ya rodaba por la ciudad, el silencio era llamativo. Cómo cambian las ciudades de día y de noche. Parecen otras. No mejores ni peores, distintas.

Llegamos al hotel. Pepi y Sofía subieron a la habitación, Miguel y yo nos quedamos en el bar del hotel a ver un partido de fútbol. Había comenzado la Liga, pero en el descanso subimos a la habitación. Había sido un día largo.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Día 1. Cáceres - Salamanca

Ya estábamos de vacaciones todos en casa desde hacía dos semanas. Durante todos estos días habíamos estado ultimando un viaje en coche por España. Cantabria y Asturias como destino principal, pero por el camino teníamos previsto salpicar unos cuantos destinos que complementaran el viaje. Ir adecuándose al itinerario sin forzarlo pero sin ceñirse a un plan preestablecido cabezonamente. Algo de improvisación siempre viene bien.

Madrugamos bastante para intentar llegar a Cáceres, nuestra primera parada (si parar a desayunar no la contamos) para visitar lo principal antes del mediodía. Y lo conseguimos.

Aparcamos en el parking Obispo Galarza, bajamos a pie hasta la Plaza Mayor, allí está estratégicamente situada la oficina de turismo, donde nos recomendaron que para el tiempo del que disponíamos realizáramos la visita en trenecito, que recorría lo principal del centro, pero había que esperar hasta después del almuerzo porque ya estaba completo hasta después de esa hora. Decidimos visitar el casco histórico a pie.  Llevábamos muchos kilómetros recorridos sentados en el coche, y nos vino bien.

Iniciamos la visita al centro de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad, por el Arco de la Estrella en dirección a la Plaza de Santa María. La idea era no visitar interiores en Cáceres, o al menos, no muchos, porque era una visita de paso. Tanto Pepi como yo ya la habíamos visitado hace años y aunque nos apetecía recorrerla tampoco nos podíamos entretener en demasía porque el tiempo, a pesar de lo que afirmaba Einstein, no se estira.

La plaza de Santa María en conjunto es una preciosidad. Está realizada con robustos sillares de granito, con edificaciones de alturas y proporciones similares, lo que logra una estampa muy homogénea, casi como un castillo. Aún mantiene esa sobriedad del románico tardío o gótico inicial -aún no sé diferenciar bien los estilos- pero el Renacentismo ya amanece en sus fachadas. En la base de la Iglesia de Santa María, en la esquina junto a la torre del templo, hay una reseñable escultura de San Pedro de Alcántara. Todos quisimos fotografiarnos allí.

Continuamos nuestra visita por la Plaza de los Golfines hasta la Plaza de San Jorge, allí subimos los escalones de la entrada de la Iglesia de San Francisco Javier, y a media ascensión, bajo dos escaleras simétricas y en una coqueta hornacina, examinamos de cerca la imagen de San Jorge sobre su caballo derrotando al dragón. A partir de ahí nos dejamos llevar contemplando torres vestidas de yedra, balcones con blasones y nidos de cigüeñas hasta que desembocamos en la Plaza de las Veletas.

En la plaza está el Museo de Cáceres, y en su interior el Aljibe Musulmán, y también una exposición de escultura y pintura. Nos pareció interesante visitarla. A los niños les prepararon una especie de juego con el objetivo de buscar obras y pegar unas pegatinas en un folleto donde aparecían las obras, y lo cierto es que estuvieron más entretenidos de lo habitual.

Después deshicimos nuestros pasos hacia la Plaza Mayor pero tomando otros caminos. Tanto pasear nos había abierto el apetito y fuimos a almorzar a un restaurante de la Plaza San Juan. Unos ibéricos, una torta del casar  -a Sofía le encantó- , unas migas y un carne y un postre dieron buena cuenta de nuestro apetito.

Regresamos al coche y continuamos nuestro trayecto. Dos horas más tarde estábamos llegando a Salamanca. Aparcamos el coche, subimos las maletas a la habitación del hotel y salimos pitando en taxi hacia el Convento de las Dueñas, pues teníamos que entrar antes de que cerraran. Lo conseguimos.

Este convento también lo habíamos visitado Pepi  y yo, y nuestro recuerdo era tan bonito que quisimos compartirlo con los niños. Les encantó al principio, luego empezaron a cansarse de mi obstinación por ver cada capitel del claustro pentagonal. Las vistas de la Catedral desde el lado noreste del claustro son inigualables. Como premio, al salir, visitamos la tienda y compramos una caja de la especialidad de las monjas, los amarguillos. A Miguelito le encantó.

Justo al otro lado de la calle está el Convento dominico de San Esteban, que posee una de las portadas más espectaculares que yo haya contemplado. Es una fachada, pero en realidad es un gran retablo en piedra. Aún estaba abierto el Convento, nos pareció extraño, pero así era y pudimos entrar, incluso pudimos acceder al claustro y también sentarnos en el asiento del confesionario de Santa Teresa de Jesús o visitar la botica. El retablo mayor es simplemente espectacular.

Abandonamos tan ilustre lugar y nos sentamos a descansar y estirar las piernas en un banco de piedra junto a unos cipreses de la Plaza del Concilio de Trento. Algún amarguillo cayó en ese descanso. Retomamos fuerzas y nos dirigimos a la Catedral de Salamanca.

En las escaleras de entrada de la Catedral una actriz muy bien caracterizada estaba interpretando una obra de teatro clásico, creo que La Celestina, apenas pude escuchar unas pocas frases cuando comenzó a caminar hacia otra parte de la ciudad, que le servía de escenario.

A esa hora del día ya habíamos cumplido con creces todo lo que nos habíamos propuesto visitar en nuestra primera jornada del viaje. Todavía nos dio tiempo a rodear la Catedral, acercarnos a la Universidad, encontrar la rana más famosa de Salamanca, y fotografiarnos junto a la estatua de Fray Luis de León mientras el anochecer caía sobre nosotros.  Por la calle Mayor llegamos hasta la Plaza Mayor, corazón de Salamanca. De noche la plaza iluminada con infinidad de luces nos obsequiaba con una postal verdaderamente hermosa. De ahí nos fuimos a picar algo en una de las calles perpendiculares a la Calle Mayor. Después volvimos a la concurrida Plaza Mayor que bien merecía una segunda visita nocturna. Cogimos un taxi que nos llevara al hotel, donde por fin pudimos descansar de un día tan completo.

jueves, 31 de agosto de 2017

Ben Harper en Marbella

Una de las agradables sorpresas del verano -otra más- fue la visita de Ben Harper al festival Starlite de Marbella. Un evento que no tenía intención dejar pasar. 

Allá por 2010 en el Hard Rock Calling celebrado en Hyde Park de Londres pude ver por primera vez a Ben Harper. En aquella ocasión venía acompañado con su banda Relentless7 y llegaba defendiendo en directo su recién editado álbum White lies for dark times. Guardo grandes recuerdos de aquella fecha.  En realidad a aquel festival fui para poder ver a Pearl Jam. ¡Qué gran recuerdo! Qué maravilloso Red Mosquito interpretaron juntos Pearl Jam y Ben Harper. Y además fue en la mismísima fecha de mi cumpleaños. Antes de la actuación de Pearl Jam, Eddie Vedder se unió a Ben Harper and Relentless7 e interpretaron el tema que compartieron Bowie y Queen, Under Pressure. ¡Fue un momento irrepetible!

Pero a Marbella Ben Harper vino sin banda, solo con sus guitarras y su silla. Un concierto imprevisible, porque tampoco venía para presentar ningún disco especialmente. Tan solamente su sobria discografía en el bolsillo y algunas versiones preparadas.

Lo primero que hizo Ben Harper al subir al escenario fue pedir perdón por el presidente que su país había dado al mundo. Explicó que se sentía tremendamente avergonzado. A partir de ahí todo fue un concierto maravilloso, con un Ben Harper muy inspirado, de muy buen humor y entregado. Los regaló algunos temas clásicos que todos esperábamos como Diamonds on the inside, Another lonely day, With my own two hands, Amen Omen, o Welcome to the cruel world. Además interpretó algunos de mis temas favoritos como Excuse me Mr, Call it what it is o la siempre dulce cover del Sexual healing de Marvin Gaye.

Por si fuese poco, con la excusa del concierto me reencontré con amigos con los que por la distancia no siempre es fácil quedar.


miércoles, 30 de agosto de 2017

El Sunset Limited - Cormac McCarthy

Hace tiempo que no escribo sobre nada sobre lo que leo, y aunque es cierto que cada vez la vida -y mis circunstancias-  me van dejando menos tiempo para leer, igualmente intento dejar un hueco en el día para leer.

Cormac McCarthy es uno de esos escritores que tienen un sello especial, distinto. Éste libro es un buen ejemplo de ello.

No sabría decir si es una novela perfectamente adaptable a teatro, o si es una obra de teatro perfectamente considerable como novela. En cualquier caso, da igual. Es una obra fabulosa, sobre un tema escabroso, pero mirándolo de cara, sin tapujos ni remiendos. 

Dos voces, dos pensamientos que están totalmente enfrentados, que difieren enormemente en sus planteamientos,  pero que son capaces de sentarse uno frente al otro, sin necesidad de llegar a ningún punto en común, ni de buscar ninguna salida, simplemente comprenderse, entender las causas y los fines. Un libro tremendamente vivo, hoy y en los próximos siglos. Muy recomendable.

martes, 15 de agosto de 2017

En las Alpujarras granadinas

Hacía ya bastantes años que no visitaba Las Alpujarras. Unos meses antes unos amigos nos comentaron la posibilidad de visitarla juntos, y a todos nos pareció una estupenda idea, aunque lo cierto es que no nos venía muy bien porque estábamos algo apretados tanto de agenda como de economía, pero hicimos un esfuerzo y nos regalamos una escapada de dos noches. Nos alojamos en la Villa Turística de Bubión, en unos apartamentos de dos plantas bastante acogedores situados en la parte alta de la villa.

Para llegar a Bubión hay que atravesar una buena cantidad de precipicios y muchísimas curvas, pero bien merece la pena. Es increíble lo cercano que tenemos de casa unas montañas tan abruptas y llenas de vegetación. Si no fuera por las edificaciones típicas de los pueblos blancos, tan similares a las que tenemos cerca de nuestra localidad, parecería que estuviéramos visitando un país extranjero.

Estas escapadas son necesarias, casi que diría que obligatorias. O deberían serlo. Respirar el aire puro de la sierra, alejarse de la cotidiana costumbre de las facilidades de las tecnologías, disfrutar relajadamente de las páginas de un libro escuchando de fondo el susurro de la brisa en la copa de los árboles, con el acompañamiento del rumor de las fuentes o el suave discurrir de la corriente del río, y si a todo lo anterior, además, lo aderezamos con compañía agradable y estupendas viandas y alguna siesta. Poco queda por añadir.

Nada más llegar a Bubión, una vez aparcado y dejado el equipaje en la villa, fuimos a almorzar. De regreso en una pequeña tienda donde vendían jarapas y vestimenta diversa realizada con lana, así como multitud de artículos naturales, encontré casi en una esquina en el suelo, junto con un montón de libros, Al sur de Granada de Gerald Brenan. Me hice con ella. Fue una de esas alegrías tontas de la vida.

El segundo día decidimos visitar Capileira y nos acercamos a pie. Lo cierto es que están muy cerca los dos pueblos. En apenas media hora se realiza el trayecto, aunque nosotros tardamos un poco más porque fuimos asomándonos a los miradores y porque éramos seis adultos y cinco niños, y quieras o no te entretienes. Entretenerse era en realidad parte del encanto. En Capileira, mientras los demás descansaban tomando un refresco, Sofía y yo decidimos -o más bien Sofía me convenció- realizar la ruta de las 12 fuentes. No la hicimos completa, pero casi. Echamos un buen rato juntos.

Todo los recuerdos de estos días son agradables salvo un par. El primero fue el susto que nos dio Pepi al resvalar por las escaleras, que aunque no le sucedió nada grave, se hizo un moratón en el trasero del tamaño de un generoso chuletón de buey. Luego yo, para no ser menos, también me caí caminando por el arcén de la carretera de camino de vuelta de Capileira. Metí la pata donde no debía, nunca mejor dicho, y caí doblándome la muñeca y me hice varios rasguños, pero poca cosa. Aquí seguimos ofreciendo batalla.

domingo, 13 de agosto de 2017

James Rhodes en el Teatro Cervantes

Vino James Rhodes al Teatro de Cervantes de Málaga a tocar el piano. Soy un amante de la música de piano.  A menudo en casa me pongo música de piano y desde que tengo Spotify más aún. Así que en cuanto vi la posibilidad de asistir al concierto no dudé. Me pillaba en vacaciones y aunque al día siguiente habría que madrugar, no importaba. Mi amigo Miguel también se apuntó.

Teníamos una ubicación ideal. Lo suficientemente cerca para comprobar su intensa capacidad de abstracción y lo suficientemente descentrados para poder ver esa concentración tomar forma en sus virtuosas manos. Rhodes fue intercalando piezas de Chopin, Bach (incluida su Chacona), e incluso Puccini.

Entre canción y canción Rhodes se levantaba de su taburete, con su ya clásica camiseta negra de Bach, cogía un micrófono que tenía apoyado en el suelo junto al piano, y nos introducía la siguiente pieza. Te contaba  a grandes trazos qué motivó al autor a escribir la obra, bajo qué circunstancias, o qué suponía aquella obra en el momento en el que se escribió. A cada obra una pequeña introducción. Muy ameno.

Quiso volver varias veces, muy agradecido, a interpretar bises. Después del concierto se sentó en una mesa a firmar sus libros. A mí me firmó el segundo, el primero lo dejé en el coche, pensando que no saldría a firmar. Me hubierta gustado que me firmara su Instrumental, pero bueno, otra vez será.

Después del concierto Miguel y yo fuimos a cenar, a darnos un pequeño homenaje. A añadir placeres.


domingo, 30 de julio de 2017

The Pretenders en Marbella

Apenas una semana después de disfrutar del concierto de Sting en Fuengirola, acudí al festival Starlite de Marbella, junto con mi amigo Miguel, para ver The Pretenders. Un cita que no podía dejar pasar.

La banda británica liderada por Chrissie Hynde siempre hizo música de mi agrado. He de reconocer que tenía ciertas dudas sobre el estado de la voz de Chrissie Hynde, pero desde el primer tema todas las dudas se esfumaron.  Chrissie tiene un pasado de excesos importante, pero también de superación, no en vano ahí está. Carácter nunca le ha faltado.

Lo primero que me llamó la atención del concierto fue la insistencia que pusieron en que no se se hiciera uso de los móviles durante la actuación. Lo dijeron por megafonía, colocaron carteles, e incluso proyectaron un texto en las pantallas junto al escenario advirtiendo la prohibición de la utilización de los móviles. En realidad, en practicamente todos los conciertos te advierten que está prohibido grabar y hacer fotografías, pero aquí lo remarcaron con insistencia.

El concierto comenzó. Chrissie salió con su habitual actitud rockera: baqueros ajustados, botas, cinturón negro, chaqueta roja y camiseta de Elvis. Toda una declaración de intenciones. Venía a dar guerra. Y la dio.

Chrissie comenzó la actuación más pendiente de que no se utilizasen los móviles que de otra cosa. Señalaba a quien veía usando un móvil para que se lo hicieran guardar, o en caso de negarse a abandonar el recinto. La jefa no quería ver a nadie "texting" mientras ella cantaba. Si quieres rock aquí estamos, si quieres text, get out! Esas son mis reglas. Lo dejó claro. Y ganó.

A partir de ahí todo fue sobre la seda. Una gran banda, defendiendo buenos temas, perfectamente trabajados, con ganas de agradar, y un público que había venido a lo que se viene a un concierto: ¡a disfrutar de la música en directo!

El repertorio fue completísimo: Don't get me wrong, Kid, Hymn to her, Let's get lost, Brass in pocket, Back on the Chain Gang, I'll stand by you... y muchas más. Creo que todos nos fuimos contentos, incluidos todos los de la banda.

viernes, 21 de julio de 2017

Sting en Fuengirola

Fue una sorpresa. No hubo ni rumores ni nadie lo esperaba. De repente lees en la prensa que Sting tocará en Fuengirola, donde presentará su último lanzamiento 57th & 9th. Algo que unas horas antes me hubiera parecido inverosimil, inesperadamente va tomando cuerpo poco a poco en mi cabeza. Se anunciaron además que también visitaban nuestra localidad Jamie Cullum, Michael Nyman o los Beach Boys, entre otros. Demasiados conciertos para tan poco tiempo. Hay que elegir. Mi economía no estira para tanto.

El elegido fue Sting. A Jamie Cullum ya lo había visto en dos ocasiones -ambas muy satisfactorias- y a Nyman también en una ocasión. Pero el elegido fue Sting. No iba a ser, a priori, su mejor gira, pero siempre quise ver a Sting.

El concierto me gustó mucho, si acaso, por ponerle una pega, es que fue justito de tiempo. Un par de canciones más en el bis, y ya todos hubiésemos salido plenamente satisfechos.

Las entradas que compramos resultaron estupendas. Centradas a más no poder en la única grada que colocaron expresamente para los conciertos de verano. Detrás del escenario el mar y la noche estrellada. El ambiente era estupendo y la puesta en escena no defraudó.

Antes de Sting tocó Ara Malikian, que te deja cansado de verlo corretear de un lado para otro del escenario con el violín entre las manos. Da miedo imaginar que se caiga en uno de sus acrobáticos saltos y rompa el violín.

Sting salió puntual -no esperaba menos de un británico-. Consultando los setlist de conciertos anteriores puedes comprobar que conforme ha ido avanzando la gira, el repertorio ha ido dejando atrás las canciones del nuevo disco y ha ido añadiendo los grandes clásicos que Sting y The Police atesoran en sus álbunes. Sting aún mantiene aún ágil sus cuerdas vocales.

El comienzo fue animado, con Synchronisity II, If I ever lose my faith in you y Spirits in a material world. Su tema ya clásico, English man in New York, me dejó algo descolocado, la cambiaron demasiado para mi gusto. Luego todo fue sobre ruedas hasta Shape of my heart, que fue uno de los momentos del concierto. Muy bien interpretada. Sólo esta canción ya valía la entrada. Me emocionó.  Sting siguió visitando sus discos, saltando de uno a otro a lo largo de toda su carrera, hasta acabar con Roxanne. Todos esperábamos que regresara al bis, faltaba el que es su gran éxito. Regresó e interpretó Every breath you take, pero para mi gusto el colofón llegó con Fragile, con Sting solo en el escenario, guitarra en mano. Una maravilla.

El setlist resultante fue muy equilibrado, incluso hubo tiempo para que su hijo, que le servía de coros durante el concierto, rindiera homenaje a David Bowie, con una estupenda y personal interprestación de Ashes to ashes. Se despidió y eché en falta uno de mis temas favoritos: Mad about you. Lástima. Otra vez será.