martes, 25 de agosto de 2015

Consuegra y Ávila

Todos los años por estas fechas veraniegas suelen coincidir las vacaciones de mi santa, los niños y las mías y tratamos de sacarle el jugo todo lo que podemos, y si la economía lo permite, intentamos realizar algún viaje. Este año teníamos claro que queríamos quedarnos por España, y que deseábamos evitar la atestada costa y sus atiborrados destinos. Así que decidimos marcar como destino el centro de España y sus alrededores, especialmente Castilla y León. 

De manera que dos días después de coger mis vacaciones, el miércoles 12 de agosto a las 6:30 de la madrugada, con todo el equipaje en el maletero del coche y con el tanque lleno de gasoill  y una ilusión inmensa, comenzamos nuestro serpenteante itinerario por España. 

No hicimos ninguna parada hasta pasar Despeñaperros, en Almuradiel, en una venta de carretera, donde desayunamos algo rápido y sin entretenernos continuamos el camino adentrándonos en la provincia de Toledo.

En mitad de la nada, en plena Castilla La Mancha junto a la autovía, coronando el cerro Calderico, están emplazados los doce famosos molinos y el Castillo de la Muela. Emblema y orgullo de Consuegra.

Los molinos de Consuegra no son, según parece, los gigantes del horizonte, con sus largos brazos y lanzas amenazantes, que encendieron la imaginación del ilustre Miguel de Cervantes, sino que supuestamente fueron los que hay en Campo de Criptana, pero para nosotros fueron más que suficiente para traernos a la memoria aquel delirante pasaje de El Quijote.

Visitamos uno de ellos y pudimos comprobar en su interior con un vídeo explicativo cómo se ponen en marcha y funcionan estos molinos harineros.

Nuestra segunda y última parada de esta primera jornada era Ávila.  Asi que bordeamos Toledo por la autovía y continuamos hasta  Ávila intramuros y en una bella plaza junto al Palacio de los Dávila aparcamos el coche.  Era la hora de almorzar y como parece que los kilómetros recorridos nos abrieron el apetito, paramos en Casa Guillermo, en la Plaza del Mercado Chico, que es como una Plaza Mayor, donde también está  el Ayuntamiento. En Casa Guillermo dimos buena cuenta a un chuletón de Ávila de 500 gr y otras entradas variadas, aparte de un estupendo postre de tarta de queso.

Después de haber repuesto las fuerzas adecuadamente decidimos pasear por el exterior de las murallas,   contemplando su majestuosa figura. Salimos por la puerta norte, junto al Palacio de Diego de Bracamonte, y paseamos por el exterior hasta la puerta del Carmen. Seguidamente fuimos hacia la Catedral, y realizamos una visita con audioguías. A los niños les entretuvo más de lo que Pepi y yo hubiésemos imaginado. Ya conocíamos la Catedral de Ávila pero nos encantó visitarla de nuevo.

Regresamos a la Plaza del Mercado Chico y compramos las típicas y dulcísimas yemas de Ávila. ¡Qué ricas! Compramos una docena de yemas y fuimos paseando por las intrincadas calles de Ávila mientras las degustábamos placenteramente.

Volvimos a atravesar las murallas por la Puerta de Santa Teresa, hacia la Plaza de Santa Teresa, donde está la Iglesia de San Pedro Apóstol. De nuevo caminamos junto a las murallas por la Calle San Segundo hacia la Plaza de San Vicente, donde está la magnífica Basílica de San Vicente y volvimos hacia la Plaza del Mercado Chico pues comenzaba a caer la noche sobre nosotros y ya estábamos pensando en poner punto y final a la jornada.

El perfil amurallado de la ciudad le daban un aspecto tenebroso a Ávila. Un viento repentino trajo unas nubes grises y comenzaron a caer cuatro gotas. En pocos minutos las calles se vaciaron y nos refugiamos en el Bar Gredos, en una perpendicular de la Plaza Mayor, y allí acabamos tomando unas tapas que nos sirvieron como cena. Al salir ya había escampado y cogimos el coche y nos dirigimos al hotel. El día había sido largo y cansado, y el descanso estaba más que merecido.

El hotel estaba situado en las afueras de Ávila, y la habitación del hotel tenía un baño enorme presidido por una gran bañera, en la que, después de más de 600 km en el cuerpo, me di un homenaje con un baño caliente de espuma. Fin de la primera etapa.

martes, 11 de agosto de 2015

Una Kirin Ichiban

Hoy voy a presentarles una cerveza exótica donde las haya, aunque es más extravagante por su procedencia que por su elaboración. Ésta es la Kirin Ichiban. Una cerveza que llega desde el lejano Japón, y está elaborada  con malta de cebada, lúpulo, maíz, arroz (¿cómo no?) y agua mineral natural.

Mi primera impresión he de reconocer que fue buena. La esperaba con algún resto de sabor extraño, pero no puedo decir que nada me desagradase, si acaso, puedo sostener que es muy suave y su amargor muy ligero. Contiene una grado alcohólico del 5%, que la sitúa en el mismo centro del abanico estándar. Es de color muy cristalino y la espuma es muy densa y nívea. Tal vez le falte aroma y personalidad, y puede que sea ese su mayor defecto. Aunque en general es muy agradable.

En definitiva es una cerveza que cumple con lo que espero de una cerveza, pero tampoco tiene nada que me llame la atención como para desear volver a cruzarme con ella, aunque, sin embargo, la preferiría por encima de muchas cervezas que lucen su apellido de nobleza y bla, bla, bla. 

A mí me gusta que las cervezas me hablen en el paladar y ésta cerveza que llega desde Japón, pasa con gusto la prueba.

Quiero reseñar que me gusta mucho el diseño del botellín. El fondo de la etiqueta de la botella es de color crema y las letras están en una dorado brillante. Sobre el nombre de la marca viene representado una especie de unicornio o dragón con fuego, como un ser mitológico, y en las esquinas hay dibujadas flores con tonalidades rosas, que en conjunto adornan muy atractivamente.

lunes, 10 de agosto de 2015

Arte callejero 34

Tengo el calendario tan cargado y cansado que cuando por fin regreso a casa al final del día no me queda ningún tipo de ánimo para sentarme a escribir en el blog. Además el calor tan sofocante y asfixiante que está haciendo este verano me impide verdaderamente alentrar en este cuarto en el que estoy ahora escribiendo esta entrada, porque es tal vez el cuarto más caluroso de la casa, o al menos, el único que no tiene aire acondicionado.

Pero ahora estoy de vacaciones y me es posible aprovechar esas primeras horas de la mañana, cuando aún el sol no ha comenzado a derretir la atmósfera y todavía se puede abrir la ventana y respirar algo de fresco incluso.

No se preocupen si no les presto toda la atención que suelo en los próximos días, pero tengo tantos proyectos por realizar, tantas ganas de exprimir el tiempo vacacional que me temo que no sé si podré entresacarlo para dedicarlo al blog. Aún así hoy les dedico una pizca.



Y no olviden que hoy es lunes y que la vida es maravillosa.

domingo, 19 de julio de 2015

El mundo visto desde el cielo - Ángeles Caso

Fui al rastro en busca de algún libro que me entrara por los ojos y me encontré con una impoluta primera edición de Planeta del libro de Ángeles Caso, El mundo visto desde el cielo. Me pareció un título cautivador y maravilloso. En la portada un muy adecuado autoretrato de Joshua Reynolds expuesto en el National Portrait Gallery de Londres. La primera impresión era inmejorable.

Leí la sinopsis del libro y ya quedé atrapado sin remedio. Un libro sobre la búsqueda de la inspiración, sobre el encuentro con el arte, los propósitos y despropósitos del arte sobre la realización individual. Sobre una existencia atormentada por la pasión, por la pasión creativa. Y todo mostrado como un monólogo, como una carta de despedida o de perdón, casi una confesión.

Curioseé por las primeras páginas y me encontré con una bella dedicatoria que decía:

 Para que puedas ver en palabras los sentimientos que llevas dentro.
Te quiero.
(Firmado) Juan.
Y siempre te querré.
8.Abril.1997

Esta dedicatoria -pensé- no puede seguir rodando sin rumbo por el mundo. Merece tener un lugar en una estantería, rodeado de otros libros, a ser posible junto a libros de arte, como forma de respeto al amor declarado. Así que pagué el euro que me pidieron por él y me fui como el portador de las bellas declaraciones de amor. A escasos cien metros de allí me senté en una terraza y despertándome con un café fui comenzando a leerla.

Pd: Soy un romántico.

sábado, 18 de julio de 2015

Marilyn Monroe 31

Julio es un mes de altas temperaturas, baños resfrescantes y bebidas con mucho hielo. Un mes para disfrutar de la plenitud de los días alargados y los cielos despejados. Un mes en el que las mujeres nos regalan el esplendor de su bronceado. Días de sonrisas amplias y sinceras en el que existe tiempo libre hasta para desperdiciarlo en siestas inesperadas. Los besos vienen envueltos en el aire refrigerado de una habitación con sábanas deshechas. Charlas abiertas al anochecer en terrazas abarrotadas. Un mes para amar la vida, la vida en mayúsculas, sin embargo a mí tanta alegría desbordante me produce una extraña nostalgia.


jueves, 16 de julio de 2015

Homeland. Season 3.

La tercera temporada de Homeland ha sido toda una sorpresa. Comenzó algo floja a mi juicio, pero a partir del capítulo cuarto o quinto y casi hasta el último suspiro del final fue ya un sinvivir. Pura intriga en el sofá. Una trama de espionaje y contraespionaje que te mantienen ojiplático y retorciéndote en el asiento. Casi contorsionándote. 

Mientras la serie transcurre, la cabeza no para de dar vueltas conectando lo que acaba de suceder con lo que esperas o sospechas que pueda pasar. Por muy rápido e intuitivo que uno sea conectado datos y acontecimientos, al final siempre queda sorprendido por el desenlace final en cada capítulo y admirado de que el resultado es mejor de lo esperado. Un final bien cerrado pero al mismo tiempo lo suficientemente abierto a distintas posibilidades, para que todo, o casi todo, pueda suceder, incluso lo que ni sospechas.

En esta tercera temporada ha pesado más la acción y la intriga que el drama psicológico, que en mi opinión podría haber sido demasiado pesado y reiterativo. Se le han añadido nuevos personajes -nuevas posibilidades- y también nuevos escenarios. Así, mientras la serie va avanzando, todo va a más, se amplían las opciones, la trama se complica, se multiplican las alternativas, pero de vez en cuando, un tiro en la cabeza, una bomba desde un dron o un arresto parecen ir allanando el camino y también aclarando el sentido del final, hasta que de pronto, en cuestión de un minuto, todo cambia.  Así es Homeland. No pienso esperar mucho en ver la cuarta temporada.

martes, 14 de julio de 2015

El toque de diana

Desde el pasado siete de julio hasta hoy me he levantado todos los días 10 minutos antes de los normal. Como cada año por estas idénticas fechas no quiero perderme el encierro diario de los Sanfermines, así que programo el despertador un poco antes y me deslizo aletargadamente desde la cama hasta el sofá del salón para disfrutar del encierro.

Los tres primeros días los vi solo, el cuarto se apuntó mi santa, que en el quinto se desapuntó, pero en cambio se apuntó mi pequeña Sofía, de nueve años, y el día siguiente Miguelito, de seis, y desde ese día todos -incluida mi señora- me pedían que los despertase para ver los encierros. Los tres últimos días la familia al completo nos sentamos cinco minutos antes de las ocho en punto de la mañana para ver los Sanfermines. Hoy ha sido el último encierro de las fiestas de 2015.

No se me ocurrió mejor manera de despertarlos que cantarles el clásico cántico de los mozos a San Fermín:


 ¡Viva San Fermín! ¡Viva!

Ahora todos se los saben y hasta lo cantamos a coro. ¡Hasta el año que viene!


domingo, 12 de julio de 2015

Una Orval

Pocas cosas me refrescan más como una cerveza helada. Una cerveza bien fría en el momento apropiado puede modificar un estado de ánimo, la confianza en nuestras posibilidades y sobre todo puede alegrarnos el día. Y en algunas ocasiones hasta nos ayuda en la siesta, o al menos a mí me pasa.

El caso es que hoy voy a presentarles una de esas cervezas que se me han ido quedando en el camino, la he ido dejando atrás, esperando que llegara su momento y un día por otro la cerveza sin beber, aunque en este caso no es del todo cierto. La cerveza que hoy presento es una Orval, y no se quedó sin beber. La Orval es una cerveza que probé un verano de hace casi cuatro años en el viaje que mi santa y yo disfrutamos por Bélgica. Aquel día de agosto acabábamos de salir del Museo del Cómic de Bruselas y estábamos deseando descansar los pies y de picar algo porque ya era la hora del almuerzo y con tanto caminar el apetito se hace notar rápidamente. No muy lejos de allí, en una animada plaza, pudimos tomar asiento en un restaurante junto a una amplia ventana desde la que pudimos descansar nuestros pasos al mismo tiempo que contemplábamos distraidamente el trasiego de la plaza.

La primera cerveza que pedí en aquel restaurante ya la presenté en este blog hace unos años, fue una Westmalle, y me quedó pendiente presentarles la segunda que caté aquel día, una Orval, una cerveza trapense de un razonable 6'2 % de alcohol. Después de aquel día volví a tomarme otra Orval un par de años después. Recuerdo que era una cerveza muy aromática, con un sabor fuerte  y un color cobrizo oscuro pálido y con espuma densa, nívea y duradera.

No puedo añadir muchos datos más porque mi memoria es bastante perezosa en ocasiones, pero recuerdo perfectamente que me pasó como aquella cita de Bécquer, aunque parafraseándola con cervezas en lugar de con libros. El recuerdo que deja una cerveza es más importante que ella misma, (por favor disculpen mi osadía al parafrasear).

martes, 7 de julio de 2015

El dormilón

Soy un hombre de dormir poco. Quiero decir que no soy de perezosas mañanas de domingo en la cama, al contrario, soy más de apagar el despertador y saltar de la cama. Es más, la mayoría de las veces estoy despierto bastante antes de que suene el despertador.

Sea por lo que sea no suelo dormir mucho más allá de seis horas, tal vez siete pero casi nunca ocho y jamás nueve.  La siesta la echo, como mucho, un par de veces al mes, porque con el horario partido del trabajo me es imposible y los fines de semana están tan cargados de actividades que en la mayoría de las ocasiones ni contemplo la posibilidad de echar una cabezada en el sofá. Con todo, no suelo ir bostezando por la vida. Al contrario, desde el minuto uno que he puesto el pie junto a la cama ya me siento cien por cien despierto.

Mi momento más perezoso y aletargado del día es después de la comida. Me levanto de la mesa a recoger los platos y mi cuerpo me está pidiendo un descanso y mi mente aún más, pero poco a poco, con más esfuerzo que voluntad voy ganándole terreno al sueño. 

Sin embargo, este último fin de semana algo ha pasado. Les cuento: Llevo como tres semanas que sufro unos intensos picores por los dos brazos, que en principio intenté ignorar, hasta que ya era tanto lo que me rascaba que pareciera que tuviera pulgas por los brazos, de manera que comencé a tomarme un antihistamínico cada noche antes de acostarme y los picores comenzaron a remitir, pero tan pronto dejé de tomármelos los picores regresaron con inquina. Así que decidí ir al médico.

El jueves pasado el médico me duplicó la dosis y me aconsejó combinar los dos antihistamínicos, los que yo me automediqué primeramente y el que él me acababa de prescribir, y me advirtió que entre los efectos secundarios estaba la somnolencia, y que si tenía que conducir que lo tuviera en cuenta. Yo ya había escuchado todo eso de que los fármacos producen somnolencia y hasta la fecha, me afectaba tanto como la subida en bolsa del Yen -que puede que me afecte pero no soy consciente-, aún así, como no tenía que conducir, no problem.

El caso es que este fin de semana he dormido como nunca. He ido a la playa el viernes y el domingo, en ambos días me eché una tremenda siesta en primera línea de playa, el sábado -no podía ser menos- la disfruté en la cama con el aire acondicionado refrescando mis sueños.  Desperté tarde los tres días y además me acosté pronto. El sábado, a media mañana, mientras todos en casa habían ido a la piscina y yo me quedé en casa leyendo, y en realidad no avancé mucho más de tres páginas, mientras que el domingo, al regresar de la playa, después de la ducha, me quedé dormido esperando la hora de la cena. ¡Increíble!

Mi niño cansado de que yo durmiera tanto me preguntó: ¿qué te pasa papá? ¿estás malito?

sábado, 4 de julio de 2015

Jane the Virgin. Season 1.

La última serie que hemos visto mi santa y yo ha sido la primera temporada de Jane the Virgin. Acabábamos de terminar de ver Fargo -creo recordar- y teníamos pensado meternos en otra, y para no ir perdiendo la costumbre de ver series en inglés, comenzamos a grabarla con el iplus de Canal +, de manera que pudimos esperar a terminar de ver Fargo antes de comenzar la siguiente.

Jane the Virgin nos pareció una buena serie para verla en inglés subtitulada en inglés porque aunque es una serie americana, en realidad es de origen hispano, y algunos de los diálogos están en castellano, ya que la abuela de Jane, Alba, sólo habla en castellano, y cuando su personaje interviene los diálogos en ocasiones parecen llevados a cabo por gibraltareños. Es hasta gracioso.

La primera temporada ha constado de 22 capítulos y los primeros capítulos los vimos con algo de retraso, pero en poco tiempo conseguimos ponernos al día y últimamente hemos tenido que seguir viéndolos al ritmo de un capitulo por semana.

Es una serie cómica, actual y descarada, donde el ritmo de guión es verdaderamente trepidante y vertiginoso y las distintas situaciones se suceden una detrás de otra, en ocasiones, inverosímilmente. En algunos capítulos confieso que me cansé de tanta vuelta de tuerca y de tanto salto de guión, sobretodo en lo que de amoríos se trataba, pero en general tiene un no-sé-qué que la hace entretenida y divertida. Mi personaje favorito es, por ahora, Rogelio de la Vega, el padre de Jane, un engreído, presumido, narcisista galán de telenovela venido a menos que se cree el auténtico eje y motor de la vida de todos los que le rodean. ¡Me parto!

martes, 30 de junio de 2015

Una Grevensteiner

Esta pasado mes de junio confieso que he pimplado más cerveza de lo que debería y posiblemente por esa misma razón no me he sentado antes a presentarles una cerveza como es debido, pero como dice el dicho: más vale tarde que nunca.

Así que sin más preámbulos les presento la cerveza Grevensteiner, una cerveza alemana que podrán conseguir -como yo hice- en casi cualquier gran superficie, donde fácilmente la encontrarán y donde además podrán adquirir un pack que incluye una jarra de la misma marca, para disfrutar de la cerveza adecuadamente.

La cerveza Grevesteirer es una de esas cervezas que anuncias a bombo y platillo y con letras doradas que cumplen la ya manida y manoseada Ley de pureza alemana de la cerveza. 

Es una cerveza alemana de un precioso color ámbar brillante, con un ajustado 5,2 % del volumen de alcohol. Y cuyos ingredientes se reducen a agua blanda de manantial, malta de cebada, lúpulo recién cosechado (según indicaciones de la etiqueta) y levadura. El sabor es generoso y duradero, aunque la burbujas de la espuma son bastante menudas y voluminosas también son  poco persistentes.  El paquete con el que me hice consistía en cuatro botellines de  0,5 l y su jarra correspondiente, y ahora desde este humilde y cervecero blog brindo con ella por ustedes, y también por la vida y por las cervezas que aún me quedan por catar. ¡Salud!