Ya escribí por aquí que el libro de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, me encantó. Y si no lo escribí, no pasa nada, lo escribo ahora. Mi opinión de entonces, sigue ahora más vigente que nunca. El libro alrededor de la vida del Emperador Adriano dejó una huella inmensa en mí. Lo tengo en casa puesto en un lugar donde lo veo casi todos los días, y si bien la mayoría de las veces paso de largo sin hacerle caso, cuando me detengo y lo veo, no puedo evitar sentir una especie de bondad y agradecimiento sobre sus páginas. Y aunque no soy mucho de listas de gustos ni nada que conlleve comparaciones innecesarias y pérdida de tiempo. Podría afirmar sin despeinarme que este libro estaría entre mi top diez de mis libros favoritos. Ahí queda dicho.
Así que Pepi y yo, junto a una pareja amiga, nos plantamos en las butacas dispuestos a disfrutar de la obra. La verdad es que me gustó, y mucho. La interpretación de Lluís Homar es de la mejores que he visto en mi vida. Puso a todo el teatro en pie a aplaudirle, lo que se está convirtiendo en una costumbre, pero que no siempre es tan merecido como en este caso, al menos así lo pienso.
En el cartel publicitario aparecen un buen número de actores acompañando al actor principal, por lo que pensé que era una obra coral, aunque finalmente fue casi un monólogo de Homar con actores y bailarines de atrezzo. No es tal que así en realidad, pero casi.
Tras el teatro, no muy lejos de allí, descubrimos, junto con nuestros amigos Sagri y Miguel, una pizzería, anunciada como Restaurante Bresca, donde comí unos ravioli de rabo al pesto rosso, que estuvieron fabulosos. Confieso que los pedí porque afirmaba estar cocinado a fuego lento con vino tinto Barolo (el favorito de Eddie Vedder, ahí saltó la chispa de mi decisión) servido en salsa especial de pesto rojo y almendra chili-limón. Rico, rico. Un descubrimiento. Volveremos.

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