El planeta tierra tarda en dar una vuelta en órbita elíptica al sol unos 365 días y seis horas. Lo que venimos conociendo como un año. En realidad son unos pocos minutos menos de las seis horas, pero bueno, casi seis horas, lo que hace que cada cuatro años tengamos un año bisiesto, es decir, con un día más en febrero.
El siete de septiembre de cada año celebramos que mi padre, de alguna inadvertida manera, ha dado una vuelta al sol. Este año suma ya ochenta y cinco veces orbitando a la velocidad de 30 km por segundo. Ambos datos son muy a tener en cuenta. Especialmente cumplir ochenta y cinco años. Se tienen que dar muchas circunstancias en la vida para alcanzar esa doble cifra.
Mi padre fue plenamente un niño de la postguerra, de manera que no es complicado comprender que no tuvo la mejor alimentación en su juventud. Es de esas personas que no dejan nada en el plato después de comer, una característica muy común -creo yo- en aquellas personas que sufrieron escasez alimenticia en algún momento de sus vidas. Le tocó conducir en moto a diario para ir al trabajo en noches sin luna por carreteras que no eran dechados de seguridad. Comenzó a trabajar siendo casi un niño y para tirar de una familia con tres hijos hacia adelante tuvo que llevar dos trabajos simultáneamente. No ha tenido muchas vacaciones que se diga, pero nunca lo escuché quejarse por ello, al contrario, obraba como ejemplo ese dicho de al mal tiempo, buena cara.
A sus ochenta y cinco años mantiene una vitalidad que nos hace pensar que todavía queda abuelo para rato, aunque últimamente la cadera le está dando más problemas de la cuenta. El tiempo no pasa en balde para nadie.
Ahora que se prepare mi santa Pepi, que justo una semana después de mi padre, cumple ella, aunque por suerte para ella (según como se mire) cumple bastante menos.
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