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sábado, 2 de mayo de 2026

La Verdad en el Teatro Cervantes

No hace tanto comenté por este blog que aunque Miguel y Sofía han asistido con nosotros bastantes veces al teatro, es cierto que hablándolo con ellos, ninguno de los dos se acordaba muy bien de las obras que habían visto siendo niños, ni siquiera se acordaban cómo era el teatro en el interior. 

Pepi y yo pensamos que no deberíamos permitir que no se acordaran de haber estado en un sitio como el Teatro Cervantes de Málaga, y que en cierta parte era culpa nuestra.  Primero pudimos solucionarlo con Sofía que pudo venir con nosotros a ver la obra Los guapos. Tenía la tarde libre y nosotros teníamos intención de ver la obra, y todavía no habíamos comprado las entradas, así que se nos unió. Sofía sí se acordaba de haber estado, pero no recordaba bien cómo era el teatro por dentro. Miguel afirmó que no recordaba prácticamente nada. Y es que él la última vez que fue era más pequeño aún.

Así que le pusimos remedio y los llevamos, en esta ocasión a los dos, a ver un monólogo de Dani Rovira, Vale la pena. No era un teatro exactamente, pero sí, al menos, era en el Teatro Cervantes y además era por una buena causa. Compramos cuatro entradas en el patio de butacas y nos hinchamos a reír. Así dejamos la cuenta saldada con nuestro compromiso personal con el teatro.

Pero hablando con Claudia -la novia de Miguel- decía que ella no había ido nunca al teatro, al menos no a uno así profesional. Así que pensamos que sería una buena idea, si pudiéramos, llevarlos al teatro, para poder ver aunque sólo fuese una vez una obra. La posibilidad estaba ahí, hasta que finalmente la oportunidad se cruzó.

Le teníamos echado el ojo a varias obras, pero pensamos que la que mejor se podría adaptar a ellos era una obra titulada La Verdad, protagonizada por Joaquín Reyes, Natalie Pinot, Raúl Jiménez y Alicia Rubio, dirigida por Juan Carlos Fisher. Además estaba programada para un lunes y un martes, días que para ellos podría ser más oportuno. Y era una comedia, que siempre te deja un mejor sabor de boca que un drama. 

Así que les propusimos ir, aceptaron y allí nos plantamos. Compramos cuatro entradas y creo que lo pasaron bien. Yo al menos lo pasé. Me divertí. Seguidamente fuimos a picar algo en Los Gatos, cerca de la Plaza de Uncibay, y de vuelta a casa, que al día siguiente todos teníamos que madrugar, aunque yo un poquito más que el resto.

domingo, 22 de marzo de 2026

Un bebé perezoso y tímido

En cuanto supe que había nacido una cría de perezoso de dos dedos en el Bioparc de Fuengirola quise ir a visitarla, pero finalmente tuve que ir retrasando la visita por una razón u otra, hasta que ya bien entrado en marzo pude ir. Primero visité a Ernie -la cría gorila que nació recientemente-  que aunque se notaba que había crecido aún seguía siendo un bebé precioso.Pero lo más fascinante es la manera que tiene la madre de tratarlo, es exactamente igual que cualquier madre cuida a su bebé. El instinto maternal es algo tan natural como el masticar.

Contemplé a las tortugas gigantes de las Galápagos, que estaban comiendo y más activas de lo habitual. No sé qué edad aproximada tienen, pero algunas suelen llegar a los 150 años. Las que hay en el Bioparc son bastante grandes, así que imagino que tienen buena edad. A ver si algún día lo pregunto a alguno de los cuidadores.

Los Dragones de Komodo también estaban muy activos. Igual estaban esperando que les pusieran la comida. No los he visto nunca alimentarse, pero bueno, como son el lagarto más grande del mundo supongo que son de buen comer.

El leopardo de Sri Lanka en cambio estaba retozón, no movía un párpado, parecía que estaba en los más dulces de los sueños. ¡Qué animal tan bonito!

Después de pasar a contemplar a los Axolotes, a Doris y a Nemos, me acerqué a ver a las nutrias gigantes, que siempre son muy escurridizas, y que poco a poco parece que por fin se van separando de sus crías. Y ya fui a buscar a la cría de perezoso.

No hubo manera de poder verla. Me dijo la cuidadora que desde que tiene la cría baja menos de la copa de los árboles y que es difícil verla de lejos. También me contó que aunque la viéramos, la cría está tan aferrada a la madre, y tiene tantos pelos que es complicado distinguirla aún estando cerca. Que más que perezoso se podría decir que es tímido.

Como pasé un buen rato en el aviario, esperando a ver si podía ver a la madre y a la cría, pude ver muchas curiosidades. Pude ver al padre, que disfrutaba de una reconfortante siesta, y también a una bonita pareja de Socayos Rojos, también conocidos como titís cobrizos. Según contó la cuidadora son altamente sociables, y lo que yo creí que eran una pareja de enamorados, nos informó que eran un padre y su hijo. Me encantó ver cómo se enredaban la cola.

sábado, 14 de febrero de 2026

La OFM 2025/26 - Programa 07

Siempre he querido llevar a mi padre a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga. Pero no es tarea sencilla. Tienen que darse una serie de circunstancias. La primera es que la orquesta ofrezca un concierto, algo que ocurre aproximadamente una treintena de veces al año. La segunda que es que yo pueda asistir, y la otra es que mi padre también pueda. 

Un día le pregunté si un día le apetecería ir a ver un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga, y me dijo que sí, que no es que le gustara,  es que le encantaría. Así que estuve atento. Y en cuanto pude encontrar un día en el que los astros se alinearon a nuestro favor, reservé un par de asientos en el patio de butacas. Centradas aunque algo cercanas.

Mi padre ha sido músico, saxofonista para más señas, y director de coral y también de banda de música. Esa ha sido su pasión. Una pasión que le ha llenado la vida. Siempre le ha gustado la música clásica, pero a sus ochenta y cinco años, ya no es tan sencillo para él ir a ver los conciertos.

Cuando le dije que reservara la fecha y que ya tenía las entradas me pareció que se iluminaban los ojillos. Llegó el día y lo recogí en la puerta de su casa, y aunque estaba chispeando, no puso ninguna pega. Parecía ir encantado. Aparcamos en un parking cercano a la Plaza de la Merced, a pocos pasos del Teatro Cervantes. En Málaga hacía mejor tiempo que en Fuengirola. De camino al teatro, aún con su bastón, parecía que iba más ligero de lo habitual. Habitaba en sus ojos un brillo especial. Caminaba mirando de un lado para otro, como agitado, nervioso. Señalándome los cambios que había en todo lo que veía. Entre ilusionado y nostálgico. Una vez dentro del teatro, cogió su programa a la entrada y se sentó en su butaca. Sobre esas tablas -decía- he estado yo. 

El concierto tenía tres partes, una primera con Pablo Ferrández, solista de violonchelo, para interpretar el Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, Op 85, de Edward Elgar. Con cuatro movimientos.

En la segunda parte, The chairman dances (Foxtrot para orquesta) de John Adams. Y para acabar las Danzas sinfónicas de West Side Story por Leonard Bernstein. Dirigido y presentado todo por José María Moreno, director titular de la OFM. Pasó en un santiamén.

Luego, tras el concierto, fuimos a cenar juntos al Meson de Cervantes, donde yo había reservado mesa para los dos. Lo invité a todo. A las entradas, a la cena, al parking y al taxista. Él quiso pagar el café que tomamos antes del concierto.

Al regresar a Fuengirola, en la puerta de su casa, bajando del coche, me dio las gracias. En su forma de dar las gracias había un eco de gratitud y satisfacción. Yo regresaba en el coche a casa con un sentimiento de haber devuelto un grano de arena de la inmensidad de deuda que un hijo siempre le debe a un padre. Empezando por mi pasión por la música.


sábado, 7 de febrero de 2026

Juro no decir nunca la verdad - Javier Marías

Si han seguido este blog, aunque sea de manera ocasional, sabrán que soy un admirador de la pluma del autor madrileño Javier Marías. Lo soy desde que comencé a leerlo con Todas las almas, en una edición de El Círculo de Lectores que me pagaron mis padres, pero eso es otra historia.

Lo he seguido como escritor de novelas, como escritor de cuentos, como ensayista, como editor del Reino de Redonda, como traductor y, especialmente, como articulista. Esto es quizás lo más sencillo, pues sólo tenía que acercarme una vez a la semana a leer sus artículos en El País. Como a veces se me escapaban algunos artículos en uno de esos fines de semanas más agitados de la cuenta, he ido comprándome sus volúmenes de artículos y leyéndolos con una pausa temporal que se ha ido agrandando con el paso del tiempo. Cada vez la distancia de tiempo, entre lo escrito y cuando yo lo leía ha ido creciendo. El tiempo es lo que más nos aprieta.

Tras su fallecimiento en septiembre de 2022 fui postergando su lectura. No sé, no me sentía a gusto leyéndolo, me daba una pena leer a Marías sabiendo que muchas de las cosas que afirmaba no las vería continuar. Me entristecía leerlo. Es casi la primera vez que me pasaba algo así con un escritor. Una sensación tristemente novedosa para mí. Así sus libros, durante estos últimos años he mantenido sus libros en salmuera, en las estanterías más alejadas, apartándolos de la vista, hasta incluso algo escondidos. Me entristecía verlos porque me recordaban a él. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El tiempo ha ido pasando, y bueno, te lo vas encontrando aquí y allí, en tus estanterías de libros, y te detienes sobre los lomos de algunos de sus libros leídos con una especie de bienestar interior, entre nostalgia y satisfacción. Hasta que un buen día piensas: estoy preparado, es un buen día para volver a leer a Marías, ya pasó el desapego, el duelo. Así que volví a leerle, y comencé por artículos publicados en 2015, que es por donde iba leyendo sus opiniones de prensa, ya que lo último que leí de artículos fue Tiempos ridículos, la anterior entrega de artículos. Así, especialmente los domingos por la mañana, con el café, como ya no tengo periódico, me abría su recopilación de artículos y me leía unos cuantos.

No diré que me resultó fácil leerle, porque me detenía pensando en la pena que me daba que ya no pudiera continuar escribiendo, pero el placer de la lectura merecía la pena. Y aunque algunos de sus artículos -especialmente los políticos- quedaban algo fuera de lugar, son una interesante crónica de lo vivido en España.

Echando un vistazo rápido por este blog, he descubierto que hacía mucho que no publicaba una entrada de Javier Marías. Y es que sus últimos novelones están por ahí en alguna estantería esperando que le meta mano. Cualquier día de estos.


domingo, 1 de febrero de 2026

Mejor no decirlo

Cuando publicaron todas las obras de teatro que se representarían en Málaga, la que más atraía a Pepi era la comedia Mejor no decirlo, interpretada por la malagueña María Barranco e Imanol Arias, actores más que reconocidos en la gran y pequeña pantalla. Dirigida por Claudio Tolcachir y escrita por Salomé Lelouch.

Exactamente igual que Pepi debió pensar media Málaga, porque en apenas unos días colgaron el cartel de todo vendido. Por suerte pude hacerme con un par de entradas en platea, en uno de los balcones junto al patio de butacas, que no estuvieron mal, pero sigo pensando que me gusta más el patio de butacas. No sólo es que son más céntricas, sino que también son más cómodas.

La obra estuvo bien. Divertida. Tuvo algunos puntos cómicos que me arrancaron una carcajada, pero me dio la sensación de estar viendo un conjunto de sketches, no una historia lineal sobre un matrimonio. ¿Me lo pasé bien? Pues sí. ¿Estuvo bien interpretada? Pues también. ¿Qué falló entonces? Pues no sabría decir si el guión, la dirección o la adaptación. Pero mi impresión es que fue algo que estuvo bien, pero que como concepto general no fue un gran acierto. Percepciones personales, supongo. Además, otra apunte recurrente últimamente es que las obras a veces son cortas. Sobrepasó en poco la hora de representación. Algo justo, creo yo. No es necesario que una obra dure tres horas, ni siquiera dos, pero apenas una hora luce poco.

Con esta obra dimos por cerrado nuestra asistencia a la primera parte del festival de teatro del Teatro Cervantes. No ha estado nada mal. Ni más ni menos que a cinco obras de teatro en un mes. Como era sábado y Pepi yo fuimos solos al teatro, y la noche era estupenda, decidimos ir a picar algo. Y fuimos a La Gloria, una taberna al inicio de Calle Beatas, que tiene la curiosidad de que mantiene un trozo del antiguo muro de Málaga, fechado entre el siglo XII - XV. No todos los días se cena junto a un muro de tanta historia.


miércoles, 14 de enero de 2026

Las lágrimas de San Lorenzo - Julio Llamazares

Tenía pendiente por leer este libro en una de las librerías de casa. Una portada preciosa, por cierto. Pero los libros van cayendo entre mis manos de una manera, digamos, inesperada, sin un orden predispuesto, aunque algo de orden procuro llevar. El asunto es que cuando leí a Julio Llamazares, lo hice con un libro prestado por mi amigo Miguel, Tanto pasión para nada. Un libro de relatos que me dejó muy buen recuerdo.

Desde aquella lectura me propuse leer una novela suya, pero en aquel momento no tenía ninguna, y pasó un tiempo hasta que compré ésta de Las Lágrimas de San Lorenzo, y todavía he tardé unos años en escogerla de la estantería y leerla.

En realidad lo que me motivó leerla fue que supe que Julio Llamazares acudía a Málaga a presentar su última novela, El viaje de mi padre, y aproveché para leérmelo y así acercarme a su charla y si era posible que me lo dedicara.

Al final sí pude hacer asistir a la charla que fue muy entretenida, y al acabar la charla pude acercarme y contarle lo mucho que me gustó su novela y darle las gracias por el buen rato que me supuso su lectura.

Es una novela sobre el paso del tiempo, la memoria personal donde los recuerdos y la nostalgia caminan cogidas de la mano, y sobre la relación que un padre comparte con su hijo  y con la nostalgia de lo que él fue, de la relación con sus padres y la que vive con su hijo. La fugacidad de la vida como lluvia de estrellas. 

Una novela corta, apenas doscientas páginas y fácil de leer, que endulzó algunas tardes de otoño cual azúcar en café. Lo recomiendo.

A ver si ahora no tardo tanto en volver a leer al autor leonés.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Al Teatro en familia

Ya he contado bastantes veces aquí que Pepi y yo somos bastante asiduos al teatro. Intentamos ir siempre que es posible, pero no siempre es fácil, pues cuadrar los horarios y obligaciones de toda la familia cada vez nos resulta más complicado. Además que hay que sumarle los precios, que no digo que el teatro sea caro, pero quieras que no supone un esfuerzo económico familiar.

Ir al teatro no es sólo el dinero de la entrada, también está el dinero del trayecto en coche y el consiguiente coste de aparcar en un parking. Porque aparcar en Málaga se ha convertido en un problema añadido, y la mayoría de las ocasiones terminamos pagando un parking. A todo ello hay que sumarle lo que en casa solemos llamar los "poyaques", que es el "pues ya que..." vamos a Málaga aprovechamos y visitamos tal lugar o tal otro, y comemos aquí o allí. Y la cantidad se dispara.

Claro, esto lo complica todo. Y especialmente lo encarece. Como nos gustaría que nuestros hijos tuvieran afición por el teatro, nuestra idea era llevarlos a ver una función en el Teatro Cervantes, ya que Miguel decía que ya no lo recordaba. De manera que hicimos un esfuerzo por asistir a la obra solidaria que Dani Rovira iba a ofrecer para recaudar fondos a distintas asociaciones malagueñas. La obra era básicamente un monólogo sobre lo que a Dani Rovira le diera la gana y que tituló Vale la pena.

Sofía y Miguel conocían a Dani Rovira de haber visto algunas de sus películas, especialmente Ocho apellidos vascos y nos pareció que esta obra les podría gustar. Al final no era lo que esperábamos, pero lo importante era pasar un buen rato, y un buen rato pasamos. 

Como la obra era un domingo por la mañana, aprovechamos tras el teatro -ya saben, los poyaques- para almorzar en La Mafia se sienta a la mesa, donde ninguno de los dos había estado antes. Seguidamente mientras mi mujer y mi hijos fueron de tiendas, aprovechando que la entrada es gratuita los domingos por la tarde, visité el Carmen Thyssen y dos de sus exposiciones temporales. Telúricos y primitivos y una de una selección de grabados del artista neerlandés Rembrandt. Hay mil detalles en cada grabado, pero debí traer una lupa para poder verla bien.

En la exposición de Telúricos y primitivos vi obras de Antonio Tàpies, Pablo Picasso, Eduardo Chillida, Joan Miró, Miquel Barceló entre otros. Me gustó mucho la combinación de colores en un óleo sobre lienzo de Josep de Togores, titulado Figuras (1930) (ver foto), de la colección de la Galería Joan Gaspar (no, no es el fanático expresidente del Barcelona). También pude admirar unas minimalistas litografías de Picasso y poco más. No soy muy aficionado el arte moderno en general, aunque hay obras absolutamente magníficas. Creo que no estoy preparado aún para entenderlo. 

Después paseamos por Málaga, tomamos café, y esperamos para ver el encendido anual de las luces navideñas en la Calle Larios. Tradición que no puede faltar. Así el día tuvo esa combinación de cultura, gastronomía y entretenimiento (algunos también practicaron las compras) que hace que el día fuera completo.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Las Navidades son...

Las Navidades son probablemente el momento más familiar del año. En la cena de Nochebuena y la comida de Navidad las familias se sientan alrededor de las mesas atiborradas de chacinas contundentes, entrantes sofisticados, y en nuestra casa el plato con queso curado y jamón no pueden faltar. El olor embriagador del cordero asado, que es nuestro plato estrella navideño, se extiende por todas las habitaciones, donde los descorches de las botellas de vino, que se han ido atesorando durante el año, son un sonido recurrente. Al terminar semejante festín, aún quedan los dulces navideños y el turrón, dispuestos para prolongar la larga digestión que está por venir.  

Días después llega el Fin de Año, que quizás es el momento por excelencia de la juventud y la fiesta. El día siguiente es Año Nuevo, un día de reposo, resaca y recuperación. Y sin tiempo casi para nada, llega el día de Reyes que es el día más anhelado por los niños, aunque al final todos pillamos algo.

A mí me encantan las Navidades, desde niño. Supongo que a todos los niños les encantan. Días de vacaciones y comidas abundantes. El único inconveniente tal vez sea que el tiempo suele ser frío y lluvioso y salir a la calle a veces es imposible. Pero en la calidez interior de las viviendas, el tiempo es un refugio. Los adornos navideños le dan ese toque especial a cada hogar. Todo tiene un sentido familiar. Por eso la nostalgia me invade muy a menudo. Desde que mi madre no está, las navidades no son lo mismo. Y sé que ya nunca lo serán. Entiendo que no es algo personal, las navidades cambian el día que pierdes a un ser querido para todos y a partir de ese momento, simplemente cambia, son otra cosa, son distintas. Yo no soy el mismo desde entonces, pero especialmente en Navidad.

Echar de menos a las personas queridas en estas fechas es un sentimiento humano de nostalgia. Enfrentarse a ello es personal. Mi forma de recordarla es intentar hacer por mi familia lo mismo que ella hizo por la suya. Nunca es igual, pero lo intento.


domingo, 7 de diciembre de 2025

Una cría de gorila en el Bioparc Fuengirola

El pasado sábado 29 de noviembre, a la hora de comer, nació en el Bioparc de Fuengirola una cría de gorila de llanura, una especie en peligro crítico de extinción. Esto supone un hito en el programa europeo de conservación. Se trata del primer nacimiento de gorila en España y el segundo europeo del año. Una grandísima noticia. 

La madre, Wefa, está perfectamente y, según publicó la institución, los cuidadores y veterinarios afirman que todo se produjo de forma natural. El bebé, un macho, aún sin nombre, se sujeta con fuerza del pelaje de su madre y mama correctamente. Todo parece avanzar de forma natural. 

Desde que supe de la noticia estaba deseando ir a ver a la cría. No todos los días se puede ver una cría de gorila. De manera que el domingo del fin de semana siguiente, fui a visitar el Bioparc.

Mis primeras impresiones es que Wefa se comporta como una madraza. Vive por y para su cría, está todo el rato pendiente, la tiene recogida en sus brazos exactamente igual que una madre entregada acurruca a su bebé. Pude verlo a menos de un metro de mí (con un cristal de seguridad) y la verdad es que es fascinante lo cerca que estamos de los gorilas en la evolución. Wefa es un madre atenta y no paraba de dedicarle caricias a su pequeño gorila.

Ya que estaba desde temprano en el Bioparc decidí acercarme a realizar la actividad de la isla de Madagascar, que es una visita sin barreras visuales para contemplar diferentes especies de lémures. Los lémures son primates muy sociables. Los lémures de cola anillada son únicos de Madagascar y también están en peligro de extinción. Así que es una suerte poder verlos en semilibertad. Son muy entretenidos porque por las mañanas están muy activos y no paran, además son muy curiosos y parecen no quitar ojo a todo lo que pasa a su alrededor.

Di una vuelta completa al Bioparc, como siempre hago, y claro me acerqué un rato a ver a los ajolotes, que son hipnóticos.

Pd: El nombre elegido para la cría, tras una votación online, es Ernie, en homenaje al icónico "espalda plateada", Ernest, que habitó Bioparc Fuengirola durante años, hasta que falleció en 2017, por causas naturales a los 45 años.


martes, 4 de noviembre de 2025

Kandace Springs en el Cervantes

Apenas unos días después de visitar el Teatro Cervantes en el concierto de la Filarmónica de Málaga, acudí de nuevo al mismo recinto para el Festival de Jazz, con la intención de ver la actuación de la cantante de Nashville, Kandace Springs.

He de reconocer que no había escuchado gran cosa de ella cuando supe que venía a Málaga, por lo que eché un rápido vistazo por sus redes sociales y vi que había actuado junto con George Benson, y colaborado con mi admiradísima Norah Jones, o que había agotado el Carnagie Hall neoyorquino, que no es ninguna tontería. Así que lo siguiente era buscar por las plataformas de streaming y escuchar algo de su música. No me hicieron falta muchas escuchas para desear estar en su concierto.

El último disco publicado por Kandace Springs, Lady in satin (2025), rinde un homenaje al disco de mismo título de una de las grandes leyendas del jazz, la inigualable Billie Holiday. Lo primero que pensé al verlo, fue que hay que tener mucho talento y muchas agallas para publicar precisamente ese disco. Lady in Satin (1958) que fue el último disco que Billy Holiday publicó en vida y es, con probabilidad, uno de los discos más recordados de  Lady Day.

De manera que allí me presenté acompañado de mi amigo Miguel, que se apunta a un bombardeo con la misma facilidad que yo. Kandace Springs inició su concierto ante un precioso piano Steinway & Sons ébano de cola, con su tema We'll find a way de su disco Run your race (2024). El sonido fue perfecto desde el primer minuto. La pianista y cantante llegaba acompañada de Camille Gainer a la batería y Caylen Bryant al contrabajo y a los coros. No hacía falta más para sonar divinamente. Continuaron con otra canción propia, Soul Eyes, de su disco de mismo nombre (2016). 

Poco a poco fueron cayendo algunos clásicos, como Killing me softly with his song o Devil may care, que fue una de las canciones elegidas por Diana Krall en el primero de los conciertos del Starlite que asistí, allá por 2022. La versión de Pearls, la canción de Sade, fue especialmente elegante. Todas estas incluidas en su disco The women who raised me (2020).

Para el encarar la parte final del concierto interpretó una canción muy emotiva, dedicada a su padre, Place to hide. Una canción preciosa. No faltó la versión de un tema tan especial como I put a spell on you

Dejó casi para el final una versión de una de mis canciones favoritas de Billie Holiday,  You don't know what love is. ¡Tremenda! Y para terminar se despidió con uno de los temas más grandes de la música: At last, el tema más conocido de Etta James.

Fue un concierto inolvidable. Al final me quedé al merch y a darle personalmente las gracias por el estupendo concierto que nos regalaron.


sábado, 25 de octubre de 2025

Perderse - Annie Ernaux

No había leído nunca nada de Annie Ernaux. No conocía nada de ella, ni había escuchado hablar de ella. Había visto su nombre alguna vez, pero hay tantas distracciones en la vida, que no había siquiera tenido un libro suyo entre mis manos. Un buen día de 2022 ganó el Premio Nobel de Literatura y su popularidad se disparó. Empecé a saber de ella y mi interés fue creciendo. 

No existen muchas escritoras ganadoras del premio Nobel, pero lo poco que he leído de ellas (Wisława Szymborska, Svetlana Aleksiévich) me ha gustado mucho. Así que pensé que podría ser un acierto seguro. De manera que, pocas semanas después de aquel premio, en una de mis visitas a las librerías, me compré este libro de la autora francesa, de bellísima y sugerente portada, que ha estado dando vueltas por casa hasta que finalmente, unos años más tarde, me decidí a leerlo.

No es que yo sea una persona muy tentona para comenzar a leer un libro. Al contrario. Es muy normal que lleve varios libros empezados a la vez, porque a veces me cuesta no asomarme a curiosear en un libro aunque esté dentro de otro. En casa tengo una amplia biblioteca. Calculo que tendré aproximadamente unos mil libros por leer. Sí, por leer. Los libros que voy leyendo, los voy colocando en el fondo de las estanterías. Así que los que tengo a la vista suelen ser los libros por leer. ¿Es una barbaridad? Es posible, a veces lo pienso, pero a mí tranquiliza saber que pase lo que pase tengo libros de sobra para leer. Manías mías. Es muy normal que me compre un libro y lo lea cuatro años después. Por lo que muchos de mis libros son de segunda mano. No me mato por las novedades. Depende, claro.

Perderse (Se perdre, 2001) es un libro que cuenta de forma autobiográfica, en forma de diario, la relación sentimental que mantuvo en secreto durante varios años con un diplomático ruso. Es un libro tremendamente  íntimo, desgarradoramente sincero. Uno de los libros con un nivel de confesión más manifiesto que he leído jamás. No hay reservas ni nada que ocultar. Sin censuras de ningún tipo. Los sentimientos de la autora están muy por encima sus relaciones sexuales, pero puede palparse el sexo como fin del deseo. El lector no encontrará rodeos en los pensamientos de la autora. Lo que piensa lo escribe. Avasallador. 

Es un libro de una libertad tan diáfana, tan maduro, que parece irreal. Mis aplausos.

jueves, 16 de octubre de 2025

Le Mépris

Fue acabar la jarana continua de los días de feria y me apunté junto a un amigo para ver una película al 31 Festival de Cine Francés de Málaga. De entre las películas programadas, y las fechas libres que disponíamos, nos decidimos por una película de Jean-Luc Godard, Le Mépris (1963), El desprecio fue como tradujeron el título en España. Protagonizada por una treméndamente sexi Brigitte Bardot y Michel Piccoli. 

Es una película que no había visto, y es una de esas películas que has escuchado mil veces hablar de ellas, pero que por una razón u otra no he podido ver. Lo tenía todo para gustarme. A este tipo de cine le llaman ahora algo así como metacine.

Un dramaturgo (Michel Piccoli) recibe la oferta por una buena cantidad de dinero de reescribir algunas escenas para La Odisea, una película que se va a rodar bajo la dirección del director Fritz Lang (Fritz Lang) en Capri. Un altanero y vanidoso productor norteamericano (Jack Palance) se cruza entre la relación del dramaturgo y su mujer (Brigitte Bardot).

Una película melancólica y hermosa. Una relación autodestructiva, en un marco de belleza natural. Muy sugerente y provocadora, a ratos soñadora. Muy en la línea del cine de la Nouvelle Vague.


lunes, 13 de octubre de 2025

Distintas formas de vivir la Feria

No me considero una persona amante de la feria. Nunca me he vestido de corto, ni de campero. Aprendí a bailar sevillanas y en su momento las bailé, aunque hace años que ya no sé. Lo cierto es que cada vez trasnocho menos y tengo limitado el consumo de alcohol. Ya saben, razones de salud. La responsabilidad de ser padre también tiene sus obligaciones. Pero desde que tengo uso de razón, no ha habido un año en el que no haya ido a pasear la feria. Ha habido años que he ido todos los días, sobre todo cuando era joven, ya con los horarios laborales sólo suelo ir los festivos y las noches previas a festivos. Puede que algún día suelto, pero pocos.

Mi hijo, Miguel, nació un siete de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, patrona de nuestra localidad y primer día de la semana de feria. Fue escuchar que comenzaba la feria y ya Miguel se asomó a vivirla. Así fue. Con unos pocos días de vida lo llevamos, en su carrito, a dar un paseo corto a la feria. ¡Y bien que abría los ojos! Al año siguiente, cuando cumplía un año, ya vivía su segundo año en la feria de Fuengirola. No todo el mundo lo entiende.

De eso hacen bastantes años y mis hijos se hacen mayores, y yo, quiera o no, les sigo el paso al mismo ritmo. Son ya mayores y salen por ahí con sus amigos, y mi Pepi y yo ya no tenemos que ir a pasearlos a la feria. Ya se pasean ellos solitos. Un poco de ayuda económica nunca les viene mal, eso sí.

Ahora la feria la vivimos de otra manera, ya no nos quedamos horas al pie de las atracciones contemplando la felicidad gozosa de nuestros hijos. Ahora podemos detenernos a conversar con algún conocido sin que nos estén exigiendo acabar. Todo es distinto. Las casetas han cambiado de nombre, hay muchísima más gente, y muchísimos más extranjeros, pero seguimos encontrándonos a muchos de los conocidos que nos encontrábamos cuando éramos adolescentes. Es curioso que hay gente que casi sólo vemos de feria en feria. 

Vivimos la feria ahora, a nuestros cincuenta y tantos, de una forma menos intensa, más sosegada, menos trasnochadora y en general más sana. Es otra forma de vivir la feria. No es peor, tampoco mejor, distinta. Pero una de las cosas que no ha cambiado en absoluto es nuestra anual costumbre de comer un plato de callos en la semana de feria.


domingo, 21 de septiembre de 2025

Unicaja Campeón de la Intercontinental (2)

Hace unos meses el Unicaja conquistó el prestigioso título de la Liga de Campeones de Baloncesto 2025, en Atenas contra el Galatasaray. Éste título le abrió la puerta para la disputa de la Copa Intercontinental de Baloncesto, título del que era el actual campeón, pues la temporada pasada por estas fechas estaban levantando el título.

El caso es que otra vez viajó a Singapur, en esta ocasión como favorito, puesto que era el actual campeón. El cartel de favorito es algo que a veces pesa, no es fácil lidiar con la obligatoriedad de no fallar. 

Un equipo libio fue su primer rival. El Al Ahli Tripoli, al que venció 61-73 con relativa solvencia. El siguiente rival del grupo fue el equipo japonés Utsonomiya Brex, al que se ganó con un marcador contundente de 68 - 97. Acabó primero del grupo de tres equipos, siendo el equipo de toda la competición, con mejor balance defensivo. En la final se enfrentaría al mismo rival al que venció en la intercontinental del curso anterior, el G League United norteamericano, que también había vencido sus dos partidos del grupo.

Para alcanzar el título el Unicaja tuvo que remontar los 12 puntos a los que se fue el equipo americano en el segundo cuarto, con un soberbio tercer cuarto, 23 - 5, hasta llegar a un resultado final de 71 - 61. 

El jugador del partido, a mi juicio, fue Kendrick Perry, que realizó un tercer cuarto prácticamente perfecto, pero el MVP del torneo se lo dieron a Kalinoski. ¡Enhorabuena!

Desde que Ibón Navarro es entrenador del Unicaja llevamos siete finales disputadas, siete ganadas. El Unicaja está viviendo su edad de oro. En estos últimos años ha conseguido:

- Copa del Rey 2022/23
- Copa del Rey 2023/24
- Supercopa Endesa 2024
- Liga de Campeones 2024
- Liga de Campeones 2025
- Copa Intercontinental 2023/24
- Copa Intercontinental 2024/25

¡Una barbaridad!

sábado, 23 de agosto de 2025

Atenas Día 1

Se estaba convirtiendo en una costumbre madrugar en Budapest.  Nuestro último día no iba a ser menos. A las 3:15 sonó el despertador, hicimos el checkout del hotel y pedimos un taxi que nos llevó al aeropuerto desde donde cogeríamos un avión de Ryanair que nos llevaría a Atenas, donde aterrizamos un par de horas después. Cogimos otro taxi que nos llevó cerca de nuestro alojamiento en el centro de Atenas.

Soltamos las maletas en una especie de trastero que tenía habilitado el apartamento mientras nos arreglaban la habitación y fuimos a desayunar a un sitio cercano que teníamos localizado, Victory. No estuvo nada mal.

Lo primero que fuimos a visitar, por cercanía, fue el Arco de Adriano. Desde que leí el libro de Marguerite Yourcenar de Memorias de Adriano, siento cierta atracción sobre la figura del emperador romano. Así que nos acercamos a ver el monumento. En realidad el Arco de Adriano, es un arco de triunfo, que hace las veces de puerta que da acceso al Templo de Zeus Olímpico. Es de mármol del Monte Pentélico, el mismo que se utilizó también en el Partenón. El Arco se construyó entre el 131 y el 132, y se supone que se realizó para la llegada de Adriano a la ciudad.

Adriano sentía fascinación por la cultura griega desde joven. Vivió allí en sus años formativos, antes de ser emperador.  Convirtió Atenas en un centro cultural y la benefició financiando grandes obras como la Biblioteca de Adriano, un acueducto y terminó el Templo de Zeus Olímpico, iniciado años atrás. Adriano está considerado uno de los emperadores buenos del Imperio Romano, se le llegó a conocer como el griego o como el restaurador. Por algo será.

Llegó la hora de comenzar a conocer Atenas y una buena manera -creo- es hacerlo empezando por el Museo de la Acrópolis, que además estaba a pocos metros de donde nos encontrábamos. Lo primero que quiero comentar del museo es que se construyó con las misma orientación y en las mismas medidas que el Partenón, lo que me parece una idea extraordinaria. Es considerado uno de los museos arqueológicos más importantes del mundo y yo no me lo quería perder. La parte superior es acristalada, para el aprovechamiento  de la luz natural, pero también para poder observar el Partenón desde el interior del museo.

El número de obras que muestra el Museo es enorme y podría escribir centenares de entradas sobre ellas, pero por ahora comentaré que sólo por contemplar cinco de las seis cariátides originales del Erecteion (la que falta está en el Museo Británico)  ya merece la pena pagar la entrada. Teniendo en cuenta que estamos hablando de obras esculpidas alrededor del 415 a.C, por ponernos en situación, es increíble comprobar el detalle de que cada una lleva el pelo trenzado de forma diferente, y que las rodillas de las cariátides está ligeramentes flexionadas aunque ocultas por los pliegues de los vestidos. Maravilla.

Además, dentro del museo está la galería del Partenón, donde se ha tratado de reproducir todas las proporciones y las medidas tanto del friso, las metopas, los frontones y las columnas. La colección es inmensa. Nosotros tardamos unas dos horas para recorrerlo y nos hubiera hecho falta darle cinco vueltas más, pero no disponíamos de tanto tiempo.

Abandonamos el museo y se nos abrió el apetito. Nos llegaban olores de especias, de carne guisada, a la brasa... decidimos dirigirnos en dirección al barrio Plaka, donde yo tenía echado el ojo a varios restaurantes. Plaka es uno de los corazones del centro turístico de Atenas, un barrio adoquinado, muy colorido y animado, que está a los pies de la ladera de la Acrópolis. El restaurante que elegimos fue Geros Tou Moria. Fue un acierto.

Pedimos varios platos variados para compartir. Como  entradas pedimos una ensalada griega que venía con tomate, pepino, cebolla, aceitunas y queso feta; también pedimos unos kolokithokeftedes, que son unos buñuelos de calabacín rallado, fritos, crujientes por fuera y jugosos por dentro. Me sorprendieron para bien.  Nos preguntaron si queríamos salsa tzatziki para acompañarlos, que es un aperitivo a base de yogur, pepino, ajo y hierbas frescas, y claro, dijimos que sí. También pedimos keftedes, que son unas albóndigas fritas especiadas, como las que hacemos aquí, pero sólo fritas, sin salsa. No podíamos irnos sin pedir moussaka, el plato quizás más representativo de la cocina griega, que suposo la moussaka más rica que he probado nunca. Y todo lo regué con una cerveza que me recomendaron que no tenía pinta de griega pero lo era: la cerveza Kaiser, una pilsner de 5,2% de alcohol. Muy buena.

Decidimos bajar la comida paseando por el barrio, haciéndonos fotos casi en cada esquina -para eso Pepi es profesional- y encaminándonos desde Plaka hacia Monastiraki, una de las zonas más comerciales de la capital griega. Allí pudimos ver lo que queda de la Biblioteca de Adriano. Contemplar el colosal tamaño de las columnas corintias de más de ocho metros de altura nos lleva a considerar la extraordinaria cantidad de rollos de papiros que se conservaban allí. Una pena. ¡Qué libros nos hemos perdido!

En cada calle de Monastiraki hay una tienda de souvenirs que vende camisetas con el lema de Sparta, camisas de lino azul y blancas, o esponjas naturales. Está llena de apartamentos turísticos y bonitos restaurantes donde los camareros apostados en la entrada te conminan a entrar a consumir en su restaurante.

Nos dirigimos hacia el Mercado Central pero cuando llegamos ya estaban cerrando muchos puestos. Decidimos continuar hacia la Plaza Kotziá, donde está el Ayuntamiento de Atenas. Regresamos de vuelta pero intentado no ir por las mismas calles. Nos encontramos con una Iglesia ortodoxa griega por la calle Aiolou. En la misma calle, un poco más adelante, estaba la Iglesia de Santa Irene, también ortodoxa, que está diseñada en una mezcla de estilo bizantino y con influencias neoclásicas. Me resultó muy bonita en su interior, a pesar de que era algo oscura. 

A dos calles, girando hacia Ermou, una de las calles más comerciales de la ciudad, hay otra iglesia bizantina, del s. XI, la Iglesia de Panagia Kapnikarea, una iglesia pequeña pero muy coqueta. Me gustan mucho los templos de estilo bizantino, con las ventanas con lóbulos separados con pequeñas columnas, cúpulas esféricas cuidadosamente pintadas al fresco o con mosaicos, donde el dorado es color principal. Es una de las iglesias más antiguas de la ciudad. En una de las esquinas de la plaza hay una pastelería, Attica Bakery, que tenía mucho trasiego. Vendían una especie de churros  rayados de apenas 5 ó 6 centímetros, pero no estaban huecos y parecían dulces. No pude resistir la curiosidad. Compramos no para cada uno para probarlos, porque allí no había mesas en las que sentarse a tomar algo.

Buscamos un sitio donde tomar un café y picar algo, y para descansar los pies. A pocos metros, girando la calle encontramos una plaza con una pastelería heladería, Zuccherino, con una terraza debajo de unos árboles frondosos. Los niños querían helados, Pepi y yo café con pastel. Todo muy rico. Pepi y yo pedimos una especie de tarta de hojaldre, pistachos y miel. Similar a una baklava pero sin llegar a serlo. El café con hielo buenísimo.

El resto del tiempo decidimos dejarnos llevar, ir conociendo Atenas caminando, curioseando por las tiendas de souvenirs, eligiendo restaurantes, contemplando cuán parecidos y cuán distintos somos los mediterráneos. Todas las calles del centro estaban abarrotadas y todo el mundo aparentaba ir de un sitio a otro sin que el tiempo fuese importante. Nos abocamos a la Plaza Monastiraki, un lugar plagado de gentío, puestos callejeros, bares con terrazas, había muchísima vida en ese momento. En la plaza, escorada hacia un lado, hay otra Iglesia bizantina, también de confesión ortodoxa, Santa Iglesia de la Virgen María Pantanassa. La plaza Monastiraki recibe su nombre de ella. Durante siglos la iglesia fue denominaba Monasterio Grande, y de ahí se quedó el nombre. Tiene un campanario que no pega mucho, pero bueno, ahí está. Para entrar a la iglesia hay que bajar unos escalones y la base del campanario está unos cuantos escalones por encima del suelo de la plaza. No es que sea una iglesia bella tal cual, pues parece un collage desgarbado del paso de los siglos. El interior, a mi juicio, es más bonito que el exterior.

Durante el vagabundear por el centro de Atenas, comenzamos a ver puestos donde servían gyros, que son una carne asada de cordero o ternera, cortada en vertical en finas tiras, que se sirve en pan de pita con diversos ingredientes como cebolla, tomate y salsa tzatziki. Incluso en algunas ocasiones añadían patatas fritas dentro del cucurucho. Algo así como un kebab, pero con un estilo griego. Miguel, que no había tomado un pastel a media tarde,  no pudo resistirse y se pidió uno que todos probamos. 

Hay una calle que une directamente Monastiraki con la Plaza Mitropoleos, donde está la Catedral de la Anunciación de Santa María. Eran más de las nueve de la noche y claro, a esa hora estaba cerrada, pero la plaza estaba muy animada. Se nota que Grecia es un país mediterráneo. El clima lo es todo. En esa iglesia, me apuntó Pepi, que de estas cosas sabe, se casaron Sofía y Juan Carlos.

Llevábamos despiertos desde muy temprano cuando cogimos el taxi en Budapest. El día se nos estaba haciendo largo, decidimos retirarnos al apartamento que estaba apenas a diez minutos caminando. Despertar en Budapest y dormir en Atenas es algo que probablemente no vuelva a hacer en mi vida. O sí. Nunca se sabe.


viernes, 22 de agosto de 2025

Budapest Día 3

Llegó nuestro tercer día en Budapest y aunque había muchas cosas que habíamos visto, aún nos faltaban algunas de las que más ganas teníamos de ver. Una de ellas era visitar el interior del Parlamento. La mayoría de las entradas se venden por Internet, pero no lo habíamos hecho porque no teníamos muy claro en qué momento introducir la visita en nuestro viaje y además tuve dudas en la web de si los niños pagaban, de podíamos usar una especie de bono por familia que por la web no fui capaz de validar. 

Así que sin desayunar ni perezas adicionales, nos fuimos bien pronto para el Parlamento y nos dispusimos en cola para adquirir entradas. Hubo algo de nervios porque el número de entradas era limitado y había más gente de la esperada. Pienses lo que pienses hacer siempre hay alguien que piensa hacer igual que tú. Finalmente conseguimos entradas pero para la tarde, que es cuando mejor nos cuadraba. Porque las entradas van con horario de visita. 

Para desayunar nos decidimos por comprar unas cuantas cosas en un Spar muy cerca del Parlamento. Así desayunamos en un banco sentados con vistas al Parlamento. No todos los días se puede desayunar con esas vistas. Tras dejar todo tal y como lo encontramos, sin dejar un sólo mínimo papel por el suelo, nos dirigimos hacia la Plaza de la Libertad, y nos acercamos a ver con más detenimiento algunas de las esculturas que vimos el primer día con algo de distancia y rapidez. 

Continuamos pasando junto a la Ópera, pero desde la parte de atrás hacia delante, pues siempre la habíamos visto desde Andrássy. Bajamos un segundo para ver la estación y cruzamos en dirección al barrio judío donde nos habían dicho que era el mejor sitio para cambiar euros por moneda local. No era algo que necesitáramos pero me gusta ver los billetes de cada lugar. Es algo curioso y sirve para integrarte más en el día a día local. Tonterías mías. 

Nuestra siguiente parada era en la avenida Erzsébet, situado en la planta baja del hotel Anantara New York Palace. El New York Café es considerado por muchos la cafetería más bonita del mundo. No seré yo el que diga lo contrario. Hicimos cola para entrar, tampoco demasiada. Tengo asumido que es el precio que hay que pagar por viajar en agosto a sitios turísticos. El interior era majestuoso, esmeradamente aristocrático y señorial. Un lugar distinguido sin duda. Columnas salomónicas de mármol, doradas y brillantes lámparas de araña, altísimos techos con frescos de estilo renacentista. Había incluso un grupo de música tocando en directo. Un violinista, un pianista, un clarinetista e incluso un xilofonista cuando estuvimos nosotros. Los camareros claro está, con pajarita. Un sitio donde el lujo es plato diario. Apenas tomamos una bebida cada uno y se nos fue la cuenta a más de cuarenta euros.  Mi cerveza Staropramen checa costó unos ocho euros y fue lo más barato de la cuenta. El sitio es verdaderamente bello. Pagas la multa para poder decir que has estado, pero a esos precios volver es complicado. Las cámaras fotográficas echaban humo allí dentro.

Decidimos que quizás era buena idea caminar por Erzsébet hacia el río Danubio, pasando por la estación de ferrocarril y así cruzar el Puente Margarita, puente del siglo XIX que conecta la ciudad con la Isla Margarita. Así lo hicimos. Por el camino nos encontramos con la escultura dedicada al inspector Colombo y su sabueso. Curiosa.

La isla Margarita es un lugar de sosiego dentro de la ciudad, no hay tráfico, salvo coches de servicio público y son todos eléctricos, reduciendo así los ruidos. Se puede pasear en bicicleta por allí -había puestos de alquiler de bicis- pero sobre todo lo que se viene a hacer allí es pasear y descansar. Nos sentamos en un banco frente a una enorme fuente que lanzaba chorros al ritmo de la música. Fue una interesante forma de de distraerse durante el descanso. Había mucha gente descansando con los pies puestos dentro de la fuente. Si hubiéramos dispuesto de más tiempo nos hubiera encantado pasear por la isla que es casi como un bosque, casi como un jardín botánico, pero en los viajes, el tiempo suele escasear. 

En este parque volvimos a encontrarnos con nuestras amigas las cornejas cenicientas, que les quitaban el pan, nunca mejor dicho, a las palomas. Y también con unos jardines que me recordaron a los que encontré en Braga (Portugal), con unas flores que luego descubrí que se llaman Celosía plumosa, también conocida como cresta de gallo o plumerillo, de color rojo muy intenso. Es una flor de penacho que aflora entre julio y octubre. Un placer encontrarme con ellas.

En la isla cogimos un taxi que nos llevó hasta el interior del Castillo de Buda, frente al imponente edificio del los Archivos Nacionales de Hungría, cerca de un Bistro de comida húngara al que yo le había echado un ojo al menú: 21 Magyar Vendégló, en la calle Fortuna. Pedimos para picotear porque teníamos algo de prisa. La tabla  de distintos embutidos me gustó mucho. El gulash estuvo bien, pero no terminó de ganarme. El risotto de cerdo para chuparse los dedos.

Salimos en dirección hacia El Bastión de los Pescadores, que si bien el día anterior lo habíamos visitado, no pudimos detenernos todo lo que quisimos. Las vistas fabulosas. Entramos -ahora sí- a visitar la Iglesia de San Matías. A Pepi y a Sofía les apremiaron a ponerse una especie tela de fieltro para que se taparan los hombros descubiertos para acceder al interior de la Iglesia. Miguel y yo nos divertimos anotándoles que no iban cristianamente adecentadas.

Es una iglesia realmente bella, con un interior casi tan bello como el exterior. De estilo gótico de arcos apuntados, vidrieras estilizadas con detalles geométricos y floridos, pero también con algún detalle barroco. Aquí se coronan los reyes húngaros.

Abandonamos el Castillo bajando por la escalinata que es algo así como salir de un cuento de hadas. Decidimos ir bajando perdiéndonos por las plazas y las fuentes que Buda esconde en la ladera del castillo. En la Plaza Corvin, frente al Museo de las Artes Populares Húngaras, está la estupenda fuente escultural con la figura de un cazador magiar que está bebiendo de un cuerno. Descansamos unos minutos para seguidamente comprarnos un helado de yogur antes de cruzar nuevamente el  Széchenyi Lánchíd (Puente de las Cadenas), que por alguna razón que desconocíamos, estaba cortado al tráfico y pudimos cruzar a pie por el asfalto.

En media hora teníamos cita para visitar el interior del Parlamento. Así que buscamos una calle con una acera en sombra por la que caminar y hacia allí que nos dirigimos. El Parlamento es espectacular por fuera, pero no lo es menos por dentro. Es enorme, inmenso, colosal. Con unas escalinatas inmensas con alfombras rojas y una decoración de joyero gótico. Es un edificio, según nos explicaron, en uso hoy día, donde se reúnen los diputados del parlamento húngaro. Pudimos contemplar la Santa Corona de Hungría. El edificio me impresionó, la corona no tanto. Me sorprendió ver una especie de cenicero de latón dorado especial para los puros, algo así como un reposa-puros o guarda-puros, pues al parecer las sesiones eran muy largas y los diputados eran muy aficionados a los habanos. Si se hartaban de escuchar la oratoria, salían a continuar fumando sus habanos. Había una numeración en cada hueco, para que no hubiera forma de equivocarse. Muy curioso.

Me hizo gracia al comprobar que la escultura ecuestre de Ferenc Rákóczi II -héroe nacional, líder de la guerra de independencia húngara contra el dominio de los Habsburgo-, colocada en el jardín algo escorado, frente a la fachada del parlamento, había usado la cola del caballo, alargándola, hasta tocar el suelo, como tercer apoyo de la escultura, pues el caballo mantiene en una cabriola las manos delanteras elevadas. 

Tocaba ir acercándonos al hotel, poco a poco. Terminar de ir dando un último vistazo a la ciudad. Camino a la plaza de la Basílica tropezamos con la estatua del Policía Barrigón, que como tenía una cara simpática nos detuvimos a hacernos una foto con él. Nos acercamos por Erzsébet Park, dijimos hasta luego a la noria, y a la fuente que representa a Danubio, según la antigua Grecia, una divinidad. Budapest había agotado nuestras energías. 

Yo quería haber visitado el Museo Nacional Húngaro, pero los horarios con cierre temprano de los museos me impiden hacer todo lo que quiero. Una pena. Así es la vida. Había que llegar al hotel y preparar las maletas porque a la mañana siguiente bien temprano teníamos que tirar para el aeropuerto.

Siempre que dejo una ciudad, me invade una nostalgia de algo por venir. ¿volveré a pasar por tus calles? ¿me dará la vida esa oportunidad? Lo desconozco, el futuro es ese desconocido viento que a veces sopla a tu favor pero que a veces en tu contra. ¿quién sabe? Hasta pronto Budapest.


miércoles, 20 de agosto de 2025

Budapest Día 1

Una de las ciudades que Pepi ha tenido más ilusión de visitar desde siempre es Budapest. Desde que fuimos a Praga, allá por 2005, donde barajamos la posibilidad de hacer un recorrido conjunto que incluyera las tres capitales europeas: Viena - Praga - Budapest. Posibilidad que desestimamos con la intención de ir una a una, para diferenciarlas en el tiempo y que mantuviéramos una idea por separado de cada una. Desde aquel verano, cada año, siempre ha estado ahí, pendiente de hacerse, entre las posibilidades veraniegas. Pero los viajes que hacemos son un cúmulo de circunstancias particulares, que incluyen, especialmente vuelos económicos, pero también conciertos que queramos asistir y un sin fin de condicionantes que van variando con el tiempo.

En resumen, en el verano de 2005 fuimos a Praga y un par de años después a Viena y hemos tenido que esperar hasta 2025 para ir a Budapest. El asunto se ha ido retrasando, pero más vale tarde que nunca.

Aterrizamos toda la familia, es decir: Pepi, Sofía, Miguel y yo, en el aeropuerto internacional de Budapest Ferenc Liszt alrededor de las 9:20 de la mañana. Sí, ese día nos había tocado madrugar de lo lindo, pues nuestro vuelo de Ryanair despegaba de Málaga a las 6:00 de la mañana. Así que despertamos como a las 3:30. Hay que llegar al aeropuerto, soltar el coche y seguidamente embarcar. Sarna con gusto no pica, dicen. Una vez aterrizados en Budapest cogimos un taxi que nos llevó  directamente hasta nuestro hotel, habíamos elegido el Meininger Hotel, en el lado Pest de la ciudad, situado junto al enorme mercado del finales del siglo XIX, conocido como Great Market Hall. Como a esa hora nuestra habitación no estaba disponible, dejamos las maletas en una habitación que el hotel tenía habilitada junto a recepción y nos dispusimos a visitar el mercado y buscar cerca un sitio para desayunar.

El Mercado central de Budapest es el mercado cubierto más grande de Hungría y está justo frente al Puente de la Libertad, sobre el río Danubio, que divide a la ciudad en dos zonas, Pest, donde estábamos en ese momento y donde echaríamos el día entero, y Buda, en el lado oeste de la ciudad. El Mercado, digo, está en Pest, en un extremo desde donde comienza el centro de la ciudad, y es uno de los edificios más visitado turísticamente. 

En el mercado compramos un kifli, que es un pan con forma de medialuna, típico húngaro, y lo que ellos llaman una salchicha húngara, que para nosotros es un chorizo condimentado con pimentón. Compramos la versión picante, que es el que habíamos visto recomendado.

Probablemente la calle más comercial de Budapest es Váci utca, que inicia en la plaza Fovám (frente al mercado), y en esa misma calle, a pocos pasos desde la plaza, vimos una cafetería, Pesto, que parecía apropiada. Pedimos unos cafés y con el pan y el chorizo degustamos nuestro primer típico desayuno húngaro. Preguntamos antes si podíamos hacerlo y el hombre dijo que sin ningún problema.

Una vez completamente despiertos, regresamos hacia la plaza para visitar el Puente de la Libertad. La verdad es que el Danubio es un río impresionante. Para nosotros que no estamos acostumbrados a vivir de cerca un gran río, nos sorprende. Sobre el puente pasan tanto coches como tranvías y peatones. El puente es de acero y cuando pasaba el tranvía hacía vibrar el suelo, que provocaba en nosotros una sensación de inestabilidad, que nos hacía pararnos e incluso callarnos. Vamos que parecíamos unos completos pardillos cruzando un puente. 

En el puente hay un mirador desde donde nos hicimos infinidad de fotos con vistas a Budapest. El cielo estaba completamente limpio y el día era primoroso. La temperatura resultaba ideal a esa hora de la mañana.  En el puente encontramos una de las curiosas miniesculturas de metal que hay repartidas por la ciudad, Rey en una hamaca, que representa a Francisco José I, monarca húngaro y esposo de la emperatriz Sissi.

Nuestra intención no era cruzar el río, pero nos acercamos para ver el puente y la plaza. Nuestro recorrido continuaba por la popular Váci utca. En ella encontramos varias esculturas y edificios que nos encantaron. Yo me quise hacer una foto con El escritor pensativo, una escultura del escritor Gyula Krúdy, que pareciera que estaba esperando que alguien se sentara con él y le diera conversación, o le contara una historia, o simplemente se sentara a acompañarlo mientras confiaba que le llegara la inspiración. No he leído nada de él, pero sí de Sándor Márai, que lo consideraba un maestro.

Budapest es casi un museo al aire libre. Sus edificios y sus esculturas, son monumentos dignos de muchos museos. Buscar la estatua de Shakespeare, la de la Chica jugando con perro y una de las más fotografiadas, Little Princess, son una manera estupenda de ir conociendo la ciudad. Así fuimos posando con cada una de ellas para llevarnos un recuerdo en forma de fotografía.

Una de los lugares más bonitos de Budapest, a mi juicio, por su entorno, es la plaza ajardinada con la fuente de bronce de Niños echando agua, en la que se representa a un niño dando de beber a otro en una concha, en el mismo centro de la Plaza Vigadó, frente al sobrecogedor edificio romántico del Palacio de la Música. Maravilloso.

A la espalda está la Plaza Vörösmarty, una plaza peatonal donde encontramos un par de estatuas también muy queridas en la ciudad. Una estatua enorme de mármol de Carrara de un célebre poeta y dramaturgo húngaro que da nombre a la plaza, Mihály Vórösmarty, donde se representa al autor sentado, rodeado por figuras de campesinos, artesanos, madres y niños que representan el pueblo húngaro.  

A pocos metros hay una bella fuente de piedra con farola, decorada con cuatro leones. En esa plaza también está situada uno de los más famosos cafés de Budapest, el Café Gerbeaud, un lugar exquisito y preciosista, de precios elevados, al que sólo nos permitimos entrar -tras preguntar si se podía- a echar un vistazo.

Cruzamos el parque Erzsébet, donde estaba ubicada una enorme noria, junto al elegantísimo Hotel Kempinski, continuamos hacia la Basílica Catedral de San Esteban, un enorme edificio neoclásico del siglo XIX. Una vez allí nos dividimos, unos fuimos a por agua, otros a hacer cola para sacar el ticket de entrada que diera acceso a la base de la cúpula donde se suponían espléndidas vistas panorámicas sobre la ciudad. Las había. Doy fe.

Es una catedral relativamente moderna y se notaba, la estudiada luminosidad, los amplios espacios, las alturas desmedidas, todo de una elegancia imperial. En la base de la cúpula he de confesar que sentí algo de vértigo, y eso que no hacía prácticamente nada de viento. Las alturas me marean. Aún así es una visita que recomiendo mucho. Las vistas a la ciudad, de 360 grados, bien merecen la pena pagar su precio.

Rodeamos la basílica para llevarnos una idea completa y continuamos nuestra visita hacia la Avenida Andrássy, la principal calle señorial y palaciega con tiendas de lujo donde está situada la Ópera nacional, de fachada neorrenacentista que ha rivalizado en belleza y grandiosidad con la Ópera de Viena. Accedimos al hall para poder llevarnos una idea de su belleza interior, pero no la visitamos, teníamos que esperar demasiado y además el precio nos pareció algo excesivo. Gustav Mahler fue director artístico allí, al igual que Richard Strauss. La crème de la crème sinfónica ha pasado por las escalinatas que yo estaba pisando en ese momento. Sé que es una tontería, pero al recordarlo, miras a tu alrededor sintiendo una extraña admiración por un lugar, por el simple hecho de estar donde otras personas que admiras, sabes que han estado. Cosas mías.

Eran más de las dos y media de la tarde y el depósito ya empezaba a necesitar rellenado. Así que no muy lejos de allí, perpendicular a la avenida Andrássy, teníamos localizado un restaurante que nos habían recomendado: Restaurante Menza. Un restaurante de estilo retro donde servían goulash -estofado de ternera- y también Schnitzel -un filete empanado de cerdo- con patatas parsley -patatas cocidas salteadas con perejil, mantequilla y sal- que es lo que yo me pedí. Muy rico. Lo acompañé con una cerveza típica húngara: Borsodi, que no estuvo nada mal. Para el postre cruzamos la avenida Andrássy donde estaba una de las heladerías más famosas de Budapest, Hisztéria Cremeria, donde el helado de pistacho y el de chocolate eran la mayor recomendación. Los probamos.

Unas cuantas calles más adelante estaba la Casa del Terror, un museo en conmemoración de las víctimas de los gobiernos fascistas y comunistas, como fueron el nazismo y el posterior régimen soviético. Por lo visto en este edificio se realizaron torturas y ejecuciones. No quisimos entrar. Acabábamos de almorzar y no queríamos remover las tripas.

Para bajar la comida, dimos un largo paseo por dos largas calles, Nagymezö y Báthory para dirigirnos hacia la estrella de la corona, el Parlamento Húngaro, Patrimonio de la Humanidad. Un edificio absolutamente colosal, magnífico. Teníamos contratada un free tour guiado por el centro de la ciudad que comenzaba su recorrido muy cerca del Parlamento, junto la estación de metro, en Kossuth Lajos. Como llegamos con antelación nos dio tiempo a contemplar tranquilamente su esplendorosa fachada principal. ¡Qué preciosidad!

Tras una breve introducción histórico cultural húngara nos dirigimos hacia la Plaza de la Libertad, un parque ajardinado frente a la Embajada Norteamericana, donde hay colocadas un buen número de estatuas entre las que se encuentran las de Ronald Reagan y George Bush, y también la de la Rana Gustavo (estupendo guiño). En el otro extremo de la plaza hay un memorial a las víctimas del Holocausto, donde uno podía refrescarse con una fuente interactiva que allí estaba instalada.

Continuamos hacia el siguiente punto de interés, que era la Plaza frente a la Basílica de San Esteban, donde explicaron un poco sobre su historia y la importancia del edificio para la ciudad y sus ciudadanos. Seguidamente atravesamos el parque Erzsébet de nuevo, en dirección a la Plaza Városháza, donde habían montados puestos artesanales y donde recomendaron tomar una especie de postre típico, que apuntamos para otro momento. Llegamos al fin del circuito y nos despedimos frente a la Gran Sinagoga que ciertamente es un edificio algo particular, como nos explicó la guía, al tener estilo árabe, pero también bizantino y gótico, además de una vidriera en forma de rosetón, detalle principalmente cristiano. En fin, un pastiche arquitectónico religioso.

En el cruce entre Rákóczi y Károly entramos en una pastelería-panadería llamada Jó, para tomar un café y un tentempié y especialmente para descansar las piernas y vaciar las vejigas. La idea era pasear por el barrio cercano al hotel e ir descubriendo la zona, pero el día se nos estaba haciendo largo. Llevábamos muchas horas en pie y aunque el reloj sólo me marcaba 17 km caminados, había sido un día cargado de novedades.

Aún tuvimos tiempo y pasamos por una hamburguesería que era muy popular en Budapest, Smashy. No pillaba lejos del hotel. El menú era sencillo, no había que memorizar gran cosa. Una cheeseburger simple, con dos tipos de salsas a elegir. Un tipo de patatas fritas y nada más. En cuanto acababas de pedirla, la pagabas e inmediatamente te la daban para llevar. Cuando digo inmediatamente quiero decir eso, te dan el ticket y las hamburguesas en el mismo momento. Sólo había agua y Coca Cola. Rapidísimo. El ketchup y la mayonesa eran autoservicio. Así que en cinco minutos las compramos y fuimos para el hotel, que tenía una cocina común con mesas para servicio de los huéspedes. Allí cenamos. Ni tan mal.

Recogimos las maletas en recepción, nos dieron la habitación, nos acoplamos, ducha y a descansar. El viaje no había hecho más que comenzar.