lunes, 13 de abril de 2026

Regresar a Cuenca

Hacía tiempo que teníamos previsto una escapada de fin de semana familiar a Cuenca, la ciudad donde nació Rosa, la mujer de mi padre. Fuimos a Cuenca para celebrar su fiesta de ochenta cumpleaños, rodeados de sus siete hijas y su hijo, el menor de todos, el último en llegar. En mi mente distraída y juguetona siempre que lo veo pienso que bien pudo ser el niño más buscado de España. Más buscado que Chencho, el niño perdido en el clásico del cine español, La gran familia.

Iniciamos nuestra escapada en dirección a Cuenca con mi hermano al volante, pues fue él el que condujo durante todo el fin de semana la furgoneta para ocho pasajeros que alquilamos en Fuengirola. Recogimos a Pepi al salir del Instituto y tiramos en dirección a Cuenca. Seis horas de carretera, varias paradas para estirar las piernas, desayunar y almorzar. 

Llegamos a Cuenca a eso de las 17:30 de la tarde. Tiempo justo para instalarnos en el Hotel Torremangana, tomar una cerveza en la terraza mientras recibíamos y conocíamos a algunos familiares de Rosa y seguidamente fuimos a dar una vuelta por la ciudad iluminada por la noche. Subimos dando un largo paseo junto al río Huécar, afluente del Júcar, en busca del Puente de San Pablo, construido en 1902, un puente de hierro y madera sobre el río Huécar, con vistas a las Casas Colgadas y con una caída vertiginosa bajo él. Yo casi ni me acerqué. Fue dar los primeros pasos, ver la luz por entre los listones de madera y escuchar su crujir y empezar a temblarme las piernas. Media vuelta y hasta pronto. Como estaba en el lado correcto del puente,  giramos hacia la Plaza Mayor, frente a la Catedral gótica de Santa María y San Julián e iniciamos el camino de vuelta pero esta vez por los miradores que una parte ofrece hacia el otro lado del tajo. 

Mi padre y Rosa estaban esperándonos en un restaurante del centro, donde ellos se habían quedado, porque mi padre no está para largas caminatas, y también porque Rosa quería recordar viejas historias con sus amigas de juventud. Desde allí ya regresamos al hotel, que el día había comenzado pronto.

A la mañana siguiente, Anita, José, Pepi, Sofía, Miguel y yo nos dispusimos a dar una vuelta turística por la ciudad. Rosa fue a la peluquería y mi padre me temo que esa mañana se leyó el periódico entero. 

Iniciamos nuestro recorrido hacia la Plaza de la Constitución y cruzamos hacia el Monasterio de Madres Benedictinas, cruzamos el Jardincillo de El Salvador, junto a la Iglesia de San Felipe Neri hacia la Plaza del Carmen desde donde ascendimos hasta los pies de Torre de Mangana, desde donde hay un mirador con vistas fabulosas hacia el oeste de la ciudad. A pocos pasos está la Iglesia del Convento de la Merced donde pudimos ver a un par de monjas, con el hábito religioso, de las que ya apenas se ven. Continuamos hacia la Plaza Mayor, esta vez de día, y entramos en la Catedral. Es la segunda vez que entro en la Catedral, porque Pepi y yo la visitamos por el verano de 2003 o 2004 si no recuerdo mal, en un viaje fabuloso e irrepetible que hicimos Pepi y yo por ciudades españolas. Rosa, una vez maqueada de la peluquería, se acercó a acompañarnos por nuestra visita.

Me gustó mucho la Catedral. La fachada Gótica es esplendorosa y muy particular, pero su interior también es sorprendente por la cantidad de detalles de distintas épocas que encuentras. Los techos, las ábsides y las nervaduras de las bóvedas, arrancando desde los pilares hacia arriba. La Antesala Capitular, con un techado renacentista con geometría octogonal, decorado con tonos rosa pastel, verde pálido y detalles celestes con toques dorados, tan típico italiano. El claustro, el coro. Podría pasar un día allí observando su interior.

Al acabar regresamos al puente de San Pablo, esta vez de día. Si queríamos disfrutar de las vistas desde el otro lado del puente, había que cruzarlo. Vi a niños cruzarlo dando brincos. Yo apenas podía despegar los pies del suelo. Mi hermano me sirvió de Lazarillo y dejó que yo le echara el brazo por encima de los hombros y muy despacio, sin salirnos de la imaginaria línea media, equidistante a las barandillas laterales, sin dejar de mirar al frente, lento como una tortuga reumática, conseguí cruzar el puente. Es la tercera vez que lo cruzo. Porque en mi vista anterior lo tuve que cruzar a la ida y a la vuelta. Por suerte, en esta ocasión sólo lo tuve que atravesar una vez. Más que suficiente. Al otro lado, cercano al Parador, estaban las letras de Cuenca, donde ahora viene siendo obligatorio hacerse una foto. Así que lo hicimos.

Había que regresar hacia el hotel, porque había que arreglarnos antes de la fiesta de celebración. Aún de camino pasamos por una especie de mercado medieval que había junto al río, y pudimos ver cómo sazonaban un cerdo completo, que seguidamente iban a meter en el horno. En el río pudimos ver patos de cabeza verde iridiscente con un collar blanco y pico amarillo, ánades reales y también pudimos ver algunas urracas, que no son nada fácil de ver por el sur.

El Restaurante La Ceca, donde se celebraba el cumpleaños estaba a un paseo corto desde el Hotel. Primero con la cerveza de bienvenida y las presentaciones con la amplia familia de Rosa, seguidamente con la comida, donde, entre muchos platos, nos sirvieron como especialidad típica conquense oreja de cerdo con ajo y perejil, crujiente por fuera y tierna por dentro, que no a todos los de mi familia agradó. Hasta el momento de la tarta, que fue muy especial, e incluso disfrutamos de  varias actuaciones musicales de nietos y amigos de la familia de Cuenca. Echamos la tarde y parte de la noche.

Regresamos al hotel, nos pusimos cómodos y decimos bajar, esta vez nosotros cuatro, Sofía, Miguel, Pepi y yo, a ver cómo era eso de comer un cerdo asado cocinado como el medievo. No estuvo mal. Picamos cuatro cosas y regresamos al hotel. El día había sido largo e intenso y al día siguiente no parecía que fuese a ser menos.

Para el último día teníamos previsto visitar el Museo Paleontológico, pero amaneció lloviendo, y nos quedaba un día largo de vuelta en la carretera. Así que tras desayunar decidimos bajar las maletas a la furgoneta y volver a casa. Seiscientos kilómetros por medio. No sé si podremos repetir un viaje así en nuestras vidas, porque cada vez es más complicado unir a tanta gente. Un viaje inolvidable.


martes, 7 de abril de 2026

Días de celebraciones

Llevaba Pepi un tiempo con ganas de ir a comer a un restaurante de comida asiática que le habían recomendado por varios sitios, entre ellos nuestros hijos, el restaurante Misake Asian Fusion. Por una cosa o por otra, la posibilidad de ir, una y otra vez se fue estropeando. El Misake Asian Fusion es un restaurante con menú bufé de comida asiática, como se pude intuir en su nombre con facilidad. Pides lo que quieres y puedes repetir hasta no poder más. Algo así como la bebida recargable en algunas de las franquicias americanas de hamburguesas. El anticulto moderno al fitness vital. Comer hasta reventar y poco más.

Así que como era casi nuestro aniversario de boda. Quisimos celebrarlo con los niños y fuimos a rendir homenaje pleno al sentido de come hasta no poder más. Nuestra idea, más que comer hasta reventar era probar muchos platos, dejándonos llevar por la experiencia de nuestros hijos y sus parejas. Así que probamos muchísimos platos, aunque en poca cantidad. Probamos sushi de salmón y de atún, unos que llamaban nigiris, que son los enrollados. También sashimis -o algo similar- que es un plato de pescado crudo, cortado muy fino, que se toma con salsa de soja o wasabi. También un surtido variado de pan bao con cosas, y vieiras, y unas gambas rebozadas -tenían otro nombre, pero eran eso-,  y rollitos de primavera, y platos de fideos con pollo y ternera y yo incluso me pedí unos espárragos a la plancha. Me apetecía. Y volví a probar dos cervezas que hacía tiempo que no probaba. Las bebidas no estaban incluidas en el menú. Una era una Kirin Ichiban, que ya presenté aquí hace años y la otra era una Sapporo, que ya había probado antes pero que, según comprobé, aún no había presentado aquí. Cualquier día de estos.

Al día siguiente, el día seis de abril, ya sí que era nuestro aniversario, y aunque era lunes, decidimos que sería una buena idea ir a cenar -esta vez los dos solos-, a uno de nuestros clásicos en las celebraciones, Casa Roberto. Probablemente uno de los restaurantes que más años llevamos yendo juntos. Aún éramos dos tiernos novios y ya íbamos en fechas señaladas a celebrar algún acontecimiento compartido. Bien el día de los enamorados, bien nuestro aniversario o algún cumpleaños. No lo hacíamos muchas veces, claro, pues cuando eres joven la economía no está para muchos esplendores, aunque ahora tampoco está muy allá. 

Llevamos yendo al Restaurante Casa Roberto desde el milenio pasado, se puede decir así sin faltar a la verdad. Cuando entonces el restaurante lo regentaban los padres del actual propietario. Un negocio de padres a hijos. La esencia es la misma, han cambiado pequeños detalles, aparte de los precios, y hasta la moneda, pues pasó de pesetas a euros. En esta ocasión, de entre todas las veces que he ido, creo que es la primera vez que pedí pescado en el menú. Por las noches no llevo muy bien eso de comer carne, especialmente la carne roja, así que me decidí por un lenguado que tenía muy buena pinta y creo que finalmente acerté, porque estaba riquísimo. De entrada unos mejillones y de postre pedimos para compartir unos profiteroles. El postre favorito de Pepi en Casa Roberto. Es lo único que tenemos seguro antes de entrar. No puede faltar.

El año que viene haremos veinticinco años de casados. No es ninguna tontería. Cada día es más raro que las parejas aguanten tanto tiempo juntos. La vida es un inmenso conjunto de elecciones. A veces se acierta a la primera, a veces a la segunda y hay quien no acierta en toda su vida. Yo tuve la inmensa fortuna de acertar con mi santa en unos pocos minutos. Todavía mantenemos la curiosidad de ir a sitios nuevos, pero también volver a los sitios que nos llevan acompañando tantos años.


sábado, 4 de abril de 2026

Una Semana Santa de Procesiones

La pasada escapada el fin de semana con los niños por pueblos costeros de Cádiz, significó un descanso necesario, una pausa de hidratación a mitad de camino entre las fiestas navideñas y el inicio del verano. Especialmente para mi mujer y los niños, porque ellos regresaron de nuestro tour por Cádiz y aún tenían por delante siete días sin trabajo, o sin universidad en el caso de Sofía o sin instituto en el caso de Miguel. Pero para mí significaba una bocanada de aire fresco, algo más que un respiro, pero al instante tenía que echar a andar, regresar a la rutina, porque el lunes yo estaba otra vez trabajando como un lunes de infantería, aunque con la esperanza puesta en los días festivos de jueves y viernes santo en mi próximo horizonte. Parece una tontería, pero los esperaba con tanta necesidad, como el sediento se acerca al oasis en mitad de una larga travesía por el desierto.

Así que el lunes madrugué, y fui a trabajar, y el resto de la familia se quedó en la cama, recuperándose, a pesar de que el que había estado conduciendo era yo, pero no me desanimó, al contrario, me sentí eufórico con la proximidad de los días de fiesta, tan exultante me sentía ante la perspectiva de una semana de trabajo de tres días, que le propuse a Pepi ir a ver la Semana Santa de Málaga.

Llevo tiempo escuchándola decir, como una queja crónica, que casi no ha ido en su vida a las procesiones malagueñas. Y tiene razón. De niña sus padres no la llevaron, y siendo novios fuimos poco, algo, pero poco.  Lo confieso, no soy nada semanasantero, no siento ese fervor religioso, ese acto de fe incuestionable, es simplemente un hueco que no se he rellenado. Por lo que no soy la persona idónea, ni aconsejable para ir de lazarillo, pero aún así me ofrecí  con mis mejores intenciones a acompañarla a ir a la Semana Santa de Málaga. Creo que nunca en mi vida vi tan nítida la expresión de incredulidad en la cara de Pepi.

Debió de ponerse muy contenta porque pasó gran parte de la mañana preparando arroz con leche. Cuando llegué del trabajo a casa había arroz con leche para alimentar con varias raciones a los todos portadores de los tronos de Málaga y sus familias. Bueno, sí, vale, estoy exagerando, pero créanme que aquello era un pico de glucosa difícil de salvar con solo mirarlo. Por suerte, para nuestra salud y bienestar físico, la mayoría de ellas eran para repartir por la familia. Aunque también es cierto que la Semana Santa todos acabamos con un poco más de atracción gravitatoria a nuestro cargo, sobre todo si tenemos en cuenta que al día siguiente llegó el momento de las torrijas. Aclarando que las torrijas llegaron a casa también a kilos, gracias a la buena mano y el saber hacer de mi Santa -nunca mejor dicho- en la cocina. Los borrachuelos vinieron en menor cantidad desde la panadería o la pastelería.

Tiramos relativamente pronto para Málaga y aparcamos el coche, con muchísima suerte, junto a la biblioteca de Málaga, cerca del Metro Universidad, cuando ya parecía imposible aparcar. Había tal desbarajuste en el aparcamiento, que Pepi pensó que no podríamos salir nunca de aquella madeja de coches. Desde allí tomamos el metro camino del centro. Tuvimos que esperar que pasaran varios metros hasta que finalmente pudimos hacernos sitio en uno. La Semana Santa la comenzamos como sardinas en lata.

Lo primero que alcanzamos a ver, recién llegados por el metro, junto a la Alameda de Málaga, fue la procesión de los Gitanos, que es cuanto menos bastante curiosa. Seguidamente a tres calles de allí contemplamos la Virgen de los Dolores del Puente,  y seguidamente la procesión de El Cautivo que es conocido como El Señor de Málaga, y una de las devociones más populares de Málaga. Casi no se podía uno mover. Tuvimos que dar unos cuantos movimientos estratégicos para llegar a un sitio desde donde tuviéramos una buena panorámica. Parecía que regalara milagros. He visto Málaga muchas veces abarrotada, pero he de decir que me sentí como una playa costasoleña  en agosto a la hora de buscar el sitio donde clavar la sombrilla en la arena. No encontrábamos un metro cuadrado libre donde colocarnos. Había colas para todo. Sólo el hecho de cruzar una calle en Semana Santa es comparable a pasar la ITV, hay que ponerse en cola primero, esperar turno, y rapidito que no hay mucho tiempo.

Eran casi las once de la noche y llevábamos un buen rato dando vueltas por Málaga. Todo el rato de pie. Decidimos parar a picar algo en algún sitio por el centro. Ya era lo suficientemente tarde para que se hubieran vaciado las mesas, pero lo suficientemente temprano para que aceptaran cogernos antes de cerrar la cocina, y como estábamos cerca de la Catedral de Málaga, nos dirigimos a La Cosmo, que siempre hemos querido probar la ensaladilla rusa, que tiene fama y ha ganado premios como una de las mejores de Málaga. Eso hicimos. Probamos la rusa, riquísima, compartimos un plato de  carne, un postre para compartir y continuamos porque aún teníamos la intención de ver la procesión del Cristo de Los Estudiantes, donde hace muchos, muchos años, en mi época de estudiante, yo tenía varios amigos que la procesionaban. Incluso pudimos escuchar el Gaudeamus Igitur.

Eran más de las doce de la noche, bajamos la calle Larios que ya estaba recogida, y fuimos al metro, donde la cola no era kilométrica pero casi. Al menos iba rápida. Ya sólo quedaba deshacer nuestro recorrido hasta casa. 

El Viernes Santo, Miguel, mi hijo pequeño, se apuntó junto a un grupo de amigos a llevar un trono de la Hermandad del Yacente. Así que bajamos a verlo pronto, y también a darle agua de vez en cuando, y alguna golosina que le endulzada el recorrido. Y sobretodo a llevarle los guantes que se le habían olvidado para la salida, y sin olvidar comprarle una buena y reconstituyente hamburguesa al finalizar. Cosas de padres, o más bien de madres. Al menos, en mitad del recorrido, Pepi y yo nos pudimos escapar un rato a unos de mis restaurantes italianos favoritos y cenar en La Pérgola. La lasaña allí es uno de mis platos favoritos. Ni tan mal.


miércoles, 1 de abril de 2026

Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa

El domingo tocaba volver. Un par de días de escapada para desconectar y regresar a casa para continuar con la rutina, pero con las baterías algo recargadas. Desayunamos en el mismo bar del día anterior, El Campana. Nos había gustado y al estar cerca del apartamento era bastante conveniente. Nos despedimos de la propietaria del apartamento, entregamos las llaves y fuimos camino a Barbate, nuestra primera parada programada.

Entre Sanlúcar y Barbate hay apenas cien kilómetros, pero se tarda una hora y cuarto aproximadamente. Yo incluso tardé más porque no llevaba ninguna prisa. Aparcamos cerca de la Plaza de la Inmaculada, donde está el Ayuntamiento de Barbate, la Oficina de Empleo, la Parroquia de San Paulino y el colegio Estrella del Mar. No tiene desperdicio la plaza. Bajamos ya a pie la principal avenida en dirección al Paseo Marítimo. Pasamos por la otra acera del Mercado de Abastos, lo miré con cierta nostalgia, pero al ser domingo era seguro que estaría cerrado y ni nos acercamos. La avenida llevaba casi a la puerta del puerto y donde comienza la playa de Nuestra Señora del Carmen. La playa de Barbate es una playa maravillosa. Es una arena de color pálido, harinosa y muy amplia. Hay partes, las que están más alejadas del paseo marítimo, que parecen aún vírgenes.

Recorrimos el paseo marítimo prácticamente entero y regresamos hacia donde teníamos aparcado el coche, aunque por otro camino, que era más corto y más bonito. Cerca de donde aparcamos le habíamos echado el ojo a un bar, Tapería Hostal Barbate, donde servían el atún de distintas formas y a mí me apetecía mucho. Barbate, tradicionalmente, es sinónimo de atún. La verdad es que todo lo que pedimos estaba riquísimo. Tomamos sólo unas tapas de entrada, pues habíamos reservado mesa en una arrocería en Zahara de los Atunes.

La carretera desde Barbate hasta Zahara de los Atunes es una de las carreteras con las vistas más bellas que he circulado en mi vida. Tras los casi doce kilómetros que separan una de la otra, dan ganas de encontrarse una rotonda y volverse para recorrerla de nuevo. Preciosa.

Fuimos directos a la arrocería, pues con las tapas en Barbate habíamos abierto el apetito. Nuestra primera idea era comer un arroz con atún, típico de la zona, pero justo ese día no lo ofrecían y finalmente comimos un arroz negro que estaba muy rico. Es muy posible que saliéramos ganando.

Si la playa de Barbate es buena, la de Zahara de los Atunes no tiene nada que envidiarle salvo que Zahara es más turístico y todo estaba algo subido de precio. También notamos que hacía más viento, pero pudo ser pura casualidad. Barbate es más pueblo costero, mientras que Zahara es casi una expansión turística algo apartada y fantasmal. Casi un apéndice semilujoso solo para el verano.

Continuamos nuestro pausado regreso parando en Tarifa, que está desde Zahara de los Atunes a unos 45 minutos en coche. Aparcamos en el puerto, frente al Castillo de Guzmán el Bueno. Cruzamos en dirección al Paseo de la Alameda, con el Teatro Municipal al fondo, y giramos hacia el Mercado Municipal y la Calle Colón por donde comenzamos a dejarnos llevar por sus callejuelas encaladas de blanco, con geranios y buganvillas trepadoras de vivos colores  en las fachadas de las viviendas. El cielo limpio de nubes acentuaba el contraste de colores.

Empezamos a ver a muchas personas vestidas de nazarenos. No sabíamos si acababa de terminar una procesión o es que próximamente iba a comenzar alguna.  Seguimos caminando como una pelota que flota en el agua, algo a la deriva, como un paseo de descubrimiento, hasta que vimos a lo lejos una iglesia, la Iglesia de San Mateo Apóstol, del siglo XVI, de fachada barroca. No pudimos entrar a visitarla, porque desde allí estaba a punto de iniciar una procesión. Decidimos rodearla y recorrer otra parte de la ciudad que no conociéramos. Con la inquieta curiosidad que lleva al descubrimiento de algo nuevo. 

Abandonamos el centro de Tarifa bajo el arco de piedra en medio de las torres almenadas de la Puerta de Jerez, y bajamos en dirección a la playa. Una playa amplia donde normalmente el viento sacude fuerte pero que en esa tarde apenas movía una brizna de hierba. Buscamos una terraza donde tomar un helado, y en mi caso un café, porque por delante, de vuelta a casa, quedaban casi dos horas de carretera. Poca cosa.