lunes, 13 de octubre de 2025

Distintas formas de vivir la Feria

No me considero una persona amante de la feria. Nunca me he vestido de corto, ni de campero. Aprendí a bailar sevillanas y en su momento las bailé, aunque hace años que ya no sé. Lo cierto es que cada vez trasnocho menos y tengo limitado el consumo de alcohol. Ya saben, razones de salud. La responsabilidad de ser padre también tiene sus obligaciones. Pero desde que tengo uso de razón, no ha habido un año en el que no haya ido a pasear la feria. Ha habido años que he ido todos los días, sobre todo cuando era joven, ya con los horarios laborales sólo suelo ir los festivos y las noches previas a festivos. Puede que algún día suelto, pero pocos.

Mi hijo, Miguel, nació un siete de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, patrona de nuestra localidad y primer día de la semana de feria. Fue escuchar que comenzaba la feria y ya Miguel se asomó a vivirla. Así fue. Con unos pocos días de vida lo llevamos, en su carrito, a dar un paseo corto a la feria. ¡Y bien que abría los ojos! Al año siguiente, cuando cumplía un año, ya vivía su segundo año en la feria de Fuengirola. No todo el mundo lo entiende.

De eso hacen bastantes años y mis hijos se hacen mayores, y yo, quiera o no, les sigo el paso al mismo ritmo. Son ya mayores y salen por ahí con sus amigos, y mi Pepi y yo ya no tenemos que ir a pasearlos a la feria. Ya se pasean ellos solitos. Un poco de ayuda económica nunca les viene mal, eso sí.

Ahora la feria la vivimos de otra manera, ya no nos quedamos horas al pie de las atracciones contemplando la felicidad gozosa de nuestros hijos. Ahora podemos detenernos a conversar con algún conocido sin que nos estén exigiendo acabar. Todo es distinto. Las casetas han cambiado de nombre, hay muchísima más gente, y muchísimos más extranjeros, pero seguimos encontrándonos a muchos de los conocidos que nos encontrábamos cuando éramos adolescentes. Es curioso que hay gente que casi sólo vemos de feria en feria. 

Vivimos la feria ahora, a nuestros cincuenta y tantos, de una forma menos intensa, más sosegada, menos trasnochadora y en general más sana. Es otra forma de vivir la feria. No es peor, tampoco mejor, distinta. Pero una de las cosas que no ha cambiado en absoluto es nuestra anual costumbre de comer un plato de callos en la semana de feria.


viernes, 3 de octubre de 2025

Las voces bajas - Manuel Rivas

Suelo tener cierta tendencia por los escritores que escriben poesía. Y no necesariamente para leer poesía. Quiero decir que si un autor publica una novela, y sé que ha escrito también, con anterioridad, poesía, es algo que suma, al menos más que si sé que ha escrito artículos de opinión en un periódico. También suma si conozco que es una persona viajera, o que ha vivido fuera de nuestro país, a ser posible en un país exótico. No por nada, sino porque imagino que su escritura está impregnada de sus vivencias y, en el caso de los viajes, me encanta que me cuenten singularidades o historias de sitios en los que nunca he estado y que con probabilidad tampoco voy a visitar.

Lo de que siento cierta proclividad por libros de autores que escriben poesía es porque pienso que los autores que escriben poesía tienen una sensibilidad especial, un ritmo cadencioso, y una atención sobre la elección de las palabras más de mi gusto. Evidentemente esto no es un dogma de fe. Hay mil excepciones y no es para nada vinculante. De hecho, uno de mis autores favoritos es Antonio Muñoz Molina y que yo sepa nunca ha publicado poesía.

Manuel Rivas es uno de esos novelistas que escriben poesía. En su caso se puede decir que es más un poeta que escribe novelas. De hecho es uno de los ejemplos claros de lo que digo de mi inclinación hacia los autores con inclinaciones poéticas. En sus novelas de alguna manera existe una musicalidad poética. Hay una búsqueda de inspiración poética en la formación de sus párrafos. Yo al menos lo siento así.

De Manuel Rivas leí ¿Qué me quieres amor? hace unos años y me encantó. Eran relatos o cuentos alrededor del amor.  En aquel momento pensé que lo siguiente que leyera de Manuel Rivas sería una novela. No fue así.

Las voces bajas es un libro escrito originalmente en gallego y posteriormente traducido al castellano por el autor, como casi toda su obra. Y es una especie de viaje sentimental por sus recuerdos. Su infancia y su juventud, sus sueños, sus primeras experiencias.

¿Es una autoficción? ¿es un libro de memorias? Qué libro no lo es en cierta parte. Es un libro con una gran balsa de nostalgia hacia la juventud, la adolescencia, o a las costumbres familiares tradicionales que le tocó vivir. Una especie de compendio de recuerdos que marcaron a una persona. Interesante. Los años formativos siempre lo son.


sábado, 27 de septiembre de 2025

En el Biopark con Miguel

Ya hace unos meses comenté por este blog que me encanta la naturaleza y especialmente los animales, casi que se podría afirmar que amo todos los seres vivos en general. El ser humano es quizás el que encuentro más desagradable en particular. También comenté que para los Reyes Magos me regalaron un pase anual del Biopark de Fuengirola, de manera que cada vez que tengo ocasión, si se cuadran los astros del calendario, del trabajo, del tiempo y de un buen número de dioses griegos y alguno romano, voy a visitar a mis amigos los animales del Biopark. En esta ocasión me acompañó mi hijo Miguel, que visitó el parque muchos años atrás y prácticamente no se acordaba. Pagamos su entrada y visitamos juntos el zoo.

Uno de los animales más complicado de ver en el zoo es el Perezoso, exactamente el está en el parque es el Perezoso de dos dedos de Linneo, el más grande de los perezosos, puede llegar a pesar más de 11 kg, y según dicen se pasa el día durmiendo, entre 15 y 20 horas diarias, que es casi una hibernación, aunque no lo es, es más bien un ajuste metabólico de bajo consumo. No posee un alto grado de amenaza de extinción, pero como está perdiendo el hábitat paulatinamente, el Amazonas, hay una cierta preocupación por su supervivencia. Suele ser complicado de ver porque baja poco cerca del suelo, y por si fuese poco, además es un animal nocturno. Ya ven que verlo no es trabajo sencillo, ni siquiera en el Biopark.

En el Biopark hay un pareja de Perezosos de dos dedos de Linneo, un macho y una hembra, y hay cierta esperanza en que en el futuro consigan aumentar la familia. En el mundo existen dos tipos de perezosos, de dos y de tres dedos, luego hay seis especies de perezosos. Cuatro de estas especies tiene tres dedos y dos especies dos dedos.

En esta ocasión pude ver los dos Perezosos del Biopark y además desde bastante cerca. Habrían bajado por algo de comer que les ponen. A pesar de que son animales que se desplazan a velocidad lenta, colgados boca abajo de ramas, no estuvieron mucho tiempo cerca. Son animales fascinantes, casi extraterrestres, su cara parecía estar sonriendo y tienen un pelaje muy tupido. Me encantó verlos.

No muy lejos de allí nos acercamos a ver al Potamoquero Rojo, pues me había enterado de que un par de nuevas crías habían nacido recientemente. En realidad nacieron cuatro, pero sólo dos sobrevivieron. Algo por lo visto muy normal en la vida salvaje.

Los rayones, que así se llaman a las recién nacidas de este jabalí africano, poseen unas rayas, o manchas de color blanquecino, que irán perdiendo con el tiempo, y que le sirven para camuflarse durante sus primero meses. 

Fue muy gracioso ver a las crías corretear alrededor de la madre todo el rato, moviéndose sin parar, y pude comprobar lo directo que es el instinto animal. En cuanto la madre se tumbó, se puso de medio lado para que las crías pudieran mamar, a una de ellas le faltó tiempo para acercarse a su madre y aprovechar el momento. Fue un momento precioso.

¡A Miguel le gustó mucho el Biopark! Le sorprendió lo grande que era y de lo poco que se acordaba.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Unicaja Campeón de la Intercontinental (2)

Hace unos meses el Unicaja conquistó el prestigioso título de la Liga de Campeones de Baloncesto 2025, en Atenas contra el Galatasaray. Éste título le abrió la puerta para la disputa de la Copa Intercontinental de Baloncesto, título del que era el actual campeón, pues la temporada pasada por estas fechas estaban levantando el título.

El caso es que otra vez viajó a Singapur, en esta ocasión como favorito, puesto que era el actual campeón. El cartel de favorito es algo que a veces pesa, no es fácil lidiar con la obligatoriedad de no fallar. 

Un equipo libio fue su primer rival. El Al Ahli Tripoli, al que venció 61-73 con relativa solvencia. El siguiente rival del grupo fue el equipo japonés Utsonomiya Brex, al que se ganó con un marcador contundente de 68 - 97. Acabó primero del grupo de tres equipos, siendo el equipo de toda la competición, con mejor balance defensivo. En la final se enfrentaría al mismo rival al que venció en la intercontinental del curso anterior, el G League United norteamericano, que también había vencido sus dos partidos del grupo.

Para alcanzar el título el Unicaja tuvo que remontar los 12 puntos a los que se fue el equipo americano en el segundo cuarto, con un soberbio tercer cuarto, 23 - 5, hasta llegar a un resultado final de 71 - 61. 

El jugador del partido, a mi juicio, fue Kendrick Perry, que realizó un tercer cuarto prácticamente perfecto, pero el MVP del torneo se lo dieron a Kalinoski. ¡Enhorabuena!

Desde que Ibón Navarro es entrenador del Unicaja llevamos siete finales disputadas, siete ganadas. El Unicaja está viviendo su edad de oro. En estos últimos años ha conseguido:

- Copa del Rey 2022/23
- Copa del Rey 2023/24
- Supercopa Endesa 2024
- Liga de Campeones 2024
- Liga de Campeones 2025
- Copa Intercontinental 2023/24
- Copa Intercontinental 2024/25

¡Una barbaridad!

lunes, 8 de septiembre de 2025

El cumpleaños del abuelo Miguel

El planeta tierra tarda en dar una vuelta en órbita elíptica al sol unos 365 días y seis horas. Lo que venimos conociendo como un año. En realidad son unos pocos minutos menos de las seis horas, pero bueno, casi  seis horas, lo que hace que cada cuatro años tengamos un año bisiesto, es decir, con un día más en febrero. 

El siete de septiembre de cada año celebramos que mi padre, de alguna inadvertida manera, ha dado una vuelta al sol. Este año suma ya ochenta y cinco veces orbitando a la velocidad de 30 km por segundo. Ambos datos son muy a tener en cuenta. Especialmente cumplir ochenta y cinco años. Se tienen que dar muchas circunstancias en la vida para alcanzar esa doble cifra. 

La primera condición que se tiene que atesorar para cumplir una buena cantidad de años es llegar a este mundo sin ningún tipo de enfermedad genética ni minusvalía que te impida alcanzarla. Créanme que las hay, y muchas, y es algo que no depende de nosotros. Otra condición a tener en cuenta es que de los miles de accidentes, epidemias o guerras que ocurren en nuestro camino de la vida, ninguno nos afecte de una manera fatal. Haber nacido en un país adecuado, incluso en una familia que tenga acceso a una alimentación equilibrada, y a la sanidad, también es de gran ayuda. No cruzarte con ningún loco asesino y vivir sin que la vida te golpee con tanta fuerza que tengas ganas de abandonarla también es un buen escenario. Ser una persona que viva una vida de forma sana, y mantener un ánimo positivo y conciliador es tan útil como saber mantenerse fuera de los conflictos.  Todo esto en realidad, lo mires por donde lo mires, está atiborrado de azar. Ya saben que hay quien nacen con estrella y otros que nacen estrellados, luego, el resto de factores, aunque creamos que está bajo nuestro control, y que ha sido mérito nuestro, les puedo asegurar que es simple y llana suerte. Tan sólo una pequeñisima parte, infinitesimal, microscópica, es lo único que depende de nosotros en la mayoría de los casos. Eso es lo que creo. La vida es en general un azar de casualidades. 

Mi padre fue plenamente un niño de la postguerra, de manera que no es complicado comprender que no tuvo la mejor alimentación en su juventud. Es de esas personas que no dejan nada en el plato después de comer, una característica muy común -creo yo- en aquellas personas que sufrieron escasez alimenticia en algún momento de sus vidas. Le tocó conducir en moto a diario para ir al trabajo en noches sin luna por carreteras que no eran dechados de seguridad. Comenzó a trabajar siendo casi un niño y para tirar de una familia con tres hijos hacia adelante tuvo que llevar dos trabajos simultáneamente. No ha tenido muchas vacaciones que se diga, pero nunca lo escuché quejarse por ello, al contrario, obraba como ejemplo ese dicho de al mal tiempo, buena cara.

A sus ochenta y cinco años mantiene una vitalidad que nos hace pensar que todavía queda abuelo para rato, aunque últimamente la cadera le está dando más problemas de la cuenta.  El tiempo no pasa en balde para nadie. 

Ahora que se prepare mi santa Pepi, que justo una semana después de mi padre, cumple ella, aunque por suerte para ella (según como se mire) cumple bastante menos.


viernes, 5 de septiembre de 2025

La sangre de los libros - Santiago Posteguillo

El verano es tiempo de lectura. Al menos eso es lo que yo creo. Prácticamente toda mi vida he tenido mis vacaciones en verano. Cuando era estudiante porque, si hacías bien los deberes hasta junio, durante el verano quedabas liberado de tareas estudiantiles, y algo similar me lleva ocurriendo toda mi vida laboral, en las que suelo tener vacaciones en el mes de agosto, y como durante las vacaciones uno intenta hacer aquello de lo que disfruta, leer ha supuesto uno de mis pasatiempos veraniegos por excelencia desde mi niñez. 

Tener vacaciones en agosto es algo que, como ya he comentado en este blog, tiene sus ventajas y, claro está, también sus desventajas. Una de sus ventajas es poder leer tumbado al fresco de un sombrilla en la playa, que siempre es un lujoso placer. Previendo los continuados días de asueto, conforme se va acercando el verano, voy seleccionando en casa libros de bolsillo, porque no me gusta llevar ediciones buenas a la playa.

Uno de los libros que elegí para leer este verano era La sangre de los libros de Santiago Posteguillo. Una rara avis dentro de la extensa bibliografía del superventas valenciano.

Un libro que nos revela curiosas historias detrás de los libros y los ilustres autores de la gran literatura. Anécdotas personales, curiosidades singulares, rumores alrededor de los libros o de las circunstancias que envolvieron sus historias. Un libro obligado para curiosos literarios. A mí me ha gustado, quizás porque soy un poco curioso por la relación de los autores con sus libros. Es un libro que se lee con facilidad, porque avanza con capítulos cortos, con pequeñas historias, casi que contadas como cuentos, en los que Posteguillo despliega con saber hacer parte de su amor por los libros y sus autores.

Una lectura muy recomendable para ratitos de ocio.


miércoles, 27 de agosto de 2025

Otra gente - Martin Amis

Otra gente ha sido mi primera toma de contacto con la literatura del autor de Oxford, Martin Amis, un escritor del que llevaba tiempo queriendo leer algo, pero que he ido retrasando una y otra vez por ese caprichoso azar que rige mis lecturas. Más vale tarde que nunca.

Desconozco si es una buena novela para comenzar a leerle. Supongo que la mejor forma de comenzar a conocer a un escritor, supuestamente, es iniciar sus lecturas con su primera novela, y ésta, según veo, es la cuarta. Justo antes de publicar Dinero, la novela que lo catapultó al éxito. De manera que si ese fuese el criterio más acertado, no he comenzado de forma adecuada.

Esto de acertar de con qué novela comenzar no siempre es sencillo. Ni siempre es tan simple como comenzar por el inicio, es decir, por su primera novela. Depende. Y no siempre depende de las mismas razones. Quiero decir que para unas personas tal vez es mejor comenzar por una novela, mientras que por otras es mejor empezar por otra. Nunca se sabe. En cualquier caso yo comencé con Otra gente. Y si acerté o no, se verá. 

La novela inicia de forma muy prometedora, con una misteriosa mujer amnésica despertando en una habitación, de donde sale a la calle, donde comienza a vagar sin saber quién es, qué hace allí, ni dónde está.

En una situación tan particular Amis consigue esbozar un Londres fantasmal (no es ningún misterio la ciudad), algo aterrador y al mismo tiempo logra desplegar su humor en situaciones sobrecogedoras. El talento de Amis es usar el humor, a veces ácido e irreverente, al mismo tiempo que pone la atención sobre una sociedad corrupta y oscura. No contaré más, pero puedo afirmar que me ha gustado más el cómo que el qué. Y que en la novela, a mi juicio, Martin Amis sitúa muchos más espejos que puertas y ventanas. 

Éste es un libro que he leído casi íntegramente entre aviones, habitaciones de hotel y, como se puede comprobar en la foto, también en la playa, con más exactitud en la playa de Fuengirola.


martes, 26 de agosto de 2025

Canela Party 2025

Desde hace muchos años hay un festival en Torremolinos que se hace llamar Canela Party. Es uno de los pocos festivales de costa malagueña que todos los años trae artistas que me suelen gustar. Es cierto que no es un festival de alto presupuesto y suele apostar sobre todo por bandas emergentes, o en muchos casos bandas reconocidas dentro de la escena underground o alternativa.

No he podido ir nunca porque en las fechas de verano no me gusta comprometerme, porque bueno, son fechas familiares y muchas veces tenemos viajes y prefiero tener los días libres, por lo que pueda pasar, pero este año, llegando las fechas del festival, se fue aclarando el panorama y pude asistir a un día. El sábado, el día del Pitote, es decir, la fiesta de disfraces.  Mi vecino Óscar se apuntó y allí fuimos. Como fue una cosa que casi improvisamos, no fuimos disfrazados.

Llegamos pronto porque teníamos que preparar lo de las pulseras, porque dentro el dinero no existe, es todo a través de la pulsera. Además porque me habían recomendado ver la primera banda, El diablo de Shanghai, en el escenario Fistro (maravilloso nombre) que vinieron disfrazados de bañistas. Fue entretenido, no estuvo nada mal. Fue una buena primera toma de contacto con el festival.

En el escenario Jarl, justo después de El diablo de Shanghai, comenzó la banda madrileña Shego, que me gustaron, aunque en directo perdieron algo de la frescura que tienen algunas de sus canciones. No tengo muy claro de qué venían disfrazadas. 

De vuelta al escenario Fistro tocaba MJ Lenderman & The Wind, probablemente el culpable de que yo estuviera allí, porque su disco Manning Fireworks me encanta, no así la portada, que me parece un horror. Vinieron disfrazados de tenistas, que es un disfraz muy socorrido por ser sencillo y fácil de  preparar. Me encantó el concierto. Me encantó de verdad. El sonido fue brillante, y las guitarras de las canciones crecieron y en algunos momentos me recordó al gran Neil Young. Coincidimos con una pareja amiga que sabíamos que iban a estar allí, y echamos un rato juntos disfrutando del concierto.

Tras Lenderman tocaba el turno de Frankie and the Witch Fingers, que estuvo bien, fue entretenido pero no son mi rollo plenamente y me lo pasé disfrutando de la música mientras me partía la caja viendo los disfraces que la gente había preparado. Terminaron muy arriba y todos acabamos muy metidos en el concierto. El cantante estaba muy loco, venía con el pelo teñido de rubio, que yo al principio creía que era una peluca.

La primera vez que Joyce Manor tocaron en España fue esa y la verdad es que lo hicieron muy bien. Pidieron disculpas por no venir disfrazados porque, según afirmó, no sabían nada y cuando se enteraron ya era tarde y que les había resultado imposible. Se ve que se lo pasaron en grande con el público. Creo que es una banda que va a crecer mucho.

Llegó el momento de parar y descansar en el festi. Baño, cerveza y algo sólido que llevarse al cuerpo. Una hamburguesa cayó y como tenía hambre, me supo de maravilla. Una vez repuestos, fuimos directamente a colocarnos para ver a DIIV, la banda de Brooklyn, antes conocida como Dive, eran otra de las culpables por las que yo estaba allí. El sonido fue estupendo y verdaderamente el concierto me entusiasmó. Venían a presentar su disco Frog in bowling water, que, a mi juicio, es aire fresco en el panorama musical actual. Se llevaron mis aplausos.

A Derby Motoreta's Burrito Kachimba los vi desde algo alejados. He de reconocer que animan y se lo montan bien, pero no son muy de mi gusto. Aproveché para tomarme una cervecita sin alcohol, y colocarme para disfrutar de Tropical Fuck Storm, que sonaron algo alocados para mí. Sé que son así, que es su sello, y a ratos los disfruté, pero a ratos también me desenganché del concierto.

Comenzamos a ver Parquesvr, pero ya estábamos bastante cansados y decidimos dejarlo ahí. Eran las 3:00 y llevábamos allí desde las 19:00. Suficiente para mí. Sentía curiosidad especialmente por ver el fin de fiesta con Grande Amore, pero había que esperar más de una hora y lo cierto es que no era tan grande mi curiosidad. Y al día siguiente tenía partido del Málaga en La Rosaleda contra la Real Sociedad B. Segundo partido en casa tras empatar contra el Eibar. Algo habría que dormir.


lunes, 25 de agosto de 2025

Atenas Día 3

Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.

Una vez todos listos, salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos en sentido opuesto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo. 

Pasamos junto a la Iglesia de la Santísima Trinidad, también conocida como la Iglesia Rusa. Otra iglesia de estilo bizantino, aunque algo mayor de tamaño que las anteriores, o esa fue mi impresión. Es prácticamente una iglesia reformada en su totalidad. Posee un campanario separado de la iglesia, lo que nos recuerda a Florencia, pero en realidad no tiene nada que ver, más allá de esa particularidad.

La plaza en la que está la iglesia es tranquila y es un sitio perfecto para sentarse en uno de sus bancos y acompañarse de un buen libro y tiempo para disfrutar, aunque teniendo en cuenta que el Jardín Nacional no está lejos de allí, quizás perdería esa batalla por dar cobijo a un lector.

Continuamos hacia la Plaza Syntagma, pues a las 11:00 se celebra cada día el cambio de guardia, con desfile justo delante del Monumento al Soldado Desconocido y queríamos verlo bien. Antes llegas, mejor sitio coges. Es una ceremonia curiosa, y la forma tan característica y llamativa que tienen los guardias de moverse con esa vestimenta tan singular: zuecos granates con un pompón negro en la punta, medias blancas, camisa con falda de pliegues de color avellana tostada y en sus cabezas un sombrero rojo con una borla negra. Pepi anotó con gracia que era una moda matadora. No le faltaba razón.

Como queríamos acercarnos a conocer el Estadio Panathenaicos, lugar donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896, cruzamos el enorme Jardín Nacional desde la Plaza Syntagma.

Caía un sol de justicia. No se podía uno parar un rato bajo el sol del calor que hacía. El sol no picaba, ¡pellizcaba! Nos acercamos a contemplar el marmoleo estadio desde fuera y regresamos hacia la plaza Syntagma. Cruzamos nuevamente el parque, aunque esta vez por delante del Palacio Záppeion y por la acera en sombra seguimos la Avenida hasta la siempre concurrida Plaza Syntagma

Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de la Plaza Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada pero aún así mantenía su atractivo y, ¿cómo no?, estaba llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos casi en cada esquina.

Decidimos regresar al apartamento para ponernos ropa de baño y coger todo lo que nos fuese a hacer falta para ir a la playa, incluidas las chanclas y las toallas que habíamos comprado esa misma mañana en el centro de Atenas, porque nuestra intención era regresar a la Plaza Syntagma donde teníamos que comprar los billetes y coger el autobús que nos llevaría a la Playa de la Glyfada, que es a la playa que nos habían recomendado ir.

He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un  poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos.  El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, y lo que a mí más me interesaba, estaba bañada por el Mar Egeo. 

Con sólo escuchar el sugestivo nombre de Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, Troya, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré. 

La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que entrar al agua con cuidado porque por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. Tiene lógica pensar que en Atenas tiene que haber pedruscos por todas partes.

Pasé la tarde entera metido en el agua. Me ocurrió algo muy curioso. Me metí en el agua y no llevaba ni un minuto y noté como si algo me golpeara en el talón. Al principio pensé que sería una piedra o una concha llevada por la corriente, o el oleaje, a pesar de que el mar estaba muy calmado, pero a los pocos minutos se volvió a repetir, y prácticamente en el mismo sitio de mi talón. Miguel estaba al lado mía y él no notaba nada, en cambio yo en cuanto bajaba los pies notaba como un pinchazo. Supuse que tendría que ser un pez o algo similar, pero por más que miraba no veía nada.

Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro lado no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Al salir del agua, me senté en un banco de piedra que había junto a la playa esperando que el sol hiciera su trabajo. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.

Después de asearnos y arreglarnos salimos a cenar. Esa noche iba a suponer nuestra última noche en Atenas, y también nuestra última cena del viaje, y nuestra última oportunidad de poder contemplar la Acrópolis iluminada. Así que nos dirigimos hacia la calle Adrianou, cerca del Ágora de Atenas, la calle frente por frente a la Biblioteca de Adriano. En esa calle había muchísimos restaurantes con las terrazas orientadas a la colina sagrada, en cuya cima está iluminada la Acrópolis, e incluso puede contemplarse, si tienes buena vista, parcialmente el Partenón. Una visión única e inigualable.

Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimientos rellenos, y cosas para probar entre todos, aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.

Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las frescas noches atenienses. 

Aún el día siguiente tendríamos unas cuantas horas por Atenas antes de acudir al aeropuerto. Nuestro vuelo salía por la tarde, de manera que aprovechamos la mañana para ir a visitar el Mercado Central de Atenas. Desayunamos estupendamente en una cafetería, Coffee Lab, en una de las esquinas frente al Mercado.  No estaba especialmente bullicioso y me llamó la atención que estaban separados por pasillos la sección de carne o la de pescado, de las verduras o las especias. También había un buen número de locales vendiendo souvenirs para turistas. Algún recuerdo compramos.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro,  nos sentamos a descansar y a refrescarnos en la terraza de un bar cerca de la Iglesia de Santa Irene, y sentados allí, por sorpresa, cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado, porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarse un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.

Llegó la hora de comer, y en una de las plazas que más veces cruzamos durante nuestros días en Atenas, porque estaba entre nuestro apartamento, Karma of Athens, y el centro, en la Plaza Filomousou Etaireias decidimos sentarnos en un restaurante que se anunciaba como Taverna Vyzantino.

La plaza es preciosa, y el servicio de los camareros fue campechano y eficaz, y la comida estuvo bien, especialmente la pinta de cerveza Mythos que me bebí. De aperitivo pedimos algo similar a unas croquetas de queso (tyrokroketes) y luego cada uno de nosotros pidió una especie de Gyros, pero servido en platos. No estaba nada mal. De postre queso griego con nueces y miel. ¡Riquísimo!

Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida! 

domingo, 24 de agosto de 2025

Atenas Día 2

Nuestro segundo día en Atenas nos permitimos descansar algo más y no madrugamos tanto. Eso sí, hacer turismo tampoco es de holgazanes. A las 8:30 ya estábamos en la calle buscando un buen sitio donde tomar el desayuno. Encontramos un sitio en la calle Sellei, Diogenes Food Hall, a pocos metros del hotel. Fueron algo lentos y se equivocaron en algún pedido, pero tomé un bocadillo de queso con aceitunas que me gustó mucho.

Teníamos reservado un freetour por el centro de Atenas que partía desde la Plaza Kapnikareas, en el barrio de Monastiraki, donde está la iglesia bizantina (s. XI). Como estaba abierta y llegamos antes de tiempo entramos a visitarla. Es bonita también interiormente aunque me pareció algo sobrecargada.

Seguidamente nos acercamos a la Plaza Monastiraki, que es desde donde salen muchos de los trenes que comunican la ciudad de Atenas, y entramos a otra iglesia bizantina a la que también realizamos una visita breve. Hay que tener en cuenta que estos templos bizantinos suelen ser pequeños y se ven en unos pocos minutos, porque enseguida ya hay alguien detrás tuya pidiéndote avanzar. 

Cruzamos la plaza, hacia donde está la Mezquita Tzistarakis, actualmente un museo de arte popular. A pocos pasos pudimos ver la parte lateral, que mejor está conservada, de la Biblioteca de Adriano (año 132). ¡Qué tamaño más colosal! Continuamos hasta el Ágora romana, lugar donde estaba el mercado y área de reunión de la ciudad, allí se encuentra la Puerta de Atenea Arqueguétida. La diosa Atenea era la protectora de la antigua ciudad de Atenas y también el origen del nombre de la ciudad. Rodeamos el Ágora por el exterior hasta encontrar la Mezquita  Fetiyé, un edificio  otomano, que anteriormente fue basílica bizantina.

Junto a ella está la Torre de los vientos, antigua torre octogonal que era una especie de estación meteorológica antigua, donde había un reloj de sol en cada una de las caras del octógono, una veleta en lo alto y un reloj de agua en el interior. Una altura de 12 m y un diámetro de 8 m. Se cree que fue construida en el siglo I a.C y ha tenido muchos usos durante su larguísima historia. Es una edificación sencillamente bella.

Pasear por Plaka es un placer de los sentidos. Las buganvillas cuelgan sobre nuestras cabezas a ambos lados de las calles formando un túnel floreado de colores diversos. En las puertas de las casas y en las terrazas de los restaurantes hay sillas con las patas y el respaldo de madera y el asiento de cestería de enea, y en muchas de ellas un gato recostado, que son parte del patrimonio cultural de Grecia. 

Casi que escondida entre jardines de casones solariegos y restaurantes en el barrio de Plaka está la iglesia bizantina más antigua que se conserva en Atenas, la Iglesia de San Nicholas Rangavas, del s. XI. Tiene una curiosa arquitectura que mezcla ladrillos de barro, sillería  y piedras. Las ventanas típicas del medievo bizantino están divididas con ladrillos haciendo las veces de pilares. Muy curiosa.

Abandonamos Plaka para conocer el Palacio Záppeion, edificio que sirvió de residencia de los Juegos Olímpicos de 1896. Hoy día sirve como sala de exposiciones. El patio interior circular es muy bello. El palacio está en el interior de los Jardines Nacionales. Un pulmón dentro de la ciudad. Un lugar de esparcimiento donde yo sería feliz paseando. Hay desordenados senderos interiores que te llevan a fuentes o estatuas a lo largo del camino, también hay partes del sendero que están apergoladas para los días de sol. La Fuente Zappeion, de doble planta hexagonal es digna de visitar. Como curiosidad en el parque vimos varias tortugas de tierra que van paseando en libertad.

En una esquina del parque está la Plaza de la Constitución o Plaza Syntagma, donde está el parlamento de Grecia, antiguo Palacio Real. Allí se realiza el cambio de guardia de los Evzones, que son los guardias presidenciales. Todo ello delante de la tumba del soldado desconocido. Pero como íbamos con el guía, no nos detuvimos y continuamos hacia la Catedral de la Anunciación de Santa María, donde habíamos acabado la noche anterior. Ahí acabó el tour.

Teníamos tiempo y decidimos entrar para verla por dentro. La verdad es que me gustó más por dentro. Es de estilo grecobizantino y neoclásico. Es luminosa, está decorada con elegancia en tonos azules y dorados. Con arcos de medio punto alrededor de una cúpula esférica.

Pepi había venido al viaje con algo de lumbago, la semana antes de iniciarlo tuvo una crisis, aunque parecía que se estaba encontrando bien, incluso que estaba mejorando. Decidimos que era un buen momento de subir a ver la Acrópolis, así que cogimos un taxi que nos llevó a la puerta de los tickets. Una vez con los tickets sacados comenzamos nuestra visita contemplando el Odeón de Herodes Ático, un teatro de piedra restaurado, del año 161 donde hoy día aún se organizan conciertos y espectáculos. Es de un tamaño espectacular.

El recorrido te hace pasar entre el Templo de Atenea Niké, a la derecha y el Pedestal de Agripa, a la izquierda. Se supone que el pedestal formaba parte de la base de una cuadriga de bronce en tamaño natural. Se cree que en la época romana sirvió de base a una estatua de Marco Antonio. Siguiendo la ascensión por la escalinata por el Propileos, que es la entrada principal de la Acrópolis, construida en el 432 a.C, con columnas dóricas, de fuste estriado.

Una vez que traspasas el Propileo ya solo tienes ojos para el Partenón, que atrapa tu mirada y no te suelta. Es de un tamaño tan colosal, que parece imposible que se pudiera construir hace 2400 años. Piensas en bueyes tirando de carros cargando con los densos y pesados bloques de mármol desde las canteras del Pentélico, a unos 16 km de distancia. Elevarlas hasta la colina de la Acrópolis, con carros y poleas y un esfuerzo humano titánico para una vez sobre la colina, tallar y pulir, in situ, el mármol para colocarlas tambor sobre tambor. Ocho columnas en cada fachada, y diecisiete en cada lado, un total de 46 columnas de casi once metros de altura. Cada fuste con sus tambores, sus veinte acanaladuras o estrías. Todo con una ligera curvatura para evitar la ilusión óptica de concavidad y dar la sensación de estabilidad. El dórico en su máximo esplendor. 

Imaginar todo ese esfuerzo conjunto, todo el sudor derramado, para honrar a la diosa Atenea, diosa protectora de la ciudad, para celebrar la resistencia helena frente la expansión de los persas. El triunfo griego en las Guerras Médicas. La victoria en la Batalla de Maratón, el posterior éxito en Termópilas, en Salamina,... para finalmente conservar la independencia y permitir el posterior desarrollo de la democracia y la filosofía que tanta influencia han tenido en la civilización occidental posterior. Imaginar a Platón pasear por la Acrópolis junto a su admirado Sócrates, o a Aristóteles sentado conversando con su pupilo Alejandro Magno son imágenes imposibles que fueron reales. Historia de los lugares.

Nos acercamos al mirador en la parte oriental de la Acrópolis, presidido por una gigantesca bandera griega. El sol caía bien espeso. Las vistas a la ciudad son formidables. No hay fin en el infinito de la ciudad.  Casi cuatro millones de personas a nuestros pies. Una ciudad inmensa. 

Antes de despedirnos de la Acrópolis nos aproximamos al Erecteón, y comprobamos que es quizás uno de los monumentos arquitectónicos griegos más bellos. La tribuna de las Cariátides, en la fachada sur, tiene mucha culpa de ello.

Descendimos en busca de un restaurante donde asimilar todo lo visto y a ocultarnos del sol que llevaba toda la mañana azotando sobre nosotros. Rodeamos la colina hasta el barrio de Monastiraki y en el Restaurante Dia Tafta tomamos asiento. Eran más de las cuatro de la tarde. La Acrópolis nos había hecho perder la noción del tiempo. Quisimos probar, como aperitivo, unas Dolmades, que son hojas de parra rellenas con arroz y carne picada que venía acompañada con tzatziki. También un saganaki, que es un queso frito que se sirve caliente, repetimos moussaka y de postre pedimos yogur griego que lo servían con miel. Riquísimo.

Por encima de Monastiraki, al norte, está el bohemio barrio de Psyri. Anteriormente un barrio industrial, hoy día se ha reconvertido en un colorido epicentro moderno de la ciudad, famoso por su vida nocturna. Allí está Little Kook, una cafetería bastante famosa por su decoración exageradamente kitsch. El barrio estaba bastante animado, pero la sensación era que lo estaría mucho más horas más tarde. Decidimos dar una vuelta por las tiendas de souvenirs, para comprar algún recuerdo, y regresar al hotel, ducharnos, descansar algo y salir a cenar tranquilamente.


Finalmente para cenar regresamos a Monastiraki y cenamos en una terraza en una calle ambientadísima. El nombre del restaurante era Thanasis, pero en las servilletas ponía algo así: Μοναστηράκι, Mnaipaktaphe. No entiendo una papa. Sí que recuerdo que Pepi y yo compartimos un plato parecido al gyro que Miguel se pidió la noche anterior, pero servido en un plato. Pedí una cerveza BepΓina Lager (no sé si escribe así, pero no tengo en el teclado todos las letras griegas). Me supo a gloria. Sofía, que estrenó una camiseta que se acababa de comprar, se pidió pastitsio, que es el hermano de la moussaka, igual pero que sustituye la berenjena por macarrones. Terminamos con un helado de camino de regreso al hotel.

sábado, 23 de agosto de 2025

Atenas Día 1

Se estaba convirtiendo en una costumbre madrugar en Budapest.  Nuestro último día no iba a ser menos. A las 3:15 sonó el despertador, hicimos el checkout del hotel y pedimos un taxi que nos llevó al aeropuerto desde donde cogeríamos un avión de Ryanair que nos llevaría a Atenas, donde aterrizamos un par de horas después. Cogimos otro taxi que nos llevó cerca de nuestro alojamiento en el centro de Atenas.

Soltamos las maletas en una especie de trastero que tenía habilitado el apartamento mientras nos arreglaban la habitación y fuimos a desayunar a un sitio cercano que teníamos localizado, Victory. No estuvo nada mal.

Lo primero que fuimos a visitar, por cercanía, fue el Arco de Adriano. Desde que leí el libro de Marguerite Yourcenar de Memorias de Adriano, siento cierta atracción sobre la figura del emperador romano. Así que nos acercamos a ver el monumento. En realidad el Arco de Adriano, es un arco de triunfo, que hace las veces de puerta que da acceso al Templo de Zeus Olímpico. Es de mármol del Monte Pentélico, el mismo que se utilizó también en el Partenón. El Arco se construyó entre el 131 y el 132, y se supone que se realizó para la llegada de Adriano a la ciudad.

Adriano sentía fascinación por la cultura griega desde joven. Vivió allí en sus años formativos, antes de ser emperador.  Convirtió Atenas en un centro cultural y la benefició financiando grandes obras como la Biblioteca de Adriano, un acueducto y terminó el Templo de Zeus Olímpico, iniciado años atrás. Adriano está considerado uno de los emperadores buenos del Imperio Romano, se le llegó a conocer como el griego o como el restaurador. Por algo será.

Llegó la hora de comenzar a conocer Atenas y una buena manera -creo- es hacerlo empezando por el Museo de la Acrópolis, que además estaba a pocos metros de donde nos encontrábamos. Lo primero que quiero comentar del museo es que se construyó con las misma orientación y en las mismas medidas que el Partenón, lo que me parece una idea extraordinaria. Es considerado uno de los museos arqueológicos más importantes del mundo y yo no me lo quería perder. La parte superior es acristalada, para el aprovechamiento  de la luz natural, pero también para poder observar el Partenón desde el interior del museo.

El número de obras que muestra el Museo es enorme y podría escribir centenares de entradas sobre ellas, pero por ahora comentaré que sólo por contemplar cinco de las seis cariátides originales del Erecteion (la que falta está en el Museo Británico)  ya merece la pena pagar la entrada. Teniendo en cuenta que estamos hablando de obras esculpidas alrededor del 415 a.C, por ponernos en situación, es increíble comprobar el detalle de que cada una lleva el pelo trenzado de forma diferente, y que las rodillas de las cariátides está ligeramentes flexionadas aunque ocultas por los pliegues de los vestidos. Maravilla.

Además, dentro del museo está la galería del Partenón, donde se ha tratado de reproducir todas las proporciones y las medidas tanto del friso, las metopas, los frontones y las columnas. La colección es inmensa. Nosotros tardamos unas dos horas para recorrerlo y nos hubiera hecho falta darle cinco vueltas más, pero no disponíamos de tanto tiempo.

Abandonamos el museo y se nos abrió el apetito. Nos llegaban olores de especias, de carne guisada, a la brasa... decidimos dirigirnos en dirección al barrio Plaka, donde yo tenía echado el ojo a varios restaurantes. Plaka es uno de los corazones del centro turístico de Atenas, un barrio adoquinado, muy colorido y animado, que está a los pies de la ladera de la Acrópolis. El restaurante que elegimos fue Geros Tou Moria. Fue un acierto.

Pedimos varios platos variados para compartir. Como  entradas pedimos una ensalada griega que venía con tomate, pepino, cebolla, aceitunas y queso feta; también pedimos unos kolokithokeftedes, que son unos buñuelos de calabacín rallado, fritos, crujientes por fuera y jugosos por dentro. Me sorprendieron para bien.  Nos preguntaron si queríamos salsa tzatziki para acompañarlos, que es un aperitivo a base de yogur, pepino, ajo y hierbas frescas, y claro, dijimos que sí. También pedimos keftedes, que son unas albóndigas fritas especiadas, como las que hacemos aquí, pero sólo fritas, sin salsa. No podíamos irnos sin pedir moussaka, el plato quizás más representativo de la cocina griega, que suposo la moussaka más rica que he probado nunca. Y todo lo regué con una cerveza que me recomendaron que no tenía pinta de griega pero lo era: la cerveza Kaiser, una pilsner de 5,2% de alcohol. Muy buena.

Decidimos bajar la comida paseando por el barrio, haciéndonos fotos casi en cada esquina -para eso Pepi es profesional- y encaminándonos desde Plaka hacia Monastiraki, una de las zonas más comerciales de la capital griega. Allí pudimos ver lo que queda de la Biblioteca de Adriano. Contemplar el colosal tamaño de las columnas corintias de más de ocho metros de altura nos lleva a considerar la extraordinaria cantidad de rollos de papiros que se conservaban allí. Una pena. ¡Qué libros nos hemos perdido!

En cada calle de Monastiraki hay una tienda de souvenirs que vende camisetas con el lema de Sparta, camisas de lino azul y blancas, o esponjas naturales. Está llena de apartamentos turísticos y bonitos restaurantes donde los camareros apostados en la entrada te conminan a entrar a consumir en su restaurante.

Nos dirigimos hacia el Mercado Central pero cuando llegamos ya estaban cerrando muchos puestos. Decidimos continuar hacia la Plaza Kotziá, donde está el Ayuntamiento de Atenas. Regresamos de vuelta pero intentado no ir por las mismas calles. Nos encontramos con una Iglesia ortodoxa griega por la calle Aiolou. En la misma calle, un poco más adelante, estaba la Iglesia de Santa Irene, también ortodoxa, que está diseñada en una mezcla de estilo bizantino y con influencias neoclásicas. Me resultó muy bonita en su interior, a pesar de que era algo oscura. 

A dos calles, girando hacia Ermou, una de las calles más comerciales de la ciudad, hay otra iglesia bizantina, del s. XI, la Iglesia de Panagia Kapnikarea, una iglesia pequeña pero muy coqueta. Me gustan mucho los templos de estilo bizantino, con las ventanas con lóbulos separados con pequeñas columnas, cúpulas esféricas cuidadosamente pintadas al fresco o con mosaicos, donde el dorado es color principal. Es una de las iglesias más antiguas de la ciudad. En una de las esquinas de la plaza hay una pastelería, Attica Bakery, que tenía mucho trasiego. Vendían una especie de churros  rayados de apenas 5 ó 6 centímetros, pero no estaban huecos y parecían dulces. No pude resistir la curiosidad. Compramos no para cada uno para probarlos, porque allí no había mesas en las que sentarse a tomar algo.

Buscamos un sitio donde tomar un café y picar algo, y para descansar los pies. A pocos metros, girando la calle encontramos una plaza con una pastelería heladería, Zuccherino, con una terraza debajo de unos árboles frondosos. Los niños querían helados, Pepi y yo café con pastel. Todo muy rico. Pepi y yo pedimos una especie de tarta de hojaldre, pistachos y miel. Similar a una baklava pero sin llegar a serlo. El café con hielo buenísimo.

El resto del tiempo decidimos dejarnos llevar, ir conociendo Atenas caminando, curioseando por las tiendas de souvenirs, eligiendo restaurantes, contemplando cuán parecidos y cuán distintos somos los mediterráneos. Todas las calles del centro estaban abarrotadas y todo el mundo aparentaba ir de un sitio a otro sin que el tiempo fuese importante. Nos abocamos a la Plaza Monastiraki, un lugar plagado de gentío, puestos callejeros, bares con terrazas, había muchísima vida en ese momento. En la plaza, escorada hacia un lado, hay otra Iglesia bizantina, también de confesión ortodoxa, Santa Iglesia de la Virgen María Pantanassa. La plaza Monastiraki recibe su nombre de ella. Durante siglos la iglesia fue denominaba Monasterio Grande, y de ahí se quedó el nombre. Tiene un campanario que no pega mucho, pero bueno, ahí está. Para entrar a la iglesia hay que bajar unos escalones y la base del campanario está unos cuantos escalones por encima del suelo de la plaza. No es que sea una iglesia bella tal cual, pues parece un collage desgarbado del paso de los siglos. El interior, a mi juicio, es más bonito que el exterior.

Durante el vagabundear por el centro de Atenas, comenzamos a ver puestos donde servían gyros, que son una carne asada de cordero o ternera, cortada en vertical en finas tiras, que se sirve en pan de pita con diversos ingredientes como cebolla, tomate y salsa tzatziki. Incluso en algunas ocasiones añadían patatas fritas dentro del cucurucho. Algo así como un kebab, pero con un estilo griego. Miguel, que no había tomado un pastel a media tarde,  no pudo resistirse y se pidió uno que todos probamos. 

Hay una calle que une directamente Monastiraki con la Plaza Mitropoleos, donde está la Catedral de la Anunciación de Santa María. Eran más de las nueve de la noche y claro, a esa hora estaba cerrada, pero la plaza estaba muy animada. Se nota que Grecia es un país mediterráneo. El clima lo es todo. En esa iglesia, me apuntó Pepi, que de estas cosas sabe, se casaron Sofía y Juan Carlos.

Llevábamos despiertos desde muy temprano cuando cogimos el taxi en Budapest. El día se nos estaba haciendo largo, decidimos retirarnos al apartamento que estaba apenas a diez minutos caminando. Despertar en Budapest y dormir en Atenas es algo que probablemente no vuelva a hacer en mi vida. O sí. Nunca se sabe.