Jornada 33, tocaba partido internacional, pues nos desplazábamos al Encamp, donde juega como local el FC Andorra, que venía de golear a la Cultural Leonesa por 0-4. Nos recibían colocados en la media tabla, lo que a mi parecer hace que estos equipos despreocupados sean muy peligrosos, aunque también algo inconstantes o impredecibles. Y más teniendo en cuenta que era una jornada entre semana, con lo que se suponía que habría un buen puñado de cambios en el once titular, como así fue. Además, por si no fuese suficiente, llovía. En cambio, en la mitad de la primera parte, cuando el partido estaba más dormido, en un saque de esquina, Murillo remató solo, con el pie a la red. 0-1. Al borde del descanso, penalti claro sobre Joaquín, al que pisaron en el gemelo, que como Chupe estaba en el banquillo, Eneko Jauregi se encargó de tirarlo y marcar. 0-2. Descanso. Todo parecía bien encarrilado.
Un Pimiento
por Salva Moreno
domingo, 26 de abril de 2026
Los recibimientos
Jornada 33, tocaba partido internacional, pues nos desplazábamos al Encamp, donde juega como local el FC Andorra, que venía de golear a la Cultural Leonesa por 0-4. Nos recibían colocados en la media tabla, lo que a mi parecer hace que estos equipos despreocupados sean muy peligrosos, aunque también algo inconstantes o impredecibles. Y más teniendo en cuenta que era una jornada entre semana, con lo que se suponía que habría un buen puñado de cambios en el once titular, como así fue. Además, por si no fuese suficiente, llovía. En cambio, en la mitad de la primera parte, cuando el partido estaba más dormido, en un saque de esquina, Murillo remató solo, con el pie a la red. 0-1. Al borde del descanso, penalti claro sobre Joaquín, al que pisaron en el gemelo, que como Chupe estaba en el banquillo, Eneko Jauregi se encargó de tirarlo y marcar. 0-2. Descanso. Todo parecía bien encarrilado.
lunes, 13 de abril de 2026
Regresar a Cuenca
Hacía tiempo que teníamos previsto una escapada de fin de semana familiar a Cuenca, la ciudad donde nació Rosa, la mujer de mi padre. Fuimos a Cuenca para celebrar su fiesta de ochenta cumpleaños, rodeados de sus siete hijas y su hijo, el menor de todos, el último en llegar. En mi mente distraída y juguetona siempre que lo veo pienso que bien pudo ser el niño más buscado de España. Más buscado que Chencho, el niño perdido en el clásico del cine español, La gran familia.
Llegamos a Cuenca a eso de las 17:30 de la tarde. Tiempo justo para instalarnos en el Hotel Torremangana, tomar una cerveza en la terraza mientras recibíamos y conocíamos a algunos familiares de Rosa y seguidamente fuimos a dar una vuelta por la ciudad iluminada por la noche. Subimos dando un largo paseo junto al río Huécar, afluente del Júcar, en busca del Puente de San Pablo, construido en 1902, un puente de hierro y madera sobre el río Huécar, con vistas a las Casas Colgadas y con una caída vertiginosa bajo él. Yo casi ni me acerqué. Fue dar los primeros pasos, ver la luz por entre los listones de madera y escuchar su crujir y empezar a temblarme las piernas. Media vuelta y hasta pronto. Como estaba en el lado correcto del puente, giramos hacia la Plaza Mayor, frente a la Catedral gótica de Santa María y San Julián e iniciamos el camino de vuelta pero esta vez por los miradores que una parte ofrece hacia el otro lado del tajo.
Iniciamos nuestro recorrido hacia la Plaza de la Constitución y cruzamos hacia el Monasterio de Madres Benedictinas, cruzamos el Jardincillo de El Salvador, junto a la Iglesia de San Felipe Neri hacia la Plaza del Carmen desde donde ascendimos hasta los pies de Torre de Mangana, desde donde hay un mirador con vistas fabulosas hacia el oeste de la ciudad. A pocos pasos está la Iglesia del Convento de la Merced donde pudimos ver a un par de monjas, con el hábito religioso, de las que ya apenas se ven. Continuamos hacia la Plaza Mayor, esta vez de día, y entramos en la Catedral. Es la segunda vez que entro en la Catedral, porque Pepi y yo la visitamos por el verano de 2003 o 2004 si no recuerdo mal, en un viaje fabuloso e irrepetible que hicimos Pepi y yo por ciudades españolas. Rosa, una vez maqueada de la peluquería, se acercó a acompañarnos por nuestra visita.
Al acabar regresamos al puente de San Pablo, esta vez de día. Si queríamos disfrutar de las vistas desde el otro lado del puente, había que cruzarlo. Vi a niños cruzarlo dando brincos. Yo apenas podía despegar los pies del suelo. Mi hermano me sirvió de Lazarillo y dejó que yo le echara el brazo por encima de los hombros y muy despacio, sin salirnos de la imaginaria línea media, equidistante a las barandillas laterales, sin dejar de mirar al frente, lento como una tortuga reumática, conseguí cruzar el puente. Es la tercera vez que lo cruzo. Porque en mi vista anterior lo tuve que cruzar a la ida y a la vuelta. Por suerte, en esta ocasión sólo lo tuve que atravesar una vez. Más que suficiente. Al otro lado, cercano al Parador, estaban las letras de Cuenca, donde ahora viene siendo obligatorio hacerse una foto. Así que lo hicimos.
El Restaurante La Ceca, donde se celebraba el cumpleaños estaba a un paseo corto desde el Hotel. Primero con la cerveza de bienvenida y las presentaciones con la amplia familia de Rosa, seguidamente con la comida, donde, entre muchos platos, nos sirvieron como especialidad típica conquense oreja de cerdo con ajo y perejil, crujiente por fuera y tierna por dentro, que no a todos los de mi familia agradó. Hasta el momento de la tarta, que fue muy especial, e incluso disfrutamos de varias actuaciones musicales de nietos y amigos de la familia de Cuenca. Echamos la tarde y parte de la noche.
Para el último día teníamos previsto visitar el Museo Paleontológico, pero amaneció lloviendo, y nos quedaba un día largo de vuelta en la carretera. Así que tras desayunar decidimos bajar las maletas a la furgoneta y volver a casa. Seiscientos kilómetros por medio. No sé si podremos repetir un viaje así en nuestras vidas, porque cada vez es más complicado unir a tanta gente. Un viaje inolvidable.
martes, 7 de abril de 2026
Días de celebraciones
Llevaba Pepi un tiempo con ganas de ir a comer a un restaurante de comida asiática que le habían recomendado por varios sitios, entre ellos nuestros hijos, el restaurante Misake Asian Fusion. Por una cosa o por otra, la posibilidad de ir, una y otra vez se fue estropeando. El Misake Asian Fusion es un restaurante con menú bufé de comida asiática, como se pude intuir en su nombre con facilidad. Pides lo que quieres y puedes repetir hasta no poder más. Algo así como la bebida recargable en algunas de las franquicias americanas de hamburguesas. El anticulto moderno al fitness vital. Comer hasta reventar y poco más.
Al día siguiente, el día seis de abril, ya sí que era nuestro aniversario, y aunque era lunes, decidimos que sería una buena idea ir a cenar -esta vez los dos solos-, a uno de nuestros clásicos en las celebraciones, Casa Roberto. Probablemente uno de los restaurantes que más años llevamos yendo juntos. Aún éramos dos tiernos novios y ya íbamos en fechas señaladas a celebrar algún acontecimiento compartido. Bien el día de los enamorados, bien nuestro aniversario o algún cumpleaños. No lo hacíamos muchas veces, claro, pues cuando eres joven la economía no está para muchos esplendores, aunque ahora tampoco está muy allá.
El año que viene haremos veinticinco años de casados. No es ninguna tontería. Cada día es más raro que las parejas aguanten tanto tiempo juntos. La vida es un inmenso conjunto de elecciones. A veces se acierta a la primera, a veces a la segunda y hay quien no acierta en toda su vida. Yo tuve la inmensa fortuna de acertar con mi santa en unos pocos minutos. Todavía mantenemos la curiosidad de ir a sitios nuevos, pero también volver a los sitios que nos llevan acompañando tantos años.
sábado, 4 de abril de 2026
Una Semana Santa de Procesiones
La pasada escapada el fin de semana con los niños por pueblos costeros de Cádiz, significó un descanso necesario, una pausa de hidratación a mitad de camino entre las fiestas navideñas y el inicio del verano. Especialmente para mi mujer y los niños, porque ellos regresaron de nuestro tour por Cádiz y aún tenían por delante siete días sin trabajo, o sin universidad en el caso de Sofía o sin instituto en el caso de Miguel. Pero para mí significaba una bocanada de aire fresco, algo más que un respiro, pero al instante tenía que echar a andar, regresar a la rutina, porque el lunes yo estaba otra vez trabajando como un lunes de infantería, aunque con la esperanza puesta en los días festivos de jueves y viernes santo en mi próximo horizonte. Parece una tontería, pero los esperaba con tanta necesidad, como el sediento se acerca al oasis en mitad de una larga travesía por el desierto.
Así que el lunes madrugué, y fui a trabajar, y el resto de la familia se quedó en la cama, recuperándose, a pesar de que el que había estado conduciendo era yo, pero no me desanimó, al contrario, me sentí eufórico con la proximidad de los días de fiesta, tan exultante me sentía ante la perspectiva de una semana de trabajo de tres días, que le propuse a Pepi ir a ver la Semana Santa de Málaga.
Llevo tiempo escuchándola decir, como una queja crónica, que casi no ha ido en su vida a las procesiones malagueñas. Y tiene razón. De niña sus padres no la llevaron, y siendo novios fuimos poco, algo, pero poco. Lo confieso, no soy nada semanasantero, no siento ese fervor religioso, ese acto de fe incuestionable, es simplemente un hueco que no se he rellenado. Por lo que no soy la persona idónea, ni aconsejable para ir de lazarillo, pero aún así me ofrecí con mis mejores intenciones a acompañarla a ir a la Semana Santa de Málaga. Creo que nunca en mi vida vi tan nítida la expresión de incredulidad en la cara de Pepi.
Tiramos relativamente pronto para Málaga y aparcamos el coche, con muchísima suerte, junto a la biblioteca de Málaga, cerca del Metro Universidad, cuando ya parecía imposible aparcar. Había tal desbarajuste en el aparcamiento, que Pepi pensó que no podríamos salir nunca de aquella madeja de coches. Desde allí tomamos el metro camino del centro. Tuvimos que esperar que pasaran varios metros hasta que finalmente pudimos hacernos sitio en uno. La Semana Santa la comenzamos como sardinas en lata.
Eran más de las doce de la noche, bajamos la calle Larios que ya estaba recogida, y fuimos al metro, donde la cola no era kilométrica pero casi. Al menos iba rápida. Ya sólo quedaba deshacer nuestro recorrido hasta casa.
miércoles, 1 de abril de 2026
Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa
El domingo tocaba volver. Un par de días de escapada para desconectar y regresar a casa para continuar con la rutina, pero con las baterías algo recargadas. Desayunamos en el mismo bar del día anterior, El Campana. Nos había gustado y al estar cerca del apartamento era bastante conveniente. Nos despedimos de la propietaria del apartamento, entregamos las llaves y fuimos camino a Barbate, nuestra primera parada programada.
Recorrimos el paseo marítimo prácticamente entero y regresamos hacia donde teníamos aparcado el coche, aunque por otro camino, que era más corto y más bonito. Cerca de donde aparcamos le habíamos echado el ojo a un bar, Tapería Hostal Barbate, donde servían el atún de distintas formas y a mí me apetecía mucho. Barbate, tradicionalmente, es sinónimo de atún. La verdad es que todo lo que pedimos estaba riquísimo. Tomamos sólo unas tapas de entrada, pues habíamos reservado mesa en una arrocería en Zahara de los Atunes.
La carretera desde Barbate hasta Zahara de los Atunes es una de las carreteras con las vistas más bellas que he circulado en mi vida. Tras los casi doce kilómetros que separan una de la otra, dan ganas de encontrarse una rotonda y volverse para recorrerla de nuevo. Preciosa.
Si la playa de Barbate es buena, la de Zahara de los Atunes no tiene nada que envidiarle salvo que Zahara es más turístico y todo estaba algo subido de precio. También notamos que hacía más viento, pero pudo ser pura casualidad. Barbate es más pueblo costero, mientras que Zahara es casi una expansión turística algo apartada y fantasmal. Casi un apéndice semilujoso solo para el verano.
Continuamos nuestro pausado regreso parando en Tarifa, que está desde Zahara de los Atunes a unos 45 minutos en coche. Aparcamos en el puerto, frente al Castillo de Guzmán el Bueno. Cruzamos en dirección al Paseo de la Alameda, con el Teatro Municipal al fondo, y giramos hacia el Mercado Municipal y la Calle Colón por donde comenzamos a dejarnos llevar por sus callejuelas encaladas de blanco, con geranios y buganvillas trepadoras de vivos colores en las fachadas de las viviendas. El cielo limpio de nubes acentuaba el contraste de colores.
Abandonamos el centro de Tarifa bajo el arco de piedra en medio de las torres almenadas de la Puerta de Jerez, y bajamos en dirección a la playa. Una playa amplia donde normalmente el viento sacude fuerte pero que en esa tarde apenas movía una brizna de hierba. Buscamos una terraza donde tomar un helado, y en mi caso un café, porque por delante, de vuelta a casa, quedaban casi dos horas de carretera. Poca cosa.
martes, 31 de marzo de 2026
Rota, Chipiona y Sanlúcar
Aunque era sábado despertamos pronto con la intención de aprovechar el día y poder ver muchas cosas, pero antes había que desayunar. A pocos pasos del apartamento, en la Calle Ancha, estaba la churrería El Campana, donde pudimos tomar café, chocolate y churros y lo que nosotros conocemos como churros madrileños. Como tenían de los dos tipos aprovechamos para pedir de los dos. Todo muy rico.
Tras reponer el depósito, decidimos ir a ver el Mercado de Abastos. Ya he confesado en este blog que soy un gran aficionado a visitar los mercados, especialmente en las ciudades costeras. De camino, en la Plaza de San Roque, donde está la Biblioteca Municipal, estaba el Templo de Nuestra Señora de los Desamparados; estaba abierto, pues estaban terminando de preparar las imágenes antes de su procesión de Semana Santa. En el interior el olor a flores era denso e intenso. Ante mis ojos, hasta el último pormenor estaba espléndidamente preparado. El fervor religioso por las imágenes lleva a la obsesión detallista.
Subimos por la calle Trascuesta, junto al Mercado de Abastos, entre cafeterías, fruterías y despachos de vinos, puedes encontrar puestos vendiendo sacos de caracoles o cabrillas para cocinar en salsa, así como cubetas de corcho con camarones dando sus últimos brincos. Se puede decir que más que producto fresquísimo vendían producto vivísimo.
Una vez en el interior del mercado descubres que lo que nosotros llamamos alcachofas allí son alcauciles. Que la ternera es retinta, el cerco ibérico y la moda es el queso payoyo, que se sirve fresco, curado, al pimentón, al romero y de mil formas más, pero lo que de verdad más llama la atención en el mercado son los famosos langostinos de Sanlúcar, que tienen una textura más tersa y un sabor intenso a mar. Visualmente son inconfundibles, con sus largos bigotes, su franjas atigradas y su característica cola azul tornasolada. Los que saben dicen que se ven a una legua. Yo la verdad no lo veo tan claro. Vimos cabezas de peces espadas, vimos una urta enorme pescada al anzuelo, posiblemente la más grande que he visto en mi vida, al menos que yo recuerde.
Seguimos junto a la Parroquia de Santa María de la O, a la que no accedimos porque solicitaban pagar para acceder a ella y nos pareció un precio inadecuado, y tampoco nos queríamos entretener mucho. De manera que contemplamos el reloj de sol de su fachada y proseguimos hacia la Plaza de la Paz, giramos por la calle Cárcel, hasta el Castillo de Santiago del siglo XV, hoy día museo militar y museo del traje.
En la Plaza está la Parroquia de Nuestra Señora de la O y el Castillo de Luna, actual Palacio Municipal. Entramos a visitar los dos edificios. Los dos muy especiales. Las bóvedas góticas de la Parroquia, de arquitectura renacentista del siglo XVI, son realmente bellas. El Castillo de Luna con un exterior de fortaleza no señala el interior palaciego, con arcos de medio punto, capiteles góticos con frescos de la cultura musulmana.
Rodeamos el Castillo y nos dirigimos hacia la Plaza de España, que estaba en obras, y estaba muy afeada. Continuamos hacia el Mercado de La Merced, pero al ser sábado ya estaba todo cerrado. Llegamos a la Plaza Mirador de las Alemanas, con una balaustrada sobre la muralla, con vistas al puerto, donde pudimos divisar amarrados los buques de guerra americanos.
Cogimos el coche y nos dirigimos a nuestra siguiente parada: Chipiona, que está a unos escasos 20 km. En menos de media hora estábamos aparcados cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de la O de Chipiona, desde donde bajamos hacia la Playa Cruz del Mar. Me resultó curioso ver Los Corrales de pesca. La herencia cultural romana o árabe sigue muy presente.
Rodeamos el Castillo de Chipiona, que estaba bastante mal conservado, y daba la impresión de abandono, y continuamos por la línea de costa donde fuimos encontrándonos con miradores y balcones dedicados a poetas, plazas en primera línea acantilada de costa. El sol comenzaba a apretar y las calles fueron vaciándose. El faro de Chipiona se erguía orgulloso en un saliente de costa, donde comienza un largo tramo de costa de playa que no tiene nada que envidiar a otras playas con más nombre.
Tras una caminata de vuelta al centro, llegamos a un restaurante que yo había visto recomendado por Internet, Kilómetro Cero. Pedimos de entrada un plato de queso curado -Sofía siempre está contenta si pedimos queso de entrada- que estaba riquísimo. Pedimos también una ensaladilla rusa de pulpo y gambas en tempura que estaba simplemente espectacular. De las mejores que me he tomado en mi vida. Riquísima. Una hamburguesa de buey con queso cheddar y cebolla caramelizada. Pedimos la cuenta y nos acercamos a una vermutería - abacería que presumía de tener las mejores tapas. Gastrotasca Sin Bulli donde pedí una recomendación de la carta, que era una tosta de lomo de atún y aguacate. Deliciosa.
Lo siguiente que hicimos fue ir a tomar un helado. Bajamos al paseo marítimo y en una heladería artesana cayeron los helados, aunque yo me decidí por un café, que me iba a tocar conducir de vuelta a Sanlúcar. Fuimos de camino al coche y nos detuvimos frente la casa natal de Rocío Jurado y seguidamente quisimos ver el monumento de la ciudad a su vecina más ilustre. El monumento está en una rotonda. No me pareció que la escultura se ajustara a la realidad, la verdad. El parecido era una casualidad. Al menos antes de llegar a la rotonda, en un seto de un jardín mantenían recortado su nombre, que me pareció más acertado que la escultura del monumento.
Para terminar de visitar Chipiona nos acercamos al Cementerio Municipal para ver el Mausoleo de Rocío Jurado. La escultura allí era mucho más veraz a la de la rotonda. Pepi recordó que su madre, bastante aficionada de Rocío Jurado, había estado allí, y la entristeció el recuerdo. Cogimos el coche y mientras algunos jóvenes se daban una buena siesta, yo conduje hasta Sanlúcar. En apenas media hora estábamos en el apartamento, donde estuvimos un rato retozando, leyendo y básicamente descansando.
Escuchamos tambores procesionales y decidimos acercarnos a ver pasar la procesión por la Calle Ancha, junto a la calle Capillita, y cuando la procesión pasó regresamos a la Plaza del Cabildo para tomar asiento en la terraza de Barbiana, otro bar de la plaza, y allí pedimos algunas raciones para terminar de cenar. A mí se me habían antojado comer unos mejillones que vi que tenían una pinta estupenda. No estuvieron nada mal. Para terminar de despedir el día en condiciones disfrutamos de unos helados en Helados Toni. Riquísimos. Al terminar nos fuimos despidiendo de la Plaza del Cabildo y también de Sanlúcar.
domingo, 29 de marzo de 2026
Llegada a Sanlúcar de Barrameda
Hace ya tres años -¡cómo pasa el tiempo!- Pepi y yo hicimos una escapada de fin de semana con la intención de visitar algunos de los pueblos de Cádiz que aún no conocíamos. Reservamos un hotel en Jerez de la Frontera y desde allí visitamos Sanlúcar de Barrameda y El Puerto de Santa María que eran dos de los pueblos que no habíamos visitado nunca.
En esta ocasión decidimos ir a conocer otros pueblos de los alrededores y para ello nos establecimos en Sanlúcar de Barrameda. Quisimos ir con nuestros hijos y reservamos un apartamento situado en el mismo centro de Sanlúcar, en la Calle Santo Domingo, delante de la Parroquia de Santo Domingo, en la prolongación de la Calle Ancha. A tres pasos de todo. La idea era irnos el viernes lo antes posible, para aprovechar el día, pero Miguel tenía un examen, así que en cuanto lo terminó pudimos salir para allá, y como no salimos temprano tuvimos que parar por el camino para comer.
Nos detuvimos en el Restaurante Los Corzos, que es una venta de carretera que está a la altura de Alcalá de los Gazules, donde disponen en el menú unos platos que se llamaban algo así como superescalope con cuatro quesos gratinados. Sofía vio lo de los cuatro quesos y Miguel vio lo de super y eso pidieron. Pepi dijo que compartiría esos dos platos con ellos. No les agradó la idea porque decían que tenían hambre. Yo me pedí una carrillada, que estuvo muy bien. El superescalope era realmente de tamaño super y nos sobró uno completamente entero y parte del otro. Una barbaridad de tamaño. La cosa es que preguntamos a quien nos tomó nota si eran muy grandes, y nos dijeron que bueno, que normal, grandecito. Encima nos informaron que el cachopo era aún más grande. Imagino que por allí deben de ir a comer hombres de neandertal después de dos semanas sin poder cazar. Tomé un café y continuamos el camino. Yo conduciendo y el resto se regaló una siesta de una hora
Decidimos bajar toda la Avenida Calzada Duquesa Isabel, paseando por su albero, hasta la playa, para disfrutar del atardecer sanluqueño. Desde allí la puesta de sol es ciertamente bella. El sol desaparece en una anaranjada la línea oceánica de fondo, con el verdor del Parque Nacional de Doñana a la derecha. Es una visión preciosísima. Los niños hicieron un número infinito de fotos.
De postre tomamos un helado de camino de vuelta al apartamento. El día había sido largo y el día siguiente lo sería aún más.
domingo, 22 de marzo de 2026
Un bebé perezoso y tímido
lunes, 16 de marzo de 2026
Todo es posible
Acabo de comprobar que la última vez que hablé por aquí del Málaga fue justo después de la victoria (2-1) en casa contra un ordenado y experimentado AD Ceuta. Un resultado justo y ajustado, tras remontar un gol visitante en los primerísimos minutos.
El siguiente partido era un comprometido Córdoba CF - Málaga CF. El campo a rebosar. El equipo local venía de tres victorias consecutivas y cinco partidos sin perder. Estaban en racha, pero la racha que traía el Málaga era mejor aún: cuatro victorias consecutivas y siete partidos sin perder en Liga. Dos de las mejores rachas del momento en la Liga Hypermotion. Ambos empatados a 32 puntos. Partidazo.
Medida la primera mitad, un balón dividido lo corrió Larrubia, que estuvo listísimo además de rapidísimo, encaró al portero marcando por el palo corto y adelantando al Málaga (0-1) . En la segunda parte el Málaga se cerró bien atrás y en una contra marcó el 0-2, que fue anulado por un ajustadísimo fuera de juego de Chupe. El Córdoba lo intentó pero no consiguió igualar el partido. Así que se rompió la racha del Córdoba, pero la del Málaga siguió sumando. Cinco victorias consecutivas. ¿Quién me lo hubiera dicho al principio de temporada? Funes le ha dado la vuelta al completo al equipo. Sin ningún fichaje. El Málaga acabó la jornada en puestos de playoff, algo que no ocurría desde la jornada 3, tras el buen inicio de liga, que fue un visto y no visto.
Tras la victoria en el Nuevo Arcángel de Córdoba tocaba recibir al siempre incómodo Burgos CF, que resultó ser uno de los partidos más tranquilos en La Rosaleda hace tiempo. Victoria por 3-0, con un golazo poco después de la media hora de Larrubia que se deshizo de dos marcadores y cruzó con poco ángulo al palo largo de potente disparo. Cinco minutos después Chupe de estupendo cabezazo colocado tras centro maravilloso de Puga aumentó la diferencia, 2-0. Hubo un tramo de juego en el que el Burgos tuvo varias oportunidades pero casi al final, un tanto de Adrián Niño sentenció la victoria. Seis victorias consecutivas y el siguiente partido era contra el colista el Mirandés, que venía de siete partidos sin conocer la victoria. Todo parecía indicar que íbamos a alargar la racha.
Pues cuando en el fútbol todo parece evidente, y favorable para un resultado, lo más probable, es que haya una sorpresa con así fue. El partido se jugó un lunes. El Mirandés se adelantó al borde de la media hora, el Málaga CF empató el partido con gol de Aaron Ochoa en el minuto 60, y con el Málaga volcado, buscando otra victoria, en uno de los pocos córners locales el árbitro pitó un más que riguroso penalti en contra. Un pena (2-1) y se rompió la racha de los de Funes.
Apenas inquietamos la portería rival en la primera media hora y fue en una contra. Pasada la media hora, un potente y ajustado tiro desde lejos de Iván Calero, exmalaguista, entró con la sensación de que Alfonso Herrero podía haber hecho algo más (0-1). Una primera parte para olvidar. Poco parece que hayamos aprendido.
La segunda parte fue otra cosa, otro ritmo, más ganas. Badía, el cancerbero visitante ganándose el MVP del partido. Una parada tras otra. Hasta que pasada la media hora de la segunda parte, tras un pase atrás de Chupe, en el otro lado de la portería, Larrubia consigue anotar el empate (1-1). El empate parecía inamovible hasta que en el minuto 94, en la prolongación del tiempo añadido, Larrubia, de jugada excepcional anotó un golazo de los que ya de por sí te levantan del asiento, pero que, encima, en ese minuto y para darle la vuelta a un marcador adverso (2-1), provocan que el estadio entero fuese una fiesta. Ganar en el último minuto siempre deja un regusto especial.
Siguiente partido, otro partido contra uno de los equipos de la parte baja de la clasificación. Otra vez un lunes. Mal asunto. Visitamos Anoeta, jugábamos contra el Sanse, el filial de la Real Sociedad, jugándose la vida. Comenzamos marcando pronto, otro gol de Larrubia, de cabeza en esta ocasión, a centro de Joaquín Muñoz, pero poco duró la alegría porque diez minutos después nos empataron de un rechace de un mal despeje de Alfonso Herrero. El resultado al descanso hablaba de la igualdad del partido (1-1). En la segunda parte, en un saque de córner, el Sanse dio la vuelta al resultado, tras un cabezazo de Ochieng (2-1). Hubo polémica en el partido que no nos benefició, pero quejarse ya sirve de poco.
El siguiente partido, en casa, recibíamos al Albacete BP. Jugamos un partido serio, con muchos remates, y merecimos ganar, como así fue, por un corto 1-0, con gol de Joaquín en el primer tercio de la segunda parte, tras un pase atrás de Rafita, que subió la banda sorprendiendo. Un resultado corto pero justo.
Ahora tocaba visitar el Nuevo Los Cármenes de Granada. Veníamos de perder las dos últimas visitas con equipos que estaban en la tabla baja de la clasificación. Si pretendemos luchar por el ascenso, hay que cortar esa hemorragia fuera de casa. El Granada venía de perder en Ceuta, y estaba sólo tres puntos por encima del descenso. Nosotros estábamos quintos, inmersos de lleno por la lucha por el ascenso.
Debido a la cercanía con Málaga se podía ver muchísimas camisetas malaguistas entre el público. El desplazamiento de seguidores malaguistas fue masivo. Un partido muy entretenido con muchas ocasiones por ambos lados, incluso un penalti desaprovechado por Chupe que lo lanzó al larguero en la primera parte. Al final del partido, en una contra, Larrubia tras una larga carrera anotó tras recoger un rechace del portero a un tiro suyo (0-1). Un resultado justo creo yo teniendo en cuenta que anotamos un gol y desperdiciamos un penalti. Por fin una victoria fuera de casa.
Ahora venían dos partidos en casa, lo que suponía una estupenda oportunidad para intentar sumar puntos y afianzar los puestos de la lucha por el ascenso.
El primer partido de los dos encuentros era contra el Valladolid, que también llegaba al borde del descenso, era el equipo situado justo sobre los puestos que marcan el descenso. Mal asunto.
El partido comenzó loco. Penalti a los diez minutos a favor del Málaga. Bien buscado por Chupe, que esta vez así anotó, lanzándolo por el medio y a media altura. ¡Qué poco me gustan los penaltis lanzados así. Apenas tres minutos después Dotor anotó el segundo, 2-0, tras caerle un rechace de un tiro de Larrubia. Ni quince minutos y el partido estaba muy bien encarrilado. ¿Tranquilidad por una vez? Nadie se lo creía. Y hacíamos bien. Justo antes de acabar la primera parte, el Valladolid recortó el resultado con un gol de jugada individual de Peter Federico, 2-1.
Todos preocupados porque el resultado es engañoso, pero nada más comenzar la segunda parte, en una jugada a balón parado, Chupe caza una pelota y con un sutil toque y anota el gol que debería habernos dado la tranquilidad, 3-1. Todo parecía que estaba controlado pero Víctor García vio una roja por una patada innecesaria y a destiempo. Cinco minutos después en una acción desafortunada, a balón parado, Chupe anota en propia. Lo que no hacen los rivales, lo hacemos nosotros, 3-2. Con uno menos y con media hora por delante. Se veía venir. En el descuento, otra vez a balón parado, un remate de Latasa, anota el empate que fue el resultado final, 3-3. Salíamos del estadio con la sensación de haber perdido dos puntos. Mal asunto.
Siguiente partido era contra otro equipo en posiciones de descenso, el Huesca. Estos partidos son los peores. Da la sensación de que el ambiente cree que el partido está ganado con solo mirar la clasificación. La primera lección del fútbol debería ser, desconfiad de la tabla clasificatoria.
Domingo, 18:30 de una tarde primaveral. Comienza el partido y a la media hora de partid, un balón parado en contra, y en el talón de aquiles del equipo, Murillo comete un penalti por llegar tarde, 0-1. ¡Cómo me imaginaba yo este plan! Por suerte, apenas diez minutos después, en una jugada por banda izquierda de Joaquín, que cambia a Larrubia, que sólo tiene que cambiar el balón ajustándolo al otro palo, 1-1. Último minuto de la primera parte. Otro penalti tonto, cometido sobre Adrián Niño, similar al anterior, pero esta vez a favor. Lo marca Niño, 2-1. Bueno pues por suerte hemos dado la vuelta al marcador. A ver si no nos confiamos y lo estropeamos.
Comienza la segunda parte y anota Joaquín Muñoz, 3-1 y media hora por delante. ¿Tendremos tranquilidad por una santa vez? Los que conocemos al Málaga CF sabemos que todo es posible. La tarde va avanzando con más o menos tranquilidad hasta que en el minuto 90, tras una jugada de broma, de rebotes, malos despejes y mucha mala suerte, anota el Huesca, 3-2. Ya sabía yo que esto no podía acabar tranquilamente. Mal asunto. En la grada todos nos acordamos de los dos puntos perdidos la semana anterior.
El Huesca se vuelca a marcar el empate y en una contra en el minuto 93, Chupe, de volea, tras hacerse con un rechace, marca lo que se suponía el gol de la tranquilidad, 4-2. Pero el Málaga no da descanso y sólo un minuto después, en un córner, otra vez a balón parado, el Huesca anota de cabeza, 4-3. No hay descanso posible hasta que en el minuto 98, Chupete anota el definitivo 5-3. Vaya partido más loco.
El fútbol es así. Lo he dicho muchas veces. Dentro de un terreno de juego, mientras no se haya pitado el final, todo es posible.
sábado, 14 de marzo de 2026
En primera línea
Hace ya bastantes años, cuando falleció mi abuela Anita (la madre de mi madre), estando en el duelo en el cementerio, mi tío Antonio (el hermano de mi madre) y mi madre tuvieron una conversación delante mía. Mi tío le decía a su hermana que ya no tenían padres, pues acababa de fallecer su madre, y su padre hacía unos años que había fallecido. Que ahora eran ellos lo que quedaban y los que estaban en primera línea de fuego. Aquella conversación me dio qué pensar. Es algo natural, lo sabemos todos, es la ley de la vida, pero es difícil de asimilar hasta que no te ves en ese lugar, incluso estando en ese lugar.
Por eso cuando la siguiente semana tuve que hacerme una prueba de revisión de mi pasada operación de hernia de hiato, que consistía en meterme un tubo -más bien un cable- por la nariz, hasta la boca del estómago, y mantenerlo puesto durante 24 horas, una ph-metría lo llaman. acudí al hospital hasta con ganas. Hay tantas desgracias alrededor, tantas malas noticias, que esto me pareció trivial y me convencí de que en realidad es mejor tomarse estas cosas con positividad y con un talante optimista. Luego es cierto que es bastante molesto y que masticar con un cable pasando por el fondo de la garganta es algo muy incómodo, pero bueno, hay que seguir tirando.
¿Qué es la vida si no eso? Un seguir tirando, un continuar, un paso siguiente, un poquito más. Nunca se sabe qué es lo que va a pasar al día siguiente. Una llamada de teléfono puede cambiarlo todo. Así es la vida, sólo se puede vivir en presente y el futuro es tan incierto e inalcanzable como el pasado. Lo hecho, hecho está y el futuro está por llegar. No hay nada más acertado que centrarse en el presente, y más si estás en primera línea. Ya me entienden.
domingo, 22 de febrero de 2026
El libro de las ilusiones - Paul Auster
Es curiosa la forma que tenemos las personas de reaccionar de distinta manera a estímulos similares en distintos momentos. Hace pocas publicaciones comenté en este blog que cuando supe la aciaga noticia del fallecimiento de Javier Marías, necesité apartarme de sus escritos. Tuvo que pasar un tiempo, más allá de tres años, hasta que me sintiera preparado para volverle a leer. Es como si quisiera apartarme, alejarme, de un dolor para el que todavía no estaba preparado. Retomé su obra de la manera que me pareció que me dañaría menos, o al menos la que pensé que me apetecía más, es decir, sus artículos. Y todavía no contemplo leer una de sus novelas, aunque sé que si la vida me regala tiempo suficiente, llegará el momento.
En cambio, con el caso de Paul Auster mi reacción fue distinta. Cuando falleció, mi primera respuesta fue pensar que tendría que volverle a leer. Que quería volverle a leer. Casi en total contraposición con lo que me ocurrió con Javier Marías.
El caso es que decidí leer una novela de Paul Auster y elegí El libro de las ilusiones (2002). Mi amigo Miguel me había comentado que le había gustado mucho esa novela y que siempre la recomendaba. Así que como era una de las novelas de Paul Auster que tenía por casa, comencé a leerla. El inicio no fue del todo ilusionante. La historia me parecía muy triste para mis ánimos y tampoco es que fuera demasiado atractiva, pero Auster tiene una especie de brillo o frescura en su escritura que te va atrapando con una naturalidad casi de oleaje. De la misma manera que cuando tienes los pies en la arena de la orilla, y las olas poco a poco va hundiendo tus pies en la arena, de la misma manera la escritura de Paul Auster te va atrapando.
No pretendo en este blog destripar historias, ni novelas, si no contar lo que me parecieron. Me pareció que el libro comienza de una manera muy triste, y que poco a poco, incluso de una manera sorpresiva e inexplicable, el protagonista, David Zimmer encuentra la ilusión de continuar en el descubrimiento de una persona. Y eso lo cambia todo.
Sigo pensado que el libro que más de gusta de los que he leído de Paul Auster es El Palacio de la Luna. Y este Libro de las ilusiones no llega a ese nivel -siempre hablando a mi juicio- pero le sigue a una corta distancia.
Espero no tardar mucho en leerme otra novela suya, pero eso es algo que nunca se sabe.



