Aunque era sábado despertamos pronto con la intención de aprovechar el día y poder ver muchas cosas, pero antes había que desayunar. A pocos pasos del apartamento, en la Calle Ancha, estaba la churrería El Campana, donde pudimos tomar café, chocolate y churros y lo que nosotros conocemos como churros madrileños. Como tenían de los dos tipos aprovechamos para pedir de los dos. Todo muy rico.
Tras reponer el depósito, decidimos ir a ver el Mercado de Abastos. Ya he confesado en este blog que soy un gran aficionado a visitar los mercados, especialmente en las ciudades costeras. De camino, en la Plaza de San Roque, donde está la Biblioteca Municipal, estaba el Templo de Nuestra Señora de los Desamparados; estaba abierto, pues estaban terminando de preparar las imágenes antes de su procesión de Semana Santa. En el interior el olor a flores era denso e intenso. Ante mis ojos, hasta el último pormenor estaba espléndidamente preparado. El fervor religioso por las imágenes lleva a la obsesión detallista.
Subimos por la calle Trascuesta, junto al Mercado de Abastos, entre cafeterías, fruterías y despachos de vinos, puedes encontrar puestos vendiendo sacos de caracoles o cabrillas para cocinar en salsa, así como cubetas de corcho con camarones dando sus últimos brincos. Se puede decir que más que producto fresquísimo vendían producto vivísimo.
Una vez en el interior del mercado descubres que lo que nosotros llamamos alcachofas allí son alcauciles. Que la ternera es retinta, el cerco ibérico y la moda es el queso payoyo, que se sirve fresco, curado, al pimentón, al romero y de mil formas más, pero lo que de verdad más llama la atención en el mercado son los famosos langostinos de Sanlúcar, que tienen una textura más tersa y un sabor intenso a mar. Visualmente son inconfundibles, con sus largos bigotes, su franjas atigradas y su característica cola azul tornasolada. Los que saben dicen que se ven a una legua. Yo la verdad no lo veo tan claro. Vimos cabezas de peces espadas, vimos una urta enorme pescada al anzuelo, posiblemente la más grande que he visto en mi vida, al menos que yo recuerde.
Seguimos junto a la Parroquia de Santa María de la O, a la que no accedimos porque solicitaban pagar para acceder a ella y nos pareció un precio inadecuado, y tampoco nos queríamos entretener mucho. De manera que contemplamos el reloj de sol de su fachada y proseguimos hacia la Plaza de la Paz, giramos por la calle Cárcel, hasta el Castillo de Santiago del siglo XV, hoy día museo militar y museo del traje.
En la Plaza está la Parroquia de Nuestra Señora de la O y el Castillo de Luna, actual Palacio Municipal. Entramos a visitar los dos edificios. Los dos muy especiales. Las bóvedas góticas de la Parroquia, de arquitectura renacentista del siglo XVI, son realmente bellas. El Castillo de Luna con un exterior de fortaleza no señala el interior palaciego, con arcos de medio punto, capiteles góticos con frescos de la cultura musulmana.
Rodeamos el Castillo y nos dirigimos hacia la Plaza de España, que estaba en obras, y estaba muy afeada. Continuamos hacia el Mercado de La Merced, pero al ser sábado ya estaba todo cerrado. Llegamos a la Plaza Mirador de las Alemanas, con una balaustrada sobre la muralla, con vistas al puerto, donde pudimos divisar amarrados los buques de guerra americanos.
Cogimos el coche y nos dirigimos a nuestra siguiente parada: Chipiona, que está a unos escasos 20 km. En menos de media hora estábamos aparcados cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de la O de Chipiona, desde donde bajamos hacia la Playa Cruz del Mar. Me resultó curioso ver Los Corrales de pesca. La herencia cultural romana o árabe sigue muy presente.
Rodeamos el Castillo de Chipiona, que estaba bastante mal conservado, y daba la impresión de abandono, y continuamos por la línea de costa donde fuimos encontrándonos con miradores y balcones dedicados a poetas, plazas en primera línea acantilada de costa. El sol comenzaba a apretar y las calles fueron vaciándose. El faro de Chipiona se erguía orgulloso en un saliente de costa, donde comienza un largo tramo de costa de playa que no tiene nada que envidiar a otras playas con más nombre.
Tras una caminata de vuelta al centro, llegamos a un restaurante que yo había visto recomendado por Internet, Kilómetro Cero. Pedimos de entrada un plato de queso curado -Sofía siempre está contenta si pedimos queso de entrada- que estaba riquísimo. Pedimos también una ensaladilla rusa de pulpo y gambas en tempura que estaba simplemente espectacular. De las mejores que me he tomado en mi vida. Riquísima. Una hamburguesa de buey con queso cheddar y cebolla caramelizada. Pedimos la cuenta y nos acercamos a una vermutería - abacería que presumía de tener las mejores tapas. Gastrotasca Sin Bulli donde pedí una recomendación de la carta, que era una tosta de lomo de atún y aguacate. Deliciosa.
Lo siguiente que hicimos fue ir a tomar un helado. Bajamos al paseo marítimo y en una heladería artesana cayeron los helados, aunque yo me decidí por un café, que me iba a tocar conducir de vuelta a Sanlúcar. Fuimos de camino al coche y nos detuvimos frente la casa natal de Rocío Jurado y seguidamente quisimos ver el monumento de la ciudad a su vecina más ilustre. El monumento está en una rotonda. No me pareció que la escultura se ajustara a la realidad, la verdad. El parecido era una casualidad. Al menos antes de llegar a la rotonda, en un seto de un jardín mantenían recortado su nombre, que me pareció más acertado que la escultura del monumento.
Para terminar de visitar Chipiona nos acercamos al Cementerio Municipal para ver el Mausoleo de Rocío Jurado. La escultura allí era mucho más veraz a la de la rotonda. Pepi recordó que su madre, bastante aficionada de Rocío Jurado, había estado allí, y la entristeció el recuerdo. Cogimos el coche y mientras algunos jóvenes se daban una buena siesta, yo conduje hasta Sanlúcar. En apenas media hora estábamos en el apartamento, donde estuvimos un rato retozando, leyendo y básicamente descansando.
Escuchamos tambores procesionales y decidimos acercarnos a ver pasar la procesión por la Calle Ancha, junto a la calle Capillita, y cuando la procesión pasó regresamos a la Plaza del Cabildo para tomar asiento en la terraza de Barbiana, otro bar de la plaza, y allí pedimos algunas raciones para terminar de cenar. A mí se me habían antojado comer unos mejillones que vi que tenían una pinta estupenda. No estuvieron nada mal. Para terminar de despedir el día en condiciones disfrutamos de unos helados en Helados Toni. Riquísimos. Al terminar nos fuimos despidiendo de la Plaza del Cabildo y también de Sanlúcar.




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