domingo, 24 de agosto de 2025

Atenas Día 2

Nuestro segundo día en Atenas nos permitimos descansar algo más y no madrugamos tanto. Eso sí, hacer turismo tampoco es de holgazanes. A las 8:30 ya estábamos en la calle buscando un buen sitio donde tomar el desayuno. Encontramos un sitio en la calle Sellei, Diogenes Food Hall, a pocos metros del hotel. Fueron algo lentos y se equivocaron en algún pedido, pero tomé un bocadillo de queso con aceitunas que me gustó mucho.

Teníamos reservado un freetour por el centro de Atenas que partía desde la Plaza Kapnikareas, en el barrio de Monastiraki, donde está la iglesia bizantina (s. XI). Como estaba abierta y llegamos antes de tiempo entramos a visitarla. Es bonita también interiormente aunque me pareció algo sobrecargada.

Seguidamente nos acercamos a la Plaza Monastiraki, que es desde donde salen muchos de los trenes que comunican la ciudad de Atenas, y entramos a otra iglesia bizantina a la que también realizamos una visita breve. Hay que tener en cuenta que estos templos bizantinos suelen ser pequeños y se ven en unos pocos minutos, porque enseguida ya hay alguien detrás tuya pidiéndote avanzar. 

Cruzamos la plaza, hacia donde está la Mezquita Tzistarakis, actualmente un museo de arte popular. A pocos pasos pudimos ver la parte lateral, que mejor está conservada, de la Biblioteca de Adriano (año 132). ¡Qué tamaño más colosal! Continuamos hasta el Ágora romana, lugar donde estaba el mercado y área de reunión de la ciudad, allí se encuentra la Puerta de Atenea Arqueguétida. La diosa Atenea era la protectora de la antigua ciudad de Atenas y también el origen del nombre de la ciudad. Rodeamos el Ágora por el exterior hasta encontrar la Mezquita  Fetiyé, un edificio  otomano, que anteriormente fue basílica bizantina.

Junto a ella está la Torre de los vientos, antigua torre octogonal que era una especie de estación meteorológica antigua, donde había un reloj de sol en cada una de las caras del octógono, una veleta en lo alto y un reloj de agua en el interior. Una altura de 12 m y un diámetro de 8 m. Se cree que fue construida en el siglo I a.C y ha tenido muchos usos durante su larguísima historia. Es una edificación sencillamente bella.

Pasear por Plaka es un placer de los sentidos. Las buganvillas cuelgan sobre nuestras cabezas a ambos lados de las calles formando un túnel floreado de colores diversos. En las puertas de las casas y en las terrazas de los restaurantes hay sillas con las patas y el respaldo de madera y el asiento de cestería de enea, y en muchas de ellas un gato recostado, que son parte del patrimonio cultural de Grecia. 

Casi que escondida entre jardines de casones solariegos y restaurantes en el barrio de Plaka está la iglesia bizantina más antigua que se conserva en Atenas, la Iglesia de San Nicholas Rangavas, del s. XI. Tiene una curiosa arquitectura que mezcla ladrillos de barro, sillería  y piedras. Las ventanas típicas del medievo bizantino están divididas con ladrillos haciendo las veces de pilares. Muy curiosa.

Abandonamos Plaka para conocer el Palacio Záppeion, edificio que sirvió de residencia de los Juegos Olímpicos de 1896. Hoy día sirve como sala de exposiciones. El patio interior circular es muy bello. El palacio está en el interior de los Jardines Nacionales. Un pulmón dentro de la ciudad. Un lugar de esparcimiento donde yo sería feliz paseando. Hay desordenados senderos interiores que te llevan a fuentes o estatuas a lo largo del camino, también hay partes del sendero que están apergoladas para los días de sol. La Fuente Zappeion, de doble planta hexagonal es digna de visitar. Como curiosidad en el parque vimos varias tortugas de tierra que van paseando en libertad.

En una esquina del parque está la Plaza de la Constitución o Plaza Syntagma, donde está el parlamento de Grecia, antiguo Palacio Real. Allí se realiza el cambio de guardia de los Evzones, que son los guardias presidenciales. Todo ello delante de la tumba del soldado desconocido. Pero como íbamos con el guía, no nos detuvimos y continuamos hacia la Catedral de la Anunciación de Santa María, donde habíamos acabado la noche anterior. Ahí acabó el tour.

Teníamos tiempo y decidimos entrar para verla por dentro. La verdad es que me gustó más por dentro. Es de estilo grecobizantino y neoclásico. Es luminosa, está decorada con elegancia en tonos azules y dorados. Con arcos de medio punto alrededor de una cúpula esférica.

Pepi había venido al viaje con algo de lumbago, la semana antes de iniciarlo tuvo una crisis, aunque parecía que se estaba encontrando bien, incluso que estaba mejorando. Decidimos que era un buen momento de subir a ver la Acrópolis, así que cogimos un taxi que nos llevó a la puerta de los tickets. Una vez con los tickets sacados comenzamos nuestra visita contemplando el Odeón de Herodes Ático, un teatro de piedra restaurado, del año 161 donde hoy día aún se organizan conciertos y espectáculos. Es de un tamaño espectacular.

El recorrido te hace pasar entre el Templo de Atenea Niké, a la derecha y el Pedestal de Agripa, a la izquierda. Se supone que el pedestal formaba parte de la base de una cuadriga de bronce en tamaño natural. Se cree que en la época romana sirvió de base a una estatua de Marco Antonio. Siguiendo la ascensión por la escalinata por el Propileos, que es la entrada principal de la Acrópolis, construida en el 432 a.C, con columnas dóricas, de fuste estriado.

Una vez que traspasas el Propileo ya solo tienes ojos para el Partenón, que atrapa tu mirada y no te suelta. Es de un tamaño tan colosal, que parece imposible que se pudiera construir hace 2400 años. Piensas en bueyes tirando de carros cargando con los densos y pesados bloques de mármol desde las canteras del Pentélico, a unos 16 km de distancia. Elevarlas hasta la colina de la Acrópolis, con carros y poleas y un esfuerzo humano titánico para una vez sobre la colina, tallar y pulir, in situ, el mármol para colocarlas tambor sobre tambor. Ocho columnas en cada fachada, y diecisiete en cada lado, un total de 46 columnas de casi once metros de altura. Cada fuste con sus tambores, sus veinte acanaladuras o estrías. Todo con una ligera curvatura para evitar la ilusión óptica de concavidad y dar la sensación de estabilidad. El dórico en su máximo esplendor. 

Imaginar todo ese esfuerzo conjunto, todo el sudor derramado, para honrar a la diosa Atenea, diosa protectora de la ciudad, para celebrar la resistencia helena frente la expansión de los persas. El triunfo griego en las Guerras Médicas. La victoria en la Batalla de Maratón, el posterior éxito en Termópilas, en Salamina,... para finalmente conservar la independencia y permitir el posterior desarrollo de la democracia y la filosofía que tanta influencia han tenido en la civilización occidental posterior. Imaginar a Platón pasear por la Acrópolis junto a su admirado Sócrates, o a Aristóteles sentado conversando con su pupilo Alejandro Magno son imágenes imposibles que fueron reales. Historia de los lugares.

Nos acercamos al mirador en la parte oriental de la Acrópolis, presidido por una gigantesca bandera griega. El sol caía bien espeso. Las vistas a la ciudad son formidables. No hay fin en el infinito de la ciudad.  Casi cuatro millones de personas a nuestros pies. Una ciudad inmensa. 

Antes de despedirnos de la Acrópolis nos aproximamos al Erecteón, y comprobamos que es quizás uno de los monumentos arquitectónicos griegos más bellos. La tribuna de las Cariátides, en la fachada sur, tiene mucha culpa de ello.

Descendimos en busca de un restaurante donde asimilar todo lo visto y a ocultarnos del sol que llevaba toda la mañana azotando sobre nosotros. Rodeamos la colina hasta el barrio de Monastiraki y en el Restaurante Dia Tafta tomamos asiento. Eran más de las cuatro de la tarde. La Acrópolis nos había hecho perder la noción del tiempo. Quisimos probar, como aperitivo, unas Dolmades, que son hojas de parra rellenas con arroz y carne picada que venía acompañada con tzatziki. También un saganaki, que es un queso frito que se sirve caliente, repetimos moussaka y de postre pedimos yogur griego que lo servían con miel. Riquísimo.

Por encima de Monastiraki, al norte, está el bohemio barrio de Psyri. Anteriormente un barrio industrial, hoy día se ha reconvertido en un colorido epicentro moderno de la ciudad, famoso por su vida nocturna. Allí está Little Kook, una cafetería bastante famosa por su decoración exageradamente kitsch. El barrio estaba bastante animado, pero la sensación era que lo estaría mucho más horas más tarde. Decidimos dar una vuelta por las tiendas de souvenirs, para comprar algún recuerdo, y regresar al hotel, ducharnos, descansar algo y salir a cenar tranquilamente.


Finalmente para cenar regresamos a Monastiraki y cenamos en una terraza en una calle ambientadísima. El nombre del restaurante era Thanasis, pero en las servilletas ponía algo así: Μοναστηράκι, Mnaipaktaphe. No entiendo una papa. Sí que recuerdo que Pepi y yo compartimos un plato parecido al gyro que Miguel se pidió la noche anterior, pero servido en un plato. Pedí una cerveza BepΓina Lager (no sé si escribe así, pero no tengo en el teclado todos las letras griegas). Me supo a gloria. Sofía, que estrenó una camiseta que se acababa de comprar, se pidió pastitsio, que es el hermano de la moussaka, igual pero que sustituye la berenjena por macarrones. Terminamos con un helado de camino de regreso al hotel.

No hay comentarios: