Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.
Una vez todos listos, salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos en sentido opuesto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo.
Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de la Plaza Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada pero aún así mantenía su atractivo y, ¿cómo no?, estaba llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos casi en cada esquina.
He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos. El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, y lo que a mí más me interesaba, estaba bañada por el Mar Egeo.
Con sólo escuchar el sugestivo nombre de Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, Troya, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré.
La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que entrar al agua con cuidado porque por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. Tiene lógica pensar que en Atenas tiene que haber pedruscos por todas partes.
Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro lado no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Al salir del agua, me senté en un banco de piedra que había junto a la playa esperando que el sol hiciera su trabajo. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.
Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimientos rellenos, y cosas para probar entre todos, aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.
Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las frescas noches atenienses.
Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro, nos sentamos a descansar y a refrescarnos en la terraza de un bar cerca de la Iglesia de Santa Irene, y sentados allí, por sorpresa, cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado, porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarse un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.
Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida!
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