lunes, 25 de agosto de 2025

Atenas Día 3

Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.

Salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos hacia el otro sentido distinto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo. 

Pasamos junto a la Iglesia de la Santísima Trinidad, también conocida como la Iglesia Rusa. Otra iglesia de estilo bizantino, aunque algo mayor de tamaño que las anteriores, o esa fue mi impresión. Es prácticamente una iglesia reformada en su totalidad. Posee un campanario separado de la iglesia, lo que nos recuerda a Florencia, pero en realidad no tiene nada que ver, más allá de esa particularidad.

La plaza en la que está la iglesia es tranquila y es un sitio perfecto para sentarse en uno de sus bancos y acompañarse de un buen libro y tiempo para disfrutar, aunque teniendo en cuenta que el Jardín Nacional no está lejos de allí, quizás perdería la batalla.

Continuamos hacia la Plaza Syntagma, pues a las 11:00 se celebraba el cambio de guardia completo, con desfile delante del Monumento al Soldado Desconocido y queríamos verlo bien. Es curioso ver la ceremonia, y la forma tan característica que tienen los guardias de moverse con esa vestimenta tan singular: zuecos granates con un pompón negro en la punta, medias blancas, camisa con falda color avellana tostada de pliegues y en sus cabezas un sombrero rojo con una borla negra. Pepi anotó que era una moda matadora. No le faltaba razón.

Como queríamos acercarnos a conocer el Estadio Panathenaicos, lugar donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896, cruzamos el enorme Jardín Nacional desde la Plaza Syntagma.

Caía un sol de justicia. No se podía uno parar un rato bajo el sol del calor que hacía. No picaba, ¡pellizcaba! Nos acercamos a contemplar el marmoleo estadio desde fuera y regresamos hacia la plaza Syntagma. Cruzamos nuevamente el parque, aunque esta vez por delante del Palacio Záppeion y por la acera en sombra seguimos la Avenida hasta la siempre concurrida Plaza Syntagma

Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada y llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos en cada esquina.

Decidimos regresar al apartamento para cambiarnos de ropa y ponernos los bañadores y coger todo lo que nos fuese a hacer falta para ir a la playa, incluidas las chanclas y las toallas que habíamos comprado esa misma mañana en el centro de Atenas, porque nuestra intención era regresar a la Plaza Syntagma donde finalmente compramos los billetes del autobús que nos llevaría a la Playa de la Glyfada, que es a la playa que nos habían recomendado ir.

He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un  poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos.  El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, bañada por el Mar Egeo. 

La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que andar con cuidado porque al entrar por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. 

Con sólo escuchar el sugestivo nombre del Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré. Pasé la tarde entera metido en el agua. Fue muy curioso. Me metí en el agua y no llevaba ni un minuto y noté como si algo me golpeara en el talón. Al principio pensé que sería una piedra llevada por la corriente, o el oleaje, a pesar de que el mar estaba muy calmado, pero a los pocos minutos se volvió a repetir, y prácticamente en el mismo sitio de mi talón. Miguel estaba al lado mía y él no notaba nada, en cambio yo no podía parar de mover los pies, en cuanto paraba notaba como un pinchazo. Supuse que tendría que ser un pez o algo similar. 

Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.

Después de asearnos y arreglarnos salimos a cenar. Esa noche iba a suponer nuestra última noche en Atenas, y también nuestra última cena del viaje, y nuestra última oportunidad de poder contemplar la Acrópolis iluminada. Así que nos dirigimos hacia la calle Adrianou, cerca del Ágora de Atenas, la calle frente por frente a la Biblioteca de Adriano. En esa calle había muchísimos restaurantes con las terrazas orientadas a la colina sagrada, en cuya cima está iluminada la Acrópolis, e incluso puede contemplarse parcialmente el Partenón. Una vista única e inigualable.

Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimiento relleno, y cosas para probar entre todos. aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.

Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las calurosas noches atenienses. 

Aún el día siguiente tendríamos unas cuantas horas por Atenas. Nuestro vuelo salía por la tarde, de manera que aprovechamos la mañana para ir a visitar el Mercado Central de Atenas. Desayunamos estupendamente en una cafetería, Coffee Lab, en una de las esquinas frente al Mercado.  No estaba especialmente bullicioso y estaban separados por pasillos la sección de carne o la de pescado de las verduras o las especias. También había un buen número de locales vendiendo souvenirs para turistas. Alguna cosa compramos.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro,  nos sentamos a descansar en la terraza de un bar cerca de Santa Irene, y por sorpresa cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarte un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.

Llegó la hora de comer, y en una de las plazas que más veces cruzamos durante nuestros días en Atenas, porque estaba desde nuestro apartamento, Karma of Athens, hasta el centro, en la Plaza Filomousou Etaireias decidimos comer. Se anunciaba como Taverna Vyzantino. La plaza es preciosa, y el servicio de los camareros fue campechano y eficaz, y la comida estuvo bien, especialmente la pinta de cerveza Mythos que me bebí. De aperitivo pedimos algo similar a unas croquetas de queso (tyrokroketes) y luego cada uno de nosotros pidió una especie de Gyros, pero servido en platos. No estaba nada mal. De postre queso griego con nueces y miel. ¡Riquísimo!

Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida! Hasta pronto Atenas.


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