Todos los veranos, desde hace ya muchos años, solemos irnos junto con una par de familias amigas a algún pueblo de la sierra de Cádiz, para desconectar del trabajo, del bullicio de los restaurantes masificados, del atasco tras atasco en el tráfico y del calor sofocante. Este año elegimos uno de los pueblos blancos de la Sierra de Cádiz: Setenil de las Bodegas.
No era nuestra primera vez en Setenil de las Bodegas. Pepi y yo ya habíamos estado varias veces cuando ella estuvo destinada en Grazalema como profesora de idiomas. Pero ya hacía bastante tiempo, y nos apetecía.
Aprovechando el tirón turístico de la localidad, muchas de esas cuevas se han convertido en restaurantes, y tiendas de comercio, de tal forma que el centro del pueblo, allí donde el tajo discurría más serpenteantemente, es ahora un entramado turístico popular.
Mis días de Setenil de las Bodegas no tenían doblez, eran repetitivos y simples. Recién iniciadas mis vacaciones, me deshice poco a poco del nerviosismo apresurado de los últimos días de trabajo, en el que la premura de cumplir los plazos estipulados, había ensanchado mis nervios de tal manera que me encontré como si tuviera el pensar algodonado, como si un mínimo raciocinio hubiese pasado a un estado permanente, aunque al fin resultara transitorio, de alelamiento general. A base de refrescar la cabeza en la piscina y de lubricar el gaznate con cerveza fresca, fui recuperando el pulso sosegado y lánguido de mis vacaciones.
Y así, casi como todos los veranos, una vez más, comprobé de primera mano que no existe mejor medicina que comer sano, dormir suficiente y disfrutar de una buena compañía.
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