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lunes, 13 de abril de 2026

Regresar a Cuenca

Hacía tiempo que teníamos previsto una escapada de fin de semana familiar a Cuenca, la ciudad donde nació Rosa, la mujer de mi padre. Fuimos a Cuenca para celebrar su fiesta de ochenta cumpleaños, rodeados de sus siete hijas y su hijo, el menor de todos, el último en llegar. En mi mente distraída y juguetona siempre que lo veo pienso que bien pudo ser el niño más buscado de España. Más buscado que Chencho, el niño perdido en el clásico del cine español, La gran familia.

Iniciamos nuestra escapada en dirección a Cuenca con mi hermano al volante, pues fue él el que condujo durante todo el fin de semana la furgoneta para ocho pasajeros que alquilamos en Fuengirola. Recogimos a Pepi al salir del Instituto y tiramos en dirección a Cuenca. Seis horas de carretera, varias paradas para estirar las piernas, desayunar y almorzar. 

Llegamos a Cuenca a eso de las 17:30 de la tarde. Tiempo justo para instalarnos en el Hotel Torremangana, tomar una cerveza en la terraza mientras recibíamos y conocíamos a algunos familiares de Rosa y seguidamente fuimos a dar una vuelta por la ciudad iluminada por la noche. Subimos dando un largo paseo junto al río Huécar, afluente del Júcar, en busca del Puente de San Pablo, construido en 1902, un puente de hierro y madera sobre el río Huécar, con vistas a las Casas Colgadas y con una caída vertiginosa bajo él. Yo casi ni me acerqué. Fue dar los primeros pasos, ver la luz por entre los listones de madera y escuchar su crujir y empezar a temblarme las piernas. Media vuelta y hasta pronto. Como estaba en el lado correcto del puente,  giramos hacia la Plaza Mayor, frente a la Catedral gótica de Santa María y San Julián e iniciamos el camino de vuelta pero esta vez por los miradores que una parte ofrece hacia el otro lado del tajo. 

Mi padre y Rosa estaban esperándonos en un restaurante del centro, donde ellos se habían quedado, porque mi padre no está para largas caminatas, y también porque Rosa quería recordar viejas historias con sus amigas de juventud. Desde allí ya regresamos al hotel, que el día había comenzado pronto.

A la mañana siguiente, Anita, José, Pepi, Sofía, Miguel y yo nos dispusimos a dar una vuelta turística por la ciudad. Rosa fue a la peluquería y mi padre me temo que esa mañana se leyó el periódico entero. 

Iniciamos nuestro recorrido hacia la Plaza de la Constitución y cruzamos hacia el Monasterio de Madres Benedictinas, cruzamos el Jardincillo de El Salvador, junto a la Iglesia de San Felipe Neri hacia la Plaza del Carmen desde donde ascendimos hasta los pies de Torre de Mangana, desde donde hay un mirador con vistas fabulosas hacia el oeste de la ciudad. A pocos pasos está la Iglesia del Convento de la Merced donde pudimos ver a un par de monjas, con el hábito religioso, de las que ya apenas se ven. Continuamos hacia la Plaza Mayor, esta vez de día, y entramos en la Catedral. Es la segunda vez que entro en la Catedral, porque Pepi y yo la visitamos por el verano de 2003 o 2004 si no recuerdo mal, en un viaje fabuloso e irrepetible que hicimos Pepi y yo por ciudades españolas. Rosa, una vez maqueada de la peluquería, se acercó a acompañarnos por nuestra visita.

Me gustó mucho la Catedral. La fachada Gótica es esplendorosa y muy particular, pero su interior también es sorprendente por la cantidad de detalles de distintas épocas que encuentras. Los techos, las ábsides y las nervaduras de las bóvedas, arrancando desde los pilares hacia arriba. La Antesala Capitular, con un techado renacentista con geometría octogonal, decorado con tonos rosa pastel, verde pálido y detalles celestes con toques dorados, tan típico italiano. El claustro, el coro. Podría pasar un día allí observando su interior.

Al acabar regresamos al puente de San Pablo, esta vez de día. Si queríamos disfrutar de las vistas desde el otro lado del puente, había que cruzarlo. Vi a niños cruzarlo dando brincos. Yo apenas podía despegar los pies del suelo. Mi hermano me sirvió de Lazarillo y dejó que yo le echara el brazo por encima de los hombros y muy despacio, sin salirnos de la imaginaria línea media, equidistante a las barandillas laterales, sin dejar de mirar al frente, lento como una tortuga reumática, conseguí cruzar el puente. Es la tercera vez que lo cruzo. Porque en mi vista anterior lo tuve que cruzar a la ida y a la vuelta. Por suerte, en esta ocasión sólo lo tuve que atravesar una vez. Más que suficiente. Al otro lado, cercano al Parador, estaban las letras de Cuenca, donde ahora viene siendo obligatorio hacerse una foto. Así que lo hicimos.

Había que regresar hacia el hotel, porque había que arreglarnos antes de la fiesta de celebración. Aún de camino pasamos por una especie de mercado medieval que había junto al río, y pudimos ver cómo sazonaban un cerdo completo, que seguidamente iban a meter en el horno. En el río pudimos ver patos de cabeza verde iridiscente con un collar blanco y pico amarillo, ánades reales y también pudimos ver algunas urracas, que no son nada fácil de ver por el sur.

El Restaurante La Ceca, donde se celebraba el cumpleaños estaba a un paseo corto desde el Hotel. Primero con la cerveza de bienvenida y las presentaciones con la amplia familia de Rosa, seguidamente con la comida, donde, entre muchos platos, nos sirvieron como especialidad típica conquense oreja de cerdo con ajo y perejil, crujiente por fuera y tierna por dentro, que no a todos los de mi familia agradó. Hasta el momento de la tarta, que fue muy especial, e incluso disfrutamos de  varias actuaciones musicales de nietos y amigos de la familia de Cuenca. Echamos la tarde y parte de la noche.

Regresamos al hotel, nos pusimos cómodos y decimos bajar, esta vez nosotros cuatro, Sofía, Miguel, Pepi y yo, a ver cómo era eso de comer un cerdo asado cocinado como el medievo. No estuvo mal. Picamos cuatro cosas y regresamos al hotel. El día había sido largo e intenso y al día siguiente no parecía que fuese a ser menos.

Para el último día teníamos previsto visitar el Museo Paleontológico, pero amaneció lloviendo, y nos quedaba un día largo de vuelta en la carretera. Así que tras desayunar decidimos bajar las maletas a la furgoneta y volver a casa. Seiscientos kilómetros por medio. No sé si podremos repetir un viaje así en nuestras vidas, porque cada vez es más complicado unir a tanta gente. Un viaje inolvidable.


sábado, 4 de abril de 2026

Una Semana Santa de Procesiones

La pasada escapada el fin de semana con los niños por pueblos costeros de Cádiz, significó un descanso necesario, una pausa de hidratación a mitad de camino entre las fiestas navideñas y el inicio del verano. Especialmente para mi mujer y los niños, porque ellos regresaron de nuestro tour por Cádiz y aún tenían por delante siete días sin trabajo, o sin universidad en el caso de Sofía o sin instituto en el caso de Miguel. Pero para mí significaba una bocanada de aire fresco, algo más que un respiro, pero al instante tenía que echar a andar, regresar a la rutina, porque el lunes yo estaba otra vez trabajando como un lunes de infantería, aunque con la esperanza puesta en los días festivos de jueves y viernes santo en mi próximo horizonte. Parece una tontería, pero los esperaba con tanta necesidad, como el sediento se acerca al oasis en mitad de una larga travesía por el desierto.

Así que el lunes madrugué, y fui a trabajar, y el resto de la familia se quedó en la cama, recuperándose, a pesar de que el que había estado conduciendo era yo, pero no me desanimó, al contrario, me sentí eufórico con la proximidad de los días de fiesta, tan exultante me sentía ante la perspectiva de una semana de trabajo de tres días, que le propuse a Pepi ir a ver la Semana Santa de Málaga.

Llevo tiempo escuchándola decir, como una queja crónica, que casi no ha ido en su vida a las procesiones malagueñas. Y tiene razón. De niña sus padres no la llevaron, y siendo novios fuimos poco, algo, pero poco.  Lo confieso, no soy nada semanasantero, no siento ese fervor religioso, ese acto de fe incuestionable, es simplemente un hueco que no se he rellenado. Por lo que no soy la persona idónea, ni aconsejable para ir de lazarillo, pero aún así me ofrecí  con mis mejores intenciones a acompañarla a ir a la Semana Santa de Málaga. Creo que nunca en mi vida vi tan nítida la expresión de incredulidad en la cara de Pepi.

Debió de ponerse muy contenta porque pasó gran parte de la mañana preparando arroz con leche. Cuando llegué del trabajo a casa había arroz con leche para alimentar con varias raciones a los todos portadores de los tronos de Málaga y sus familias. Bueno, sí, vale, estoy exagerando, pero créanme que aquello era un pico de glucosa difícil de salvar con solo mirarlo. Por suerte, para nuestra salud y bienestar físico, la mayoría de ellas eran para repartir por la familia. Aunque también es cierto que la Semana Santa todos acabamos con un poco más de atracción gravitatoria a nuestro cargo, sobre todo si tenemos en cuenta que al día siguiente llegó el momento de las torrijas. Aclarando que las torrijas llegaron a casa también a kilos, gracias a la buena mano y el saber hacer de mi Santa -nunca mejor dicho- en la cocina. Los borrachuelos vinieron en menor cantidad desde la panadería o la pastelería.

Tiramos relativamente pronto para Málaga y aparcamos el coche, con muchísima suerte, junto a la biblioteca de Málaga, cerca del Metro Universidad, cuando ya parecía imposible aparcar. Había tal desbarajuste en el aparcamiento, que Pepi pensó que no podríamos salir nunca de aquella madeja de coches. Desde allí tomamos el metro camino del centro. Tuvimos que esperar que pasaran varios metros hasta que finalmente pudimos hacernos sitio en uno. La Semana Santa la comenzamos como sardinas en lata.

Lo primero que alcanzamos a ver, recién llegados por el metro, junto a la Alameda de Málaga, fue la procesión de los Gitanos, que es cuanto menos bastante curiosa. Seguidamente a tres calles de allí contemplamos la Virgen de los Dolores del Puente,  y seguidamente la procesión de El Cautivo que es conocido como El Señor de Málaga, y una de las devociones más populares de Málaga. Casi no se podía uno mover. Tuvimos que dar unos cuantos movimientos estratégicos para llegar a un sitio desde donde tuviéramos una buena panorámica. Parecía que regalara milagros. He visto Málaga muchas veces abarrotada, pero he de decir que me sentí como una playa costasoleña  en agosto a la hora de buscar el sitio donde clavar la sombrilla en la arena. No encontrábamos un metro cuadrado libre donde colocarnos. Había colas para todo. Sólo el hecho de cruzar una calle en Semana Santa es comparable a pasar la ITV, hay que ponerse en cola primero, esperar turno, y rapidito que no hay mucho tiempo.

Eran casi las once de la noche y llevábamos un buen rato dando vueltas por Málaga. Todo el rato de pie. Decidimos parar a picar algo en algún sitio por el centro. Ya era lo suficientemente tarde para que se hubieran vaciado las mesas, pero lo suficientemente temprano para que aceptaran cogernos antes de cerrar la cocina, y como estábamos cerca de la Catedral de Málaga, nos dirigimos a La Cosmo, que siempre hemos querido probar la ensaladilla rusa, que tiene fama y ha ganado premios como una de las mejores de Málaga. Eso hicimos. Probamos la rusa, riquísima, compartimos un plato de  carne, un postre para compartir y continuamos porque aún teníamos la intención de ver la procesión del Cristo de Los Estudiantes, donde hace muchos, muchos años, en mi época de estudiante, yo tenía varios amigos que la procesionaban. Incluso pudimos escuchar el Gaudeamus Igitur.

Eran más de las doce de la noche, bajamos la calle Larios que ya estaba recogida, y fuimos al metro, donde la cola no era kilométrica pero casi. Al menos iba rápida. Ya sólo quedaba deshacer nuestro recorrido hasta casa. 

El Viernes Santo, Miguel, mi hijo pequeño, se apuntó junto a un grupo de amigos a llevar un trono de la Hermandad del Yacente. Así que bajamos a verlo pronto, y también a darle agua de vez en cuando, y alguna golosina que le endulzada el recorrido. Y sobretodo a llevarle los guantes que se le habían olvidado para la salida, y sin olvidar comprarle una buena y reconstituyente hamburguesa al finalizar. Cosas de padres, o más bien de madres. Al menos, en mitad del recorrido, Pepi y yo nos pudimos escapar un rato a unos de mis restaurantes italianos favoritos y cenar en La Pérgola. La lasaña allí es uno de mis platos favoritos. Ni tan mal.


martes, 31 de marzo de 2026

Rota, Chipiona y Sanlúcar

Aunque era sábado despertamos pronto con la intención de aprovechar el día y poder ver muchas cosas, pero antes había que desayunar. A pocos pasos del apartamento, en la Calle Ancha, estaba la churrería El Campana, donde pudimos tomar café, chocolate y churros y lo que nosotros conocemos como churros madrileños. Como tenían de los dos tipos aprovechamos para pedir de los dos. Todo muy rico.

Tras reponer el depósito, decidimos ir a ver el Mercado de Abastos. Ya he confesado en este blog que soy un gran aficionado a visitar los mercados, especialmente en las ciudades costeras. De camino, en la Plaza de San Roque, donde está la Biblioteca Municipal, estaba el Templo de Nuestra Señora de los Desamparados; estaba abierto, pues estaban terminando de preparar las imágenes antes de su procesión de Semana Santa. En el interior el olor a flores era denso e intenso. Ante mis ojos, hasta el último pormenor estaba espléndidamente preparado. El fervor religioso por las imágenes lleva a la obsesión detallista.

Subimos por la calle Trascuesta, junto al Mercado de Abastos, entre cafeterías, fruterías y despachos de vinos, puedes encontrar puestos vendiendo sacos de caracoles o cabrillas para cocinar en salsa, así como cubetas de corcho con camarones dando sus últimos brincos. Se puede decir que más que producto fresquísimo vendían producto vivísimo. 

Una vez en el interior del mercado descubres que lo que nosotros llamamos alcachofas allí son alcauciles. Que la ternera es retinta, el cerco ibérico y la moda es el queso payoyo, que se sirve fresco, curado, al pimentón, al romero y de mil formas más, pero lo que de verdad más llama la atención en el mercado son los famosos langostinos de Sanlúcar, que tienen una textura más tersa y un sabor intenso a mar. Visualmente son inconfundibles, con sus largos bigotes, su franjas atigradas y su característica cola azul tornasolada. Los que saben dicen que se ven a una legua. Yo la verdad no lo veo tan claro. Vimos cabezas de peces espadas, vimos una urta enorme pescada al anzuelo, posiblemente la más grande que he visto en mi vida, al menos que yo recuerde. 

Tras la distraída visita al mercado continuamos por la pronunciada Cuesta de Belén donde al inicio están ubicadas Las Covachas, un histórico resto gótico de lo que fue una lonja de mercaderes del siglo XV. Las Covachas eran tiendas donde se vendían comestibles, legumbres, vinos... Me gusta evocar que allí se abastecían, en última instancia, los barcos que llegaban por el Guadalquivir con la intención de cruzar un inmenso océano, aún sin nombre, camino del sueño del Nuevo Mundo.

Seguimos junto a la Parroquia de Santa María de la O, a la que no accedimos porque solicitaban pagar para acceder a ella y nos pareció un precio inadecuado, y tampoco nos queríamos entretener mucho. De manera que contemplamos el reloj de sol de su fachada y proseguimos hacia la Plaza de la Paz, giramos por la calle Cárcel, hasta el Castillo de Santiago del siglo XV, hoy día museo militar y museo del traje.

Justo al lado del Castillo están situadas las Bodegas Barbadillo, casa fundada en 1821. Probablemente el vino blanco que más consumimos en casa. Entramos para echar un rápido vistazo. Tenían programadas visitas guiadas, pero los horarios no nos vinieron bien. Aún así, la visita al museo estuvo interesante. Al salir decidimos descender una larga escalinata camino de vuelta al centro. Junto al Mirador del Castillo, hay una plaza con un lateral abalconado desde la que se tiene una estupenda vista panorámica de Sanlúcar. Descansamos unos minutos en unos bancos en sombra de la plaza y a continuación fuimos al apartamento a soltar un poco de queso payoyo que habíamos comprado en el mercado. 

Nuestra primera visita era Rota, apenas a 30 minutos en coche desde Sanlúcar, por una autovía que rodea casi al completo la Base Naval Americana de Rota. Aparcamos el coche en el Puerto y comenzamos nuestra visita a la localidad frente al faro, por el paseo marítimo, con la Playa de la Costilla a nuestra izquierda. Nos detuvimos a contemplar la estatua de la Libertad, en el que una mujer se libera de sus cadenas dejando al descubierto un pecho mientras el viento ondea su pelo y pone un pie en una barca llamada Libertad. Curiosa.

Giramos por el Arco de la Tintilla, una entrada por la muralla desde el paseo hacia los callejones empedrados del centro de Rota. Ascendimos hasta la Plaza de Bartolomé Pérez, destacado marinero roteño que participó en los dos primeros viajes de Cristóbal Colón hacia el Nuevo Mundo, y que no fue un simple tripulante, sino que realizó labores de cosmógrafo, midiendo y describiendo la nueva geografía, pero también sus conocimientos sirvieron para comprender la posición de las estrellas y facilitó el itinerario y la navegación de aquel viaje iniciático.

En la Plaza está la Parroquia de Nuestra Señora de la O y el Castillo de Luna, actual Palacio Municipal. Entramos a visitar los dos edificios. Los dos muy especiales. Las bóvedas góticas de la Parroquia, de arquitectura renacentista del siglo XVI, son realmente bellas. El Castillo de Luna con un exterior de fortaleza no señala el interior palaciego, con arcos de medio punto, capiteles góticos con frescos de la cultura musulmana.

Rodeamos el Castillo y nos dirigimos hacia la Plaza de España, que estaba en obras, y estaba muy afeada. Continuamos hacia el Mercado de La Merced, pero al ser sábado ya estaba todo cerrado. Llegamos a la Plaza Mirador de las Alemanas, con una balaustrada sobre la muralla, con vistas al puerto, donde pudimos divisar amarrados los buques de guerra americanos.

Cogimos el coche y nos dirigimos a nuestra siguiente parada: Chipiona, que está a unos escasos 20 km. En menos de media hora estábamos aparcados cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de la O de Chipiona, desde donde bajamos hacia la Playa Cruz del Mar. Me resultó curioso ver Los Corrales de pesca. La herencia cultural romana o árabe sigue muy presente.

Rodeamos el Castillo de Chipiona, que estaba bastante mal conservado, y daba la impresión de abandono, y continuamos por la línea de costa donde fuimos encontrándonos con miradores y balcones dedicados a poetas, plazas en primera línea acantilada de costa. El sol comenzaba a apretar y las calles fueron vaciándose. El faro de Chipiona se erguía orgulloso en un saliente de costa, donde comienza un largo tramo de costa de playa que no tiene nada que envidiar a otras playas con más nombre.

La Costa de la Luz en ese medio día de marzo exhibía una temperatura plenamente veraniega. Pepi tenía interés por ver el Santuario de Nuestra Señora de Regla, una iglesia gótica junto al mar. El paseo era largo, pero nos acercamos a contemplarlo. Es curioso y hasta anormal contemplar una arquitectura gótica con un fondo marino. 

Tras una caminata de vuelta al centro, llegamos a un restaurante que yo había visto recomendado por Internet, Kilómetro Cero. Pedimos de entrada un plato de queso curado -Sofía siempre está contenta si pedimos queso de entrada- que estaba riquísimo. Pedimos también una ensaladilla rusa de pulpo y gambas en tempura que estaba simplemente espectacular. De las mejores que me he tomado en mi vida. Riquísima. Una hamburguesa de buey con queso cheddar y cebolla caramelizada. Pedimos la cuenta y nos acercamos a una vermutería - abacería que presumía de tener las mejores tapas. Gastrotasca Sin Bulli donde pedí una recomendación de la carta, que era una tosta de lomo de atún y aguacate. Deliciosa.

Lo siguiente que hicimos fue ir a tomar un helado. Bajamos al paseo marítimo y en una heladería artesana cayeron los helados, aunque yo me decidí por un café, que me iba a tocar conducir de vuelta a Sanlúcar. Fuimos de camino al coche y nos detuvimos frente la casa natal de Rocío Jurado y seguidamente quisimos ver el monumento de la ciudad a su vecina más ilustre. El monumento está en una rotonda. No me pareció que la escultura se ajustara a la realidad, la verdad. El parecido era una casualidad. Al menos antes de llegar a la rotonda, en un seto de un jardín mantenían recortado su nombre, que me pareció más acertado que la escultura del monumento. 

Para terminar de visitar Chipiona nos acercamos al Cementerio Municipal para ver el Mausoleo de Rocío Jurado. La escultura allí era mucho más veraz a la de la rotonda. Pepi recordó que su madre, bastante aficionada de Rocío Jurado, había estado allí, y la entristeció el recuerdo. Cogimos el coche y mientras algunos jóvenes se daban una buena siesta, yo conduje hasta Sanlúcar. En apenas media hora estábamos en el apartamento, donde estuvimos un rato retozando, leyendo y básicamente descansando.

Bajamos de nuevo a pie a la playa de Sanlúcar, queríamos volver a contemplar su maravilloso atardecer. Al día siguiente no íbamos a poder, y había que aprovechar. Nunca se sabe cuándo es la siguiente vez. Después de las cien fotos de rigor jugueteando con el astro que ilumina nuestros días, regresamos a la Plaza del Cabildo y en La Gitana nos tomamos unas cuantas tapas entre las que no faltaron unas papas aliñás, unos langostinos sanluqueños y las tortillitas de camarones.

Escuchamos tambores procesionales y decidimos acercarnos a ver pasar la procesión por la Calle Ancha, junto a la calle Capillita, y cuando la procesión pasó regresamos a la Plaza del Cabildo para tomar asiento en la terraza de Barbiana, otro bar de la plaza, y allí pedimos algunas raciones para terminar de cenar. A mí se me habían antojado comer unos mejillones que vi que tenían una pinta estupenda. No estuvieron nada mal. Para terminar de despedir el día en condiciones disfrutamos de unos helados en Helados Toni. Riquísimos. Al terminar nos fuimos despidiendo de la Plaza del Cabildo y también de Sanlúcar.


domingo, 22 de marzo de 2026

Un bebé perezoso y tímido

En cuanto supe que había nacido una cría de perezoso de dos dedos en el Bioparc de Fuengirola quise ir a visitarla, pero finalmente tuve que ir retrasando la visita por una razón u otra, hasta que ya bien entrado en marzo pude ir. Primero visité a Ernie -la cría gorila que nació recientemente-  que aunque se notaba que había crecido aún seguía siendo un bebé precioso.Pero lo más fascinante es la manera que tiene la madre de tratarlo, es exactamente igual que cualquier madre cuida a su bebé. El instinto maternal es algo tan natural como el masticar.

Contemplé a las tortugas gigantes de las Galápagos, que estaban comiendo y más activas de lo habitual. No sé qué edad aproximada tienen, pero algunas suelen llegar a los 150 años. Las que hay en el Bioparc son bastante grandes, así que imagino que tienen buena edad. A ver si algún día lo pregunto a alguno de los cuidadores.

Los Dragones de Komodo también estaban muy activos. Igual estaban esperando que les pusieran la comida. No los he visto nunca alimentarse, pero bueno, como son el lagarto más grande del mundo supongo que son de buen comer.

El leopardo de Sri Lanka en cambio estaba retozón, no movía un párpado, parecía que estaba en los más dulces de los sueños. ¡Qué animal tan bonito!

Después de pasar a contemplar a los Axolotes, a Doris y a Nemos, me acerqué a ver a las nutrias gigantes, que siempre son muy escurridizas, y que poco a poco parece que por fin se van separando de sus crías. Y ya fui a buscar a la cría de perezoso.

No hubo manera de poder verla. Me dijo la cuidadora que desde que tiene la cría baja menos de la copa de los árboles y que es difícil verla de lejos. También me contó que aunque la viéramos, la cría está tan aferrada a la madre, y tiene tantos pelos que es complicado distinguirla aún estando cerca. Que más que perezoso se podría decir que es tímido.

Como pasé un buen rato en el aviario, esperando a ver si podía ver a la madre y a la cría, pude ver muchas curiosidades. Pude ver al padre, que disfrutaba de una reconfortante siesta, y también a una bonita pareja de Socayos Rojos, también conocidos como titís cobrizos. Según contó la cuidadora son altamente sociables, y lo que yo creí que eran una pareja de enamorados, nos informó que eran un padre y su hijo. Me encantó ver cómo se enredaban la cola.

domingo, 15 de febrero de 2026

Menú en el Restaurante Matiz

Recibimos una invitación de parte de Pepe y Mamen para disfrutar de un menú degustación en el Restaurante Matiz, en Málaga. Uno de esos restaurantes que ofrecen menús que son casi creaciones artísticas. Me apetecía mucho la experiencia de un menú degustación, y así probar nuevos sabores, o debería decir, más bien, nuevas mezcla de sabores. La alta cocina, la nueva cocina, o la cocina creativa actual mantiene varias tendencias por donde creo que está creciendo en expectativas.

Uno de los puntos más importantes -para mí el que más- es el producto. Se busca una materia prima de primera calidad, y para ello, como parece lógico, se presta especial atención en aprovechar la materia prima de calidad cercana, aquella que tienes a mano y que es más fácil de llevar a la cocina, y por consiguiente de presentar en la mesa, de una manera más controlada, más fresca y también más barata. ya que la cercanía simplifica la logística de la distribución y el transporte.

Además, también se busca la exclusividad con productos con denominación de origen. Ya no es solo la utilización de un Aceite de Oliva Virgen Extra, también se busca la diferenciación mediante, por ejemplo, aceites exclusivos de olivos centenarios de la Finca Tal o Cual. Lo que supone un salto distintivo.

En este menú que probamos pudimos observar, por ejemplo, que servían boquerones victorianos o quisquillas de La Caleta de Vélez, o la manteca colorá, que son de un particularidad local. Además la apuesta por el producto nacional de calidad también es una garantía segura (atún rojo, solomillo de ternera...).

Y para diferenciar los platos, creo yo, se suele buscar también el producto exótico, aquel que no encontramos fácilmente en el mercado, ni que preparemos de manera habitual en casa. De esta forma, la experiencia gastronómica tiene un matiz especial. Tomar polenta tostada al parmesano, hoja de shiso o trufa blanca. No es comida de diario. 

Así un plato de Vieira con salsa fresca de mango de La Axarquía y crujiente de papada ibérica lo tenía todo para ser un plato delicioso y casi exclusivo. Como así fue. 

Aparte de todo lo anterior, otra apuesta de la nueva cocina son las formas de preparación, el juego de la cocina, la marca personal del cocinero. Se busca la originalidad en el uso de los conocimientos gastronómicos. No es suficiente disponer una guarnición, hay que procurar ser jugones (por aplicar un término futbolístico) a la hora de combinar y de preparar los platos. Disponer verduras encurtidas, polvo de boletus o emulsión de trufa, son detalles que evidencian la disposición creativa en la cocina, y que sirven para apreciar el enfoque de la cocina de autor, su capacidad de investigación, su imaginación y diría casi que su espíritu aventurero.

El bocado de Milhoja de pasta brick, foie micuit, manzana verde, anguila y polvo de boletus es sencillamente un regalo de la vida.

Otro de los puntos fuertes de esta cocina es la presentación, o emplatado. Todos estamos ya acostumbrados a ver fotografías de platos que entran por el ojo con sólo mirarlos, en ocasiones antes de tener conocimiento de lo que es. Es un arte la presentación de los platos. Y como expresión artística, hay para todos los gustos. Guste más o menos, la voluntad y el esfuerzo, así como el conocimiento, a la hora de emplatar se nota y mucho al primer golpe de vista.

Si todo lo anterior va complementado con un servicio impecable, un sitio agradable y un maridaje acertado, la experiencia global es un premio para los sentidos. 

Evidentemente todo esto tiene un precio, y por muy ajustado que esté, no siempre podemos permitirnos el gasto. El precio me pareció comprensible, pues la calidad siempre hay que pagarla. A mí me encantó.

¡A ver si recibo otra invitación!


domingo, 1 de febrero de 2026

Mejor no decirlo

Cuando publicaron todas las obras de teatro que se representarían en Málaga, la que más atraía a Pepi era la comedia Mejor no decirlo, interpretada por la malagueña María Barranco e Imanol Arias, actores más que reconocidos en la gran y pequeña pantalla. Dirigida por Claudio Tolcachir y escrita por Salomé Lelouch.

Exactamente igual que Pepi debió pensar media Málaga, porque en apenas unos días colgaron el cartel de todo vendido. Por suerte pude hacerme con un par de entradas en platea, en uno de los balcones junto al patio de butacas, que no estuvieron mal, pero sigo pensando que me gusta más el patio de butacas. No sólo es que son más céntricas, sino que también son más cómodas.

La obra estuvo bien. Divertida. Tuvo algunos puntos cómicos que me arrancaron una carcajada, pero me dio la sensación de estar viendo un conjunto de sketches, no una historia lineal sobre un matrimonio. ¿Me lo pasé bien? Pues sí. ¿Estuvo bien interpretada? Pues también. ¿Qué falló entonces? Pues no sabría decir si el guión, la dirección o la adaptación. Pero mi impresión es que fue algo que estuvo bien, pero que como concepto general no fue un gran acierto. Percepciones personales, supongo. Además, otra apunte recurrente últimamente es que las obras a veces son cortas. Sobrepasó en poco la hora de representación. Algo justo, creo yo. No es necesario que una obra dure tres horas, ni siquiera dos, pero apenas una hora luce poco.

Con esta obra dimos por cerrado nuestra asistencia a la primera parte del festival de teatro del Teatro Cervantes. No ha estado nada mal. Ni más ni menos que a cinco obras de teatro en un mes. Como era sábado y Pepi yo fuimos solos al teatro, y la noche era estupenda, decidimos ir a picar algo. Y fuimos a La Gloria, una taberna al inicio de Calle Beatas, que tiene la curiosidad de que mantiene un trozo del antiguo muro de Málaga, fechado entre el siglo XII - XV. No todos los días se cena junto a un muro de tanta historia.


martes, 27 de enero de 2026

André Rieu en el Martín Carpena

Había escuchado que el director de orquesta nacido en Maastricht, André Rieu, venía con su Johann Strauss Orkest al Martín Carpena de Málaga a ofrecer un par de conciertos. Se lo dije a mi hermano porque él fue el que me había hablado del director neerlandés. Me dijo que lo había visto ya en un par de ocasiones y que aunque le gustaba mucho, en esta ocasión no iba a asistir. Por curiosidad consulté los precios, y ahí acabó toda mi curiosidad. Pasó el tiempo y como regalo de Reyes, Mamen y Pepe nos regalaron a Pepi y a mí dos entradas para ir junto con ellos a ver el concierto del lunes. Oye, me hizo ilusión.

Ocho mil butacas de aforo y los precios no eran nada baratos. Lleno absoluto. Definir el espectáculo es complicado. Por un lado es un triunfo del marketing, porque que la gente pague una buena cantidad de dinero para escuchar un concierto de música clásica, en los tiempos que corren, me parece algo sorprendente.

Pero claro, hay trampa, no es "sólo" un concierto de música clásica. Para empezar viene acompañado de una pantalla enorme que cubre todo el escenario en su parte posterior, y la usan muy bien, todo hay que decirlo, para ambientar visualmente cada tema de una forma distinta, con unas visuales de gran calidad y apropiadas. Durante la representación hay canciones como Delilah de Tom Jones, o la Marcha Radetzky, donde el director  pide que el público se anime a tocar las palmas al ritmo de Strauss.

El espectáculo es una celebración a la altura de Disney, donde las intérpretes iban vestidas con vestidos de princesas de enorme colorido, mucha peluquería y sobre todo mucho, mucho humor en la actuación, a veces, incluso, creo que le quita protagonismo a la música. A veces creo que el papel divertido y jovial del concierto rebaja la calidad de su música, pero esto es una percepción personal.

Si a todo esto le sumamos que al final de fiesta se unieron Los del Río, para interpretar la Bamba y La Macarena, ya entienden que es más un show de espectáculo alrededor de un acontecimiento musical que un concierto propiamente dicho. Eso sí, fue largo y se fue casi a las tres horas. Hubo incluso confeti de fin de fiesta. El público -creo- se fue contentísimo en general, pero a mí me pareció un pastiche clásico con hechuras recaudatorias. Es una experiencia de la que estoy contento, porque ya lo he visto, y de hecho me dejé llevar y toqué las palmas, e incluso meneé el cucú como buen hijo de vecino, lo que haga falta por la diversión, pero si esperan que afloje de mi bolsillo para volver a verlo, espérenme mejor sentados.


viernes, 16 de enero de 2026

Blaubeeren

El Teatro Cervantes había programado para un lunes una obra de teatro con un título de origen germánico: Blaubeeren (Arándanos). Curioseamos mi mujer y yo sobre la sinopsis y nos atrajo: Un álbum de fotos de la Segunda Guerra Mundial había sido encontrado y puesto a disposición del Museo del Holocausto de los Estados Unidos. Las imágenes muestran el día a día del campo de concentración de Auschwitz. Ese álbum de fotos revelará nuevas sorpresas para las familias de los descendientes de los oficiales que administraban unos de los campos de concentración de más desgraciado y trágico pasado. 

Habíamos dejado en el aire la posibilidad de ir hasta el último momento, siempre prudentes por los inconvenientes que pueden surgir, aunque, en esta ocasión, pudimos escaparnos a verla. La idea era hacer algo rápido. Ir y volver, picar algo si se diera el caso tras la obra, pero Miguel, nuestro hijo, que tenía el día despejado decidió que quería acompañarnos. Sofía no pudo. Así que los tres nos plantamos en Málaga un lunes de enero.

Es una obra de Moisés Kaufman y Amanda Gronich. Adaptada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, con la participación de Clara Alvarado, Víctor Clavijo, Eric de Loizaga, Nacho López, Irene Maquieira, Javier Tolosa, María Pascual y Paloma Porcel. Ninguno de ellos era conocido para mí, aunque no es de extrañar porque soy bastante vago con los nombres de las personas, quizás más fácilmente me quedo con las caras.

Fue una obra con una adaptación moderna, actual, que se me hizo muy amena. Proyecciones de las fotografías sobre grandes paneles del atrezzo de la obra. Música en directo acompañando melódicamente algunos de los momentos más trascendentes de la obra. Fue una especie de teatralización de un documental, que perseguía despertar la sensibilidad de algo tan devastador y atroz como lo ocurrido. Algo tan increíble que parece irreal.

Nos gustó a los tres. Recomendamos verla.


lunes, 25 de agosto de 2025

Atenas Día 3

Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.

Una vez todos listos, salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos en sentido opuesto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo. 

Pasamos junto a la Iglesia de la Santísima Trinidad, también conocida como la Iglesia Rusa. Otra iglesia de estilo bizantino, aunque algo mayor de tamaño que las anteriores, o esa fue mi impresión. Es prácticamente una iglesia reformada en su totalidad. Posee un campanario separado de la iglesia, lo que nos recuerda a Florencia, pero en realidad no tiene nada que ver, más allá de esa particularidad.

La plaza en la que está la iglesia es tranquila y es un sitio perfecto para sentarse en uno de sus bancos y acompañarse de un buen libro y tiempo para disfrutar, aunque teniendo en cuenta que el Jardín Nacional no está lejos de allí, quizás perdería esa batalla por dar cobijo a un lector.

Continuamos hacia la Plaza Syntagma, pues a las 11:00 se celebra cada día el cambio de guardia, con desfile justo delante del Monumento al Soldado Desconocido y queríamos verlo bien. Antes llegas, mejor sitio coges. Es una ceremonia curiosa, y la forma tan característica y llamativa que tienen los guardias de moverse con esa vestimenta tan singular: zuecos granates con un pompón negro en la punta, medias blancas, camisa con falda de pliegues de color avellana tostada y en sus cabezas un sombrero rojo con una borla negra. Pepi anotó con gracia que era una moda matadora. No le faltaba razón.

Como queríamos acercarnos a conocer el Estadio Panathenaicos, lugar donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896, cruzamos el enorme Jardín Nacional desde la Plaza Syntagma.

Caía un sol de justicia. No se podía uno parar un rato bajo el sol del calor que hacía. El sol no picaba, ¡pellizcaba! Nos acercamos a contemplar el marmoleo estadio desde fuera y regresamos hacia la plaza Syntagma. Cruzamos nuevamente el parque, aunque esta vez por delante del Palacio Záppeion y por la acera en sombra seguimos la Avenida hasta la siempre concurrida Plaza Syntagma

Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de la Plaza Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada pero aún así mantenía su atractivo y, ¿cómo no?, estaba llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos casi en cada esquina.

Decidimos regresar al apartamento para ponernos ropa de baño y coger todo lo que nos fuese a hacer falta para ir a la playa, incluidas las chanclas y las toallas que habíamos comprado esa misma mañana en el centro de Atenas, porque nuestra intención era regresar a la Plaza Syntagma donde teníamos que comprar los billetes y coger el autobús que nos llevaría a la Playa de la Glyfada, que es a la playa que nos habían recomendado ir.

He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un  poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos.  El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, y lo que a mí más me interesaba, estaba bañada por el Mar Egeo. 

Con sólo escuchar el sugestivo nombre de Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, Troya, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré. 

La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que entrar al agua con cuidado porque por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. Tiene lógica pensar que en Atenas tiene que haber pedruscos por todas partes.

Pasé la tarde entera metido en el agua. Me ocurrió algo muy curioso. Me metí en el agua y no llevaba ni un minuto y noté como si algo me golpeara en el talón. Al principio pensé que sería una piedra o una concha llevada por la corriente, o el oleaje, a pesar de que el mar estaba muy calmado, pero a los pocos minutos se volvió a repetir, y prácticamente en el mismo sitio de mi talón. Miguel estaba al lado mía y él no notaba nada, en cambio yo en cuanto bajaba los pies notaba como un pinchazo. Supuse que tendría que ser un pez o algo similar, pero por más que miraba no veía nada.

Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro lado no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Al salir del agua, me senté en un banco de piedra que había junto a la playa esperando que el sol hiciera su trabajo. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.

Después de asearnos y arreglarnos salimos a cenar. Esa noche iba a suponer nuestra última noche en Atenas, y también nuestra última cena del viaje, y nuestra última oportunidad de poder contemplar la Acrópolis iluminada. Así que nos dirigimos hacia la calle Adrianou, cerca del Ágora de Atenas, la calle frente por frente a la Biblioteca de Adriano. En esa calle había muchísimos restaurantes con las terrazas orientadas a la colina sagrada, en cuya cima está iluminada la Acrópolis, e incluso puede contemplarse, si tienes buena vista, parcialmente el Partenón. Una visión única e inigualable.

Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimientos rellenos, y cosas para probar entre todos, aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.

Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las frescas noches atenienses. 

Aún el día siguiente tendríamos unas cuantas horas por Atenas antes de acudir al aeropuerto. Nuestro vuelo salía por la tarde, de manera que aprovechamos la mañana para ir a visitar el Mercado Central de Atenas. Desayunamos estupendamente en una cafetería, Coffee Lab, en una de las esquinas frente al Mercado.  No estaba especialmente bullicioso y me llamó la atención que estaban separados por pasillos la sección de carne o la de pescado, de las verduras o las especias. También había un buen número de locales vendiendo souvenirs para turistas. Algún recuerdo compramos.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro,  nos sentamos a descansar y a refrescarnos en la terraza de un bar cerca de la Iglesia de Santa Irene, y sentados allí, por sorpresa, cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado, porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarse un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.

Llegó la hora de comer, y en una de las plazas que más veces cruzamos durante nuestros días en Atenas, porque estaba entre nuestro apartamento, Karma of Athens, y el centro, en la Plaza Filomousou Etaireias decidimos sentarnos en un restaurante que se anunciaba como Taverna Vyzantino.

La plaza es preciosa, y el servicio de los camareros fue campechano y eficaz, y la comida estuvo bien, especialmente la pinta de cerveza Mythos que me bebí. De aperitivo pedimos algo similar a unas croquetas de queso (tyrokroketes) y luego cada uno de nosotros pidió una especie de Gyros, pero servido en platos. No estaba nada mal. De postre queso griego con nueces y miel. ¡Riquísimo!

Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida! 

viernes, 22 de agosto de 2025

Budapest Día 3

Llegó nuestro tercer día en Budapest y aunque había muchas cosas que habíamos visto, aún nos faltaban algunas de las que más ganas teníamos de ver. Una de ellas era visitar el interior del Parlamento. La mayoría de las entradas se venden por Internet, pero no lo habíamos hecho porque no teníamos muy claro en qué momento introducir la visita en nuestro viaje y además tuve dudas en la web de si los niños pagaban, de podíamos usar una especie de bono por familia que por la web no fui capaz de validar. 

Así que sin desayunar ni perezas adicionales, nos fuimos bien pronto para el Parlamento y nos dispusimos en cola para adquirir entradas. Hubo algo de nervios porque el número de entradas era limitado y había más gente de la esperada. Pienses lo que pienses hacer siempre hay alguien que piensa hacer igual que tú. Finalmente conseguimos entradas pero para la tarde, que es cuando mejor nos cuadraba. Porque las entradas van con horario de visita. 

Para desayunar nos decidimos por comprar unas cuantas cosas en un Spar muy cerca del Parlamento. Así desayunamos en un banco sentados con vistas al Parlamento. No todos los días se puede desayunar con esas vistas. Tras dejar todo tal y como lo encontramos, sin dejar un sólo mínimo papel por el suelo, nos dirigimos hacia la Plaza de la Libertad, y nos acercamos a ver con más detenimiento algunas de las esculturas que vimos el primer día con algo de distancia y rapidez. 

Continuamos pasando junto a la Ópera, pero desde la parte de atrás hacia delante, pues siempre la habíamos visto desde Andrássy. Bajamos un segundo para ver la estación y cruzamos en dirección al barrio judío donde nos habían dicho que era el mejor sitio para cambiar euros por moneda local. No era algo que necesitáramos pero me gusta ver los billetes de cada lugar. Es algo curioso y sirve para integrarte más en el día a día local. Tonterías mías. 

Nuestra siguiente parada era en la avenida Erzsébet, situado en la planta baja del hotel Anantara New York Palace. El New York Café es considerado por muchos la cafetería más bonita del mundo. No seré yo el que diga lo contrario. Hicimos cola para entrar, tampoco demasiada. Tengo asumido que es el precio que hay que pagar por viajar en agosto a sitios turísticos. El interior era majestuoso, esmeradamente aristocrático y señorial. Un lugar distinguido sin duda. Columnas salomónicas de mármol, doradas y brillantes lámparas de araña, altísimos techos con frescos de estilo renacentista. Había incluso un grupo de música tocando en directo. Un violinista, un pianista, un clarinetista e incluso un xilofonista cuando estuvimos nosotros. Los camareros claro está, con pajarita. Un sitio donde el lujo es plato diario. Apenas tomamos una bebida cada uno y se nos fue la cuenta a más de cuarenta euros.  Mi cerveza Staropramen checa costó unos ocho euros y fue lo más barato de la cuenta. El sitio es verdaderamente bello. Pagas la multa para poder decir que has estado, pero a esos precios volver es complicado. Las cámaras fotográficas echaban humo allí dentro.

Decidimos que quizás era buena idea caminar por Erzsébet hacia el río Danubio, pasando por la estación de ferrocarril y así cruzar el Puente Margarita, puente del siglo XIX que conecta la ciudad con la Isla Margarita. Así lo hicimos. Por el camino nos encontramos con la escultura dedicada al inspector Colombo y su sabueso. Curiosa.

La isla Margarita es un lugar de sosiego dentro de la ciudad, no hay tráfico, salvo coches de servicio público y son todos eléctricos, reduciendo así los ruidos. Se puede pasear en bicicleta por allí -había puestos de alquiler de bicis- pero sobre todo lo que se viene a hacer allí es pasear y descansar. Nos sentamos en un banco frente a una enorme fuente que lanzaba chorros al ritmo de la música. Fue una interesante forma de de distraerse durante el descanso. Había mucha gente descansando con los pies puestos dentro de la fuente. Si hubiéramos dispuesto de más tiempo nos hubiera encantado pasear por la isla que es casi como un bosque, casi como un jardín botánico, pero en los viajes, el tiempo suele escasear. 

En este parque volvimos a encontrarnos con nuestras amigas las cornejas cenicientas, que les quitaban el pan, nunca mejor dicho, a las palomas. Y también con unos jardines que me recordaron a los que encontré en Braga (Portugal), con unas flores que luego descubrí que se llaman Celosía plumosa, también conocida como cresta de gallo o plumerillo, de color rojo muy intenso. Es una flor de penacho que aflora entre julio y octubre. Un placer encontrarme con ellas.

En la isla cogimos un taxi que nos llevó hasta el interior del Castillo de Buda, frente al imponente edificio del los Archivos Nacionales de Hungría, cerca de un Bistro de comida húngara al que yo le había echado un ojo al menú: 21 Magyar Vendégló, en la calle Fortuna. Pedimos para picotear porque teníamos algo de prisa. La tabla  de distintos embutidos me gustó mucho. El gulash estuvo bien, pero no terminó de ganarme. El risotto de cerdo para chuparse los dedos.

Salimos en dirección hacia El Bastión de los Pescadores, que si bien el día anterior lo habíamos visitado, no pudimos detenernos todo lo que quisimos. Las vistas fabulosas. Entramos -ahora sí- a visitar la Iglesia de San Matías. A Pepi y a Sofía les apremiaron a ponerse una especie tela de fieltro para que se taparan los hombros descubiertos para acceder al interior de la Iglesia. Miguel y yo nos divertimos anotándoles que no iban cristianamente adecentadas.

Es una iglesia realmente bella, con un interior casi tan bello como el exterior. De estilo gótico de arcos apuntados, vidrieras estilizadas con detalles geométricos y floridos, pero también con algún detalle barroco. Aquí se coronan los reyes húngaros.

Abandonamos el Castillo bajando por la escalinata que es algo así como salir de un cuento de hadas. Decidimos ir bajando perdiéndonos por las plazas y las fuentes que Buda esconde en la ladera del castillo. En la Plaza Corvin, frente al Museo de las Artes Populares Húngaras, está la estupenda fuente escultural con la figura de un cazador magiar que está bebiendo de un cuerno. Descansamos unos minutos para seguidamente comprarnos un helado de yogur antes de cruzar nuevamente el  Széchenyi Lánchíd (Puente de las Cadenas), que por alguna razón que desconocíamos, estaba cortado al tráfico y pudimos cruzar a pie por el asfalto.

En media hora teníamos cita para visitar el interior del Parlamento. Así que buscamos una calle con una acera en sombra por la que caminar y hacia allí que nos dirigimos. El Parlamento es espectacular por fuera, pero no lo es menos por dentro. Es enorme, inmenso, colosal. Con unas escalinatas inmensas con alfombras rojas y una decoración de joyero gótico. Es un edificio, según nos explicaron, en uso hoy día, donde se reúnen los diputados del parlamento húngaro. Pudimos contemplar la Santa Corona de Hungría. El edificio me impresionó, la corona no tanto. Me sorprendió ver una especie de cenicero de latón dorado especial para los puros, algo así como un reposa-puros o guarda-puros, pues al parecer las sesiones eran muy largas y los diputados eran muy aficionados a los habanos. Si se hartaban de escuchar la oratoria, salían a continuar fumando sus habanos. Había una numeración en cada hueco, para que no hubiera forma de equivocarse. Muy curioso.

Me hizo gracia al comprobar que la escultura ecuestre de Ferenc Rákóczi II -héroe nacional, líder de la guerra de independencia húngara contra el dominio de los Habsburgo-, colocada en el jardín algo escorado, frente a la fachada del parlamento, había usado la cola del caballo, alargándola, hasta tocar el suelo, como tercer apoyo de la escultura, pues el caballo mantiene en una cabriola las manos delanteras elevadas. 

Tocaba ir acercándonos al hotel, poco a poco. Terminar de ir dando un último vistazo a la ciudad. Camino a la plaza de la Basílica tropezamos con la estatua del Policía Barrigón, que como tenía una cara simpática nos detuvimos a hacernos una foto con él. Nos acercamos por Erzsébet Park, dijimos hasta luego a la noria, y a la fuente que representa a Danubio, según la antigua Grecia, una divinidad. Budapest había agotado nuestras energías. 

Yo quería haber visitado el Museo Nacional Húngaro, pero los horarios con cierre temprano de los museos me impiden hacer todo lo que quiero. Una pena. Así es la vida. Había que llegar al hotel y preparar las maletas porque a la mañana siguiente bien temprano teníamos que tirar para el aeropuerto.

Siempre que dejo una ciudad, me invade una nostalgia de algo por venir. ¿volveré a pasar por tus calles? ¿me dará la vida esa oportunidad? Lo desconozco, el futuro es ese desconocido viento que a veces sopla a tu favor pero que a veces en tu contra. ¿quién sabe? Hasta pronto Budapest.


jueves, 21 de agosto de 2025

Budapest Día 2

Segundo día en Budapest. Nos dimos un poco de margen para descansar y programamos la alarma a las 7:30, aunque yo ya llevaba un buen rato despierto antes de esa hora. Mi ansiedad en los viajes esa así. La idea era ir a desayunar a algún sitio cerca del hotel, porque no teníamos incluido el desayuno. El día anterior frente al Smashy Burger vimos un par de cafeterías que parecían apropiadas. Nos decidimos por Kaffeine. Espresso Bar. A mí me gustó. Tomé un café muy bueno y una especie de bollo algo dulzón con unas lonchas de un tipo de salchichón típico de la zona, con algo de rúcula. Muy rico.

Para nuestro segundo día teníamos también un free tour reservado pero en esta ocasión por Buda. El itinerario comenzaba junto a la estación de metro Széll Kálmán, que estaba prácticamente en uno de los otros extremos de la ciudad. Así que cogimos un taxi que nos acercó hasta allí. Los taxis son relativamente económicos en Budapest, y además como somos 4, pues compensa. Nos dejó cerca del Museo de la Moneda y Banco Nacional, que si bien no teníamos intención de visitar interiormente, sí de verlo por su exterior que, tras una reciente remodelación, ha mantenido su estilo Art Nouveau. Junto al edificio pudimos ver una grandiosa estatua de un ciervo, símbolo de la ciudad.

Esperando el momento del inicio del recorrido, junto a nosotros pudimos ver a unas aves que no recordaba haber contemplado antes. Me encanta ver especies de aves que no haya visto antes. Parecían cuervos, pero de menor tamaño que los que yo he solido ver, y lucían dos colores, la parte de la cabeza y el babero, así como las alas eran negras, el resto gris. Pensé que podrían ser unas urracas. No lo tenía claro. Le hices unas fotos para luego mirarlo con más tranquilidad en las redes. Según creo eran cornejas cenicientas, que es de la familia de los córvidos. En algún sitio decían que era un cuervo encapuchado. Parece que la principal diferencia es el tamaño. Así que me inclinaría por la primera, la corneja cenicienta, que además cuadra mejor por el hábitat, que es más sencillo encontrarla en ciudades.

Aún teníamos algo de tiempo hasta el inicio del tour y entramos en el centro comercial Mammut, que estaba a pocos minutos del punto de encuentro, pues Miguel se había venido al viaje sin un cinturón, así que fuimos a buscarle uno, ya que estábamos allí. Fue algo rápido.

Iniciamos el recorrido hacia el Castillo de Buda, por Várfok, y accedimos en ascensión por la Puerta de Viena, uno de los accesos medievales al casco histórico, también conocida como puerta judía. Conectaba el Castillo de Buda con el camino que llevaba a Viena. Giramos hacia la derecha donde está el impresionante edifico de los Archivos Nacionales de Hungría. Seguidamente encontramos el Ayuntamiento y en frente la Iglesia de María Magdalena, cuya torre gótica se remonta al siglo XIII. La iglesia sufrió graves daños durante la II Guerra Mundial y lo que queda es lo poco que se conservó. Dentro del casco antiguo, que está amurallado, hay un buen número de edificios oficiales,  como la Embajada de Alemania o  el Archivo de Historia Militar, hoteles y restaurantes. La guía nos llevó por un camino ajardinado, a la sombra de cerezos, que aunque no estaban en flor, estaban preciosos, desde donde disfrutamos de unas vistas excelentes a la ciudad. Un lugar acogedor y romántico. El paseo era un lujo.

Giramos para encontrarnos con la Estatua ecuestre de Andras Hadik, un capitán imperial húngaro. Por lo visto entre los estudiantes existía la creencia de que si le tocas las partes nobles al caballo,  te traería suerte en los exámenes, y ahora, con el viento a favor de la tontería humana, casi cada turista que pasa,  repite las caricias y el caballo tiene los testículos brillantes como fruta madura. En fin.

Al final de la calle el tiempo se detiene, la belleza coge aire y asciende, es imposible no levantar la vista hacia la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, también conocida por Iglesia de Matías, con su torre  del siglo XV. En frente, la estatua barroca de la Santísima Trinidad erigida para conmemorar el fin de la epidemia de la peste. Algo más al fondo la Estatua Ecuestre de San Esteban I (1906), sobre un pedestal neorrománico con escenas de su vida  y los cuatro leones guardianes, todo ello enmarcado por el precioso Bastión de los Pescadores, que hace las veces de muralla, mirador y terraza con vistas panorámicas sobre el Danubio con el Parlamento al fondo. Es un sitio verdaderamente bello a pesar de que estaba abarrotado de turistas. Pero no es de extrañar que todo el mundo que vaya a Budapest pase por allí.

Podríamos pasar el día contemplando cada uno de los detalles del barrio, pero no siempre es posible, en ese momento no lo era, la visita continuaba. Tras unos minutos de descanso que la guía nos regaló y que todo el mundo utilizó para hacerse fotos, seguimos con el tour. Caminamos por calle empedradas en dirección sur, hacia el Palacio Presidencial.

Todo esta zona algún día será preciosa, pero a nosotros nos tocó visitarla en obras. Grúas, albañiles con chalecos y casos fluorescentes, vallas señalizadoras, andamiajes, zonas de apero y sobretodo un terrible rugir de martillazos y taladradoras. Un trasiego extraño que mezclaba empleados ajetreados con turistas ociosos. Apenas pudimos escuchar la explicación que la guía ofreció sobre la Fuente del Rey Matías y sobre la leyenda que en ella se cuenta. Aquí acabó la visita. 

Nos acercamos a una terraza mirador que presidía la Estatua del Príncipe Eugenio de Saboya, desde allí había unas vistas magníficas hacia el Danubio y especialmente hacia el Puente de las Cadenas, el más antiguo de los puentes que unen las dos partes de Buda y Pest. Descendimos por unas inmensas escaleras que bajaban directamente desde el Castillo a la rivera del Danubio y desde allí cruzamos hacia Pest por el Puente de las Cadenas. Me agradó mucho cruzar el Danubio a pie por el puente.

Nos dirigimos por Zrínyi, que es una larga calle peatonal muy animada, llena de restaurantes, frente a la fachada principal de la Basílica de San Esteban. Sabíamos que los restaurantes allí no iban a ser baratos, pero yo había leído buenas críticas de algunos de ellos. Nos decidimos por Iconic Gulyás Lángos. La terraza tenía buen ambiente, y una mesa en la terraza y algunos platos que estaban tomando algunos comensales nos terminaron de convencer. Nos sentamos en la terraza. Barato no fue, pero comimos muy bien. Pedimos un lángos clásico, para probarlo, yo no las tenía todas conmigo, porque había escuchado que era como un churro pero con forma de pizza. La verdad es que nos gustó, especialmente a Pepi. Yo me pedí un gulash, o estofado de carne ternera con pasta de queso cottage. ¡Riquísimo! En el interior había varios músicos tocando en directo. Nos repusimos de la caminata más que bien.

Decidimos que una buena forma de bajar la comilona era caminar toda la famosa avenida Andrássy. Y eso hicimos. Iniciamos la caminata frente a la basílica y comenzamos el recorrido desde el inicio. Pasamos de largo por la Ópera, donde estuvimos el día anterior, cruzamos el cruce de caminos, Oktogon, y bajamos a ver la parada de metro en Vörösmarty, que nos habían comentado que las estaciones de metros en Andrássy eran los más bonitos y continuamos nuestro recorrido hasta llegar a la Plaza de los Héroes, al final de la avenida. A la izquierda está el Museo de Bellas Artes de Budapest, un edificio de estilo neoclásico con una colección egipcia y una pinacoteca estupenda, pero no disponíamos de tanto tiempo. A la derecha el Museo de Arte Moderno. Sólo contemplar el friso neoclásico de vivos colores, algo atípico, es algo espectacular. Contemplar su fachada es una delicia. 

Gran parte de la Plaza de los Héroes permanecía vallada porque estaban montando un escenario para un concierto que iban a dar próximamente y la afeó bastante. Al otro lado del lago, del que todos hemos visto fotografías de gente patinando sobre la lámina de agua congelada, está el Castillo de Vajdahunyad (qué trabajito lleva escribir estos palabros). El castillo tiene un aire mágico, como de cuento de hadas, con una arquitectura típica húngara y su torre de piedra junto al foso, abrigada de hiedra, es una estampa bellísima. Intramuros, frente al Castillo está la Capilla Jaki, de estilo románico, junto a un monasterio que sirvió como antigua abadía benedictina. Es sencilla y a la vez imponente. El entorno es precioso, un bosque de árboles de una elegancia extraordinaria. Al fondo incluso se veía un gran globo aerostático, que ascendía al calentarse el aire, pero que estaba bien sujeto con una larga cadena que impedía que ascendiese más de la cuenta.

Junto a la Capilla vimos una escultura dedicada al autor del Gesta Hungarorum, que es algo así como una crónica sobre la historia de Hungría, al que se suele denominar como Magister P, o simplemente Anonymous. La escultura posee un toque siniestro y lúgubre. A mí no sé por qué me recordaba a la Inquisición, que provocaba el terror allá por donde fuese. Por si acaso, abandonamos el recinto en dirección al Balneario Széchenyi, que no quedaba lejos de allí. 

Nuestra idea no era darnos un baño caliente porque era una experiencia que en agosto no nos apetecía, pero quisimos acercarnos para verlo de primera mano. Posiblemente es una de las atracciones más famosas de Budapest, y lo cierto es que no me llevé ninguna sorpresa, encontré lo que esperaba: un lugar icónico, el balneario más grande de Europa, bello y concurrido. 

Decidimos regresar al centro pero no nos apetecía realizar el mismo trayecto otra vez, y no era cuestión de fatigarnos los pies porque sí, así que llamamos un Uber vía app, que vino en forma de Tesla (en realidad lo pedimos así). Mi primera ocasión montándome en un Tesla. Me resultó curioso ver cómo el navegador de la pantalla simulaba hasta a la gente que caminaba por la acera. Nos llevó de nuevo hasta el inicio de la Avenida Andrássy, donde la guía nos había recomendado probar los Chimney Cake, un pastel típico húngaro de masa dulce en forma de espiral cilíndrica con la superficie caramelizada con un toque de canela o chocolate. A Pepi le encantó.

Tras tan dulce parada decidimos continuar nuestro descubrimiento de Budapest dejándonos perder por las calles del barrio judío y conocer de primera mano los Ruin Bars, que son unas cervecerías o bares de estilo vintage que se han montado en edificios abandonados, de varias plantas de altura, algunos de ellos en ruinas. Hay muchos de ellos. Buscamos un sitio que se llama Street Food Karaván, que es como una parcela donde se han montado un buen número de quioscos de comida rápida y típica, donde puedes comprar comidas de muchos tipos y después sentarte a comer en unas mesas de madera que hay por el centro. Es curioso, pero nosotros no teníamos nada de hambre.

Para esa noche habíamos reservado a través de la guía del tour de esa misma mañana un viaje en barco nocturno por el Danubio. Ella lo había recomendado y nosotros teníamos la intención de hacerlo, así que nos dejamos aconsejar. Como el barco salía desde el otro extremo de la ciudad, llamamos un Uber que nos llevó hasta el punto del puerto desde donde salía el barco. Llegamos pronto, pero nos vino bien porque luego no había asiento para todo el mundo en el barco y pudimos coger un buen sitio para disfrutar de las vistas durante el trayecto.

Budapest es una ciudad imperial, preciosa, verdaderamente bella, pero de noche lo es aún más.  Navegar por el Danubio, contemplando a izquierda y derecha los edificios del Parlamento y la Basílica, o el Bastión de los pescadores y el Castillo de Buda, todos ellos excelentemente iluminados, es un sueño de fulgor y encanto. El edificio del Parlamento, iluminado con brillantes focos dorados y su simétrico reflejo amarillento de la luz en el agua del Danubio producen un efecto casi radiante, como una corona de gloria, una aureola irradiando resplandor y belleza. Algo imposible de describir en un texto.

Descendimos de la travesía en barco todavía deslumbrados por la belleza imperecedera de lo que acabábamos de admirar, comenzamos a caminar y en cuanto comprobamos que había casi una hora de camino llamamos a un Uber que nos llevó de vuelta al hotel donde descansamos con la mente todavía abotargada por lo vivido.