Mostrando entradas con la etiqueta Una cerveza y Salva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Una cerveza y Salva. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de abril de 2026

Días de celebraciones

Llevaba Pepi un tiempo con ganas de ir a comer a un restaurante de comida asiática que le habían recomendado por varios sitios, entre ellos nuestros hijos, el restaurante Misake Asian Fusion. Por una cosa o por otra, la posibilidad de ir, una y otra vez se fue estropeando. El Misake Asian Fusion es un restaurante con menú bufé de comida asiática, como se pude intuir en su nombre con facilidad. Pides lo que quieres y puedes repetir hasta no poder más. Algo así como la bebida recargable en algunas de las franquicias americanas de hamburguesas. El anticulto moderno al fitness vital. Comer hasta reventar y poco más.

Así que como era casi nuestro aniversario de boda. Quisimos celebrarlo con los niños y fuimos a rendir homenaje pleno al sentido de come hasta no poder más. Nuestra idea, más que comer hasta reventar era probar muchos platos, dejándonos llevar por la experiencia de nuestros hijos y sus parejas. Así que probamos muchísimos platos, aunque en poca cantidad. Probamos sushi de salmón y de atún, unos que llamaban nigiris, que son los enrollados. También sashimis -o algo similar- que es un plato de pescado crudo, cortado muy fino, que se toma con salsa de soja o wasabi. También un surtido variado de pan bao con cosas, y vieiras, y unas gambas rebozadas -tenían otro nombre, pero eran eso-,  y rollitos de primavera, y platos de fideos con pollo y ternera y yo incluso me pedí unos espárragos a la plancha. Me apetecía. Y volví a probar dos cervezas que hacía tiempo que no probaba. Las bebidas no estaban incluidas en el menú. Una era una Kirin Ichiban, que ya presenté aquí hace años y la otra era una Sapporo, que ya había probado antes pero que, según comprobé, aún no había presentado aquí. Cualquier día de estos.

Al día siguiente, el día seis de abril, ya sí que era nuestro aniversario, y aunque era lunes, decidimos que sería una buena idea ir a cenar -esta vez los dos solos-, a uno de nuestros clásicos en las celebraciones, Casa Roberto. Probablemente uno de los restaurantes que más años llevamos yendo juntos. Aún éramos dos tiernos novios y ya íbamos en fechas señaladas a celebrar algún acontecimiento compartido. Bien el día de los enamorados, bien nuestro aniversario o algún cumpleaños. No lo hacíamos muchas veces, claro, pues cuando eres joven la economía no está para muchos esplendores, aunque ahora tampoco está muy allá. 

Llevamos yendo al Restaurante Casa Roberto desde el milenio pasado, se puede decir así sin faltar a la verdad. Cuando entonces el restaurante lo regentaban los padres del actual propietario. Un negocio de padres a hijos. La esencia es la misma, han cambiado pequeños detalles, aparte de los precios, y hasta la moneda, pues pasó de pesetas a euros. En esta ocasión, de entre todas las veces que he ido, creo que es la primera vez que pedí pescado en el menú. Por las noches no llevo muy bien eso de comer carne, especialmente la carne roja, así que me decidí por un lenguado que tenía muy buena pinta y creo que finalmente acerté, porque estaba riquísimo. De entrada unos mejillones y de postre pedimos para compartir unos profiteroles. El postre favorito de Pepi en Casa Roberto. Es lo único que tenemos seguro antes de entrar. No puede faltar.

El año que viene haremos veinticinco años de casados. No es ninguna tontería. Cada día es más raro que las parejas aguanten tanto tiempo juntos. La vida es un inmenso conjunto de elecciones. A veces se acierta a la primera, a veces a la segunda y hay quien no acierta en toda su vida. Yo tuve la inmensa fortuna de acertar con mi santa en unos pocos minutos. Todavía mantenemos la curiosidad de ir a sitios nuevos, pero también volver a los sitios que nos llevan acompañando tantos años.


lunes, 25 de agosto de 2025

Atenas Día 3

Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.

Una vez todos listos, salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos en sentido opuesto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo. 

Pasamos junto a la Iglesia de la Santísima Trinidad, también conocida como la Iglesia Rusa. Otra iglesia de estilo bizantino, aunque algo mayor de tamaño que las anteriores, o esa fue mi impresión. Es prácticamente una iglesia reformada en su totalidad. Posee un campanario separado de la iglesia, lo que nos recuerda a Florencia, pero en realidad no tiene nada que ver, más allá de esa particularidad.

La plaza en la que está la iglesia es tranquila y es un sitio perfecto para sentarse en uno de sus bancos y acompañarse de un buen libro y tiempo para disfrutar, aunque teniendo en cuenta que el Jardín Nacional no está lejos de allí, quizás perdería esa batalla por dar cobijo a un lector.

Continuamos hacia la Plaza Syntagma, pues a las 11:00 se celebra cada día el cambio de guardia, con desfile justo delante del Monumento al Soldado Desconocido y queríamos verlo bien. Antes llegas, mejor sitio coges. Es una ceremonia curiosa, y la forma tan característica y llamativa que tienen los guardias de moverse con esa vestimenta tan singular: zuecos granates con un pompón negro en la punta, medias blancas, camisa con falda de pliegues de color avellana tostada y en sus cabezas un sombrero rojo con una borla negra. Pepi anotó con gracia que era una moda matadora. No le faltaba razón.

Como queríamos acercarnos a conocer el Estadio Panathenaicos, lugar donde se celebraron los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896, cruzamos el enorme Jardín Nacional desde la Plaza Syntagma.

Caía un sol de justicia. No se podía uno parar un rato bajo el sol del calor que hacía. El sol no picaba, ¡pellizcaba! Nos acercamos a contemplar el marmoleo estadio desde fuera y regresamos hacia la plaza Syntagma. Cruzamos nuevamente el parque, aunque esta vez por delante del Palacio Záppeion y por la acera en sombra seguimos la Avenida hasta la siempre concurrida Plaza Syntagma

Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de la Plaza Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada pero aún así mantenía su atractivo y, ¿cómo no?, estaba llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos casi en cada esquina.

Decidimos regresar al apartamento para ponernos ropa de baño y coger todo lo que nos fuese a hacer falta para ir a la playa, incluidas las chanclas y las toallas que habíamos comprado esa misma mañana en el centro de Atenas, porque nuestra intención era regresar a la Plaza Syntagma donde teníamos que comprar los billetes y coger el autobús que nos llevaría a la Playa de la Glyfada, que es a la playa que nos habían recomendado ir.

He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un  poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos.  El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, y lo que a mí más me interesaba, estaba bañada por el Mar Egeo. 

Con sólo escuchar el sugestivo nombre de Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, Troya, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré. 

La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que entrar al agua con cuidado porque por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. Tiene lógica pensar que en Atenas tiene que haber pedruscos por todas partes.

Pasé la tarde entera metido en el agua. Me ocurrió algo muy curioso. Me metí en el agua y no llevaba ni un minuto y noté como si algo me golpeara en el talón. Al principio pensé que sería una piedra o una concha llevada por la corriente, o el oleaje, a pesar de que el mar estaba muy calmado, pero a los pocos minutos se volvió a repetir, y prácticamente en el mismo sitio de mi talón. Miguel estaba al lado mía y él no notaba nada, en cambio yo en cuanto bajaba los pies notaba como un pinchazo. Supuse que tendría que ser un pez o algo similar, pero por más que miraba no veía nada.

Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro lado no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Al salir del agua, me senté en un banco de piedra que había junto a la playa esperando que el sol hiciera su trabajo. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.

Después de asearnos y arreglarnos salimos a cenar. Esa noche iba a suponer nuestra última noche en Atenas, y también nuestra última cena del viaje, y nuestra última oportunidad de poder contemplar la Acrópolis iluminada. Así que nos dirigimos hacia la calle Adrianou, cerca del Ágora de Atenas, la calle frente por frente a la Biblioteca de Adriano. En esa calle había muchísimos restaurantes con las terrazas orientadas a la colina sagrada, en cuya cima está iluminada la Acrópolis, e incluso puede contemplarse, si tienes buena vista, parcialmente el Partenón. Una visión única e inigualable.

Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimientos rellenos, y cosas para probar entre todos, aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.

Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las frescas noches atenienses. 

Aún el día siguiente tendríamos unas cuantas horas por Atenas antes de acudir al aeropuerto. Nuestro vuelo salía por la tarde, de manera que aprovechamos la mañana para ir a visitar el Mercado Central de Atenas. Desayunamos estupendamente en una cafetería, Coffee Lab, en una de las esquinas frente al Mercado.  No estaba especialmente bullicioso y me llamó la atención que estaban separados por pasillos la sección de carne o la de pescado, de las verduras o las especias. También había un buen número de locales vendiendo souvenirs para turistas. Algún recuerdo compramos.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro,  nos sentamos a descansar y a refrescarnos en la terraza de un bar cerca de la Iglesia de Santa Irene, y sentados allí, por sorpresa, cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado, porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarse un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.

Llegó la hora de comer, y en una de las plazas que más veces cruzamos durante nuestros días en Atenas, porque estaba entre nuestro apartamento, Karma of Athens, y el centro, en la Plaza Filomousou Etaireias decidimos sentarnos en un restaurante que se anunciaba como Taverna Vyzantino.

La plaza es preciosa, y el servicio de los camareros fue campechano y eficaz, y la comida estuvo bien, especialmente la pinta de cerveza Mythos que me bebí. De aperitivo pedimos algo similar a unas croquetas de queso (tyrokroketes) y luego cada uno de nosotros pidió una especie de Gyros, pero servido en platos. No estaba nada mal. De postre queso griego con nueces y miel. ¡Riquísimo!

Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida! 

domingo, 10 de julio de 2016

Una Sol

Estamos de lleno en el verano. Y también en mitad del verano están plantadas mis vacaciones. Cuanto más cerca están más nervioso e impaciente me siento. No va uno contando los días pero los siente, está al caer. El calor, las horas de luz, la alegría por las calles, los niños en casa, ociosos, mi mujer también deseando que yo coja vacaciones para poder realizar actividades conjuntas. Todo lo que me rodea exige tiempo libre, horas de ocio, buscar alivio para el Sol que más quema.

Para sobrellevar esta espera, pocas cosas hay como disfrutar de una cerveza bien fresca, como por ejemplo una cerveza Sol. Esta cerveza mejicana es una de las lager más refrescantes por excelencia, además de una de las más extendidas junto con la Coronita. Como costumbre a ambas se les suele introducir en el cuello del botellín una rodaja de limón, que le ofrece un sabor más cítrico. Debido a esta peculiaridad es por lo que se suelen beber directamente de botellín.

A mi gusto es una cerveza demasiado suave, aunque muy refrescante. Su baja graduación alcohólica 4'5% permite dejarse llevar más fácilmente. De hecho en el botellín viene muy a las claras dicho que "está hecha con Sol, pasión y alma para un sabor refrescante".

Seguro que ya hace mucho que la han probado porque es una cerveza muy standard y se encuentra casi en cualquier gran almacén, y si tienen un poco de curiosidad en cuanto a cervezas hablamos pues ya sabrán de lo que les estoy hablando, y bueno, ya saben, estamos en esos calurosos días en los que -por lo menos a mí me pasa- importa más que sea refrescante a que sea muy sabrosa. Ustedes eligen.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una Cruzcampo Gran Reserva 1904

La Cruzcampo Gran Reserva 1904 es una cerveza que probé hace ya bastante tiempo por primera vez, y que por una cosa u otra he ido dejando para presentarla más adelante, más que nada para no repertirme y ser cansino. Quise presentar otras cervezas que consideré más oportuno y ésta se fue quedando en el fondo del saco de los archivos que algún día deberían tener su momento. El caso es que como el tiempo pasa mucho más rápido de lo que nos damos cuenta, ya han pasado casi cinco años desde que me hice esa foto. Ha llovido. Sí ya sé que ahora tengo más canas.

Recuerdo poco de ella de aquel día pero afortunadamente un buen número como esa han desfilado por el frigorífico de casa. No es una cerveza difícil de conseguir -al menos para mí- y la conozco bien. Tiene su momento.

Es una cerveza bastante tostada y aromática, muy intensa con una elevada graduación alcohólica de 6,4%, pero no es engañosa, se aprecia su alto porcentaje desde el primer sorbo. El color es muy brillante y la espuma es muy persistente, lo que la hace una cerveza muy recomendable para los amantes de la espuma. Es una cerveza fuerte, para tomar con una buena carne roja o un queso añejo o uno bien curado. Yo es un capricho que me doy de vez en cuando, aunque menos de lo que me gustaría, ustedes hagan lo que les apetezca.



sábado, 31 de octubre de 2015

Una Mica

Lo reconozco, tomo más cervezas de la cuenta. Quiero decir que probablemente debería tomar una cantidad inferior de cervezas a la semana, seguro que sí. Es un dato que no he consultado en ninguna web ni en ningún tipo de documento, pero estoy completamente seguro que la OMS cree que tomo más cervezas de la cuenta. No necesito constatarlo. Seguro que es así, pero qué hacer si tengo un compromiso personal en este blog. Me comprometí a presentarles una cerveza cada mes, y aunque algún mes he fallado, por lo general estoy aquí puntualmente para el caso. Así que no puedo defraudar a mis lectores, y sobre todo y más importante, no quiero.

De manera que hoy les presento una cerveza que he probado recientemente. Fue en el viaje de este verano por España. Íbamos, creo, en dirección a Burgos y paramos en una gasolinera a tomar un café y a visitar el baño. En la gasolinera vendían la cerveza y no pude resistirme. Me compré la versión tostada.

La Mica es una cerveza artesanal elaborada en Aranda de Duero (Burgos), sin filtrar ni pasteurizar. Mirando la botella al trasluz, se pueden ver los sedimentos propios de la carbonatación. Sus ingredientes son agua, malta de cebada, lúpulo y levadura. Según leo en la etiqueta "la mica es un mineral característico de la Sierra de Fuentenebro (Burgos) un lugar rico en minerales, donde cultivamos junto al Duero una cebada muy cuidada para elaborar esta cerveza única."

Lo cierto es que su sabor es intenso y la espuma muy tostada, aunque poco duradera. Contiene un 4,9 % de alcohol, que es muy equilibrado para ser tostada,  y no sé si volveré a catar en mi vida, pero me encantaría.

martes, 11 de agosto de 2015

Una Kirin Ichiban

Hoy voy a presentarles una cerveza exótica donde las haya, aunque es más extravagante por su procedencia que por su elaboración. Ésta es la Kirin Ichiban. Una cerveza que llega desde el lejano Japón, y está elaborada  con malta de cebada, lúpulo, maíz, arroz (¿cómo no?) y agua mineral natural.

Mi primera impresión he de reconocer que fue buena. La esperaba con algún resto de sabor extraño, pero no puedo decir que nada me desagradase, si acaso, puedo sostener que es muy suave y su amargor muy ligero. Contiene una grado alcohólico del 5%, que la sitúa en el mismo centro del abanico estándar. Es de color muy cristalino y la espuma es muy densa y nívea. Tal vez le falte aroma y personalidad, y puede que sea ese su mayor defecto. Aunque en general es muy agradable.

En definitiva es una cerveza que cumple con lo que espero de una cerveza, pero tampoco tiene nada que me llame la atención como para desear volver a cruzarme con ella, aunque, sin embargo, la preferiría por encima de muchas cervezas que lucen su apellido de nobleza y bla, bla, bla. 

A mí me gusta que las cervezas me hablen en el paladar y ésta cerveza que llega desde Japón, pasa con gusto la prueba.

Quiero reseñar que me gusta mucho el diseño del botellín. El fondo de la etiqueta de la botella es de color crema y las letras están en una dorado brillante. Sobre el nombre de la marca viene representado una especie de unicornio o dragón con fuego, como un ser mitológico, y en las esquinas hay dibujadas flores con tonalidades rosas, que en conjunto adornan muy atractivamente.

domingo, 12 de julio de 2015

Una Orval

Pocas cosas me refrescan más como una cerveza helada. Una cerveza bien fría en el momento apropiado puede modificar un estado de ánimo, la confianza en nuestras posibilidades y sobre todo puede alegrarnos el día. Y en algunas ocasiones hasta nos ayuda en la siesta, o al menos a mí me pasa.

El caso es que hoy voy a presentarles una de esas cervezas que se me han ido quedando en el camino, la he ido dejando atrás, esperando que llegara su momento y un día por otro la cerveza sin beber, aunque en este caso no es del todo cierto. La cerveza que hoy presento es una Orval, y no se quedó sin beber. La Orval es una cerveza que probé un verano de hace casi cuatro años en el viaje que mi santa y yo disfrutamos por Bélgica. Aquel día de agosto acabábamos de salir del Museo del Cómic de Bruselas y estábamos deseando descansar los pies y de picar algo porque ya era la hora del almuerzo y con tanto caminar el apetito se hace notar rápidamente. No muy lejos de allí, en una animada plaza, pudimos tomar asiento en un restaurante junto a una amplia ventana desde la que pudimos descansar nuestros pasos al mismo tiempo que contemplábamos distraidamente el trasiego de la plaza.

La primera cerveza que pedí en aquel restaurante ya la presenté en este blog hace unos años, fue una Westmalle, y me quedó pendiente presentarles la segunda que caté aquel día, una Orval, una cerveza trapense de un razonable 6'2 % de alcohol. Después de aquel día volví a tomarme otra Orval un par de años después. Recuerdo que era una cerveza muy aromática, con un sabor fuerte  y un color cobrizo oscuro pálido y con espuma densa, nívea y duradera.

No puedo añadir muchos datos más porque mi memoria es bastante perezosa en ocasiones, pero recuerdo perfectamente que me pasó como aquella cita de Bécquer, aunque parafraseándola con cervezas en lugar de con libros. El recuerdo que deja una cerveza es más importante que ella misma, (por favor disculpen mi osadía al parafrasear).

martes, 30 de junio de 2015

Una Grevensteiner

Esta pasado mes de junio confieso que he pimplado más cerveza de lo que debería y posiblemente por esa misma razón no me he sentado antes a presentarles una cerveza como es debido, pero como dice el dicho: más vale tarde que nunca.

Así que sin más preámbulos les presento la cerveza Grevensteiner, una cerveza alemana que podrán conseguir -como yo hice- en casi cualquier gran superficie, donde fácilmente la encontrarán y donde además podrán adquirir un pack que incluye una jarra de la misma marca, para disfrutar de la cerveza adecuadamente.

La cerveza Grevesteirer es una de esas cervezas que anuncias a bombo y platillo y con letras doradas que cumplen la ya manida y manoseada Ley de pureza alemana de la cerveza. 

Es una cerveza alemana de un precioso color ámbar brillante, con un ajustado 5,2 % del volumen de alcohol. Y cuyos ingredientes se reducen a agua blanda de manantial, malta de cebada, lúpulo recién cosechado (según indicaciones de la etiqueta) y levadura. El sabor es generoso y duradero, aunque la burbujas de la espuma son bastante menudas y voluminosas también son  poco persistentes.  El paquete con el que me hice consistía en cuatro botellines de  0,5 l y su jarra correspondiente, y ahora desde este humilde y cervecero blog brindo con ella por ustedes, y también por la vida y por las cervezas que aún me quedan por catar. ¡Salud!

viernes, 15 de mayo de 2015

Una Belli Bock

Hace pocas fechas fui a Cádiz, como ya he escrito antes por aquí, y una vez aparcado el coche y como no tenía que conducir hasta el día siguiente, me pimplé más de una y de dos cervezas. De entre todas las cervezas que tomé sólo una me traje para este blog que no había probado antes, una Belli Bock.

La Belli Bock es una lager alemana, rubia de alta graduación, 6.9 %, doble malta y de fermentación baja. A pesar de su considerable alcohol, es una cerveza suave y fresca y bastante dulce. Sigue la Ley Bávara de pureza, o, al menos, eso es lo que se indica en la etiqueta y, solo posee tres ingredientes: agua, malta de cebada y lúpulo. La espuma es bastante suelta y dulzona, con poca consistencia y además desaparece demasiado pronto. El color es dorado intenso, más claro de lo esperado para ser doble malta.

Me la tomé en los puestos del Mercado de Abastos del centro, acompañando unos caracoles en salsa y unas tagarninas esparragadas para chuparse los dedos, como a buen seguro hice. Estoy convencido que ningún alemán pensó que esta cerveza resultaría estupenda acompañando esta comida tan particular, pero yo les aseguro que mezclaban estupendamente en mi depósito.

El diseño de la botella es estándar, y en la etiqueta se muestran unos hombres jugando a las cartas, que, según me informo, dan nombre a la cerveza, pues existe un juego de cartas típico de la zona norte de Alemania, desde donde procede esta cerveza, en el que el siete de diamantes se le denomina así, Belli, que es también por lo visto un juego de cartas de la zona. En la etiqueta también se muestra el escudo de la zona con una leyenda que dice desde 1308 -¿?-. Que cada cual crea lo que quiera.

Como curiosidad añadiré que es una cerveza que sólo se elabora  en primavera, en los verdes pastos de la montaña en mayo.

domingo, 29 de marzo de 2015

Una Barbãr

El mismo día que junto al hotel me tomé La Chouffe que les presenté el mes pasado, seguidamente, después de visitar el Museo de Ciencias Naturales de Bruselas y de fotografiarnos como japoneses en la Grand Place cenamos en un mercadillo navideño frente a la Bourse, que estaba muy bien ambientado. Allí no vendían cerveza tampoco, pero me las ingenié de nuevo para comprarme una cerveza estupenda en un pub justo al lado de la Bourse.

La Barbãr  es una cerveza belga con un muy disimulado 8% de alcohol, lo que le confiere la singular característica de ser una cerveza traicionera, pues no te das cuenta y bebes y bebes sin darte cuenta hasta que ya es demasiado tarde. Otra característica particular de esta cerveza rubia es que entre sus ingredientes contiene miel. Y yo, que no soy muy amigo de las excentricidades cuando de pimplar cervezas se habla, he de admitir que me sorprendió gratamente. En principio supuse que la miel y la cerveza no podrían ser muy buenas compañeras de brebajes, pero la suavidad y la dulzura  de la miel aportan un singular gusto a la cerveza. La miel me pareció proporcionarle una cremosidad que se hacía patente especialmente en la espuma, y que potenciaba el sabor del lúpulo. Entre los ingredientes también viene incluido el curaçao, que -según me informo en Internet- es algo así como una especie de licor de naranja.
 
El color es muy anaranjado para ser rubia -¿tal vez el curaçao?- y el envase, con tapón como la antigua casera, le da un aire distinguido. Es una cerveza que estaré encantado de volver a catar.

El entorno navideño de aquel día, la compañía junto con mis niños y mi santa, y el perrito caliente que aderezó  el conjunto hacen que tenga un magnífico recuerdo de esta cerveza. ¡Si tienen ocasión, pruébenla que no saldrán decepcionados!
 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Una La Chouffe

Ya comenté que estuvimos en Bélgica las pasadas navidades y que de allí me traje a todo lo largo del paladar un buen número de cervezas para presentarlas en este blog, que bien mirado me sirve como excusa perfecta para pimplar más cervezas de las que debería. Pero qué vamos a hacer si la vida son tres días y dos son nublados.

Así que voy a aprovechar que ayer me tomé dos buenos tubos de cerveza, y por tanto escribir esta entrada hoy no me produce un desasosiego completo, o al menos no muy frenético, y voy a contarles que en Bruselas, casi nada más aterrizar, con el tiempo justo después de hacer el check-in en el hotel y nada más soltar las maletas en la habitación, salimos (mi santa y los microbios) caninos por echarnos algo al pozo, y yo especialmente por derramar cerveza fresca por mis cañerías.

De manera que ni cortos ni perezosos nos metimos en el local más cercano que encontramos en la esquina inmediata junto al hotel. Una especie de híbrido entre bar y restaurante donde servían kebabs, hamburguesas, salchichas y patatas fritas. Y donde increíblemente no servían cervezas. Al principio creí que era broma, pero no. Era cierto. No tenían cervezas. Sin embargo yo me las apañé (tras consultarle al encargado) para salir a un ultramarinos que había en la esquina de enfrente y me traje una buena cerveza bien fresca.

Finalmente conseguí inaugurar mis cañerías en Bruselas con una La Chouffe, que es una cerveza belga rubia, con un considerable 8% de su volumen de alcohol.  Entre sus ingredientes se encontraba la malta de cebada, el cilantro y el azúcar invertida -sea lo que sea eso- agua, lúpulo y levadura.

Era una cerveza fuerte, con abundante y densa espuma, con burbujas muy menudas y blancas, que a mí, en aquel preciso momento del día me supo divina. Y es que no hay nada para que una cerveza esté buena como las ganas de beberla.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Una Grolsch

En este último viaje a Bélgica -como podrán imaginar- he paladeado varias marcas de cervezas que desconocía o que no había catado con anterioridad, y por si fuese poco, además, aparte de ésas, de vuelta a casa, con todo esto de las cenas y las comidas navideñas he sumado unas cuantas más. De manera que entre las que yo propiamente me he agenciado y entre las que me han puesto por delante en aquellas casas a las que he sido invitado, al final, tengo ya cervezas para presentar durante todo el 2015.
 
Como hay que comenzar por alguna, he decidido empezar por una de las que me puso por delante mi hermano en su casa el día de Navidad. Una Grolsch, una cerveza rubia holandesa, servida en una atractiva botella de color verde de casi medio litro (450 cl) con un tapón como el que traía La Casera. Es una cerveza suave y ligera, con un 5% de alcohol, la espuma es muy blanca y desaparece demasiado apresuradamente, pero sobre todo puedo resaltar que se bebe fácil. Al no tener un sabor muy pronunciado ni vigoroso es una cerveza ideal para lo que fue, para completar un almuerzo exquisito sin anular sabores. Si hubiese tenido más grados o un sabor con más cuerpo, probablemente hubiese atenuado el delicioso gusto del cordero que manduqué.

La foto sale algo oscura porque lucía mucha claridad detrás de mí, y no se aprecian los detalles nítidamente pero les aseguro que ese soy yo y esa es una cerveza Grolsch, y tanto la cerveza como el cordero que está en el plato acabaron juntos en el mismo sitio. Apuesten por ello.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Una Sagra calabaza y canela

Llevaba algo así como un par de semanas sin probar gota de malta de cebada, y mis nervios estaban dos pisos por encima mía, cuando por fin llegó el momento de hacer justicia a tan tremenda dejadez. Fue en casa de unos amigos, en uno de esos planes perfectos que de vez en cuando se alinean en nuestras vidas. Una estupenda y sabrosa pitanza en casa de unos amigos, una buena conversación, los niños jugando y montando lío, pero con la tranquilidad que da saber que no molestan a nadie excepto a sus padres y un partidito de los buenos para reposar la sobremesa en el sofá.

Ya en los entrantes, nada más llegar, acompañando un intenso queso Boffard y unas almendras saladas, me casqué la primera cerveza que nos habían preparado, que además es una de esas cervezas mayúsculas, que hacen eco en la memoria, pero que dejaré para presentarla en otro momento porque voy a adelantar a la cerveza que da nombre a la entrada de hoy, porque es sin duda una cerveza para presentar en este mes de noviembre.

La cerveza Sagra calabaza y canela fue la segunda cerveza que probé en casa de mis amigos, el primer día de este mes, es decir, en una fecha propiamente halloweeniana, y es que es una cerveza apropiadísima para esa fecha debido a que entre sus ingredientes incluye la calabaza.


La cerveza Sagra calabaza y canela es una cerveza artesanal, muy peculiar y muy diferenciada del resto, con un marcado origen americano y elaborada con muchas ganas de diversión e imaginación. La espuma es muy dispersa y poco consistente, mientras  que su color cobrizo invita a pensar en un sabor fuerte y denso y portadora de un alto porcentaje de alcohol que queda desmentido por el 5,2% que marca la etiqueta. El sabor es inesperado y arriesgado, pero me agradó. De entre todos los ingredientes que mezcla, quizá el que más sobresale es la canela y la nuez moscada. El cilantro y la calabaza quedaron demasiado ocultos por el resto, pero, después de todo, y tras darle varias vueltas en el paladar, fue una agradable sorpresa.

Es una cerveza española, una Pumpkin Ale -como anuncia en la etiqueta-, elaborada en Numancia de la Sagra, (Toledo), con una presentación en botella sofisticada y atractiva que posiblemente riegue mis interiores en alguna otra ocasión. 

En la foto estoy a punto de hacer uso de ella para regar un estupendo cuscús. ¡Gracias amigos!

viernes, 31 de octubre de 2014

Una Leffe Brown

Se acaba el mes y todavía no he echado un trago virtual en este blog, ni siquiera he ofrecido un gentil y discreto brindis, ni nada. ¡Qué soso me estoy volviendo! Al final va a tener razón mi santa. La edad me está erosionando tanto que estoy perdiendo hasta las malas costumbres. ¿Quién lo iba a decir?

Aún así, no pienso faltar a la cita mensual con mi gran número de seguidores ausentes y voy a contarles que un buen día de hace ya demasiados años, en nuestra irrepetible visita a Bélgica, junto a la majestuosa Grote Markt de Amberes, en una pequeña y coqueta taberna, me pimplé una estupenda Leffe Brown. ¡Qué sabrosos recuerdos aquellos!

Recuerdo también que me eché entre pecho y espalda una especie de bocadillo de pequeñísimas gambas, casi camarones diminutos, aderezadas con una salsa entre mayonesa y curry, acompañado también de cangrejo y una extraña lechuga que me deleitó el paladar. Y no se me ocurrió nada mejor -y todavía sigue sin ocurrírseme- para tragar semejante maravilla que unas buenas cervezas. Primero fue una Leffe Brown, después, según leo en una entrada anterior, me tragué una Stella Artois.

La Leffe Brown es de las cervezas negras que más buen regusto me han dejado en la memoria. Así que si quieren tener bonitos recuerdos, ya saben, brinden con una Leffe Brown.

martes, 30 de septiembre de 2014

Una Franziskaner Weissbier

Durante este mes de septiembre que está a punto de acabar, en el que estoy siguiendo un no demasiado estricto régimen, lo que más echo de menos son las cervezas, aunque bien es cierto que alguna me he tomado, pues a lo largo del mes he asistido a una boda y a alguna que otra celebración, como el cumpleaños de mi padre y el de mi santa, en los que no he tenido ningún miramiento a la hora de pimplar cervezas. De hecho el servicio mínimo que he soplado en cualquiera de estas celebraciones ha sido al rededor del litro. Ya sean dos tanques de medio litro, tres botellines de tercio o cuatro cañas de cerveza. Además, en dichas celebraciones, también he disfrutado de las comidas sin ningún reparo. Y es que me he comprometido a seguir y observar el régimen de una manera rígida dentro de casa, pero eso sí, una vez que salgo de casa, el régimen se queda allí. Por eso tampoco me privé de mi bocata de tortillas de patatas con cebolla el pasado miércoles en el partido de la Rosaleda. Perdonen si no soy un ejemplo apropiado en lo que a dietas se trata, pero es que pretendo perder peso, no batir ningún récord. Por ahora he perdido seis kilos, así que no me va tan mal (vale, ya sé que los primeros son los más sencillos).

Pero les contaba que durante el periodo de régimen lo que más echaba de menos eran las cervezas, pues para evitar tentaciones, antes de comenzar el régimen, como medida preventiva, me tragué la mayoría de las cervezas que tenía en el frigo, y tan sólo dejé alguna de cortesía por si venía algún invitado, y también, todo hay que confesarlo, por si por cualquier causa justificada cedía a la tentación de un buen trago.

Una de las cervezas que más visitan mis deseos es un Franziskaner Weissbier, que es una cerveza de la que soy entusiasta seguidor. Hay probablemente cervezas mejores, y con más cuerpo y también con mejor sabor, pero, en conjunto, esta cerveza alemana es un caramelo para los cerveceros. Tienen un color y opacidad que me arrastran, una espuma persistente y abundante, con un aroma a tostado y frutal que me tiene ganado. Además el precio está bastante ajustado y para nada disparatado y se sirve en mi medida estándar preferida, 50 cl. El tanto por cierto de alcohol es, a mi juicio,  bastante esquilibrado,  5 %, y cuando la abro es como si acabara de recibir parte de la esencia de la  felicidad y, consecuentemente, una sonrisa se estira ampliamente en mi cara.

Creo que ya tengo decidido con qué cerveza voy a celebrar lo próximo que tenga que celebrar. Apuesten por ello.

Pd: Ya había presentado la Franziskaner en este blog, pero lo hice en la versión negra, que aunque también me gusta, normalmente prefiero la rubia.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una Affligem double

Fui al centro comercial en busca de cualquier cosa, y como iba solo, sin nadie que me persuadiera de lo contrario, me traje cualquier cosa y unas cervezas. Me decanté por una cerveza belga de abadía de doble fermentación, la Affligem double, con un contenido de alcohol de un 6'8 %. Nada exagerado para una cerveza de doble fermentación.

No la había probado nunca ni nadie me había hablado de ella pero no sé por qué yo tenía un buen presentimiento, y la verdad es que acerté. El color, el cuerpo, la sedosa sensación en la boca, la profundidad de sabores finales me han ganado desde el principio. Su pero, tal vez, es que puede que sepa demasiado afrutada y dulce, pero en ese momento me apetecía.

Su color rojizo y su espuma gruesa y tostada le aportan un llamativo y personal aspecto inicial que, a mi juicio, no hace más que mejorar trago a trago. Está presentada en botella de 300 ml, algo más chiquitina de lo habitual, y debido a que mi sed veraniega parece no tener límites, me tuve que echar al cuerpo un par.

En la etiqueta y en relieve sobre el vidrio de la botella viene indicada la fecha de 1074 como fecha fundacional de una larga historia cervecera en la región, en cuyos campos se ha venido recogiendo cosechas de lúpulo para la realización de esta cerveza. Cierto o no, la cerveza está más que rica. Así que les apremio a echarse unos tragos. Ustedes sabrán cómo se cuidan.

domingo, 27 de julio de 2014

Una Carlsberg

Acabábamos de ganar el Mundial de Sudáfrica apenas unos pocos días antes y todavía ganaríamos una Eurocopa más dos años después, pero yo aún lo desconocía.  Yo estaba todavía flotando en mi nube futbolística cuando mi santa y yo volamos a Lisboa. La capital portuguesa ardía en calor y yo tenía que detenerme para sofocar las calores cada pocos pasos, casi en cada esquina de manzana. Y es que lo confieso: me gusta más sentarme en una terraza que a un niño un silbato. En cada terraza una bebida. A veces un café con hielo, otras un refresco gaseoso con mucho hielo, una horchata o una granizada, pero lo más común es una cerveza bien fría.

En ocasiones el sol pellizcaba tanto que a uno no le quedaba más remedio que parapetarse en un interior atendido por una máquina climatizadora. Cambiábamos una mesa de terraza por una mesa junto a una amplia cristalera, pero el servicio que solicitábamos seguía siendo el mismo. Alguna bebida fresca. En este caso, como se ve en la foto, me pimplé una Carlsberg, una cerveza que no necesita presentación, aunque mucha gente desconoce que es una cerveza de origen danés. La cerveza Carlsberg es una lager, que en realidad es un tipo de fermentación de la levadura, es decir, de fermentación baja, que la mayoría piensa que se llama así porque es un tipo de fermentación situada en la parte baja del fermentador, pero que en realidad hace referencia a que es un tipo de fermentación a temperaturas bajas. Lo que ocurre, según he ido averiguando con el paso del tiempo, que la fermentación a bajas temperaturas provoca una fermentación en el fondo del fermentador, ya que en realidad es allí, en el fondo del fermentador, donde están los hongos que soportan las menores temperaturas.

No me enrollo más y les digo que la cerveza Carlsberg es una cerveza muy suave, de tan sólo un 4,9 %, muy fresca y con un sabor, a mi juicio, muy light, quizá demasiado. Sin embargo, no está mal para una día de playa o de turismo soleado, pero no es una cerveza que acompañe normalmente ninguna de mis comidas, le falta cuerpo y sabor de fondo.


lunes, 30 de junio de 2014

Una Estrella Damm Inedit

El mejor trago de cerveza siempre es el primero, y si ese primer gran buche llega después de recorrer casi trescientos kilómetros al volante, en una tórrida tarde de verano, a través de autovías desiertas, en horizontes divididos por una larga línea gris de asfalto, con el ardiente sol como único compañero pues los demás ocupantes del coche descansan con los cuellos estirados hasta el límite de sus posibilidades, entonces, ese ansiado primer trago, se siente como el justo premio tras un cansado viaje de vuelta a casa, como un trofeo bien merecido, aunque todos sabemos que no existe mejor premio que volver sanos y salvos a casa.

Ese primer trago, en esta ocasión, ha sido de una Estrella Damm Inedit, una cerveza intensamente aromática, muy turbia y de color claro, con una espuma abundante de burbuja menuda, de ligero sabor final anaranjado y con un delicado toque alimonado que me recordó a la cerveza belga Hoegaarden Wit Blanche. Posee bastante cuerpo pero al mismo tiempo es muy refrescante y tiene sólo un 4'8 % de alcohol.

Es una cerveza que se recomienda servir en copa de vino y a una temperatura entre 4 y 8 grados -como casi siempre, vamos-. Tal y como la recomendaron me la tomé, aunque en la foto no sale la copa porque en esta ocasión la foto es un selfie, ya que estaba solo en casa.

Esta cerveza la tenía yo reservada para publicarla el día que ganáramos la estrella que hiciera pareja con aquella que ganamos hace cuatro años y que adorna las camisetas de la selección, pero como no ha podido ser, en consecuencia, como la selección, ésta también ha caído antes de tiempo.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Una Er boquerón

Habíamos organizado un almuerzo en casa con unos amigos y me tocó a mí encargarme de la compra, algo que verdaderamente me gusta, entre otras cosas porque siempre tengo algo más de libertad presupuestaria y aprovecho para darle algún que otro capricho al paladar. Uno de los antojos que suelen repetirse más en mis compras son -como alguno imaginará- las cervezas.

Como recientemente el Real Madrid había eliminado en semifinales de Champions al Bayern de Munich alemán y nuestros invitados eran madridistas decidí que era un buen momento para tomar una cerveza muniquesa (una Paulaner). Metí cuatro cervezas de medio litro en el carro y me disponía a huir de la zona de las cervezas porque sabía que allí iba a encontrar muchas tentaciones, demasiadas, a pesar de que me encontraba fuerte y tenaz en la idea de resistir, pero sin querer tropecé con una cerveza que superó mi escudo de voluntad e irremediablemente caí en sus redes. La cerveza en cuestión era la cerveza Er boquerón. Escrito así. Atractiva como pocas. Los colores de mi Málaga, y encima, por si no fuese ya suficiente tentación, en la botella podía leerse "cerveza elaborada con agua de mar". Agua, malta de cebada, lúpulo, levadura y agua de mar. Un 4'8% de alcohol y un sabor algo salado, como era de imaginar. Es una cerveza extraña y distinta, cuanto menos curiosa y creo que bien merece ser la cerveza medio centenar que comparto con ustedes.

La foto -aparte de por mi careto- no es de muy buena calidad, pero es que me la hizo mi mujer -que no tiene parkinson aunque le tiemble el pulso- con la cámara del móvil (porque soy un flojo, lo reconozco, y no tenía ganas de levantarme a buscar la cámara de fotos) y claro, la cámara del móvil no da la talla. Ésta es la mejor foto que he podido elegir entre cinco, pero bueno... les pongo una foto que encontré por la red para saciar su curiosidad y para que se les haga la boca agua.

Ya de camino utilizo esta entrada para brindar por el Málaga CF, el equipo boquerón, porque esta temporada, otra más, ha conseguido el objetivo de mantenerse un año más en primera división.

lunes, 28 de abril de 2014

Una Alhambra Negra

Disfrutaba de un tapeo en una de esas típicas tascas del centro de Granada, y como segunda cerveza de la noche, después de tomarme la cerveza que presenté el mes pasado, para variar, decidí tomar una cerveza Alhambra Negra, que probablemente es bastante sencilla de encontrar en Granada pero que yo no había tenido la oportunidad no sólo de catar en mi localidad, sino que ni siquiera sabía que existía.

La pedí y la tomé con curiosidad. A pesar de la escasa luz que había en la esquina donde yo había acodado mi posición, me pareció algo rojiza entre su negro azabache. La espuma no era muy abundante ni consistente, de un color pardo algo extraño, menuda y porosa. El primer sorbo, que siempre es el más importante, me pareció dulzón y bastante plano de sabor, con poco fondo, pero sin embargo era agradable. Mi consideración hacia la cerveza fue creciendo con cada sorbo. El tostado es  ligero y se nota la graduación de alcohol, sólo un 5,4%.

A pesar de que no soy un gran amante de las cervezas negras, reconozco que ésta me sorprendió, es de las cervezas negras que he probado la que más se acerca a las rubias, por eso supongo que a los amantes de las cervezas negras, tipo Guinness, no les entusiasmará, pero a mí, que me gustan todos los palos -evidentemente unos más que otros- me pareció una alternativa bastante solvente como cerveza negra.