jueves, 28 de octubre de 2021

The Hawkins en el Louie Louie

Una de las grandes ventajas de las bandas a la hora de hacer giras, es que van dándose a conocer, a parte, supongo, de pasarlo bien haciendo lo que les gusta, al mismo tiempo que se embolsan algo de panoja para meter en el bolsillo.

Una de las bandas que vinieron a hacer una gira por España eran el cuarteto sueco The Hawkins. Sinceramente no los conocía, pero me los puse en Spotify y oye, me hicieron tilín desde el primer momento. Ritmos acelerados, guitarras afiladas, una voz chillona como la portada del disco de amarillo Simpson, extremadamente divertidos e irónicos. Pegadizos, sí, bailables, también. Canciones sin descanso. A veces tienen una cierta familiaridad con Queen, otras veces me recuerda Jack White. 

Venían al Louie Louie Rock Bar de Estepona. Y aunque era un miércoles, al menos se tiene el descanso del fin de semana cerca. La cosa es convencerse a uno mismo y echar ganas. Lo malo del Louie Louie es que suelen programar los conciertos muy tarde, y al día siguiente hay que madrugar y que entre Estepona y Fuengirola hay una buena hora en coche. Aún todas estos no pequeños inconvenientes, las ganas de rockear suelen ganar.

Allí nos plantamos Óscar y yo. Ofrecieron un concierto estupendo, vinieron presentando su Ep Aftermath, publicado en plena pandemia, y aunque no interpretaron mi tema favorito del disco "Cut me off, right?" sí que tocaron casi todas las demás. Ciertamente no asistió mucho público, pero había que tener en cuenta el momento tan delicado que estamos viviendo con la pandemia. Hacía mucho que no se programaban conciertos en locales cerrados, y todos estábamos algo recelosos.

 

lunes, 18 de octubre de 2021

Fútbol, fútbol y más fútbol

No habíamos puesto un pie en el suelo firme, después de aterrizar en el aeropuerto de Málaga y teníamos muchas actividades por hacer. Lo primero era recoger el coche, regresar a casa, deshacer las maletas, lavar la ropa y colocarnos la camiseta del Málaga CF porque Miguel y yo teníamos partido en La Rosaleda. Al final fue un partido emocionante con empate final contra un Zaragoza que era, en principio, uno de los aspirantes al ascenso. 

Al día siguiente, por la mañana, su equipo de fútbol tenía partido en Málaga, contra el Carlinda, y por la tarde Miguel iba a celebrar su cumpleaños con sus amigos, que no son pocos, entre el equipo de fútbol, los compañeros del colegio y sus primos juntan buen número de preadolescentes. Quedaron en un campo de fútbol, un balón, refrescos, una tarta y todos contentos.

Dicen que la juventud no es tanto un tiempo de la vida, sino un estado del espíritu. Y cuando estás delante de niños de treces años, que es lo que cumplía Miguel, comprendes que la despreocupación de todo lo que no es el ahora, de todo lo que pase más allá del momento, de vivir el presente, les importa poco, o al menos, esa sensación me daba a mí. La juventud no es otra cosa, aparte de no sufrir dolores de espalda, que vivir con todos los sentidos puestos en el presente, en el instante.

¿Siento envidia? Pues sí, pero al mismo tiempo siento alegría. A uno le gusta de comprobar que sus hijos disfrutan de una juventud plena. Ellos tienen un futuro lleno de esperanza, yo tengo un pasado lleno de recuerdos. Todo tiene su parte bella.


domingo, 17 de octubre de 2021

Ámsterdam revisited

Nuestro último día lo dedicamos a visitar la capital holandesa. No tuvimos tanta suerte como los días anteriores con el clima, pero claro, estábamos de visita turística en Ámsterdam, algo de lluvia nos tendría que caer. Aunque tampoco fue mucha. Lo suficiente para recordarnos que estamos en otoño en un país centroeuropeo.

Mi hermano, Bianca y Anita vinieron a recogernos al hotel con la furgoneta. Ese preciso día era el cumpleaños de mi hermano y le habíamos traído oculto en mi equipaje una chaqueta del Málaga como regalo. Creo que le gustó. Una vez  realizadas las felicitaciones, subimos a la furgoneta, nos colocamos los cinturones y pusimos rumbo a Ámsterdam.

Aparcamos muy cerca de la estación central de trenes de Ámsterdam, junto al Sea Palace Restaurant, que es un restaurante chino flotante muy llamativo. Desde allí fuimos a pie hacia el centro, despacio porque íbamos a ritmo de mi padre, que aunque se mantiene bien, no deja de tener más de ochenta años a su espalda.

Cruzamos por Odebrug y paseamos admirando las típicas fachadas inclinadas de ladrillos, incluso me acerqué al edificio, que hoy día es un hotel, donde falleció el trompetista Chet Baker y en cuya fachada hay una placa rindiéndole homenaje. Continuamos hasta el Damrak, donde no pudimos evitar detenernos para hacernos fotografías. Caminamos en dirección hacia la Plaza Dam, parando delante de los múltiples atractivos de los que presume una de las calle comerciales más famosas de Europa.  Una suave llovizna acompañó nuestro paseo, por lo que íbamos parando de vez en cuando en las distintas tiendas que nos dieron cobijo. A media calle se encuentra el pasaje Beurspassage, que está decorado con pequeñas piezas cerámicas muy al estilo art nouveau. Verdaderamente encantador. Sofía estaba maravillada con las tiendas de queso Old Ámsterdam. Toda la calle está llena de tiendas de artículos de recuerdos. 

En la plaza Dam se unieron a nosotros Sylvia y Ernest, unos amigos holandeses que quisieron acercarse para acompañarnos. La plaza Dam es verdaderamente impresionante. Es amplísima y al mismo tiempo concurridísima. Es uno de los lugares principales de encuentro en Ámsterdam, aunque da la sensación de que todo el mundo parece estar de paso. A un lado de la plaza está el impresionante monumento en honor a los caídos en la Segunda Guerra Mundial.  En un lado, casi cerrando una esquina, está la Nieuwe Kerk (la Catedral Nueva), que es del siglo XV, pero el edificio que preside la plaza es el Palacio Real, que fue construido originalmente como Ayuntamiento en el siglo de oro neerlandés. Es un edificio verdaderamente enorme. En un lateral de la plaza está el célebre museo de cera Madame Tussauds, al otro lado del palacio hay un hotel NH de cinco estrellas, y tras el Palacio Real está el Magna Plaza, que es un centro comercial muy popular en la ciudad, y donde me compré mi primer reproductor de discos compactos hace ya más de treinta años atrás. ¡Qué recuerdos!

El cielo fue abriéndose y el sol, a ratos, asomaba entre las nubes.  Rodeamos la Nieuwe Kerk y nos dirigimos a la estación central pero en el camino nos detuvimos en el Mannekenpis, que es un típico puesto belga de patatas fritas. Riquísimas. No tenían nada que envidiarle a todas las que he tomado en Bruselas las veces anteriores en mi vida. Al menos yo no aprecié nada que las diferenciara. Si acaso es que aquí pedimos varios tipos distintos de salsas mientras que antes siempre las había pedido acompañadas de mayonesa.

Mi hermano y Anita habían reservado un paseo turístico por los canales de Ámsterdam en un crucero que aunque estaba cerrado con unas cristaleras, también se podían abrir. Además estaba equipado con unos auriculares para escuchar una explicación de lo que estábamos viendo en diferentes idiomas. Lo disfrutamos mucho. Los cruceros por las ciudades siempre son algo distinto para hacer y son muy recomendables. Ofrecen una visión distinta a lo que uno puede ver yendo a pie a la vez que permiten un descanso a los pies.

Al regresar Miguel estaba muy impresionado con la gran cantidad de bicicletas que había aparcadas junto a la estación central. Y aunque no alquilamos ninguna, con nuestros pies sí que dimos un buen paseo por el centro. Callejeamos por una de las calles más céntricas de la capital holandesa, Zeedijk, y por todo el barrio de Chinatown, con todos sus comercios con carteles luminosos y amplias cristaleras. Me gusta mucho pasear por estas calles. No muy lejos de allí, casi a cuatro pasos, está el barrio rojo, que bueno, al principio a Miguel le intimidó un poco, aunque no tanto.

Nos acercamos a Oude Kerk (que es el edificio más antiguo de Ámsterdam) para admirar sus vidriadas fachadas y nos dejamos retratar junto a varias de las esculturas callejeras que adornan las calles del barrio. Tomamos un tentempié en la terraza junto a una plaza. Bianca tenía que volver, y decidimos ir regresando en dirección a la furgoneta. 

Pero aún nos dió tiempo de ir a cenar al regresar a Almere. Mi hermano y Anita quisieron invitarnos por el cumpleaños de mi hermano y fuimos a De Beren (Los osos), que estaba cerca del hotel. Comimos estupendamente, la verdad. Disfruté mucho la velada familiar. Todos cenando juntos, a más de dos mil kilómetros de casa, con unas vistas fabulosas al lago -aunque yo las tuve a la espalda-, celebrando casualmente el cumpleaños de mi hermano, fue uno de esos recuerdos que se quedan por siempre. 

Al día siguiente, después de desayunar en el buffet del hotel, tuvimos tiempo para pasear hasta una pequeña playa que había cerca del hotel. Era diminuta y estaba llena de cisnes y patos. Fue divertido y extraño acercarnos a una playa llena de cisnes. Intentamos acercarnos a ver si se dejaban acariciar, pero no eran tan domésticos. Seguidamente regresamos al hotel, recogimos las maletas e iniciamos la puesta en marcha al regreso a casa. En un rato, como quién dice, todo quedó en recuerdos y unos cuantos párrafos escritos en un teclado conectado a un ordenador por bluetooth.


sábado, 16 de octubre de 2021

Zaanse Schans

Desde el Castillo de Hooge Vuursche, como a unos cuarenta minutos en furgoneta, en una carretera sin cuestas, junto al río Zaan, se encuentra el famoso barrio de Zaanse Schans, con sus típicos molinos del siglo XVIII. La visita es muy recomendable, yo diría que obligatoria. El conjunto de los molinos, con los canales, el pueblo al otro lado de la rivera, el puente, el verde intenso de hierva húmeda, el sol presidiendo un cielo cristalino, el dulce olor a waffels y a chocolate caliente consigue que todo en conjunto sea una postal típica y encantadoramente holandesa.

Justo al inicio del recorrido, en el interior de una amplia edificación con hechuras de establo establecieron el punto de información. Allí te aconsejaban sobre la mejor de forma de realizar la visita. Delante de la fachada, en la cubierta, combinando los colores de las tejas se puede leer escrito en mayúsculas, la palabra Vrede, que según nos informamos significa Paz. ¡Qué palabra tan distinta para decir lo mismo!

Paseamos un buen rato muy apaciblemente, pues no teníamos ninguna prisa, la idea era disfrutar de un entorno tan hermoso. Visitamos una granja donde podíamos degustar distintos tipos de quesos típicos de la región. También pudimos ver a un operario realizar el proceso completo para crear un sueco de madera. Accedimos a viviendas y tiendas que se suponían que estaban decoradas tal y como lo estaban siglos atrás. Como si el tiempo se hubiera detenido o si nosotros hubiéramos tenido la posibilidad de viajar en el tiempo. 

Desde allí fuimos hacia Purmerend, que es una localidad cercana a Ámsterdam donde unos amigos nuestros tiene su casa y nos habían invitado a esa especie de cena temprana que practican los holandeses. Es una almuerzo tardío o una cena adelantada. Algo intermedio. Me agradó mucho visitar una vivienda holandesa y poder disfrutar de su hospitalidad. En la parte de atrás de la casa tienen un jardín que es la envidia de las revistas de jardinería. Desde el jardín  tienen acceso a un canal. No pude evitar imaginarme sentado leyendo en un día nublado junto al canal. Un lugar idílico. Todas las comidas que nos ofrecieron estaban deliciosas y las cervezas artesanales con las que me mimó el anfitrión, las disfruté de buen grado.

Desde allí regresamos a Almere, al mismo hotel en el que habíamos descansado la primera noche. Realizamos el check in nuevamente, volviendo a mostrar todos nuestros recientes certificados de vacunación. Todo en orden. Un esperado descanso en habitaciones comunicadas nos esperaba a nosotros cuatro.


viernes, 15 de octubre de 2021

De boda en Holanda

Una llamada lo cambia todo. No hace falta mucho más. Estábamos los cuatro en el coche, sonó mi teléfono y la buena noticia llegó en forma de una invitación para una boda, y no una boda cualquiera, sino para una boda en Holanda. Ilona y Yelle se casaban. ¡Es lo que tiene tener familia holandesa!

Desde el día de la llamada hasta el día de subirnos en el avión todo fueron preparativos. Buscar hoteles, vuelos, vestidos, corbatas y mil cosas más.  Justo el día después del cumpleaños de Miguel tocaba volar desde Málaga hasta Ámsterdam. Vuelo directo. Mi tercera vez en la capital holandesa.  La primera de los niños, la segunda de Pepi y la primera de mi padre, que también estaba invitado. Un viaje familiar.

Aterrizamos en el aeropuerto de Ámsterdam sobre las nueve de la noche, y allí, después de recoger todo el equipaje, nos estaban esperando en una amplia furgoneta mi hermano y Anita, que habían llegado varios días antes que nosotros. Nos acercaron al hotel que estaba en Almere, una localidad cercana a Ámsterdam, situada lo suficientemente cerca para que ir y venir no se convirtiera en una farragosa pérdida de tiempo, pero lo suficientemente alejada para que el precio del hotel tuviera un descuento sustancioso. Hicimos el check in y no tuvimos tiempo a mucho más, tocaba descansar porque el siguiente día iba a ser el día de la boda.

El día de la boda el cielo despertó densamente nublado. Miguel y yo, que habíamos despertado pronto, decidimos ir a dar un paseo por el pueblo antes de desayunar.  Era como caminar por una ciudad fantasma. La niebla desdibujaba las fachadas de los edificios. El lago se perdía difuminado en la distancia. No había nadie por las calles, ni casi un coche, nos cruzamos con enormes aves, en el paseo tropezamos con un cisne enroscado sobre sí mismo en el césped de un jardín junto al lago. Comprobamos que algunos establecimientos estaban comenzando a abrir sus puertas. El frío comenzaba a calar, y ni Miguel ni yo íbamos muy abrigados pero como estábamos en movimiento lo llevábamos bien. Dimos una vuelta completa al centro de la ciudad y regresamos al hotel.

Tras desayunar, dimos todos una vuelta rápida por el centro de nuevo, pero ya se había levantado la niebla matutina y el cielo fue abriéndose hasta dejar un día completamente despejado. Pepi hizo alguna compra, Miguel le echó un vistazo a unas albóndigas que vio por el camino. Regresamos al hotel, cogimos nuestro equipaje y nos fuimos rumbo al lugar de la celebración, el Kasteel De Hooge Vuursche.

Imaginen un castillo como de postal de cuentos de hadas, al cual, miraras por donde miraras encontrabas una perspectiva preciosa, la arquitectura con muy buen gusto era un equilibrio entre simetrías y bellos detalles ornamentales. Un lugar verdaderamente bello. Mientras las mujeres comenzaba a engalanarse para la fiesta, nosotros aún tuvimos tiempo para dar un paseo por los exteriores, lo rodeamos entero y tomarnos un café en la terraza de la cafetería.

De la ceremonia entendimos poco de lo que se decía, algunas palabras sueltas que el director de ceremonias tuvo la atención de hacer en inglés e incluso en castellano, pero no hacía falta, bastaba con ver la cara  de los intervinientes para hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo. Todos derrochaban emoción. Fue una celebración muy emotiva a la par que divertida.

Todos lo pasamos genial. La comida estuvo estupenda. El sitio, ya lo he comentado, era bello por los cuatro costados y disfrutamos de la celebración hasta el final de la noche. Esa noche el descanso fue más que merecido.

A la mañana siguiente el sol seguía presidiendo el cielo con su orgullosa calidez, y más teniendo en cuenta que estábamos en octubre. Disfrutamos del servicio de un desayuno surtido y abundante en unas salas preparadas para tal en el castillo y nos preparamos para comenzar un día de turismo.

 

viernes, 8 de octubre de 2021

Trece años de Miguel

Cada año por estas fechas mi hijo pequeño, Miguel, cumple años con la diáfana ilusión de un niño, como no podría ser de otra manera.  Desde semanas antes va contando los días, deseando ir sumando primaveras o en su caso otoños. A mí, en cambio, cada vez que él cumple años me cae sobre las espaldas un peso inmenso. Empiezo a ser consciente del vértigo de la cercanía de ver la puerta de salida. Aún hay pasillo que recorrer, o eso espero, y mi mano todavía tiene mucho apoyo que ofrecerle tanto a él como a su hermana, que cumple años a la misma velocidad pero con un vértigo mayor aún para mí, porque ella es mayor. 

Miguel nació el día grande de Fuengirola, el día del comienzo de las fiestas de la localidad. Cuando era pequeño y todavía era un alma inocente, yo le decía que para su cumpleaños íbamos a hacer la fiesta más grande de todas, que vendría mucha mucha gente, y que le montaríamos la noria más grande, y muchas luces, y habrá cacharritos para montarse de muchos colores y tamaños. Y conforme se acercaba la fecha yo se lo iba recordando, y llegado el día, en mitad de la feria, delante de la inmensa noria, con luces de feria, yo le decía, ¿qué? ¿qué te dije? ¿es o no es una fiesta inmensa? No tenía palabras de tan excitado que se ponía ante tanto estímulo parpadeante. Todos nos moríamos de la risa.

lunes, 4 de octubre de 2021

50 años juntos

Cincuenta años puede ser un minúsculo suspiro, un pestañear en la historia del tiempo, en las estiradas inmensidades de un universo en expansión, pero en la vida de un ser humano, cincuenta años se dicen pronto, en apenas unos pocos segundos, pero en realidad son millones de segundos, muchos millones de segundos, y en ocasiones esos millones de segundos son una infinidad de momentos. Cincuenta años en la vida de una pareja, es un aniversario casi improbable, inusual, y llegar a alcanzarlos es un logro de paciencia, de compartir, de creer y ceder, de dar sin esperar,  de trabajar en pareja y pensar en pareja, pero sobretodo de caminar juntos.

Mis suegros cumplían cincuenta años de casados y sus cuatro hijos les prepararon una preciosa fiesta sorpresa. La ilusión de sus hijos por conseguir que sus padres vivieran un día especial cincuenta años después se vio ampliamente recompensada desde el primer momento. Sus caras, sus gestos, sus lágrimas confirmaban lo que todos sabíamos ya. Que se merecen eso y mucho más.