domingo, 22 de febrero de 2026

El libro de las ilusiones - Paul Auster

Es curiosa la forma que tenemos las personas de reaccionar de distinta manera a estímulos similares en distintos momentos. Hace pocas publicaciones comenté en este blog que cuando supe la aciaga noticia del fallecimiento de Javier Marías, necesité apartarme de sus escritos. Tuvo que pasar un tiempo, más allá de tres años, hasta que me sintiera preparado para volverle a leer. Es como si quisiera apartarme, alejarme, de un dolor para el que todavía no estaba preparado. Retomé su obra de la manera que me pareció que me dañaría menos, o al menos la que pensé que me apetecía más, es decir, sus artículos. Y todavía no contemplo leer una de sus novelas, aunque sé que si la vida me regala tiempo suficiente, llegará el momento.

En cambio, con el caso de Paul Auster mi reacción fue distinta. Cuando falleció, mi primera respuesta fue pensar que tendría que volverle a leer. Que quería volverle a leer. Casi en total contraposición con lo que me ocurrió con Javier Marías. 

Aunque no están muy separadas las fechas de fallecimiento de ambos. Poco más de un año y medio. Y que si bien Paul Auster falleció con 77 años y Marías con 70. La muerte de Auster la vi venir, entraba dentro de las posibilidades. Ya había sabido que estaba sufriendo un cáncer de pulmón -se había hecho público por las cuentas de Instagram de la mujer, Siri Hustvedt, y la de la hija de ambos, Sophie Auster- y si bien, la esperanza es lo último que se pierde, ya estaba la parca en el horizonte. En cambio la muerte de Javier Marías esa sí que no la vi venir. Fue una desagradable sorpresa. 

El caso es que decidí leer una novela de Paul Auster y elegí El libro de las ilusiones (2002). Mi amigo Miguel me había comentado que le había gustado mucho esa novela y que siempre la recomendaba. Así que como era una de las novelas de Paul Auster que tenía por casa, comencé a leerla. El inicio no fue del todo ilusionante. La historia me parecía muy triste para mis ánimos y tampoco es que fuera demasiado atractiva, pero Auster tiene una especie de brillo o frescura en su escritura que te va atrapando con una naturalidad casi de oleaje. De la misma manera que cuando tienes los pies en la arena de la orilla, y las olas poco a poco va hundiendo tus pies en la arena, de la misma manera la escritura de Paul Auster te va atrapando.

No pretendo en este blog destripar historias, ni novelas, si no contar lo que me parecieron. Me pareció que el libro comienza de una manera muy triste, y que poco a poco, incluso de una manera sorpresiva e inexplicable, el protagonista, David Zimmer encuentra la ilusión  de continuar en el descubrimiento de una persona. Y eso lo cambia todo.

Sigo pensado que el libro que más de gusta de los que he leído de Paul Auster es El Palacio de la Luna. Y este Libro de las ilusiones no llega a ese nivel -siempre hablando a mi juicio- pero le sigue a una corta distancia.

Espero no tardar mucho en leerme otra novela suya, pero eso es algo que nunca se sabe.


domingo, 15 de febrero de 2026

Menú en el Restaurante Matiz

Recibimos una invitación de parte de Pepe y Mamen para disfrutar de un menú degustación en el Restaurante Matiz, en Málaga. Uno de esos restaurantes que ofrecen menús que son casi creaciones artísticas. Me apetecía mucho la experiencia de un menú degustación, y así probar nuevos sabores, o debería decir, más bien, nuevas mezcla de sabores. La alta cocina, la nueva cocina, o la cocina creativa actual mantiene varias tendencias por donde creo que está creciendo en expectativas.

Uno de los puntos más importantes -para mí el que más- es el producto. Se busca una materia prima de primera calidad, y para ello, como parece lógico, se presta especial atención en aprovechar la materia prima de calidad cercana, aquella que tienes a mano y que es más fácil de llevar a la cocina, y por consiguiente de presentar en la mesa, de una manera más controlada, más fresca y también más barata. ya que la cercanía simplifica la logística de la distribución y el transporte.

Además, también se busca la exclusividad con productos con denominación de origen. Ya no es solo la utilización de un Aceite de Oliva Virgen Extra, también se busca la diferenciación mediante, por ejemplo, aceites exclusivos de olivos centenarios de la Finca Tal o Cual. Lo que supone un salto distintivo.

En este menú que probamos pudimos observar, por ejemplo, que servían boquerones victorianos o quisquillas de La Caleta de Vélez, o la manteca colorá, que son de un particularidad local. Además la apuesta por el producto nacional de calidad también es una garantía segura (atún rojo, solomillo de ternera...).

Y para diferenciar los platos, creo yo, se suele buscar también el producto exótico, aquel que no encontramos fácilmente en el mercado, ni que preparemos de manera habitual en casa. De esta forma, la experiencia gastronómica tiene un matiz especial. Tomar polenta tostada al parmesano, hoja de shiso o trufa blanca. No es comida de diario. 

Así un plato de Vieira con salsa fresca de mango de La Axarquía y crujiente de papada ibérica lo tenía todo para ser un plato delicioso y casi exclusivo. Como así fue. 

Aparte de todo lo anterior, otra apuesta de la nueva cocina son las formas de preparación, el juego de la cocina, la marca personal del cocinero. Se busca la originalidad en el uso de los conocimientos gastronómicos. No es suficiente disponer una guarnición, hay que procurar ser jugones (por aplicar un término futbolístico) a la hora de combinar y de preparar los platos. Disponer verduras encurtidas, polvo de boletus o emulsión de trufa, son detalles que evidencian la disposición creativa en la cocina, y que sirven para apreciar el enfoque de la cocina de autor, su capacidad de investigación, su imaginación y diría casi que su espíritu aventurero.

El bocado de Milhoja de pasta brick, foie micuit, manzana verde, anguila y polvo de boletus es sencillamente un regalo de la vida.

Otro de los puntos fuertes de esta cocina es la presentación, o emplatado. Todos estamos ya acostumbrados a ver fotografías de platos que entran por el ojo con sólo mirarlos, en ocasiones antes de tener conocimiento de lo que es. Es un arte la presentación de los platos. Y como expresión artística, hay para todos los gustos. Guste más o menos, la voluntad y el esfuerzo, así como el conocimiento, a la hora de emplatar se nota y mucho al primer golpe de vista.

Si todo lo anterior va complementado con un servicio impecable, un sitio agradable y un maridaje acertado, la experiencia global es un premio para los sentidos. 

Evidentemente todo esto tiene un precio, y por muy ajustado que esté, no siempre podemos permitirnos el gasto. El precio me pareció comprensible, pues la calidad siempre hay que pagarla. A mí me encantó.

¡A ver si recibo otra invitación!


sábado, 14 de febrero de 2026

La OFM 2025/26 - Programa 07

Siempre he querido llevar a mi padre a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga. Pero no es tarea sencilla. Tienen que darse una serie de circunstancias. La primera es que la orquesta ofrezca un concierto, algo que ocurre aproximadamente una treintena de veces al año. La segunda que es que yo pueda asistir, y la otra es que mi padre también pueda. 

Un día le pregunté si un día le apetecería ir a ver un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga, y me dijo que sí, que no es que le gustara,  es que le encantaría. Así que estuve atento. Y en cuanto pude encontrar un día en el que los astros se alinearon a nuestro favor, reservé un par de asientos en el patio de butacas. Centradas aunque algo cercanas.

Mi padre ha sido músico, saxofonista para más señas, y director de coral y también de banda de música. Esa ha sido su pasión. Una pasión que le ha llenado la vida. Siempre le ha gustado la música clásica, pero a sus ochenta y cinco años, ya no es tan sencillo para él ir a ver los conciertos.

Cuando le dije que reservara la fecha y que ya tenía las entradas me pareció que se iluminaban los ojillos. Llegó el día y lo recogí en la puerta de su casa, y aunque estaba chispeando, no puso ninguna pega. Parecía ir encantado. Aparcamos en un parking cercano a la Plaza de la Merced, a pocos pasos del Teatro Cervantes. En Málaga hacía mejor tiempo que en Fuengirola. De camino al teatro, aún con su bastón, parecía que iba más ligero de lo habitual. Habitaba en sus ojos un brillo especial. Caminaba mirando de un lado para otro, como agitado, nervioso. Señalándome los cambios que había en todo lo que veía. Entre ilusionado y nostálgico. Una vez dentro del teatro, cogió su programa a la entrada y se sentó en su butaca. Sobre esas tablas -decía- he estado yo. 

El concierto tenía tres partes, una primera con Pablo Ferrández, solista de violonchelo, para interpretar el Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, Op 85, de Edward Elgar. Con cuatro movimientos.

En la segunda parte, The chairman dances (Foxtrot para orquesta) de John Adams. Y para acabar las Danzas sinfónicas de West Side Story por Leonard Bernstein. Dirigido y presentado todo por José María Moreno, director titular de la OFM. Pasó en un santiamén.

Luego, tras el concierto, fuimos a cenar juntos al Meson de Cervantes, donde yo había reservado mesa para los dos. Lo invité a todo. A las entradas, a la cena, al parking y al taxista. Él quiso pagar el café que tomamos antes del concierto.

Al regresar a Fuengirola, en la puerta de su casa, bajando del coche, me dio las gracias. En su forma de dar las gracias había un eco de gratitud y satisfacción. Yo regresaba en el coche a casa con un sentimiento de haber devuelto un grano de arena de la inmensidad de deuda que un hijo siempre le debe a un padre. Empezando por mi pasión por la música.


sábado, 7 de febrero de 2026

Juro no decir nunca la verdad - Javier Marías

Si han seguido este blog, aunque sea de manera ocasional, sabrán que soy un admirador de la pluma del autor madrileño Javier Marías. Lo soy desde que comencé a leerlo con Todas las almas, en una edición de El Círculo de Lectores que me pagaron mis padres, pero eso es otra historia.

Lo he seguido como escritor de novelas, como escritor de cuentos, como ensayista, como editor del Reino de Redonda, como traductor y, especialmente, como articulista. Esto es quizás lo más sencillo, pues sólo tenía que acercarme una vez a la semana a leer sus artículos en El País. Como a veces se me escapaban algunos artículos en uno de esos fines de semanas más agitados de la cuenta, he ido comprándome sus volúmenes de artículos y leyéndolos con una pausa temporal que se ha ido agrandando con el paso del tiempo. Cada vez la distancia de tiempo, entre lo escrito y cuando yo lo leía ha ido creciendo. El tiempo es lo que más nos aprieta.

Tras su fallecimiento en septiembre de 2022 fui postergando su lectura. No sé, no me sentía a gusto leyéndolo, me daba una pena leer a Marías sabiendo que muchas de las cosas que afirmaba no las vería continuar. Me entristecía leerlo. Es casi la primera vez que me pasaba algo así con un escritor. Una sensación tristemente novedosa para mí. Así sus libros, durante estos últimos años he mantenido sus libros en salmuera, en las estanterías más alejadas, apartándolos de la vista, hasta incluso algo escondidos. Me entristecía verlos porque me recordaban a él. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El tiempo ha ido pasando, y bueno, te lo vas encontrando aquí y allí, en tus estanterías de libros, y te detienes sobre los lomos de algunos de sus libros leídos con una especie de bienestar interior, entre nostalgia y satisfacción. Hasta que un buen día piensas: estoy preparado, es un buen día para volver a leer a Marías, ya pasó el desapego, el duelo. Así que volví a leerle, y comencé por artículos publicados en 2015, que es por donde iba leyendo sus opiniones de prensa, ya que lo último que leí de artículos fue Tiempos ridículos, la anterior entrega de artículos. Así, especialmente los domingos por la mañana, con el café, como ya no tengo periódico, me abría su recopilación de artículos y me leía unos cuantos.

No diré que me resultó fácil leerle, porque me detenía pensando en la pena que me daba que ya no pudiera continuar escribiendo, pero el placer de la lectura merecía la pena. Y aunque algunos de sus artículos -especialmente los políticos- quedaban algo fuera de lugar, son una interesante crónica de lo vivido en España.

Echando un vistazo rápido por este blog, he descubierto que hacía mucho que no publicaba una entrada de Javier Marías. Y es que sus últimos novelones están por ahí en alguna estantería esperando que le meta mano. Cualquier día de estos.


domingo, 1 de febrero de 2026

Mejor no decirlo

Cuando publicaron todas las obras de teatro que se representarían en Málaga, la que más atraía a Pepi era la comedia Mejor no decirlo, interpretada por la malagueña María Barranco e Imanol Arias, actores más que reconocidos en la gran y pequeña pantalla. Dirigida por Claudio Tolcachir y escrita por Salomé Lelouch.

Exactamente igual que Pepi debió pensar media Málaga, porque en apenas unos días colgaron el cartel de todo vendido. Por suerte pude hacerme con un par de entradas en platea, en uno de los balcones junto al patio de butacas, que no estuvieron mal, pero sigo pensando que me gusta más el patio de butacas. No sólo es que son más céntricas, sino que también son más cómodas.

La obra estuvo bien. Divertida. Tuvo algunos puntos cómicos que me arrancaron una carcajada, pero me dio la sensación de estar viendo un conjunto de sketches, no una historia lineal sobre un matrimonio. ¿Me lo pasé bien? Pues sí. ¿Estuvo bien interpretada? Pues también. ¿Qué falló entonces? Pues no sabría decir si el guión, la dirección o la adaptación. Pero mi impresión es que fue algo que estuvo bien, pero que como concepto general no fue un gran acierto. Percepciones personales, supongo. Además, otra apunte recurrente últimamente es que las obras a veces son cortas. Sobrepasó en poco la hora de representación. Algo justo, creo yo. No es necesario que una obra dure tres horas, ni siquiera dos, pero apenas una hora luce poco.

Con esta obra dimos por cerrado nuestra asistencia a la primera parte del festival de teatro del Teatro Cervantes. No ha estado nada mal. Ni más ni menos que a cinco obras de teatro en un mes. Como era sábado y Pepi yo fuimos solos al teatro, y la noche era estupenda, decidimos ir a picar algo. Y fuimos a La Gloria, una taberna al inicio de Calle Beatas, que tiene la curiosidad de que mantiene un trozo del antiguo muro de Málaga, fechado entre el siglo XII - XV. No todos los días se cena junto a un muro de tanta historia.