sábado, 14 de febrero de 2026

La OFM 2025/26 - Programa 07

Siempre he querido llevar a mi padre a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga. Pero no es tarea sencilla. Tienen que darse una serie de circunstancias. La primera es que la orquesta ofrezca un concierto, algo que ocurre aproximadamente una treintena de veces al año. La segunda que es que yo pueda asistir, y la otra es que mi padre también pueda. 

Un día le pregunté si un día le apetecería ir a ver un concierto de la Orquesta Filarmónica de Málaga, y me dijo que sí, que no es que le gustara,  es que le encantaría. Así que estuve atento. Y en cuanto pude encontrar un día en el que los astros se alinearon a nuestro favor, reservé un par de asientos en el patio de butacas. Centradas aunque algo cercanas.

Mi padre ha sido músico, saxofonista para más señas, y director de coral y también de banda de música. Esa ha sido su pasión. Una pasión que le ha llenado la vida. Siempre le ha gustado la música clásica, pero a sus ochenta y cinco años, ya no es tan sencillo para él ir a ver los conciertos.

Cuando le dije que reservara la fecha y que ya tenía las entradas me pareció que se iluminaban los ojillos. Llegó el día y lo recogí en la puerta de su casa, y aunque estaba chispeando, no puso ninguna pega. Parecía ir encantado. Aparcamos en un parking cercano a la Plaza de la Merced, a pocos pasos del Teatro Cervantes. En Málaga hacía mejor tiempo que en Fuengirola. De camino al teatro, aún con su bastón, parecía que iba más ligero de lo habitual. Habitaba en sus ojos un brillo especial. Caminaba mirando de un lado para otro, como agitado, nervioso. Señalándome los cambios que había en todo lo que veía. Entre ilusionado y nostálgico. Una vez dentro del teatro, cogió su programa a la entrada y se sentó en su butaca. Sobre esas tablas -decía- he estado yo. 

El concierto tenía tres partes, una primera con Pablo Ferrández, solista de violonchelo, para interpretar el Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, Op 85, de Edward Elgar. Con cuatro movimientos.

En la segunda parte, The chairman dances (Foxtrot para orquesta) de John Adams. Y para acabar las Danzas sinfónicas de West Side Story por Leonard Bernstein. Dirigido y presentado todo por José María Moreno, director titular de la OFM. Pasó en un santiamén.

Luego, tras el concierto, fuimos a cenar juntos al Meson de Cervantes, donde yo había reservado mesa para los dos. Lo invité a todo. A las entradas, a la cena, al parking y al taxista. Él quiso pagar el café que tomamos antes del concierto.

Al regresar a Fuengirola, en la puerta de su casa, bajando del coche, me dio las gracias. En su forma de dar las gracias había un eco de gratitud y satisfacción. Yo regresaba en el coche a casa con un sentimiento de haber devuelto un grano de arena de la inmensidad de deuda que un hijo siempre le debe a un padre. Empezando por mi pasión por la música.


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