viernes, 22 de agosto de 2025

Budapest Día 3

Llegó nuestro tercer día en Budapest y aunque había muchas cosas que habíamos visto, aún nos faltaban algunas de las que más ganas teníamos de ver. Una de ellas era visitar el interior del Parlamento. La mayoría de las entradas se venden por Internet, pero no lo habíamos hecho porque no teníamos muy claro en qué momento introducir la visita en nuestro viaje y además tuve dudas en la web de si los niños pagaban, de podíamos usar una especie de bono por familia que por la web no fui capaz de validar. 

Así que sin desayunar ni perezas adicionales, nos fuimos bien pronto para el Parlamento y nos dispusimos en cola para adquirir entradas. Hubo algo de nervios porque el número de entradas era limitado y había más gente de la esperada. Pienses lo que pienses hacer siempre hay alguien que piensa hacer igual que tú. Finalmente conseguimos entradas pero para la tarde, que es cuando mejor nos cuadraba. Porque las entradas van con horario de visita. 

Para desayunar nos decidimos por comprar unas cuantas cosas en un Spar muy cerca del Parlamento. Así desayunamos en un banco sentados con vistas al Parlamento. No todos los días se puede desayunar con esas vistas. Tras dejar todo tal y como lo encontramos, sin dejar un sólo mínimo papel por el suelo, nos dirigimos hacia la Plaza de la Libertad, y nos acercamos a ver con más detenimiento algunas de las esculturas que vimos el primer día con algo de distancia y rapidez. 

Continuamos pasando junto a la Ópera, pero desde la parte de atrás hacia delante, pues siempre la habíamos visto desde Andrássy. Bajamos un segundo para ver la estación y cruzamos en dirección al barrio judío donde nos habían dicho que era el mejor sitio para cambiar euros por moneda local. No era algo que necesitáramos pero me gusta ver los billetes de cada lugar. Es algo curioso y sirve para integrarte más en el día a día local. Tonterías mías. 

Nuestra siguiente parada era en la avenida Erzsébet, situado en la planta baja del hotel Anantara New York Palace. El New York Café es considerado por muchos la cafetería más bonita del mundo. No seré yo el que diga lo contrario. Hicimos cola para entrar, tampoco demasiada. Tengo asumido que es el precio que hay que pagar por viajar en agosto a sitios turísticos. El interior era majestuoso, esmeradamente aristocrático y señorial. Un lugar distinguido sin duda. Columnas salomónicas de mármol, doradas y brillantes lámparas de araña, altísimos techos con frescos de estilo renacentista. Había incluso un grupo de música tocando en directo. Un violinista, un pianista, un clarinetista e incluso un xilofonista cuando estuvimos nosotros. Los camareros claro está, con pajarita. Un sitio donde el lujo es plato diario. Apenas tomamos una bebida cada uno y se nos fue la cuenta a más de cuarenta euros.  Mi cerveza Staropramen checa costó unos ocho euros y fue lo más barato de la cuenta. El sitio es verdaderamente bello. Pagas la multa para poder decir que has estado, pero a esos precios volver es complicado. Las cámaras fotográficas echaban humo allí dentro.

Decidimos que quizás era buena idea caminar por Erzsébet hacia el río Danubio, pasando por la estación de ferrocarril y así cruzar el Puente Margarita, puente del siglo XIX que conecta la ciudad con la Isla Margarita. Así lo hicimos. Por el camino nos encontramos con la escultura dedicada al inspector Colombo y su sabueso. Curiosa.

La isla Margarita es un lugar de sosiego dentro de la ciudad, no hay tráfico, salvo coches de servicio público y son todos eléctricos, reduciendo así los ruidos. Se puede pasear en bicicleta por allí -había puestos de alquiler de bicis- pero sobre todo lo que se viene a hacer allí es pasear y descansar. Nos sentamos en un banco frente a una enorme fuente que lanzaba chorros al ritmo de la música. Fue una interesante forma de de distraerse durante el descanso. Había mucha gente descansando con los pies puestos dentro de la fuente. Si hubiéramos dispuesto de más tiempo nos hubiera encantado pasear por la isla que es casi como un bosque, casi como un jardín botánico, pero en los viajes, el tiempo suele escasear. 

En este parque volvimos a encontrarnos con nuestras amigas las cornejas cenicientas, que les quitaban el pan, nunca mejor dicho, a las palomas. Y también con unos jardines que me recordaron a los que encontré en Braga (Portugal), con unas flores que luego descubrí que se llaman Celosía plumosa, también conocida como cresta de gallo o plumerillo, de color rojo muy intenso. Es una flor de penacho que aflora entre julio y octubre. Un placer encontrarme con ellas.

En la isla cogimos un taxi que nos llevó hasta el interior del Castillo de Buda, frente al imponente edificio del los Archivos Nacionales de Hungría, cerca de un Bistro de comida húngara al que yo le había echado un ojo al menú: 21 Magyar Vendégló, en la calle Fortuna. Pedimos para picotear porque teníamos algo de prisa. La tabla  de distintos embutidos me gustó mucho. El gulash estuvo bien, pero no terminó de ganarme. El risotto de cerdo para chuparse los dedos.

Salimos en dirección hacia El Bastión de los Pescadores, que si bien el día anterior lo habíamos visitado, no pudimos detenernos todo lo que quisimos. Las vistas fabulosas. Entramos -ahora sí- a visitar la Iglesia de San Matías. A Pepi y a Sofía les apremiaron a ponerse una especie tela de fieltro para que se taparan los hombros descubiertos para acceder al interior de la Iglesia. Miguel y yo nos divertimos anotándoles que no iban cristianamente adecentadas.

Es una iglesia realmente bella, con un interior casi tan bello como el exterior. De estilo gótico de arcos apuntados, vidrieras estilizadas con detalles geométricos y floridos, pero también con algún detalle barroco. Aquí se coronan los reyes húngaros.

Abandonamos el Castillo bajando por la escalinata que es algo así como salir de un cuento de hadas. Decidimos ir bajando perdiéndonos por las plazas y las fuentes que Buda esconde en la ladera del castillo. En la Plaza Corvin, frente al Museo de las Artes Populares Húngaras, está la estupenda fuente escultural con la figura de un cazador magiar que está bebiendo de un cuerno. Descansamos unos minutos para seguidamente comprarnos un helado de yogur antes de cruzar nuevamente el  Széchenyi Lánchíd (Puente de las Cadenas), que por alguna razón que desconocíamos, estaba cortado al tráfico y pudimos cruzar a pie por el asfalto.

En media hora teníamos cita para visitar el interior del Parlamento. Así que buscamos una calle con una acera en sombra por la que caminar y hacia allí que nos dirigimos. El Parlamento es espectacular por fuera, pero no lo es menos por dentro. Es enorme, inmenso, colosal. Con unas escalinatas inmensas con alfombras rojas y una decoración de joyero gótico. Es un edificio, según nos explicaron, en uso hoy día, donde se reúnen los diputados del parlamento húngaro. Pudimos contemplar la Santa Corona de Hungría. El edificio me impresionó, la corona no tanto. Me sorprendió ver una especie de cenicero de latón dorado especial para los puros, algo así como un reposa-puros o guarda-puros, pues al parecer las sesiones eran muy largas y los diputados eran muy aficionados a los habanos. Si se hartaban de escuchar la oratoria, salían a continuar fumando sus habanos. Había una numeración en cada hueco, para que no hubiera forma de equivocarse. Muy curioso.

Me hizo gracia al comprobar que la escultura ecuestre de Ferenc Rákóczi II -héroe nacional, líder de la guerra de independencia húngara contra el dominio de los Habsburgo-, colocada en el jardín algo escorado, frente a la fachada del parlamento, había usado la cola del caballo, alargándola, hasta tocar el suelo, como tercer apoyo de la escultura, pues el caballo mantiene en una cabriola las manos delanteras elevadas. 

Tocaba ir acercándonos al hotel, poco a poco. Terminar de ir dando un último vistazo a la ciudad. Camino a la plaza de la Basílica tropezamos con la estatua del Policía Barrigón, que como tenía una cara simpática nos detuvimos a hacernos una foto con él. Nos acercamos por Erzsébet Park, dijimos hasta luego a la noria, y a la fuente que representa a Danubio, según la antigua Grecia, una divinidad. Budapest había agotado nuestras energías. 

Yo quería haber visitado el Museo Nacional Húngaro, pero los horarios con cierre temprano de los museos me impiden hacer todo lo que quiero. Una pena. Así es la vida. Había que llegar al hotel y preparar las maletas porque a la mañana siguiente bien temprano teníamos que tirar para el aeropuerto.

Siempre que dejo una ciudad, me invade una nostalgia de algo por venir. ¿volveré a pasar por tus calles? ¿me dará la vida esa oportunidad? Lo desconozco, el futuro es ese desconocido viento que a veces sopla a tu favor pero que a veces en tu contra. ¿quién sabe? Hasta pronto Budapest.


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