El domingo tocaba volver. Un par de días de escapada para desconectar y regresar a casa para continuar con la rutina, pero con las baterías algo recargadas. Desayunamos en el mismo bar del día anterior, El Campana. Nos había gustado y al estar cerca del apartamento era bastante conveniente. Nos despedimos de la propietaria del apartamento, entregamos las llaves y fuimos camino a Barbate, nuestra primera parada programada.
Recorrimos el paseo marítimo prácticamente entero y regresamos hacia donde teníamos aparcado el coche, aunque por otro camino, que era más corto y más bonito. Cerca de donde aparcamos le habíamos echado el ojo a un bar, Tapería Hostal Barbate, donde servían el atún de distintas formas y a mí me apetecía mucho. Barbate, tradicionalmente, es sinónimo de atún. La verdad es que todo lo que pedimos estaba riquísimo. Tomamos sólo unas tapas de entrada, pues habíamos reservado mesa en una arrocería en Zahara de los Atunes.
La carretera desde Barbate hasta Zahara de los Atunes es una de las carreteras con las vistas más bellas que he circulado en mi vida. Tras los casi doce kilómetros que separan una de la otra, dan ganas de encontrarse una rotonda y volverse para recorrerla de nuevo. Preciosa.
Si la playa de Barbate es buena, la de Zahara de los Atunes no tiene nada que envidiarle salvo que Zahara es más turístico y todo estaba algo subido de precio. También notamos que hacía más viento, pero pudo ser pura casualidad. Barbate es más pueblo costero, mientras que Zahara es casi una expansión turística algo apartada y fantasmal. Casi un apéndice semilujoso solo para el verano.
Continuamos nuestro pausado regreso parando en Tarifa, que está desde Zahara de los Atunes a unos 45 minutos en coche. Aparcamos en el puerto, frente al Castillo de Guzmán el Bueno. Cruzamos en dirección al Paseo de la Alameda, con el Teatro Municipal al fondo, y giramos hacia el Mercado Municipal y la Calle Colón por donde comenzamos a dejarnos llevar por sus callejuelas encaladas de blanco, con geranios y buganvillas trepadoras de vivos colores en las fachadas de las viviendas. El cielo limpio de nubes acentuaba el contraste de colores.
Abandonamos el centro de Tarifa bajo el arco de piedra en medio de las torres almenadas de la Puerta de Jerez, y bajamos en dirección a la playa. Una playa amplia donde normalmente el viento sacude fuerte pero que en esa tarde apenas movía una brizna de hierba. Buscamos una terraza donde tomar un helado, y en mi caso un café, porque por delante, de vuelta a casa, quedaban casi dos horas de carretera. Poca cosa.
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