Mostrando las entradas para la consulta intemperie ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta intemperie ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de mayo de 2026

Jesús Carrasco presentando El detalle

A finales de abril Jesús Carrasco publicó en Seix Barral su última novela titulada, El detalle. Y apenas un mes después vino a presentarla al Centro Andaluz de las Letras de Málaga. Como soy un fiel lector del autor extremeño desde su primera novela, Intemperie, no quise perderme la cita. He ido leyendo todos sus libros uno detrás de otro: la ya mencionada Intemperie, La tierra que pisamos, Llévame a casa, que hasta la fecha, de sus publicaciones, creo que es mi novela favorita. Y también la novela justo anterior a la actual, Elogio de las manos. Todas me gustaron.

Puedo afirmar que Jesús Carrasco es el único autor del que he leído todos sus libros. Hay varios autores de los que he leído más, pero no toda su obra. Y es que con la vida tan ocupada, con el gran número de distracciones que tenemos y la ingente cantidad de libros que me interesan, es imposible leer todo lo que quisiera. 

Compré la novela casi en cuanto estuvo en la librerías y me la leí en un santiamén. Es una novela corta, quizás su novela más corta. Es sin duda la novela más divertida de Jesús Carrasco hasta la fecha, donde incluso hay un pequeño espacio para la crítica. Diría que El detalle es distinta a sus novelas anteriores. No hay un tema, digamos, triste o melancólico. Aunque algo de melancolía sí que se respira en esta, pero nada que ver con Llévame a casa o La tierra que pisamos, por ejemplo. 

La charla estuvo presentada por Cristina Consuegra y fue muy entretenida y diría que hasta divertida. Jesús Carrasco se ha tomado en serio eso del humor y no lo hace nada mal.

Pd: Al final de la charla pude pedirle que me dedicara la novela y confesarle que ya estoy esperando a que publique su siguiente novela, de la que me ha dicho que aún no tenía nada. Y que ahora estaba involucrado en la promoción de esta. Tocará esperar.


lunes, 4 de noviembre de 2024

Elogio de las manos - Jesús Carrasco

Puedo afirmar que Jesús Carrasco es el único escritor del que me he leído todas sus novelas publicadas. O eso creo, al menos todo lo publicado de lo que soy consciente. También es cierto que a esto ayuda que no es muy prolífico. Tan sólo tiene cuatro novelas publicadas. La casualidad hizo que me leyera su primera novela y ya todo fue seguir tirando del hilo.

Como digo comencé con su primera novela, Intemperie (2012), que me encantó. Había leído estupendas recomendaciones y un buen día me la crucé en la biblioteca y me la llevé a casa. Me la leí, quizás debiera decir que la devoré. Después de un tiempo la novela seguía en mi cabeza, y aunque no la tengo en casa, pues nunca me la he comprado para mí, sí que la regalé y la recomendé incansablemente.

Su segunda novela La tierra que pisamos (2016), me atraía algo menos, no sé, algo personal que algunas novelas tienen y otras no.  Pero tan pronto se publicó me la compré. Se lo había ganado con su primera novela,  y poco después me la leí. Me gustó, pero no me encantó, pero cuando el tema no te atrae, hay poco que hacer.

Su siguiente novela, Llévame a casa (2021), la tercera obra del autor pacense, puede ser a mi juicio su mejor novela hasta la fecha. Una maravilla de libro. Un libro que te toca el corazón, pero sin cursilería ni mojigatería facilona. En esta obra se puede ir comprobando la recurrencia de los temas que preocupan a Jesús Carrasco. La huida, el regreso al hogar...

La última novela publicada, Elogio de las manos (2024) es la más personal de todas. Comenzó siendo un ensayo pero que -según afirmó-  acabó siendo una narración autoficcional. Es también una muy buena novela y quizás la más divertida de todas y puede que también la más poética. No sé.

Tuvimos la fortuna en Fuengirola que Jesús acudiera a presentar este libro, y yo no falté para escucharle hablar y también para que me dedicara la novela, como así fue. Un placer.


domingo, 9 de abril de 2023

Charlas literarias

Soy asiduo seguidor de charlas literarias. Lo confieso. Me gustan. Siempre que tengo la oportunidad hago todo lo que puedo para acudir a alguna. Me aportan mucho. Por eso suelo estar atento a todas las charlas, o coloquios, o conversaciones alrededor de la literatura  y si el autor y/o el tema me gustan y las circunstancias cuadran. Allí que me planto.

He escrito que me aportan mucho, y así lo veo. Para comenzar, cada vez que salgo de una se han acrecentado mis ganas de leer, que es uno de mis mayores vicios en la vida y, por supuesto, siempre aprendo algo. No sales de una charla literaria sin haber aprendido algo. Si estas simples afirmaciones no fuesen suficiente,  Además, me parecen un plan estupendo para pasar una tarde. Luego, si voy acompañado, suele terciar una caña y alguna que otra vianda, que tampoco está mal. Y digamos, que la charla se extiende entre amigos con unas cervezas de por medio y con nuestros particulares puntos de vista.

En estos últimos años he podido asistir a bastantes charlas con autores. Así por encima recuerdo que pude asistir en el patio principal del Museo Carmen Thyssen a la charla de Enrique Vila-Matas presentando Esta bruma insensata. Anteriormente pude asistir a una charla suya en el Centro Cultural María Victoria Atencia.

En el Centro Cultural La Malagueta pude ver a Montero Glez, autor muy complicado de sacar de casa, como él mismo afirmó, que vino a presentar su último libro publicado, Carne de Sirena, que me leí febrilmente justo antes de la entrevista, pues quise asistir con la novela leída antes de acudir. En esa misma sala pude ver la cercana Esther García Llovet, que me sorprendió con la curiosidad de que su niñez estaba muy vinculada a Fuengirola. También en el mismo centro cultural pude saludar a Irene Vallejo, que me pareció la mujer más dulce del mundo y que ha escrito el ensayo más absolutamente bello que jamás he tenido entre mis manos, y eso que aún no lo he terminado, puesto que me estaba gustando tanto que he decidido reiniciarlo para poder disfrutarlo aún más.

Isaac Rosa en Fuengirola
En Málaga también, pero en La Térmica pude ver por primera vez a Antonio Muñoz Molina, uno de mis escritores favoritos. Luego he tenido la oportunidad de verlo en distintas ocasiones, otra vez en Málaga, pero en el Salón de Actos de Unicaja, en Marbella y en Alhaurín de la Torre. Tengo muy buen recuerdo de todas y no que canso de escucharlo. Incluso fui a ver la presentación de Por un túnel de silencio, de Arturo Muñoz, hijo del autor jienense. Muy interesante también. Libro muy recomendable, por cierto.

Otro de mis autores favoritos es el donostiarra Fernando Aramburu, con el que también he tenido la fortuna de poder repetir asistencia. Una primera vez en La Térmica, que fue una charla multitudinaria, tras el éxito de su novela Patria. A Aramburu podría escucharlo días. En La Térmica también tuve el gusto de escuchar, saludar e incluso la fortuna de que me firmase un par de novelas el autor irlandés John Banville.

En un ciclo en la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina de Málaga también he tenido la oportunidad de disfrutar de una conversación entre la autora almeriense Aurora Luque, Premio Nacional de Poesía y Cristina Rosenvinge que fue un encanto de charla. Y en otra ocasión la conversación del Premio Nobel Mario Vargas Llosa y el escritor cubano Leonardo Padura, en el II Festival Literario de América y Europa, que se llamó Escribidores.

Manuel Vilas en Fuengirola
Algunas de aquellas charlas fueron en ese tiempo aciago de caras tapadas con mascarillas y muchas de las presentaciones de libros he tenido la fortuna de disfrutarlas cerca de casa, en la biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola. Es una suerte que la biblioteca pueda acceder a autores como Jesús Carrasco al que comencé a seguir tras su primera novela Intemperie y que vino a presentar su maravilloso libro Volver a casa. Es de los pocos autores que, por ahora, he leído todas sus novelas. Lorenzo Silva mostró su extraordinaria capacidad de comunicación con la presentación del libro que traía en ese momento bajo el brazo, Castellano, aunque yo lo que he leído de él es de su serie de Bevilacqua y Chamorro.

Sergio del Molino vino también a Fuengirola presentando su último libro, Un tal González, pero yo acudí con su libro La piel, que me encantó. Algo similar me pasó con Javier Cercas que llegaba para hablar sobre El castillo de Barbazul y terminó hablando de muchas cosas menos casi de su último libro. 

Al final es una oportunidad de conocer a los autores con los que has pasado horas de lectura, o en algunos caso, como me ocurrió con Isaac Rosa, conocer autores a los que no he leído nada, o como me ocurrió con Manuel Vilas, que me leí el libro que llevaba bastante tiempo en la estantería. 


jueves, 18 de noviembre de 2021

Jesús Carrasco en Fuengirola

Apenas unos días después de haber podido asistir a los diálogos entre los escritores Guillermo Busutil y Antonio Muñoz Molina vino a Fuengirola a ofrecer una charla Jesús Carrasco, en una serie de actividades organizadas por el Ayuntamiento y las red de Bibliotecas de Fuengirola, que titularon Encuentros con autores.

La primera novela de Jesús Carrasco, Intemperie, me marcó. Me gustó muchísimo y la recomendé a todo aquel que me preguntaba. Había leído algo en prensa, y en una de mis esporádicas visitas a la biblioteca me lo llevé. Un acierto.

Su siguiente novela, La tierra que pisamos, me la compré al poco de publicarse, tras el empuje que se había ganado con Intemperie. Pero no la leí instantáneamente. Estuvo bastante tiempo en la estantería antes de que le echara un ojo. Había leído que era una historia dura, hostil, y yo no tenía ganas en esos momento, de meterme en nada de mucha tristeza ni profundidad, pero en cuanto se me pasó ese rechazo a la pesadumbre, me lo leí. Sí que fue dura, pero también me gustó, aunque Intemperie seguía teniendo un hueco privilegiado en mi memoria de libros escogidos.

Su tercera novela, Llévame a casa, me pareció maravillosa. Una novela tierna y familiar, nostálgica e íntima, donde el autor extremeño plantea un retrato social de actualidad que a todos nos afecta, directa o indirectamente.

De manera que llegó el día de la presentación y acudí a la charl, junto con mi complice habitual, Miguel, habiendo leído todas las novelas publicadas por el autor, algo que creo que es la primera vez que me sucede.

Fue una charla muy entretenida y pude traerme dedicadas sus dos últimas novelas, porque la primera, como ya he dicho, la saqué de la biblioteca. Ya estoy esperando que publique la cuarta, que según me confesó la llevaba bien encaminada.


domingo, 22 de julio de 2018

El NOS Alive en Lisboa

Amaneció el día algo nublado en Lisboa lo cual era una buena noticia si la idea era asistir a un festival de rock a pasar un buen número de horas a la intemperie y bajo el Sol, especialmente si teníamos en cuenta que estábamos a mediados de julio. 

Lo primero que hicimos esa mañana fue comenzar por el principio y desayunamos copiosamente en el bufé del hotel pero sin demora, porque seguidamente nos dirigimos de nuevo a la Praça del Rossío, junto a la fuente frente al edificio del Teatro Nacional, donde arrancaba la visita guiada a la que estábamos todos apuntados.

Tras las primeras presentaciones y una breve explicación inicial de la misma plaza, visitamos el monumento situado frente a la Iglesia de Santo Domingo, dedicado a los millares de víctimas judías asesinadas en una masacre llevada a cabo en el año 1506. Desde allí y mientras el día se aclaraba de nubes, giramos de nuevo de vuelta a la plaza y nos introdujimos en la estación de tren de Rossío, que posee una extraordinaria fachada neomanuelina, aunque la verdadera razón de acceder a la estación de trenes de Rossío era ahorrarnos cuestas, porque Lisboa tiene pendientes para dar y regalar. Por eso uno de los consejos principales y que más rápidamente suma seguidores en Lisboa es usar los atajos de esfuerzos que ella ofrece. Las escaleras mecánicas de la estación de Rossío es un recorte de esfuerzos nada despreciable.

De manera que subimos por las escaleras mecánicas de la estación de trenes y salimos justo a la entrada de la Calçada Do Duque, y desde allí ascendimos una pronunciada cuesta que nos llevaba a una de las plazas con más historia de la capital portuguesa, Largo do Carmo.

La Plaza do Carmo fue centro de la Historia en mayúsculas de Lisboa. En el Cuartel do Carmo, sito en la misma plaza, el 25 de abril de 1974, se puso punto y final a la dictadura de Salazar. Nombres como António de Espínola, Salgueiro Maia o Celeste Caeiro son parte principal y singular grabada para siempre en la historia portuguesa. Nuestra guía nos resumió la historia, ofreciéndonos un lienzo a trazos de los principales acontecimientos de aquellos días, con sus tanques, sus claveles, sus curiosidades y sus consecuencias. Todo muy interesante.

En el centro de la plaza se encuentra una magnífica fuente barroca, y también en la misma Plaza do Carmo, estaba el Antiguo convento do Carmo, que era el templo gótico más importarte de Lisboa hasta que el terremoto de 1755 lo tiró abajo y lo dejó en las ruinas que es hoy. Actualmente alberga el Museo Arqueológico de la ciudad, que no visitamos.

Continuamos nuestro camino siguiendo los pasos de nuestra guía, cortando por calle abarrotadas de comercios hasta llegar al Largo de Chiado, junto a la Praça Camoes. En cada plaza nos deteníamos y la guía nos iba explicando las singularidades de cada una. Bajamos por el Largo do Chiado, que es uno de los lugares más turísticos de Lisboa. Allí se encuentra la cafetería Brasileira y sentado en una de sus mesas está la escultura de Pessoa, que es una las fotografías más perseguidas de la ciudad. Al final de la calle, giramos a mano izquierda desde donde se tiene una espléndida vista del Elevador de Santa Justa. La Baixa es a mi juicio una de las zonas con más vida de la capital lisboeta.

Giramos junto al Elevador por la Rua Santa Justa hasta la Rua Augusta que se encontraba atestada de gentío y la recorrimos entera hasta la Praça do Comercio donde nuestra guía despidió su visita. Después de disfrutar de la maravillosa Praça y de retratarnos con los teléfonos en casi todas las perspectivas decidimos buscar un sitio donde descansar los pies y tomar el almuerzo.

No muy lejos de la Praça do Comercio encontramos un restaurante que cumplía nuestros requisitos. El mío era tomar bacalao dorado. ¡Riquísimo! Después del almuerzo nuestras santas se fueron con los niños en taxi dirección al Oceanário de Lisboa mientras que mi cuñado Francisco y yo, en tranvía, fuimos directos al festival Nos Alive, del que hacía meses que teníamos entradas para ese día.

En el festival habíamos quedado con unos amigos que también habían venido desde la península a ver el festival, y para más señas a Pearl Jam, con ellos coincidí en Barcelona y ahora también en Lisboa. Ellos estaban ya allí cuando nosotros llegamos, algo así como en tercera fila delante del escenario. Eso sí, de pie. Primero vimos a The Last Internationale, después a Alice In Chains, Franz Ferdinan, Jack White y por último a Pearl Jam, que ofrecieron un conciertazo difícil de olvidar. En total unas once horas de pie, literalmente, pero sarna con gusto no pica, dicen.

Cuando terminó el concierto nos encontramos con otros conocidos, a los que saludamos y comentamos el concierto y poco más. Nos acercamos a ver un par de canciones de At The Drive In y nos marchamos en busca de un transporte que nos devolviera -lo que quedaba de nosotros- al hotel. Era tarde y había sido un día largo e intenso a la vez que irrepetible, además al día siguiente debíamos madrugar. Apenas tres horas de descanso se asomaban a nuestra noche.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Me encanta el invierno, a pesar de todo

Estos días las temperaturas están bajando considerablemente, y aunque sé que aquí donde vivo, en el sur de la península, el clima es bastante más benigno que en el resto de España y por supuesto también mucho más que casi en el resto de Europa, la realidad es que caminando a la intemperie me veo obligado a resguardar las manos en los bolsillo a la vez que aligerar el paso.

Es cierto que el verano es más cómodo. Una camiseta, unas bermudas y listo. El invierno por poco crudo que sea te obliga a camisa y a jersey, y a un chaquetón si se sale, y calcetines y si me apuran bufanda y guantes, sin olvidar el paraguas. Es más incómodo pero a mi juicio es mucho más elegante.

Mi santa señora lleva varios fines de semanas realizando el cambio de temporada de vestuario. Guardar toda la ropa de verano que ya no nos vamos a poner y sacar la que vamos necesitando. En mi caso además hay que lavarla toda justo nada más sacarla pues como soy alérgico al polvo y en cuanto me pongo una prenda guardada comienzo a estornudar sin parar y comienzan las consiguientes dos semana de mocos y pañuelos. Gracias a Dios, ya digo, mi santa me ahorra cada año una buena dosis de narices rojas.

Quitando esos pocos inconvenientes, y alguno más, me encanta el invierno.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Brujas día 2

Para nuestra segunda jornada en Bélgica habíamos pensado en visitar Brujas, ciudad que Pepi y yo ya conocíamos de nuestro viaje hace tres años, pero no nos importaba repetir en absoluto, es más, estábamos convencidos de que a los niños les iba a encantar. De manera que pusimos el despertador bien temprano para aprovechar mejor el día, y bajamos a desayunar al bufet del hotel cuando aún estaba amaneciendo. El bufet era bastante completo, aunque el café no era ninguna maravilla, en cambio, ofrecía una amplia diversidad de productos fríos.

Una vez las energías restablecidas para comenzar el día, salimos caminando en dirección a la estación Comte de Flandre, que supongo significará Conde de Flandes, o algo así, que estaba a unos 600 metros aproximadamente desde la puerta del hotel. Un paseo para calentar articulaciones. La estación es la más profunda de la ciudad, pues pasa por debajo del Canal de Charleroi. Por ella pasan la línea 1 y 5, y ambas van directamente hacia la Gare Central, que es donde nos apeamos, pues queríamos enlazar con un tren que nos llevara a Brujas.

En la bulliciosa Gare Central compramos dos billetes (los niños viajan gratis) en dirección a Ostende, que paraba en Brujas. Creo recordar que hizo un par de paradas más, una en la Gare du Nord de Bruselas y la siguiente en Gante, ciudad que también conocemos del viaje anterior, pero que en este viaje no podíamos detenernos a visitar. El tren siguió hasta Ostende pero nosotros nos bajamos en Brujas.

El tren a Brujas tarda poco menos de una hora. Es un viaje cómodo y tranquilo, aunque ese día, como era domingo y además la predicción climática era de un cielo despejado, había más gente de la que podíamos presuponer.

Brujas es conocida como la Venecia del norte, y es una ciudad verdaderamente encantadora. El entorno medieval y el perfil de sus edificios nos transportaron a un tiempo distinto, probablemente más sanguinario y bárbaro, pero que, por alguna razón que desconozco, confiere un aire soñador a nuestras miradas. Las calles empedradas, la vertiginosa esbeltez de sus múltiples torres, los rincones inesperados con vistas a los canales, el fluir calmado de los botes, los diversos olores a azúcar tostada, el eco de los cascos de los caballos llevando los carruajes turísticos... todo en general inspiraba elegancia y ensoñación. Miguel y Sofía estaban todo el tiempo boquiabiertos y a nosotros nos encantaba esa expresión en sus caras.

Desde la estación de Brujas, paseamos callejeando siguiendo el norte que nos señalaba la aguja de la torre de Nuestra Señora de Brujas, por estrechas aceras y entre hermosas fachadas de piedras pintadas de color blanco, con robustas puertas lacadas en verde o en rojo, que se combinaban con macetas del mismo color en las ventanas enrejadas. El cielo acompañaba nuestro recorrido con una luminosidad infrecuente para las fechas prenavideñas en la que nos encontrábamos. Casi por inercia nos acercamos al Begijnhof, pero antes tuvimos que detenernos a tomar café obligados por las necesidades perentorias de Miguelito, que no tenía muchas ganas de hacer un Manneken Pis en la calle con el frío que desplegaba la mañana, y menos aún con tanto turista paseando con cámaras en las manos.

Después del alto, continuamos hasta el Begijnhof y como estaba abierto pudimos entrar en él. Paseamos sosegadamente junto a sus inclinados troncos, respirando la tranquilidad de un lugar cultivado durante siglos por la laboriosidad de sacrificadas beguinas, y visitamos la iglesia del convento. A la salida nos embelesamos con las cautivadora escena de los cisnes sobre el canal. Una mujer que traía una gran bolsa de pan para alimentar a los cines y patos les dio a Sofía y a Miguel una buena cantidad de pan y ellos lo pasaron en grande echándosela. Algunos turistas fotografiaban la escena que protagonizaban nuestros niños, pero nosotros simplemente disfrutábamos de ella.

Tras deambular durante un buen rato de una esquina a otra de la plaza frente al Begijnhof, regresamos por donde habíamos venido y pasamos de nuevo por la Iglesia de Nuestra Señora de Brujas, rodeándola y pagando la entrada para visitarla. Dentro está una de las obras maestras de Miguel Ángel, Madonna y niño, y también el soberbio cuadro Los siete dolores de María atribuido a Adriaan Isenbrandt. Tras la visita  continuamos hacia la Catedral de San Salvador giramos a la derecha, hacia el canal, donde hay una parada para coger los barcos turísticos de la ciudad. Los niños estaban entusiasmados con la idea y decidimos que era un buen momento para hacerlo.

El paseo el barco duró alrededor de media hora, y recorre gran parte de los rincones más bellos de Brujas. El guía hablaba algo de español y como sabía que lo éramos, explicó todo lo que supo y pudo para nosotros. Fue un paseo muy agradable excepto por el frío que hacía a la intemperie del barco al nivel del agua del canal. Al finalizar el paseo turístico estábamos helados y sólo se nos ocurrió hacerle frente cobijándonos en un restaurante para almorzar.

Nos dirigimos hacia la Grote Markt, que estaba ambientadísima, pues habían instalado un mercadillo navideño con una pista de hielo para patinaje. Sin pensárnoslo mucho entramos en Le panier d'Or, que es un restaurante situado en uno de los laterales de la misma plaza, que ya conocíamos también de nuestra anterior visita a Brujas. El ambiente en el interior era espléndido. Los camareros iban de un lugar para otro alzando bandejas con grandes copas de cervezas, la decoración elegantemente navideña, el bullicio de los comensales, la chimenea en una esquina del salón principal calentando el espacio, todo en conjunto daba un aire acogedor al restaurante que era una delicia para nuestros sentidos. La animación y alegría de la escena redondeaba y agrandaba nuestras sensaciones. Disfruté enormemente ese almuerzo: los mussels y la Karmeliet Tripel que saboreé. Un recuerdo magnífico.

Salimos del restaurante con la intención de contemplar la plaza pausadamente, fotografiándonos desde casi cualquier ángulo posible, intentando enmarcar dentro del objetivo a la octogonal torre Belfort, o campanario medieval, y al extraordinario mercado cubierto.

La noche comenzaba a desplegar su manto y la atmósfera navideña aún destacaba más con la generosa iluminación de la plaza. Entre los múltiples puestos instalados en la plaza, se encontraban varios que vendían wafels artesanos (gofres), cuyo olor prácticamente envolvía a toda la localidad, y como habíamos decidido no tomar postre en el restaurante, para saborear, una vez más, los riquísimos wafels, nos pusimos en cola para esperar nuestro turno.

Seguidamente entramos en el mercado cubierto para subir a su amplia terraza, que nos sirvió de balcón para contemplar desde una altura mayor toda la grandeza de la plaza. Volvimos a la plaza y después de pasear distraídamente alrededor de ella, salimos en dirección al Ayuntamiento de Brujas, edificio gótico del siglo XV situado en la Plaza Burg, donde también se encuentra la Basílica de la Santa Sangre, cuya fachada debe ser un verdadero orgullo para toda la ciudad. Abandonamos la plaza por el Callejón del asno ciego y cruzamos a la derecha, justo antes del Mercado del pescado, contemplando el irregular perfil de los tejados y la constante línea de agua sobre las fachadas que dan a los canales, mareados por el síndrome de Stendhal fuimos poco a poco abandonando la ciudad en dirección a la estación, donde tomamos el tren de vuelta a Bruselas.

El tren estaba abarrotado de gente y hubo personas que no se pudieron sentar y tuvieron que hacer el viaje de pie, pero nosotros tuvimos suerte y encontramos asiento para todos, aunque no estuvimos juntos. Llegamos a Bruselas y desde la misma estación de tren tomamos un metro que nos llevó a la Plaza de St Catherine, donde estaba instalado el mercado de navidad más grande de Bruselas y también una noria inmensa. Paseamos y recorrimos todo el mercado y tras mucha insistencia de los niños decidimos montarnos en la noria. Pepi no es una gran amiga de los vaivenes y yo, la verdad, tampoco soy muy amigo de las alturas, pero a pesar de nuestra poca predisposición, aceptamos montarnos. Desde lo alto de la noria se disfruta de unas vistas inigualables, aunque Pepi no las disfrutó porque se tiró las tres vueltas con los ojos cerrados, asustada y temblando de frío.

Al bajar compramos unas salchichas y unas frites, que es como llaman allí a las patatas fritas que sirven en cartuchos, y con eso no despedimos de una jornada extenuante. Paramos un taxi y regresamos al cálido descanso que nos ofrecía la habitación del hotel.



lunes, 24 de febrero de 2014

Una Murphy's Irish Red

Eran las navidades de 2011 y acabábamos de llegar a Madrid. Bajamos del AVE en Atocha y cogimos un taxi hasta el hotel. Íbamos los cuatro, es decir, mi Pepi, Sofía, Miguel y yo, y allí en Madrid en nuestro mismo hotel estarían esperándonos Francisco y María José, que habían tenido la posibilidad de escaparse esa misma mañana a primera hora. Nosotros tuvimos que esperar por razones laborales hasta después del almuerzo. Madrid nos esperaba como la estampa perfecta de una inmensa postal navideña.

Las predicciones meteorológicas habían sido estupendas: ni una minúscula nube ensuciaría aquel limpio y cristalino cielo que Diego Velázquez tan bien supo plasmar. Llegamos a la capital cargados de bártulos, equipados como si hubiésemos llegado al mismísimo corazón de Siberia: maletas aparte, un carrito de niño, ositos para dormir, chupetes, gasas, pañales, biberones, gorros, bufandas, guantes, y abrigos de  varios colores... ya se imaginan. Pero el verdadero motivo de aquel viaje estaba bien guardado en mi cartera: las entradas del concierto que los Red Hot Chili Peppers darían en la noche siguiente en el Palacio de los Deportes de la capital española.

Así que una vez medio ordenados los bártulos en la habitación del hotel y abrigados adecuadamente para soportar la rigurosa intemperie madrileña de diciembre, bajamos a paso lento hacia la Plaza de Santa Ana, donde en una de sus cervecerías encontramos cobijo. La primera cerveza de aquel fin de semana inolvidable fue una Murphy's Irish Red, que en esta foto quedó retratada.

La cerveza Murphy's Irish Red que recientemente he vuelto a degustar, pues mi santa que me tiene muy en cuenta cuando hace la compra me trajo un par de ellas, es una cerveza con un 5% de alcohol, lo que no es ni mucho ni poco. Es también una cerveza muy fresca, a pesar de que por su color pueda dar la sensación de ser una cerveza más cargada. El color cobrizo brillante de la cerveza que tanto me recuerda a los típicos irlandeses de pecas y melena peliroja, es quizás el mejor estandarte de esta cerveza, que además tiene una espuma abundante, gruesa y con un nítido color hueso. El sabor me pareció dulzón y contundente y es una de esas cervezas -no me pregunten por qué- que son perfectas como complemento a un buen queso curado.

viernes, 21 de febrero de 2014

El francotirador paciente - Arturo Pérez-Reverte

Existe una gran diferencia entre el Arturo Pérez-Reverte articulista y entre el Arturo Pérez-Reverte novelista, y si nos ponemos quisquillosos se podrían encontrar también diferencias considerables incluso con el autor de Las aventuras del Capitán Alatriste. Lo cual, en mi opinión, es una de las cualidades más valiosas para un escritor (creo que fue Borges el que dijo que Shakespeare fue lo que fue porque no era nadie y que por eso se pudo permitir ser todos, que viene a ser algo así como que Shakespeare dejó de ser para volcar algo de él en cada uno de sus personajes).

La última novela de Arturo Pérez-Reverte, El francotirador paciente, es un thriller algo light, en el que el autor se mancha las manos de spray en el marginal mundo de los grafiteros. La protagonista es una mujer, Lex, especialista en arte urbano y su objetivo es convencer a un grafitero llamado Sniper (francotirador en cristiano) para que le permita publicar sus pintadas en una editorial. Para dar con el escurridizo escritor ilegal de paredes, Lex sigue el rastro de Sniper en las bombardeadas paredes de distintas ciudades europeas: Madrid, Lisboa, Verona, Nápoles... como si de un mapa se tratase.

Durante la búsqueda Pérez-Reverte desarrolla una trama lineal pero ágil, y consigue una de las artes más complicadas y, a la vez, importantes en una novela, acabarla bien. Y Arturo (oh maestro) la acaba bien. También he de decir (siempre en mi opinión) que le ha salido una novela antisistema, algo románticamente rebelde y bastante actual, que va creciendo como obra conforme se avanza en la lectura hasta llegar al final.

Así que, si lo desean, les aconsejo ponerse ropa deportiva, un calzado apropiado y echarse una mochila a la espalda repleta de sprays para acompañar durante unas trescientas páginas a nuestra transgresora protagonista en una de sus noches oscuras de intemperie, para ocultarse en un túnel ferroviario, mientras espera el momento idóneo para saltar una valla con el fin de volcar su rabia sobre níveos muros virginales. 

Por favor, no olviden echar en sus mochilas algo que decir.

domingo, 9 de febrero de 2014

Intemperie - Jesús Carrasco

No soy el típico lector que se lee lo primero que le echan a los ojos, quiero decir que no me suelo lanzar sobre un libro por el simple hecho de ser una novedad, o por poseer una bonita portada o por su sugerente sinopsis, aunque evidentemente todo cuenta. Suelo guiarme más por recomendaciones y opiniones de personas que yo considere fiables. Teniendo en cuenta que cada persona es un mundo casi en cualquier cuestión, pero sobretodo cuando hablamos de gustos literarios. De manera que suelo dedicar un buen rato para seleccionar lo que más adelante pretendo leer. Cuando voy terminando un libro ya voy barajando en la mente cuál será el siguiente libro que voy a leer y ese tiempo dedicado a la elección es en sí un placer, uno de tantos que rodean la lectura de un libro. Otra cosa distinta y casi inevitable para mí es que luego las elecciones se tuercen y uno termina leyendo lo imprevisto...

Acababa de leerme La oscuridad exterior y tenía en mente leer un libro de cuentos, por lo que tenía pensado leer otro libro de cuentos de Raymond Carver, ya que el primero que leí, Principiantes, me encantó. Me hice con uno hace unos meses y lo tenía apartado, bien visible en la estantería. Ya lo había decidido. Iba a ser el próximo.

Pero ocurrió que  fui a la biblioteca a devolver el libro de poemas de Blas de Otero y así como algunos libros que tenían mis hijos y también para traerme para ellos otros en su lugar. Entonces en la zona de novedades vi Intemperie de Jesús Carrasco, con su blanquecina portada. Había oído hablar del libro bastante. Sabía que había ocupando los primeros lugares de las listas de los mejores libros del 2013, incluso creía recordar que la Asociación de Libreros de Madrid lo había elegido como el mejor libro del curso pasado, y también que en la sección de cultura de El País aparecía como uno de las mejores novelas del año. Eran demasiadas luces flasheando como para saltarse el stop. No me lo pensé dos veces y me lo traje para casa.

Desde las primeras páginas quedé atrapado. Una historia tremenda y conmovedora, incluso cruel, que cuenta una historia brutal. Una novela que presenta a sus personajes desnudos y desgarrados y que narra la sucia y arenosa huida de un niño, la huida de un doloroso e inquietante pasado. Una novela escrita con pausa y nervio, donde no sobra ni media palabra. Un libro de esos que seguro pasará a visitar mi escuálida memoria de vez en cuando. O quizás más que de vez en cuando.