jueves, 11 de junio de 2026

Días de abrir los ojos

A veces hace falta que alguien de fuera te abra los ojos para ver lo que tienes. Es algo que pasa muy amenudo pero no nos damos cuenta, y a veces, cuando queremos darnos cuenta, ya es demasiado tarde.

Vinieron una pareja de amigos holandeses (Sylvia y Ernest) a pasar unos días en Fuengirola, y durante su estancia quedamos  varias veces con ellos para echar el día o simplemente la tarde. El primer día que quedamos, lo hicimos para cenar y les ofrecimos que eligieran a dónde querían ir y eligieron Marbella. Así que allí fuimos a visitar su casco antiguo, a pasear un poco por el centro para dar un paseo relajado, deteniéndonos para verlos fotografiarse casi en cada esquina. Alucinando con la temperatura. Disfrutando con la arquitectura tradicional andaluza. Sorprendidos por lo tarde que la gente cena, y lo ambientado que está todo a las doce de la noche. Maravillados con todo lo que comían. Todo les parecía exquisito e incluso económico. Las flores, los olores, los balcones y las macetas. La carretera, de vuelta a Fuengirola, con su faro, y con la luna suspendida en la noche, les parecía espectacular. Y lo es. Todo lo que ellos ven que nosotros estamos acostumbrado a ver está ahí. Hasta la gente le parecía más sonriente. 

Quedamos otro día y como nos habían dicho que no conocían Nerja, y como teníamos tiempo para echar el día completo, pues decidimos ir a visitarla.  Nos citamos para desayunar, y después, ya despiertos con el café, pusimos dirección a la Cueva de Nerja. Les pareció increíble, un monumento geológico extraordinario. Nunca vieron nada igual. La mejor cueva que habían visitado, decían. Seguidamente bajamos a pasear por el centro de Nerja y nos acercamos a contemplar las vistas desde el Balcón de Europa. Quedaron boquiabiertos. No paraban de hacerse fotos y grabar vídeos. Se quedaron sin palabras.

Almorzamos en una típica taberna, que no conocíamos pero que con las críticas que vimos por Internet nos pareció adecuado: Taberna Pepe.  Allí probaron por primera vez un flamenquín y gozaron con los torreznos. Los torreznos les fliparon. Tan sólo las patatas fritas las comían como si fuese caviar. Cerraban los ojos para comer una patata. Y ciertamente, los comprendo.

A la vuelta paramos en Málaga, para dar un paseo y tomar un café. Vaya ambientazo que derrochaba Málaga. ¡Qué bonita está Málaga! Sentarse en una terraza y charlar mientras ves el mundo pasar es de lo más entretenido que existe. ¡Vaya día quemamos!

Un par de días después nos acercamos por la tarde a Mijas, para disfrutar de sus vistas, y de la tranquilidad de un pueblo. Ver el atardecer sobre el Mar Mediterráneo es un lujo diario que no solemos disfrutar. Las estrechas calles encaladas de blanco, los balcones, el olor del jazmín... Cenamos en la plaza junto al Ayuntamiento. Pocas cosas más felices existen que cenar tranquilos junto a unos amigos. 

Todo esto que disfrutamos con la visita de nuestros amigos holandeses está a nuestro alcance casi a diario, pero en realidad no nos fijamos en ello hasta que otros lo hacen delante nuestra. Entonces nuestra perspectiva cambia. Bastaron unos pocos días de turismo provincial para que por fin, abriésemos los ojos. Así es la vida.


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