viernes, 25 de noviembre de 2011

El maestro y el libro de poemas

Hoy he conocido al maestro. Y como siempre ocurren estas cosas fue de la manera más inesperada. Acababa de abandonar la aséptica sala donde me habían realizado una gastroscopia, o eso supongo, porque no me enteré de nada. Mis últimos recuerdos antes de la intervención fue ver al anestesista trastear en la vía que la enfermera me abrió minutos antes en la muñeca. Desde entonces no recuerdo nada de lo ocurrido hasta que la doctora de la bata verde me despertó. Aún estaba flotando en una algodonada fase de inconsciencia cuando la doctora, con voz tenue y dulce, me dirigió algunas palabras tranquilizadoras como que todo había ido bien, levántese despacio, apóyese en su acompañante. Palabras que sirven para ir poco a poco abandonando el letargo en el que me encontraba. En ese momento comprobé que mi acompañante era mi padre, al que yo había dejado un rato antes en la sala de espera.

Caminaba apoyado en él por los pasillos del hospital en busca de los ascensores, con pasos tímidos e inestables. Casi primerizos. Al llegar al ascensor, pulsé al número de la planta que indicaba donde es encontraba el bar. Mi padre me miró sorprendido. Le dije que llevaba más de catorce horas sin probar bocado y más de ocho sin beber agua. Tenía la lengua como la suela de un zapato y no deseaba montarme en el coche de camino de vuelta a mi casa sin tomar algo.

Entramos al bar. Un local muy amplio, con grandes cristaleras, muy moderno y aseado, de líneas rectas pero con la tapas más tristes y pobres que he visto en mucho tiempo. Me pedí un Aquarius y una tapa de ensaladilla rusa, mi padre una cañita y una de tortilla con chorizo y pimiento, que sirvieron fría. Miré despreocupadamente hacia el resto del local y le vi. El maestro. Se lo dije a mi padre. Me preguntó si estaba seguro, le dije que sí, que era él. Entonces le pedí a mi padre el libro que había estado leyendo en la sala de espera, además me dio un bolígrafo. Me dirigí hacia donde se encontraba el maestro. Estaba solo, sentado a una mesa, tomándose un café corto, con la mirada perdida en el horizonte a través de la cristalera de suelo a techo. Me acerqué y me mantuve a cierta distancia, se volvió a mirarme, le pregunté si era José Tomás, me dijo que sí, le pregunté si le importaría darme un autógrafo. Por supuesto fueron sus palabras. Me preguntó mi nombre, le dije que mi nombre era Salvador pero que me gustaría que lo pusiese a nombre de mi padre, Miguel Moreno, cogió el libro, miró la portada, un libro de poemas dijo, y me pareció adivinar una sonrisa en su rostro. Escribió: a Miguel Moreno con profundo afecto. Y firmó. Le estreché la mano y le di las gracias. Antes de volverme le dije: suerte en el derbi, dio algo así como un respingo, como si de pronto cayese en la cuenta, como si lo hubiese olvidado. Entonces preguntó: ¿cuándo es? El sábado, a las ocho, añadí. Gracias

Volví junto a mi padre y le devolví el libro. Guárdalo bien le dije.

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