viernes, 22 de mayo de 2026
Se gradúa Miguel
domingo, 10 de mayo de 2026
Dos victorias de oro
El partido comenzó movidito. A los cinco minutos un codazo sobre Murillo en un corner fue penalti que el árbitro no vió pero el VAR lo avisó, y corrigió. Chupe es el encargado de lanzarlo y engaña al cancerbero. 0-1. En el minuto 20, tras una jugada embarullada Sergio Álvarez empata el partido 1-1. Diez minutos más tarde, en una contra y tras varios despejes, Corpas adelanta al Eibar. Habían dado la vuelta al resultado y el Málaga estaba sufriendo. Llegó el descanso y Funes quitó a Izán Merino con amarilla y puso a Ramón Enríquez.
El equipo salió con otro aire, y a los 10 minutos Larrubia en jugada personal estrelló el balón en el palo. La suerte, una vez más, nos era esquiva. Además Larrubia tuvo que ser sustituido, y entró Adrián Niño, en en la primera que tuvo, en posición casi acrobática y a pase medido de Chupe, alojó el balón en el fondo de la red. 2-2 y el partido estaba vivísimo.
Entró Brasanac por Chupe, en lo que fue un cambio discutido, y sin embargo, Brasanac a pase de Joaquín Muñoz, ajustó el balón al palo contrario del portero y anotó el 2-3. Quedaban quince minutos para el final, y cuando parecía que todo podía pasar, Adrián Niño en una gran jugada y un mejor disparo cruzado, anotó el definitivo 2-4. Partidazo.
Funes decidió arriesgar y en el descanso retiró a Galilea y dio entrada a Ramón Enríquez. Minutos después, Chupe, a pase de Ramón, con un soberbio disparo colocó el balón cruzado cerca del palo para empatar el partido, 1-1. Pero no fue hasta el minuto 86, cuando Joaquín engañó de disparo desde el borde del área al portero exmalaguista Rubén Yáñez -que se había pasado gran parte del partido perdiendo el tiempo- para anotar el resultado final de 2-1. Marcador justo.
Quedan tres jornadas por delante que significarán tres finales. Visitar Ceuta, recibir al líder, el Racing de Santander e ir a Zaragoza, que está luchando por no descender.
En esta jornada Las Palmas perdió escandalosamente contra el Andorra 5-1 y la adelantamos y como el Castellón empató también, y además el Burgos empató con el Almería y nos alejamos dos puntos de uno y nos acercamos dos al otro. Jornada casi perfecta.
Acabamos en cuarta posición, a cinco puntos del ascenso directo, quedando nueve puntos en juego, lo que lo hacía muy complicado, y dos puntos sobre el playoff, que lo hacía más factible pero esto es fútbol y nada es seguro, de hecho, si las matemáticas no lo desmienten, todo es posible.
lunes, 13 de abril de 2026
Regresar a Cuenca
Hacía tiempo que teníamos previsto una escapada de fin de semana familiar a Cuenca, la ciudad donde nació Rosa, la mujer de mi padre. Fuimos a Cuenca para celebrar su fiesta de ochenta cumpleaños, rodeados de sus siete hijas y su hijo, el menor de todos, el último en llegar. En mi mente distraída y juguetona siempre que lo veo pienso que bien pudo ser el niño más buscado de España. Más buscado que Chencho, el niño perdido en el clásico del cine español, La gran familia.
Llegamos a Cuenca a eso de las 17:30 de la tarde. Tiempo justo para instalarnos en el Hotel Torremangana, tomar una cerveza en la terraza mientras recibíamos y conocíamos a algunos familiares de Rosa y seguidamente fuimos a dar una vuelta por la ciudad iluminada por la noche. Subimos dando un largo paseo junto al río Huécar, afluente del Júcar, en busca del Puente de San Pablo, construido en 1902, un puente de hierro y madera sobre el río Huécar, con vistas a las Casas Colgadas y con una caída vertiginosa bajo él. Yo casi ni me acerqué. Fue dar los primeros pasos, ver la luz por entre los listones de madera y escuchar su crujir y empezar a temblarme las piernas. Media vuelta y hasta pronto. Como estaba en el lado correcto del puente, giramos hacia la Plaza Mayor, frente a la Catedral gótica de Santa María y San Julián e iniciamos el camino de vuelta pero esta vez por los miradores que una parte ofrece hacia el otro lado del tajo.
Iniciamos nuestro recorrido hacia la Plaza de la Constitución y cruzamos hacia el Monasterio de Madres Benedictinas, cruzamos el Jardincillo de El Salvador, junto a la Iglesia de San Felipe Neri hacia la Plaza del Carmen desde donde ascendimos hasta los pies de Torre de Mangana, desde donde hay un mirador con vistas fabulosas hacia el oeste de la ciudad. A pocos pasos está la Iglesia del Convento de la Merced donde pudimos ver a un par de monjas, con el hábito religioso, de las que ya apenas se ven. Continuamos hacia la Plaza Mayor, esta vez de día, y entramos en la Catedral. Es la segunda vez que entro en la Catedral, porque Pepi y yo la visitamos por el verano de 2003 o 2004 si no recuerdo mal, en un viaje fabuloso e irrepetible que hicimos Pepi y yo por ciudades españolas. Rosa, una vez maqueada de la peluquería, se acercó a acompañarnos por nuestra visita.
Al acabar regresamos al puente de San Pablo, esta vez de día. Si queríamos disfrutar de las vistas desde el otro lado del puente, había que cruzarlo. Vi a niños cruzarlo dando brincos. Yo apenas podía despegar los pies del suelo. Mi hermano me sirvió de Lazarillo y dejó que yo le echara el brazo por encima de los hombros y muy despacio, sin salirnos de la imaginaria línea media, equidistante a las barandillas laterales, sin dejar de mirar al frente, lento como una tortuga reumática, conseguí cruzar el puente. Es la tercera vez que lo cruzo. Porque en mi vista anterior lo tuve que cruzar a la ida y a la vuelta. Por suerte, en esta ocasión sólo lo tuve que atravesar una vez. Más que suficiente. Al otro lado, cercano al Parador, estaban las letras de Cuenca, donde ahora viene siendo obligatorio hacerse una foto. Así que lo hicimos.
El Restaurante La Ceca, donde se celebraba el cumpleaños estaba a un paseo corto desde el Hotel. Primero con la cerveza de bienvenida y las presentaciones con la amplia familia de Rosa, seguidamente con la comida, donde, entre muchos platos, nos sirvieron como especialidad típica conquense oreja de cerdo con ajo y perejil, crujiente por fuera y tierna por dentro, que no a todos los de mi familia agradó. Hasta el momento de la tarta, que fue muy especial, e incluso disfrutamos de varias actuaciones musicales de nietos y amigos de la familia de Cuenca. Echamos la tarde y parte de la noche.
Para el último día teníamos previsto visitar el Museo Paleontológico, pero amaneció lloviendo, y nos quedaba un día largo de vuelta en la carretera. Así que tras desayunar decidimos bajar las maletas a la furgoneta y volver a casa. Seiscientos kilómetros por medio. No sé si podremos repetir un viaje así en nuestras vidas, porque cada vez es más complicado unir a tanta gente. Un viaje inolvidable.
sábado, 4 de abril de 2026
Una Semana Santa de Procesiones
La pasada escapada el fin de semana con los niños por pueblos costeros de Cádiz, significó un descanso necesario, una pausa de hidratación a mitad de camino entre las fiestas navideñas y el inicio del verano. Especialmente para mi mujer y los niños, porque ellos regresaron de nuestro tour por Cádiz y aún tenían por delante siete días sin trabajo, o sin universidad en el caso de Sofía o sin instituto en el caso de Miguel. Pero para mí significaba una bocanada de aire fresco, algo más que un respiro, pero al instante tenía que echar a andar, regresar a la rutina, porque el lunes yo estaba otra vez trabajando como un lunes de infantería, aunque con la esperanza puesta en los días festivos de jueves y viernes santo en mi próximo horizonte. Parece una tontería, pero los esperaba con tanta necesidad, como el sediento se acerca al oasis en mitad de una larga travesía por el desierto.
Así que el lunes madrugué, y fui a trabajar, y el resto de la familia se quedó en la cama, recuperándose, a pesar de que el que había estado conduciendo era yo, pero no me desanimó, al contrario, me sentí eufórico con la proximidad de los días de fiesta, tan exultante me sentía ante la perspectiva de una semana de trabajo de tres días, que le propuse a Pepi ir a ver la Semana Santa de Málaga.
Llevo tiempo escuchándola decir, como una queja crónica, que casi no ha ido en su vida a las procesiones malagueñas. Y tiene razón. De niña sus padres no la llevaron, y siendo novios fuimos poco, algo, pero poco. Lo confieso, no soy nada semanasantero, no siento ese fervor religioso, ese acto de fe incuestionable, es simplemente un hueco que no se he rellenado. Por lo que no soy la persona idónea, ni aconsejable para ir de lazarillo, pero aún así me ofrecí con mis mejores intenciones a acompañarla a ir a la Semana Santa de Málaga. Creo que nunca en mi vida vi tan nítida la expresión de incredulidad en la cara de Pepi.
Tiramos relativamente pronto para Málaga y aparcamos el coche, con muchísima suerte, junto a la biblioteca de Málaga, cerca del Metro Universidad, cuando ya parecía imposible aparcar. Había tal desbarajuste en el aparcamiento, que Pepi pensó que no podríamos salir nunca de aquella madeja de coches. Desde allí tomamos el metro camino del centro. Tuvimos que esperar que pasaran varios metros hasta que finalmente pudimos hacernos sitio en uno. La Semana Santa la comenzamos como sardinas en lata.
Eran más de las doce de la noche, bajamos la calle Larios que ya estaba recogida, y fuimos al metro, donde la cola no era kilométrica pero casi. Al menos iba rápida. Ya sólo quedaba deshacer nuestro recorrido hasta casa.
martes, 31 de marzo de 2026
Rota, Chipiona y Sanlúcar
Aunque era sábado despertamos pronto con la intención de aprovechar el día y poder ver muchas cosas, pero antes había que desayunar. A pocos pasos del apartamento, en la Calle Ancha, estaba la churrería El Campana, donde pudimos tomar café, chocolate y churros y lo que nosotros conocemos como churros madrileños. Como tenían de los dos tipos aprovechamos para pedir de los dos. Todo muy rico.
Tras reponer el depósito, decidimos ir a ver el Mercado de Abastos. Ya he confesado en este blog que soy un gran aficionado a visitar los mercados, especialmente en las ciudades costeras. De camino, en la Plaza de San Roque, donde está la Biblioteca Municipal, estaba el Templo de Nuestra Señora de los Desamparados; estaba abierto, pues estaban terminando de preparar las imágenes antes de su procesión de Semana Santa. En el interior el olor a flores era denso e intenso. Ante mis ojos, hasta el último pormenor estaba espléndidamente preparado. El fervor religioso por las imágenes lleva a la obsesión detallista.
Subimos por la calle Trascuesta, junto al Mercado de Abastos, entre cafeterías, fruterías y despachos de vinos, puedes encontrar puestos vendiendo sacos de caracoles o cabrillas para cocinar en salsa, así como cubetas de corcho con camarones dando sus últimos brincos. Se puede decir que más que producto fresquísimo vendían producto vivísimo.
Una vez en el interior del mercado descubres que lo que nosotros llamamos alcachofas allí son alcauciles. Que la ternera es retinta, el cerco ibérico y la moda es el queso payoyo, que se sirve fresco, curado, al pimentón, al romero y de mil formas más, pero lo que de verdad más llama la atención en el mercado son los famosos langostinos de Sanlúcar, que tienen una textura más tersa y un sabor intenso a mar. Visualmente son inconfundibles, con sus largos bigotes, su franjas atigradas y su característica cola azul tornasolada. Los que saben dicen que se ven a una legua. Yo la verdad no lo veo tan claro. Vimos cabezas de peces espadas, vimos una urta enorme pescada al anzuelo, posiblemente la más grande que he visto en mi vida, al menos que yo recuerde.
Seguimos junto a la Parroquia de Santa María de la O, a la que no accedimos porque solicitaban pagar para acceder a ella y nos pareció un precio inadecuado, y tampoco nos queríamos entretener mucho. De manera que contemplamos el reloj de sol de su fachada y proseguimos hacia la Plaza de la Paz, giramos por la calle Cárcel, hasta el Castillo de Santiago del siglo XV, hoy día museo militar y museo del traje.
En la Plaza está la Parroquia de Nuestra Señora de la O y el Castillo de Luna, actual Palacio Municipal. Entramos a visitar los dos edificios. Los dos muy especiales. Las bóvedas góticas de la Parroquia, de arquitectura renacentista del siglo XVI, son realmente bellas. El Castillo de Luna con un exterior de fortaleza no señala el interior palaciego, con arcos de medio punto, capiteles góticos con frescos de la cultura musulmana.
Rodeamos el Castillo y nos dirigimos hacia la Plaza de España, que estaba en obras, y estaba muy afeada. Continuamos hacia el Mercado de La Merced, pero al ser sábado ya estaba todo cerrado. Llegamos a la Plaza Mirador de las Alemanas, con una balaustrada sobre la muralla, con vistas al puerto, donde pudimos divisar amarrados los buques de guerra americanos.
Cogimos el coche y nos dirigimos a nuestra siguiente parada: Chipiona, que está a unos escasos 20 km. En menos de media hora estábamos aparcados cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de la O de Chipiona, desde donde bajamos hacia la Playa Cruz del Mar. Me resultó curioso ver Los Corrales de pesca. La herencia cultural romana o árabe sigue muy presente.
Rodeamos el Castillo de Chipiona, que estaba bastante mal conservado, y daba la impresión de abandono, y continuamos por la línea de costa donde fuimos encontrándonos con miradores y balcones dedicados a poetas, plazas en primera línea acantilada de costa. El sol comenzaba a apretar y las calles fueron vaciándose. El faro de Chipiona se erguía orgulloso en un saliente de costa, donde comienza un largo tramo de costa de playa que no tiene nada que envidiar a otras playas con más nombre.
Tras una caminata de vuelta al centro, llegamos a un restaurante que yo había visto recomendado por Internet, Kilómetro Cero. Pedimos de entrada un plato de queso curado -Sofía siempre está contenta si pedimos queso de entrada- que estaba riquísimo. Pedimos también una ensaladilla rusa de pulpo y gambas en tempura que estaba simplemente espectacular. De las mejores que me he tomado en mi vida. Riquísima. Una hamburguesa de buey con queso cheddar y cebolla caramelizada. Pedimos la cuenta y nos acercamos a una vermutería - abacería que presumía de tener las mejores tapas. Gastrotasca Sin Bulli donde pedí una recomendación de la carta, que era una tosta de lomo de atún y aguacate. Deliciosa.
Lo siguiente que hicimos fue ir a tomar un helado. Bajamos al paseo marítimo y en una heladería artesana cayeron los helados, aunque yo me decidí por un café, que me iba a tocar conducir de vuelta a Sanlúcar. Fuimos de camino al coche y nos detuvimos frente la casa natal de Rocío Jurado y seguidamente quisimos ver el monumento de la ciudad a su vecina más ilustre. El monumento está en una rotonda. No me pareció que la escultura se ajustara a la realidad, la verdad. El parecido era una casualidad. Al menos antes de llegar a la rotonda, en un seto de un jardín mantenían recortado su nombre, que me pareció más acertado que la escultura del monumento.
Para terminar de visitar Chipiona nos acercamos al Cementerio Municipal para ver el Mausoleo de Rocío Jurado. La escultura allí era mucho más veraz a la de la rotonda. Pepi recordó que su madre, bastante aficionada de Rocío Jurado, había estado allí, y la entristeció el recuerdo. Cogimos el coche y mientras algunos jóvenes se daban una buena siesta, yo conduje hasta Sanlúcar. En apenas media hora estábamos en el apartamento, donde estuvimos un rato retozando, leyendo y básicamente descansando.
Escuchamos tambores procesionales y decidimos acercarnos a ver pasar la procesión por la Calle Ancha, junto a la calle Capillita, y cuando la procesión pasó regresamos a la Plaza del Cabildo para tomar asiento en la terraza de Barbiana, otro bar de la plaza, y allí pedimos algunas raciones para terminar de cenar. A mí se me habían antojado comer unos mejillones que vi que tenían una pinta estupenda. No estuvieron nada mal. Para terminar de despedir el día en condiciones disfrutamos de unos helados en Helados Toni. Riquísimos. Al terminar nos fuimos despidiendo de la Plaza del Cabildo y también de Sanlúcar.
domingo, 22 de marzo de 2026
Un bebé perezoso y tímido
domingo, 15 de febrero de 2026
Menú en el Restaurante Matiz
Recibimos una invitación de parte de Pepe y Mamen para disfrutar de un menú degustación en el Restaurante Matiz, en Málaga. Uno de esos restaurantes que ofrecen menús que son casi creaciones artísticas. Me apetecía mucho la experiencia de un menú degustación, y así probar nuevos sabores, o debería decir, más bien, nuevas mezcla de sabores. La alta cocina, la nueva cocina, o la cocina creativa actual mantiene varias tendencias por donde creo que está creciendo en expectativas.
Uno de los puntos más importantes -para mí el que más- es el producto. Se busca una materia prima de primera calidad, y para ello, como parece lógico, se presta especial atención en aprovechar la materia prima de calidad cercana, aquella que tienes a mano y que es más fácil de llevar a la cocina, y por consiguiente de presentar en la mesa, de una manera más controlada, más fresca y también más barata. ya que la cercanía simplifica la logística de la distribución y el transporte.
Además, también se busca la exclusividad con productos con denominación de origen. Ya no es solo la utilización de un Aceite de Oliva Virgen Extra, también se busca la diferenciación mediante, por ejemplo, aceites exclusivos de olivos centenarios de la Finca Tal o Cual. Lo que supone un salto distintivo.
En este menú que probamos pudimos observar, por ejemplo, que servían boquerones victorianos o quisquillas de La Caleta de Vélez, o la manteca colorá, que son de un particularidad local. Además la apuesta por el producto nacional de calidad también es una garantía segura (atún rojo, solomillo de ternera...).
Así un plato de Vieira con salsa fresca de mango de La Axarquía y crujiente de papada ibérica lo tenía todo para ser un plato delicioso y casi exclusivo. Como así fue.
Aparte de todo lo anterior, otra apuesta de la nueva cocina son las formas de preparación, el juego de la cocina, la marca personal del cocinero. Se busca la originalidad en el uso de los conocimientos gastronómicos. No es suficiente disponer una guarnición, hay que procurar ser jugones (por aplicar un término futbolístico) a la hora de combinar y de preparar los platos. Disponer verduras encurtidas, polvo de boletus o emulsión de trufa, son detalles que evidencian la disposición creativa en la cocina, y que sirven para apreciar el enfoque de la cocina de autor, su capacidad de investigación, su imaginación y diría casi que su espíritu aventurero.
Otro de los puntos fuertes de esta cocina es la presentación, o emplatado. Todos estamos ya acostumbrados a ver fotografías de platos que entran por el ojo con sólo mirarlos, en ocasiones antes de tener conocimiento de lo que es. Es un arte la presentación de los platos. Y como expresión artística, hay para todos los gustos. Guste más o menos, la voluntad y el esfuerzo, así como el conocimiento, a la hora de emplatar se nota y mucho al primer golpe de vista.
Si todo lo anterior va complementado con un servicio impecable, un sitio agradable y un maridaje acertado, la experiencia global es un premio para los sentidos.
Evidentemente todo esto tiene un precio, y por muy ajustado que esté, no siempre podemos permitirnos el gasto. El precio me pareció comprensible, pues la calidad siempre hay que pagarla. A mí me encantó.
¡A ver si recibo otra invitación!
domingo, 1 de febrero de 2026
Mejor no decirlo
Cuando publicaron todas las obras de teatro que se representarían en Málaga, la que más atraía a Pepi era la comedia Mejor no decirlo, interpretada por la malagueña María Barranco e Imanol Arias, actores más que reconocidos en la gran y pequeña pantalla. Dirigida por Claudio Tolcachir y escrita por Salomé Lelouch.
La obra estuvo bien. Divertida. Tuvo algunos puntos cómicos que me arrancaron una carcajada, pero me dio la sensación de estar viendo un conjunto de sketches, no una historia lineal sobre un matrimonio. ¿Me lo pasé bien? Pues sí. ¿Estuvo bien interpretada? Pues también. ¿Qué falló entonces? Pues no sabría decir si el guión, la dirección o la adaptación. Pero mi impresión es que fue algo que estuvo bien, pero que como concepto general no fue un gran acierto. Percepciones personales, supongo. Además, otra apunte recurrente últimamente es que las obras a veces son cortas. Sobrepasó en poco la hora de representación. Algo justo, creo yo. No es necesario que una obra dure tres horas, ni siquiera dos, pero apenas una hora luce poco.
Con esta obra dimos por cerrado nuestra asistencia a la primera parte del festival de teatro del Teatro Cervantes. No ha estado nada mal. Ni más ni menos que a cinco obras de teatro en un mes. Como era sábado y Pepi yo fuimos solos al teatro, y la noche era estupenda, decidimos ir a picar algo. Y fuimos a La Gloria, una taberna al inicio de Calle Beatas, que tiene la curiosidad de que mantiene un trozo del antiguo muro de Málaga, fechado entre el siglo XII - XV. No todos los días se cena junto a un muro de tanta historia.martes, 27 de enero de 2026
André Rieu en el Martín Carpena
Había escuchado que el director de orquesta nacido en Maastricht, André Rieu, venía con su Johann Strauss Orkest al Martín Carpena de Málaga a ofrecer un par de conciertos. Se lo dije a mi hermano porque él fue el que me había hablado del director neerlandés. Me dijo que lo había visto ya en un par de ocasiones y que aunque le gustaba mucho, en esta ocasión no iba a asistir. Por curiosidad consulté los precios, y ahí acabó toda mi curiosidad. Pasó el tiempo y como regalo de Reyes, Mamen y Pepe nos regalaron a Pepi y a mí dos entradas para ir junto con ellos a ver el concierto del lunes. Oye, me hizo ilusión.
Ocho mil butacas de aforo y los precios no eran nada baratos. Lleno absoluto. Definir el espectáculo es complicado. Por un lado es un triunfo del marketing, porque que la gente pague una buena cantidad de dinero para escuchar un concierto de música clásica, en los tiempos que corren, me parece algo sorprendente.
El espectáculo es una celebración a la altura de Disney, donde las intérpretes iban vestidas con vestidos de princesas de enorme colorido, mucha peluquería y sobre todo mucho, mucho humor en la actuación, a veces, incluso, creo que le quita protagonismo a la música. A veces creo que el papel divertido y jovial del concierto rebaja la calidad de su música, pero esto es una percepción personal.
Si a todo esto le sumamos que al final de fiesta se unieron Los del Río, para interpretar la Bamba y La Macarena, ya entienden que es más un show de espectáculo alrededor de un acontecimiento musical que un concierto propiamente dicho. Eso sí, fue largo y se fue casi a las tres horas. Hubo incluso confeti de fin de fiesta. El público -creo- se fue contentísimo en general, pero a mí me pareció un pastiche clásico con hechuras recaudatorias. Es una experiencia de la que estoy contento, porque ya lo he visto, y de hecho me dejé llevar y toqué las palmas, e incluso meneé el cucú como buen hijo de vecino, lo que haga falta por la diversión, pero si esperan que afloje de mi bolsillo para volver a verlo, espérenme mejor sentados.
viernes, 16 de enero de 2026
Blaubeeren
El Teatro Cervantes había programado para un lunes una obra de teatro con un título de origen germánico: Blaubeeren (Arándanos). Curioseamos mi mujer y yo sobre la sinopsis y nos atrajo: Un álbum de fotos de la Segunda Guerra Mundial había sido encontrado y puesto a disposición del Museo del Holocausto de los Estados Unidos. Las imágenes muestran el día a día del campo de concentración de Auschwitz. Ese álbum de fotos revelará nuevas sorpresas para las familias de los descendientes de los oficiales que administraban unos de los campos de concentración de más desgraciado y trágico pasado.
Es una obra de Moisés Kaufman y Amanda Gronich. Adaptada y dirigida por Sergio Peris-Mencheta, con la participación de Clara Alvarado, Víctor Clavijo, Eric de Loizaga, Nacho López, Irene Maquieira, Javier Tolosa, María Pascual y Paloma Porcel. Ninguno de ellos era conocido para mí, aunque no es de extrañar porque soy bastante vago con los nombres de las personas, quizás más fácilmente me quedo con las caras.
Fue una obra con una adaptación moderna, actual, que se me hizo muy amena. Proyecciones de las fotografías sobre grandes paneles del atrezzo de la obra. Música en directo acompañando melódicamente algunos de los momentos más trascendentes de la obra. Fue una especie de teatralización de un documental, que perseguía despertar la sensibilidad de algo tan devastador y atroz como lo ocurrido. Algo tan increíble que parece irreal.
Nos gustó a los tres. Recomendamos verla.
lunes, 25 de agosto de 2025
Atenas Día 3
Desperté pronto en nuestro tercer día en Atenas. Me asomé a la ventana y se percibía que íbamos a tener de nuevo un día de sol brillante y de cielo raso. Yo no había puesto el despertador, normalmente no me hace falta y en los viajes aún menos. Sofía fue la siguiente en despertar y nos permitimos quedarnos consultando el móvil. Cinco días llevábamos de viaje, cinco días sin parar de vivir como turistas. La vida del turista curioso, con ganas de hacer y ver cosas, es cansada. Provechosa pero cansada.
Una vez todos listos, salimos a desayunar, pero buscamos ir a otro sitio, porque nuestra intención era dirigirnos en sentido opuesto del que nos habíamos dirigido el día anterior, y además también nos gusta probar sitios nuevos. No hay descubrimiento sin riesgo.
Bajamos la escalinata junto a la estación de metro, y caminando por el medio de la Plaza Syntagma, la plaza central de Atenas, nos dirigimos hacia la Calle Ermou, arteria peatonal del centro de Atenas. Pepi estaba a sus anchas en esa calle. Tiendas de ropa de marcas internacionales, librerías, cafeterías,... sin duda es una calle muy animada. Vagabundeamos dejándonos llevar por el atractivo de los escaparates. La recorrimos hasta Monastiraki donde giramos en dirección a Anafiotika, una de las zonas con más encanto de Atenas. Casitas blancas encaladas, formando casi un pequeño pueblecito a los pies de la ladera de la Acrópolis. Empinadas cuestas con un trazado irregular, con un marcado aire bohemio. Algo abandonada pero aún así mantenía su atractivo y, ¿cómo no?, estaba llena de gatos. Sofía pidió que le hiciéramos fotos casi en cada esquina.
He de reconocer que no soy muy partidario de ir a la playa en los viajes, porque es algo que puedo hacer casi cualquier día en Fuengirola, mi ciudad, pero es cierto que ese día el calor aconsejaba parar un poco y como tanto Pepi como los niños tenían ganas de ir a la playa, pues eso hicimos. El autobús nos dejó prácticamente a pie de la playa de Glyfada, situada al sur de Atenas, en la Riviera Ateniense, en el Golfo Sarónico, y lo que a mí más me interesaba, estaba bañada por el Mar Egeo.
Con sólo escuchar el sugestivo nombre de Mar Egeo te transportas a novelas de aventuras, a lugares exóticos al fondo del Mediterráneo. El minotauro, Teseo, Rodas, Troya, el Líbano, Jordania, Estambul, Alejandría, Rodas, Trípoli... todo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Sentí nostalgia de cosas que no he vivido y no viviré.
La Playa de la Glyfada resultó ser una playa pequeñita, no especialmente masificada, con la particularidad de que había que entrar al agua con cuidado porque por la orilla había guijarros y en el mar, dependiendo de qué zonas podías encontrar enormes rocas. Tiene lógica pensar que en Atenas tiene que haber pedruscos por todas partes.
Como había un puesto de salvamento con un socorrista, me acerqué para preguntar e informarme. Me dijo que sí, que hay peces que se dedican a "succionar" la piel muerta de los talones, que eran completamente inofensivos y que es algo habitual. Para mí era algo curioso y excepcional. Por un lado era algo molesto, porque a nadie le gusta que le piquen por la espalda, por otro lado no dejaba de ser una novedad. Me quedé un buen rato atraído por la curiosidad de verlos, pero no lo conseguí. Y bueno, nunca viene mal que te limpien las durezas del talón. Al salir del agua, me senté en un banco de piedra que había junto a la playa esperando que el sol hiciera su trabajo. Una vez secos, cogimos el bus de vuelta y regresamos al apartamento.
Nos sentamos en la terraza del Restaurante Δίοδος, que estaba traducido al alfabeto cristiano románico y apostólico como Restaurante Diodos. Pedimos un poco de todo: una ensalada griega, moussaka, un guiso de cordero, pimientos rellenos, y cosas para probar entre todos, aunque Sofía, que tenía ganas de comida italiana, se pidió unos espaguetis boloñesa. De postre pedimos una especie de cuajada de queso griego que nos gustó mucho. Disfrutamos enormemente en la terraza esa noche. Cenar con las vistas del Partenón al fondo es vivir algo realmente especial.
Al terminar, dimos una vuelta por las callejuelas del centro, era una noche agradable y las calles estaban rebosantes de gentío. Alargamos el camino de regreso al apartamento, para despedirnos así de las frescas noches atenienses.
Pasamos la mañana dando vueltas por el centro. Bajamos desde el Mercado por Athinas, mirando camisetas y regalos en general. Realizamos un último paso por Monastiraki. Y como parece que no pero el cansancio es algo que se va acumulando y el dolor de pies no desaparece de un rato para otro, nos sentamos a descansar y a refrescarnos en la terraza de un bar cerca de la Iglesia de Santa Irene, y sentados allí, por sorpresa, cayó un aguacero bien gordo. No lo esperábamos en absoluto. Es cierto que el día había despertado nublado, pero nada nos hizo presagiar semejante chaparrón. Nos tuvimos que meter en el interior del bar. Tan rápido como vino, se fue. Así que continuamos nuestro paseo callejeando por Atenas, por donde, todo hay que decirlo, hay que andar con especial cuidado, porque muchas de las aceras tienen socavones contundentes. Es fácil doblarse un tobillo en Atenas, de hecho nos fijamos mucho -puede ser casualidad- que nos cruzamos con muchos viandantes con férulas y escayolas en nuestros días en Atenas. Cada vez que veíamos alguien con el brazo en cabestrillo, pensábamos vaya hostiazo que se ha tenido que dar, porque ya digo que las aceras de Atenas son un peligro constante.
Tras la comida, recogimos nuestras maletas del trastero en el que las habíamos dejado por la mañana y pedimos un taxi de camino al aeropuerto donde un vuelo de EasyJet nos llevaría de vuelta a casa poniendo fin a una semana entre Budapest y Atenas. Un viaje familiar irrepetible. ¡Gracias vida!
viernes, 22 de agosto de 2025
Budapest Día 3
Llegó nuestro tercer día en Budapest y aunque había muchas cosas que habíamos visto, aún nos faltaban algunas de las que más ganas teníamos de ver. Una de ellas era visitar el interior del Parlamento. La mayoría de las entradas se venden por Internet, pero no lo habíamos hecho porque no teníamos muy claro en qué momento introducir la visita en nuestro viaje y además tuve dudas en la web de si los niños pagaban, de podíamos usar una especie de bono por familia que por la web no fui capaz de validar.
Para desayunar nos decidimos por comprar unas cuantas cosas en un Spar muy cerca del Parlamento. Así desayunamos en un banco sentados con vistas al Parlamento. No todos los días se puede desayunar con esas vistas. Tras dejar todo tal y como lo encontramos, sin dejar un sólo mínimo papel por el suelo, nos dirigimos hacia la Plaza de la Libertad, y nos acercamos a ver con más detenimiento algunas de las esculturas que vimos el primer día con algo de distancia y rapidez.
Continuamos pasando junto a la Ópera, pero desde la parte de atrás hacia delante, pues siempre la habíamos visto desde Andrássy. Bajamos un segundo para ver la estación y cruzamos en dirección al barrio judío donde nos habían dicho que era el mejor sitio para cambiar euros por moneda local. No era algo que necesitáramos pero me gusta ver los billetes de cada lugar. Es algo curioso y sirve para integrarte más en el día a día local. Tonterías mías.
La isla Margarita es un lugar de sosiego dentro de la ciudad, no hay tráfico, salvo coches de servicio público y son todos eléctricos, reduciendo así los ruidos. Se puede pasear en bicicleta por allí -había puestos de alquiler de bicis- pero sobre todo lo que se viene a hacer allí es pasear y descansar. Nos sentamos en un banco frente a una enorme fuente que lanzaba chorros al ritmo de la música. Fue una interesante forma de de distraerse durante el descanso. Había mucha gente descansando con los pies puestos dentro de la fuente. Si hubiéramos dispuesto de más tiempo nos hubiera encantado pasear por la isla que es casi como un bosque, casi como un jardín botánico, pero en los viajes, el tiempo suele escasear.
En la isla cogimos un taxi que nos llevó hasta el interior del Castillo de Buda, frente al imponente edificio del los Archivos Nacionales de Hungría, cerca de un Bistro de comida húngara al que yo le había echado un ojo al menú: 21 Magyar Vendégló, en la calle Fortuna. Pedimos para picotear porque teníamos algo de prisa. La tabla de distintos embutidos me gustó mucho. El gulash estuvo bien, pero no terminó de ganarme. El risotto de cerdo para chuparse los dedos.
Es una iglesia realmente bella, con un interior casi tan bello como el exterior. De estilo gótico de arcos apuntados, vidrieras estilizadas con detalles geométricos y floridos, pero también con algún detalle barroco. Aquí se coronan los reyes húngaros.
Abandonamos el Castillo bajando por la escalinata que es algo así como salir de un cuento de hadas. Decidimos ir bajando perdiéndonos por las plazas y las fuentes que Buda esconde en la ladera del castillo. En la Plaza Corvin, frente al Museo de las Artes Populares Húngaras, está la estupenda fuente escultural con la figura de un cazador magiar que está bebiendo de un cuerno. Descansamos unos minutos para seguidamente comprarnos un helado de yogur antes de cruzar nuevamente el Széchenyi Lánchíd (Puente de las Cadenas), que por alguna razón que desconocíamos, estaba cortado al tráfico y pudimos cruzar a pie por el asfalto.
Tocaba ir acercándonos al hotel, poco a poco. Terminar de ir dando un último vistazo a la ciudad. Camino a la plaza de la Basílica tropezamos con la estatua del Policía Barrigón, que como tenía una cara simpática nos detuvimos a hacernos una foto con él. Nos acercamos por Erzsébet Park, dijimos hasta luego a la noria, y a la fuente que representa a Danubio, según la antigua Grecia, una divinidad. Budapest había agotado nuestras energías.
Yo quería haber visitado el Museo Nacional Húngaro, pero los horarios con cierre temprano de los museos me impiden hacer todo lo que quiero. Una pena. Así es la vida. Había que llegar al hotel y preparar las maletas porque a la mañana siguiente bien temprano teníamos que tirar para el aeropuerto.
Siempre que dejo una ciudad, me invade una nostalgia de algo por venir. ¿volveré a pasar por tus calles? ¿me dará la vida esa oportunidad? Lo desconozco, el futuro es ese desconocido viento que a veces sopla a tu favor pero que a veces en tu contra. ¿quién sabe? Hasta pronto Budapest.
jueves, 21 de agosto de 2025
Budapest Día 2
Segundo día en Budapest. Nos dimos un poco de margen para descansar y programamos la alarma a las 7:30, aunque yo ya llevaba un buen rato despierto antes de esa hora. Mi ansiedad en los viajes esa así. La idea era ir a desayunar a algún sitio cerca del hotel, porque no teníamos incluido el desayuno. El día anterior frente al Smashy Burger vimos un par de cafeterías que parecían apropiadas. Nos decidimos por Kaffeine. Espresso Bar. A mí me gustó. Tomé un café muy bueno y una especie de bollo algo dulzón con unas lonchas de un tipo de salchichón típico de la zona, con algo de rúcula. Muy rico.
Aún teníamos algo de tiempo hasta el inicio del tour y entramos en el centro comercial Mammut, que estaba a pocos minutos del punto de encuentro, pues Miguel se había venido al viaje sin un cinturón, así que fuimos a buscarle uno, ya que estábamos allí. Fue algo rápido.
Giramos para encontrarnos con la Estatua ecuestre de Andras Hadik, un capitán imperial húngaro. Por lo visto entre los estudiantes existía la creencia de que si le tocas las partes nobles al caballo, te traería suerte en los exámenes, y ahora, con el viento a favor de la tontería humana, casi cada turista que pasa, repite las caricias y el caballo tiene los testículos brillantes como fruta madura. En fin.
Todo esta zona algún día será preciosa, pero a nosotros nos tocó visitarla en obras. Grúas, albañiles con chalecos y casos fluorescentes, vallas señalizadoras, andamiajes, zonas de apero y sobretodo un terrible rugir de martillazos y taladradoras. Un trasiego extraño que mezclaba empleados ajetreados con turistas ociosos. Apenas pudimos escuchar la explicación que la guía ofreció sobre la Fuente del Rey Matías y sobre la leyenda que en ella se cuenta. Aquí acabó la visita.
Decidimos que una buena forma de bajar la comilona era caminar toda la famosa avenida Andrássy. Y eso hicimos. Iniciamos la caminata frente a la basílica y comenzamos el recorrido desde el inicio. Pasamos de largo por la Ópera, donde estuvimos el día anterior, cruzamos el cruce de caminos, Oktogon, y bajamos a ver la parada de metro en Vörösmarty, que nos habían comentado que las estaciones de metros en Andrássy eran los más bonitos y continuamos nuestro recorrido hasta llegar a la Plaza de los Héroes, al final de la avenida. A la izquierda está el Museo de Bellas Artes de Budapest, un edificio de estilo neoclásico con una colección egipcia y una pinacoteca estupenda, pero no disponíamos de tanto tiempo. A la derecha el Museo de Arte Moderno. Sólo contemplar el friso neoclásico de vivos colores, algo atípico, es algo espectacular. Contemplar su fachada es una delicia.
Nuestra idea no era darnos un baño caliente porque era una experiencia que en agosto no nos apetecía, pero quisimos acercarnos para verlo de primera mano. Posiblemente es una de las atracciones más famosas de Budapest, y lo cierto es que no me llevé ninguna sorpresa, encontré lo que esperaba: un lugar icónico, el balneario más grande de Europa, bello y concurrido.
Tras tan dulce parada decidimos continuar nuestro descubrimiento de Budapest dejándonos perder por las calles del barrio judío y conocer de primera mano los Ruin Bars, que son unas cervecerías o bares de estilo vintage que se han montado en edificios abandonados, de varias plantas de altura, algunos de ellos en ruinas. Hay muchos de ellos. Buscamos un sitio que se llama Street Food Karaván, que es como una parcela donde se han montado un buen número de quioscos de comida rápida y típica, donde puedes comprar comidas de muchos tipos y después sentarte a comer en unas mesas de madera que hay por el centro. Es curioso, pero nosotros no teníamos nada de hambre.
Para esa noche habíamos reservado a través de la guía del tour de esa misma mañana un viaje en barco nocturno por el Danubio. Ella lo había recomendado y nosotros teníamos la intención de hacerlo, así que nos dejamos aconsejar. Como el barco salía desde el otro extremo de la ciudad, llamamos un Uber que nos llevó hasta el punto del puerto desde donde salía el barco. Llegamos pronto, pero nos vino bien porque luego no había asiento para todo el mundo en el barco y pudimos coger un buen sitio para disfrutar de las vistas durante el trayecto.
Budapest es una ciudad imperial, preciosa, verdaderamente bella, pero de noche lo es aún más. Navegar por el Danubio, contemplando a izquierda y derecha los edificios del Parlamento y la Basílica, o el Bastión de los pescadores y el Castillo de Buda, todos ellos excelentemente iluminados, es un sueño de fulgor y encanto. El edificio del Parlamento, iluminado con brillantes focos dorados y su simétrico reflejo amarillento de la luz en el agua del Danubio producen un efecto casi radiante, como una corona de gloria, una aureola irradiando resplandor y belleza. Algo imposible de describir en un texto.
Descendimos de la travesía en barco todavía deslumbrados por la belleza imperecedera de lo que acabábamos de admirar, comenzamos a caminar y en cuanto comprobamos que había casi una hora de camino llamamos a un Uber que nos llevó de vuelta al hotel donde descansamos con la mente todavía abotargada por lo vivido.



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