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miércoles, 14 de enero de 2026

Las lágrimas de San Lorenzo - Julio Llamazares

Tenía pendiente por leer este libro en una de las librerías de casa. Una portada preciosa, por cierto. Pero los libros van cayendo entre mis manos de una manera, digamos, inesperada, sin un orden predispuesto, aunque algo de orden procuro llevar. El asunto es que cuando leí a Julio Llamazares, lo hice con un libro prestado por mi amigo Miguel, Tanto pasión para nada. Un libro de relatos que me dejó muy buen recuerdo.

Desde aquella lectura me propuse leer una novela suya, pero en aquel momento no tenía ninguna, y pasó un tiempo hasta que compré ésta de Las Lágrimas de San Lorenzo, y todavía he tardé unos años en escogerla de la estantería y leerla.

En realidad lo que me motivó leerla fue que supe que Julio Llamazares acudía a Málaga a presentar su última novela, El viaje de mi padre, y aproveché para leérmelo y así acercarme a su charla y si era posible que me lo dedicara.

Al final sí pude hacer asistir a la charla que fue muy entretenida, y al acabar la charla pude acercarme y contarle lo mucho que me gustó su novela y darle las gracias por el buen rato que me supuso su lectura.

Es una novela sobre el paso del tiempo, la memoria personal donde los recuerdos y la nostalgia caminan cogidas de la mano, y sobre la relación que un padre comparte con su hijo  y con la nostalgia de lo que él fue, de la relación con sus padres y la que vive con su hijo. La fugacidad de la vida como lluvia de estrellas. 

Una novela corta, apenas doscientas páginas y fácil de leer, que endulzó algunas tardes de otoño cual azúcar en café. Lo recomiendo.

A ver si ahora no tardo tanto en volver a leer al autor leonés.


martes, 15 de junio de 2021

Joven talento

Creo que todos estarán de acuerdo en que en general los jóvenes no tienen la etiqueta de ejemplaridad colgada a sus espaldas. Hables con quien hables lo más probable es que no lance piropos a los jóvenes. Todo lo contrario.  Que si no tienen educación, que si han perdido los valores, que si les da igual todo, que no tienen respeto, que los principios los pisotean, flojos, vagos, etc. Supongo que es algo común al paso de los años, y es algo que en la sociedad ha ocurrido siempre y que muy probablemente seguirá ocurriendo. Ya saben, la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. George Bernard Shaw dixit.

No sé qué opinión tendrá cada uno de la juventud, pero en mi caso casi todas las que asocio me generan envidia o nostalgia.  Los sentimientos nunca fueron tan puros y simples como en la juventud. La amistad, las sonrisas, el primer amor, el tiempo libre...lo que inmediatamente me lleva a recordar aquel poema de Rubén Darío que recitaba con un sabor de amargura aquellas sobadas palabras de juventud divino tesoro, ya te vas para no volver. Y es que rozando el medio siglo mi espíritu puede ser joven, pero las canas señalan que, hoy día, mi juventud la observo como a un horizonte en lontananza.

Pero en casa sí hay juventud, pues tengo a dos chiquillos en casa. La artista y el futbolista. Así les llamo en ocasiones yo. Recientemente a la artista de la casa le han otorgado un quinto premio de relato corto a nivel provincial, aunque el concurso era a nivel nacional, organizado por Coca-Cola. Estaba contentísima y no me extraña. La seleccionó su profesora de lengua, participó online y meses después vinieron a entregarle el premio al salón de actos de su instituto. Afortunadamente pude ir a la entrega. En el cartel que colocaron presidiendo el escenario, con letras mayúsculas bien visibles se podía leer con claridad dos palabras que no suelen ir de la mano: Jóvenes Talentos.

En primera fila había muchas personas, todos aplaudían durante la entrega, pero uno de ellos permanecía sentado, aparentemente tranquilo, con las piernas cruzadas y sentía algo a un lado del pecho, como un pellizco, no era un sentimiento de juventud, sino más bien algo que se siente cuando rozas el medio siglo, y se llama orgullo. Un orgullo sano y puro. Es un sentimiento indirecto que su hija, una joven con talento, le regaló.  Nadie lo vio, pero ese hombre que peina canas sentía en su interior una explosión, un griterío,  como si por dentro estuvieran dando saltos de alegría y se lanzaran confetis de arcoíris.



domingo, 22 de junio de 2014

Lady Agnew of Lochnaw

Aún escribí un tercer relato intentando ganar el concurso. ¿Cuál les gustó más?


No fue hasta pasado un tiempo cuando comprendí que ir de Erasmus a Edimburgo fue la mayor fortuna de mi vida.

Como yo era estudiante de Historia del Arte, cada semana mi severa tutora de Erasmus nos solicitaba una redacción sobre una obra de arte conservada en la ciudad. Como soy vago por naturaleza, siempre me decidía por la Galería Nacional de Escocia, que estaba a cuatro patadas de la universidad. Entraba en una sala, elegía rápidamente un cuadro, tomaba cuatro notas y luego en el pub, con una cerveza en los labios, desarrollaba la redacción.

Cada semana visitaba una sala distinta, pero sucedió que en la sala cuarta me enamoré. Caí rendido a los pies  de Lady Agnew of Lochnaw, o mejor dicho, de su retrato realizado por Singer.  Quedé atrapado sin remedio por la hondura de su mirada, por su elegante dejadez y por la increíble perfección de sus labios.

No podía dejar de pensar en ella, cada día pasaba horas y horas contemplándola, acompañándola. Hasta que un buen día, inesperadamente, me habló. En inglés, pero me habló. Me preguntó si no querría visitar otras salas. Y al escuchar el sensual timbre de su voz, irremediablemente me desmayé.

Desperté más tarde en un reservado, y desde antes de abrir los ojos pude reconocer su voz, una voz melosa y dulce como la mermelada. Al abrirlos, contemplé a una pelirroja de belleza rizada, vestida con el uniforme del museo, ofreciéndome su grandiosa sonrisa. Tardé en comprender que supuso que todas aquellas visitas mías a la sala cuarta eran mi extraña forma de citarme con ella, y que mi timidez me había paralizado a la hora de hablarle. Ahora es mi mujer y no hace falta que diga que le pedí la mano delante del retrato de Lady Agnew.

sábado, 21 de junio de 2014

El gnomo

Aquí os cuelgo el segundo relato que escribí.. Espero que os guste.



La ruta por Escocia de la que mejor recuerdo tengo, es aquella en la que no sé bien lo que pasó. Puede sonar a broma pero es la cruda realidad.

Hacía poco más de dos años que había conocido a mi actual mujer, Bárbara, y cuando por fin decidimos casarnos, mis amigos me organizaron una despedida de soltero en Edimburgo, asegurándome hacer honor al nombre de mi santa. En realidad organizar, lo que se dice organizar, organizaron poco. Compraron billetes de avión, alquilaron un coche y apuntaron en mayúsculas la ruta de las destilerías escocesas. Antes de poner un pie en el aeropuerto me pintaron el pelo de naranja, me pusieron una falda escocesa y una gaita bajo el brazo.

El primer inconveniente fue convencer al responsable de aduana de que yo era el mismo que aparecía en la foto del pasaporte, pero eso no fue nada comparado con el ridículo que sufrí cuando me obligaron a tocar la gaita y pimplarme un chupito de whisky escocés cada vez que alguien utilizaba el baño del avión. Hasta cuando yo iba, tenía que cumplir. Además había muchísimos niños en ese vuelo.

Una vez en Edimburgo, antes de montarme en el coche, ya me había bebido una botella de Scotch. El conductor, que era el único que no bebía, conducía alocadamente en dirección contraria, aunque no era el único, el resto de coches lo hacían también. ¡Una locura! Fuimos a una fiesta que debía ser la sede mundial de las despedidas, porque a todo el mundo le habían dado una gaita, una falda escocesa y habían pintado el pelo de naranja. También recuerdo que todos reían exageradamente cada vez que me levantaba la falda escocesa y que la mañana siguiente desperté, en un jardín, abrazado a un gran gnomo de peluche.

viernes, 20 de junio de 2014

Naranja

Escuché en la radio que regalaban en un concurso un viaje para dos personas a Escocia, o a Edimburgo -no lo recuerdo bien- y que el concurso lo ganaría aquel relato, de no más de 300 palabras, que fuese el más "original" de los que se enviaran. Fue escucharlo y se me encendieron automáticamente las ganas de viajar a Edimburgo, de manera que entre decepción y decepción de la selección española en el mundial, escribí tres relatos, y como quiera que el concurso ya ha terminado -lo ha ganado un zaragozano-, les pongo los relatos que he escrito por si quieren echarle un ojo. Éste es el primero que escribí: 



Se disputaba el mundial del naranjito en España, y Escocia acababa de ganar su primer partido por cinco a dos a Nueva Zelanda. Aquel primer partido del Mundial para los escoceses se jugó en Málaga, y mi madre, que se ganaba la vida bailando flamenco en hoteles de la Costa del Sol, aquella misma noche, quedó prendada por un pelirrojo, alto y pecoso con mirada picarona. Unas cuantas cervezas después y un romántico paseo por la orilla mediterránea fueron suficientes para que ambos se levantaran las faldas y derritieran el sofoco de su fuego bajo la atenta mirada de una Luna preñada.

Aunque preñada, en realidad, quedó mi madre y yo soy el fruto pelirrojo y pecoso de aquella victoria orgásmica. Soy también parte del equipaje que llevó en el avión que la trajo poco después a Edimburgo, donde mi padre regentaba una cervecería. Mi madre cambió el abanico y las castañuelas por servir cerveza y cocinar paella los sábados. Yo, desde hace unos años, trabajo como guía turístico y realizo una ruta literaria diaria desde el Old Town hasta la New Town.

Hace unos días conocí a mi media naranjita. Es holandesa y trabaja como profesora de español. Fue en el bar, viendo el partido entre España y Holanda. La camiseta de su equipo combinaba con el color de mi pelo y así comenzamos compartiendo unas cervezas. Después del partido ella quiso levantarme el ánimo y yo me dejé de gaitas y le quité el impermeable, miré al cielo y lucía una Luna preñada.

Me cuenta que no le importaría cambiar las tizas y las pizarras por las castañuelas y los abanicos, así que ahora estamos preparando las maletas para irnos a España, decirle bye-bye a Stevenson y que nos encuentre Holmes, si puede, en la costa malacitana.

Pd: Al menos, me consuelo pensando que lo pasé bien escribiéndolos.