domingo, 25 de diciembre de 2016

Ilusión

La Navidades son fechas familiares, fechas para pasarla en familia, pero especialmente son fechas para los niños, que son los verdaderos protagonistas de las fiestas. Su ilusión por los regalos, ya sea la noche de Noche Buena o bien la víspera de Reyes, supera casi cualquier ilusión que pueda uno imaginar. Todos hemos sido alguna vez niños y sabemos de lo que hablo. Algunos hemos tenido la fortuna de tener padres que han procurado que la llama de la ilusión brillara en nosotros. Les estaré eternamente agradecidos a mis padres por su buen trabajo y porque esa llama de la ilusión que una vez prendieron aún está viva en mí.

Intento diariamente mantener el brillo en los ojos de la ilusión por aprender cosas nuevas, por realizar nuevos proyectos, visitar nuevos sitios y especialmente por el amor a mi familia.  Esa ilusión por la vida es en definitiva el verdadero sentido de la vida.


Una ilusión: espero poder realizar un trabajo tan bueno como mis padres hicieron con sus hijos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Me encanta el invierno, a pesar de todo

Estos días las temperaturas están bajando considerablemente, y aunque sé que aquí donde vivo, en el sur de la península, el clima es bastante más benigno que en el resto de España y por supuesto también mucho más que casi en el resto de Europa, la realidad es que caminando a la intemperie me veo obligado a resguardar las manos en los bolsillo a la vez que aligerar el paso.

Es cierto que el verano es más cómodo. Una camiseta, unas bermudas y listo. El invierno por poco crudo que sea te obliga a camisa y a jersey, y a un chaquetón si se sale, y calcetines y si me apuran bufanda y guantes, sin olvidar el paraguas. Es más incómodo pero a mi juicio es mucho más elegante.

Mi santa señora lleva varios fines de semanas realizando el cambio de temporada de vestuario. Guardar toda la ropa de verano que ya no nos vamos a poner y sacar la que vamos necesitando. En mi caso además hay que lavarla toda justo nada más sacarla pues como soy alérgico al polvo y en cuanto me pongo una prenda guardada comienzo a estornudar sin parar y comienzan las consiguientes dos semana de mocos y pañuelos. Gracias a Dios, ya digo, mi santa me ahorra cada año una buena dosis de narices rojas.

Quitando esos pocos inconvenientes, y alguno más, me encanta el invierno.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Sin tiempo

Últimamente apenas escribo y apenas leo. Puede que no lo crean pero no dispongo casi de tiempo, y cuando lo tengo, prefiero hacer otras cosas. Escuchar música, ver una película, o una serie, o un concierto.  Las actividades de los niños, los líos de la casa, hacer la compra, todo lleva su tiempo. Y al final del día estoy tan agotado la mayoría de las veces que prefiero sentarme en el sofá y dejarme llevar.

Además desde que mi hermano y mi cuñada me regalaron una guitarra eléctrica (una guitarraza Gibson Les Paul) no paro de arrancarle sonidos chirriantes cada vez que puedo. Muchas, muchas, muchas gracias. Es un mundo prácticamente nuevo para mí. Hay un millón de cosas que desconozco de la guitarra eléctrica. Poco a poco, voy aprendiendo a poner el oído donde me conviene, me equivoco y corrijo, uno o dos pasos atrás para avanzar medio.

Las posibilidades de hoy en día son inmensas. Cientos de aplicaciones para el móvil, miles de profesores en YouTube, páginas webs  a millones. Aprender no es algo tan solitario ahora. La informática y en especial las redes sociales e Internet han abierto un mundo de posibilidades. Pienso en un bosque infinito, en el que me encuentro justo en el medio, sin brújula ni Lazarillo. Apenas una luz tenue y muchas ganas de caminar. Seguro que hallo la salida. Esperen y verán.

Por lo pronto me he pillado un amplificador Fender, lo que no conjunta nada mal con una Gibson Les Paul.

domingo, 9 de octubre de 2016

¡Qué preciosidad!

Cuando rozaba yo la edad tonta y despreocupada de los 13 ó 14 años me apunté durante un verano a clases de guitarra. Era algo que siempre había querido aprender. Mis padres me compraron una guitarra española preciosa, y en ese verano aprendí muy lentamente a arrancarle unos cuantos acordes a la guitarra. Apenas media docena de acordes aprendí y, como suele ser habitual en mí, a mitad de curso me aburrí. De repente, las clases empezaron a estorbarme para hacer mis tareas estudiantiles y casi sin darme cuenta me fui quedando atrás en las clases.

La guitarra, como pueden imaginar, quedó como bonito decorado en un rincón de mi habitación. Ahora, tres décadas después, y desde hace muchos años, estoy muy arrepentido de aquella decisión. Pero recientemente he decidido resucitar la guitarra e intentar retomar mis mínimos conocimientos de guitarra. como dice el dicho, más vale tarde que nunca.

Llevo un par de semanas maltratando la guitarra y estoy tremendamente ilusionado, pero claro, estamos en septiembre que es algo así como el mes de las buenas intenciones y de iniciar muchas cosas. Veremos a ver cómo sigo más allá de diciembre. Lo difícil, como siempre, va a ser sacar el tiempo.

Me muero de ganas por tener una guitarra eléctrica, pero me he prometido no pillarme una -aunque fuese de segunda mano- hasta comprobar que voy medianamente en serio con esto de tocar la guitarra, a pesar de que creo que una de las razones de aquel abandono temprano fue -a mi juicio- que no soy muy amante de la guitarra española y sí, en cambio, mucho de la eléctrica. 

Como para casi todo en la vida, para gustos, colores. Yo mato por una imitación de Gibson Les Paul en negro. ¡Qué preciosidad! No me digan que no tengo buen gusto. 


domingo, 2 de octubre de 2016

París. Día 4. Disneyland 5-8.

Para el final de nuestros días en París dejamos uno de los rincones que más me cautivan de la ciudad de la luz, la Sainte Chapelle, situada en el corazón de la Ile de la Cité. La Sainte Chapelle se edificó en pleno siglo XIII, en tan sólo 6 años. Está considerada una obra cumbre de templo gótico radiante, y a pesar de ello no es uno de los lugares más visitados de París, aunque sin duda agrada dulcemente a sus visitantes. La primera impresión al acceder a su interior es algo extraña, pues entramos directamente a la capilla inferior, que es muy distinta a lo que estamos acostumbrados a contemplar. El techo está decorado de azul y dorado. No es una construcción ambiciosa en dimensiones, ni es muy alta, ni es muy grande e incluso la decoración, aunque es llamativa, no es exagerada ni pretenciosa. La decoración está básicamente representada por escudos heráldicos, recordándonos sus orígenes: la flor de lis, de la realeza francesa, y los castillos de oro, símbolo de Castilla, pues Luis IX, San Luis de Francia, fundador y constructor de la capilla, fue hijo de Blanca de Castilla; de ahí los escudos.

Junto a la entrada, por un minúsculo hueco, se da acceso a una escalera de caracol, construida en piedra, por la que se accede a la planta superior. En esta estancia la luz es la dueña del espacio. No hay huellas que recuerden la vaciedad de lo terrenal. Las vidrieras rodean todo el edificio, que parece estar flotando sobre las nubes de la divinidad, suspendido extraterrenalmente. Sin duda, creado con la ambición estar lo más cercano a la luz de Dios. La contemplación general es verdaderamente sobrecogedora. Uno puede comprender que en el siglo XIII no había otro lugar mejor ni más cercano a Dios donde guardar las reliquias del martirio de Jesús. Hubiéramos permanecido deleitándonos en la capilla mucho más tiempo del que estuvimos, pero siempre disponemos de menos tiempo del que quisiéramos.

Abandonamos la Sainte Chapelle en dirección a la Concergerie, queríamos verla desde cerca aunque no pretendíamos entrar -Pepi y yo ya la visitamos hace años y no estábamos seguros de que a los niños les fuese a interesar-. Nuestra intención era montar en un autobús turístico que nos diera una vuelta por la ciudad. La parada más cercana estaba en el Petit Pont, justo al otro lado de la plaza de Notre-Dame.

Montamos en el autobús y subimos a la planta de arriba -que era descapotable- y nos dispusimos a disfrutar del encanto de París. El recorrido comenzó paralelo al Sena, siguiendo el trazado del río, en la orilla del Museo de Orsay. Volvimos a contemplar el fastuoso edificio del Louvre, la plaza de la Concordia, la Ópera Garnier, el Grand y el Petit Palais, los Champs Elysées y el Arco del Triunfo. Desde allí hasta Trocadero y la Tour Eiffel y un continuo placer para los ojos porque París, la mires por donde la mires, es bella, señorial y distinguida. No me extraña que sea la reina de la bohemia.

Acabamos nuestro primer viaje en bus en el mismo sitio donde lo cogimos y desde allí nos dirigimos hasta la Cremerie Restaurant Polidor, cerca de Odeón, a la que yo tenía muchas ganas de ir desde que la vi en la película de Woody Allen, Midnight in Paris.

Gracias a Internet todo (o casi todo) está a cuatro golpes de teclado, y el Polidor es conocido, además de por su cocina, por su escogida clientela: James Joyce, Verlaine, Rimbaud, Hemingway, Cortázar o Kerouac, han sido algunos de sus distinguidos comensales, incluso parece que Víctor Hugo era asiduo. Ya ven que es un lugar con mucha historia literaria. Además de una cocina tradicional y un servicio competente, el local sigue mantenido su acogedora presencia. Está conservado prácticamente igual a como estaba a principios del siglo XX. Y se nota. De hecho mi santa insistía en que el baño necesitaba una remodelación integral. Para mí fue un placer almorzar entre tanta historia. Miguelito desde mucho antes de entrar ya decía que se pediría lo mismo que yo. Así fue como lo introduje en el sabroso mundo de la cocina francesa: de primero pedimos unos escargots (caracoles) y de segundo un exquisito Boeuf Bourguignon. Todo regado con una estupenda cerveza en mi caso, y agua en el suyo.

A apenas 100 m del restaurante Polidor está el teatro Odeón, uno de los teatros nacionales que hay en París. El teatro Odeón fue inaugurado por María Antonieta de Austria en 1782 y en él se estrenó, por ejemplo, Las bodas de Fígaro. Desde él regresamos al Boulevard Saint Germain y nos adentramos en el precioso Pasaje du Comerce. Continuamos hacia la Abadía de Saint Germain-des-Prés y pasamos por delante de las terrazas de los cafés Les Deux Magots y el Café de Flore, y cerca de allí, al otro lado de la acera, cogimos de nuevo el autobús turístico que nos dio otra amplia vuelta por París. El barrio latino, la torre de Montparnasse, la Sorbona, los Inválidos, el Parque de Luxemburgo, o el Museo Rodin son algunos de los lugares por los que pasamos. Nos bajamos de nuevo junto a la Catedral de Notre-Dame y desde allí tomamos un taxi que nos llevó hasta la parada del Bateaux Mouche, donde iniciamos nuestro paseo en barco.

El paseo en barco le encantó a los niños. Era la primera vez que navegaban en un barco tan grande. Pues los Bateaux Mouche hoy día tienen dos plantas, y sentados arriba en la cubierta, bajo el tímido sol de la media tarde se estaba verdaderamente de maravilla. El paseo por el Sena acabó una hora después en el mismo muelle donde empezó.

Desde allí, después de contemplar la réplica de la antorcha de la Estatua de la Libertad, que es un monumento no oficial de Diana de Gales, cogimos el metro en Marceau hasta Bastille, pues nuestra intención era visitar la Place des Vosges. Y eso hicimos. Empezó a atardecer, y los bistros de los alrededores lanzaban su anzuelo sobre nosotros con intenso olor a crepe. Aún así, supimos esquivarlos porque los niños estaban destrozados y locos por regresar al hotel. Así que cogimos el metro y volvimos al  hotel. Cenamos en un restaurante de comida internacional y descansamos el largo día tumbados en nuestra habitación.

Al día siguiente tocaba despedirse de París, coger un metro y después un tren y poner rumbo a Disneyland, donde pasaríamos nuestras cuatro siguientes noches, sí, ¡cuatro noches! Todo por la ilusión de los niños.

No veo necesario contar detalladamente en este blog que nos pasamos cuatro días al sol haciendo largas colas para fotografiarnos con los personajes de Disney, o para montarnos en atracciones, algunas de ellas realmente buenas (Ratatouille). Desde primerísima hora de la mañana hasta ultimísima hora después del espectáculo en el Castillo.

El viaje completo ha sido una experiencia inolvidable. Ver la cara de los niños, sus reacciones ante la Torre Eiffel o Minnie no tiene precio. Comprobar que sienten curiosidad por pedir información relativa a un cuadro, una escultura, una plaza o un edificio es algo reconfortante y tal vez sirva como la posible chispa de un futuro abrazando la cultura en el más amplio sentido de la palabra.



sábado, 10 de septiembre de 2016

París. Día 3.

El sábado por la mañana, en nuestra tercera jornada en París, amaneció el día nublado, pero según las predicciones del tiempo el sol iba a ir ganando terreno a lo lardo del día. Y así fue. Nuestro primer propósito del día era la ansiada visita a la Torre Eiffel. De manera que en cuanto terminamos de desayunar cogimos el metro y nos fuimos hacia Trocadero, desde donde iniciamos nuestra visita a la Torre Eiffel.

La Torre Eiffel es imponente incluso cuando ya la has visto antes. A los niños los dejó boquiabiertos. Su tamaño es faraónico, y su esbelta figura es lo singularmente atractiva como para llamar la atención desde donde quiera que se cruce en nuestra mirada.

Conforme nos fuimos acercando pudimos comprobar las enormes medidas de seguridad por las que había que pasar para poder acceder a la torre. Tras una larga cola, y tras pasar por un meticuloso control de seguridad, pudimos acceder al ascensor que nos subiría a la segunda planta de la Torre Eiffel.

Desde allí se divisa casi cualquier construcción que sobresalga de tamaño. Algo tan voluminoso como el Arco del Triunfo parece de juguete desde cierta distancia. Incluso las barcazas flotando en el Sena parecen ridículas. En la primera planta de la Torre Eiffel hay como una zona de descanso, con césped artificial, para tumbarse y tomar el sol, hay además un área con el suelo de cristal sobre el que los niños pasaban una y otra vez. Por supuesto yo ni acerqué. Me puso malísimo verlos allí.

Pasamos casi media mañana completa en la visita de la Torre Eiffel. Los niños lo estaban pasando estupendamente con la idea de estar en la Torre y no quisimos meterles prisa para irnos de allí. Fue el gusanillo del apetito en el estómago el que les obligó a salir. Así que cogimos el metro y nos dirigimos hacia el Barrio Latino, y junto a la Sorbona, en un Monoprix que encontramos por el camino, nos compramos unos bocadillos y eso almorzamos. Algo rápido y barato. Teníamos aún muchas cosas pendientes por ver.

Partimos desde las vetustas Termas de Cluny, por el Boulevard Saint-Michel, hasta la misma puerta del Jardín de Luxemburgo donde giramos hacia el Panteón. El día había comenzado a torcerse y se intuía que de un momento a otro se pondría a llover. El Panteón es uno de esos imprescindibles que no visitamos en nuestro anterior viaje a París, y no queríamos dejar pasar esta segunda oportunidad.

El edificio del Panteón se terminó de construir en plena Revolución francesa y en él se encuentran los restos de grandes personalidades de la historia de Francia, como son Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Marie Curie o Alejandro Dumas. También está instalado en el Panteón una réplica del péndulo de Foucault, en el mismo lugar donde originariamente se instaló el famoso péndulo para el experimento de demostrar la rotación de la tierra. Algo curioso.

A pocos pasos del Panteón, por la parte posterior izquierda, se encuentra la Iglesia Saint-Étienne-du-Mont, del siglo XV-XVI, construida sobre los restos de la cripta de la abadía de Santa Genoveva del siglo VI, patrona de París. La iglesia Saint-Étienne-du-Mont es, a mi gusto,  una de las más bellas de París. Exteriormente es una maravilla, pero es que interiormente tampoco está nada mal. Posee una pareja simétrica de  escaleras de caracol alrededor de las columnas centrales que son una auténtica maravilla. El púlpito de madera es sencillamente impresionante. Además contiene las tumbas de Jean Racine y Blaise Pascal. Jean-Paul Marat está enterrado en el cementerio de la Iglesia y también conserva las reliquias de Santa Genoveva. Las escalinatas laterales exteriores de la iglesia fueron utilizadas como escenario recurrente en el rodaje de Medianoche en París, de Woody Allen. En ella nos hicimos unas fotos simulando la escena.

Terminamos abrumados de tanta belleza y abandonamos la iglesia dejándonos llevar cuesta abajo entre calles repletas de bares, cafés-patisserie, tiendas de vinilos y librerías. Paramos en una cafetería junto a la rivera del Sena, con el perfil de la catedral de Notre-Dame asomando detrás de la espesura de los árboles y el trasiego en los puestos de los buquinistas.

Poco puedo contar ya que no se haya contado de la catedral de Notre-Dame. Lo que más me gusta de ella  -y esto es una percepción muy personal- es la parte trasera, donde sus arbotantes y contrafuertes pueden observarse con limpieza. La piedra ahí parece separarse y tomar espacio, como si estuviera estirada, casi despellejándose, frágil a la vez que sólida. Las gárgolas simulan observar todo lo que sucede cual cámaras de seguridad, misteriosas y siniestras. Uno puede imaginarse aún a Quasimodo asomado al rosetón, taciturno. ¡Cuántas leyendas y cuanta literatura alrededor de ella! Y todo en el inmejorable marco de la Ile de la Cité.

¡Desde el siglo XII hasta hoy, cuánta historia! Desde su origen en el pueblo romano, pasando por el oscuro medievo, la peste negra, Juana de Arco, la revolución francesa, la coronación de Napoleón, el romanticismo labrado en piedra, Esmeralda enamorando a Quasimodo en la imaginación de Víctor Hugo, los bombardeos nazis... ya sabemos que la historia está múltiples veces escrita con sangre y dolor.

Abandonamos la catedral hacia los jardines aledaños a descansar, sabiendo que uno acaba de pisar la piedra por la que caminó la Historia. Paso a paso. Desde allí continuamos nuestro camino hacia el Hotel de Ville. Otra maravilla. La plaza delantera estaba siendo restaurada y la vista perdía encanto enormemente.

Por la Rue du Renard llegamos hasta la Fuente de Stravinsky y desde allí hasta el Museo Pompidou. Había mucho ambiente. Jóvenes bailaban al ritmo contundente de música dance que salían de altavoces voluminosos. Nos detuvimos a verlos. A los niños les gustaba ver a los jóvenes bailar. Les echaron unas monedas.

Bagabundeamos por el Boulevard de Sébastopol, esperando que el atardecer cayera sobre nosotros. Desde el Forum Des Halles cogimos el metro hasta la Gare du Nord, cerca de nuestro hotel. El día estaba terminado y nuestros pies destrozados y aún nos quedaba mucho por recorrer en este viaje.

viernes, 2 de septiembre de 2016

París. Día 2.

Despertamos en nuestro segundo día con muchas ganas de disfrutar de la ciudad de la luz. Lo primero fue desayunar en el hotel, y cargar el depósito, después fuimos en metro hacia el Arc de Triomphe, colosal puerta de entrada a la ciudad. Miguelito estaba fascinado por la grandiosidad de la construcción, y Sofía por la amplitud de la plaza y de que para acceder a ella había que hacerlo bajo tierra.

Desde el Arco del Triunfo iniciamos nuestro paseo por la lujosa Avenue des Champs-Élysées. No sé si es la avenida más elegante del mundo pero si no lo es debe estar cerca. Joyerías, tiendas de diseñadores, el famoso cabaret Lido, galerías comerciales, concesionarios de coches. No eres una marca de primera fila si no estás allí. A media distancia de la avenida, en el innovador concesionario de Citröen, se podía distinguir desde la calle que  había en su interior un helicoidal tobogán de cinco plantas. ¡26 m de altura! Preguntamos si era posible que los niños se tiraran. Les encantó. Se hubieran pasado toda la mañana tirándose. 

Continuamos hasta la Avenue Winston Churchill, y en ella giramos para visitar el museo del Petit Palais, actualmente Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris, donde nos encontramos con obras de artistas franceses como Jean Ingres, Eugène Delacroix y Gustave Coubert, además de mobiliario y objetos de artes decorativos. Aunque lo más admirable con diferencia, a mi juicio, es el mismo edificio, especialmente el monumental pórtico de la entrada, verdaderamente imponente. El jardín interior semicircular estaba algo descuidado, todo hay que decirlo. La entrada fue gratuita.

Justo en frente del Petit Palais está el Grand Palais, que estaba cerrado por reformas, así que no pudimos visitarlo.  Continuamos hacia el Pont Alexandre III, porque los niños querían asomarse al río Sena. A Miguelito le encantaba ver pasar a las barcazas desde lo alto del puente. Desde aquí también podían ver los Inválidos con su cúpula dorada y la torre Eiffel. Empezaban a impacientarse, y no pensaban en otra cosa que en acercarse a la torre Eiffel. Pero el tiempo estaba aún algo revoltoso y quisimos dejarlo para otro día que tuviéramos un día soleado.

Volvimos por nuestros pasos de nuevo a la Avenida de los Campos Elíseos y continuamos hacia la Plaza de la Concordia, presidida por el obelisco egipcio de Luxor. Les explicamos que el obelisco es el monumento más antiguo de París, con unos 3000 años y que en esa plaza María Antonieta y Luis XVI perdieron la cabeza, y que no sólo ellos sino que muchísimos más cortesanos también lo hicieron gracias a la sobrecogedora idea de Guillotin. Hoy, en la plaza de la Concordia hay una enorme noria que no estaba en nuestra anterior visita a París en abril de 2004. Lo que sí siguen estando son las dos colosales fuentes. Preciosas las dos.

Abandonamos la Plaza de la Concordia, por la Rue Royal, encaminándonos hacia la Madeleine, pero torcimos por la Rue Saint Honoré para llegar a la Plaza Vendôme. La arquitectura y el diseño de esta sobria y elegante plaza es una de mis favoritas. La columna Vendôme, antes columna de Austerlitz, fye erigida por orden de Napoleón para celebrar su victoria en la batalla de Austrerlitz. Nos fotografiamos desde muchos de sus bellos rincones. Contemplamos desde lejos la Ópera Garnier

Se acercaba la hora de almorzar y de descansar un poco porque llevábamos toda la mañana caminando. Además comenzó a nublar el día y parecía evidente que de un momento a otro comenzaría a llover. Así que no era mal momento para parar. Pasamos por la puerta del Harry's New York Bar, allá donde Coco Channel, Humphrey Bogart, Rita Hayworth o el mismísimo Hemingway se tomaban Bloody Marys, pero desafortunadamente estaba cerrado, y al final nos tuvimos que meter en un McDonalds. ¡Cést la vie!

Después de almorzar y ya que el cielo había abierto decidimos pasear por las jardines del Palacio Real. Un entorno propicio para descansar la sobremesa. Había una brisa agradable y se estaba de escándalo estirando las piernas en los bancos de los jardines. El fluir del agua en las fuentes como música de fondo era una verdadera bendición.

Abandonamos nuestra pereza y nos dirigimos al patio interior de los Jardines del Palacio Real, conocido como el patio de las columnas. A los niños les gustó subirse y saltar al potro con ellas.

Era viernes y quisimos aprovechar que el día estaba nublado y que el Museo del Louvre cerraba sus puertas más tarde de lo normal. Así que pagamos la entrada y visitamos el Louvre. Sabíamos que es imposible visitar el museo completo en una jornada y mucho menos con niños, así que decidimos ver lo imprescindible y la parte española. Sofía tenía ganas de ver la Mona Lisa y Miguel los sarcófagos egipcios. Así que eso lo vimos. Yo tenía especial interés en esta ocasión por el Astrónomo de Vermeer y por un par de obras de Meissonier. La Venus de Milo era una atracción para todos.

El Louvre es inmenso, enorme, casi infinito, pero también algo caótico y desordenado, mal señalizado y muy ruidoso. Hay que tener una especial capacidad de abstracción para poder disfrutarlo y con dos niños eso es tarea prácticamente imposible.

Abandonamos el Louvre machacados y nos retiramos al hotel vía metro. Una cena ligera, una ducha rápida y un sueño profundo. Ese fue el menú que saboreamos aquella noche.



París. Día 1.

Casi en un suspiro ha pasado agosto. Ahora toca ordenar un poco el desbarajuste en el que uno cae en las vacaciones, porque siempre hay se quiera o no algo más de desajustes en los horarios y planes. Ahora que ya se nos acabó agosto toca ir concienciándonos en volver a la rutina.

Una de las cosas que más dejo de lado en las vacaciones es este blog, y en general, todo lo que sea sentarme delante de un ordenador. Así que hoy entro con ganas de contaros el viaje que mi santa, mis niños y yo hemos disfrutado este verano.

Desde hacía bastante tiempo que teníamos previsto un viaje a París, y aunque parecía que no iba a llegar nunca el momento de partir, al final, lo cierto es que llega. Luego todo pasa como un relámpago.

Tuvimos que madrugar, y mucho, para coger el avión, pero madrugar no es tan sufrido cuando lo que espera por delante es muy deseado. Ni siquiera a los niños les costó dar el salto de la cama. Metimos cada uno su maleta de cabina en el maletero del coche y nos dirigimos al aeropuerto. El despegue fue muy bien y el aterrizaje mejor. Aterrizamos en un avión de Air Europa en el aeropuerto Charles de Gaulle y desde el mismo aeropuerto cogimos un tren que nos llevó hasta la Gare du Nord. A pocos metros de la estación estaba ubicado nuestro hotel. El Hôtel Avalon es algo pequeño aunque funcional, en el que sirven un desayuno a un precio razonable -sobretodo teniendo en cuanta que los niños no pagaban- y estaba especialmente bien conectado por metro y tren.

Una vez realizado el check-in y dejado las maletas en la habitación, comenzamos la visita a la capital de Francia.

Lo que nos pillaba más a mano desde el hotel, dando un paseo agradable, era Montmartre. Subimos hasta los pies de la Basílica del Sagrado Corazón en el funicular, lo que divirtió mucho a los niños. Desde allí se disfruta de unas vistas soberbias. Prácticamente todo París está a los pies de Montmartre. Entramos en la Basílica y disfrutamos de sus impresionantes proporciones, incluso bajamos al sótano, al salir decidimos rodearla y seguidamente nos dejamos envolver por el espíritu bohemio de la Place du Tertre. Nos fotografiamos casi en cada esquina y escalera, y fuimos bajando entre callejuelas encantadoras, pasando junto a la torre del agua, el museo de Montmartre y el Espace de Dalí. Descansamos unos minutos en la Square de la rue Burq, donde había un parque donde los niños jugaron.

Continuamos nuestro descenso hasta el Boulebard de Clichy, en Pigalle, donde nos fotografiamos junto al Moulin Rouge. Allí cerca -en un Quick- almorzamos y nos refugiamos de la lluvia ya que acababa de comenzar a chispear.

Después de recargar la energía cogimos el metro en la estación de Blanche, que estaba casi en la misma puerta, hasta la parada del Museo del Louvre. Entramos a través del centro comercial que hay en las puertas del museo. Al salir a la superficie, Sofía quedó boquiabierta, le encantó. Dice que es lo que más le gustó del viaje. La simetría del colosal edificio, la pirámide invertida, el arco del carrusel, el obelisco al fondo y aún más lejana la torre Eiffel, con su estilizado e inconfundible silueta.

Comenzó a llover y esta vez iba en serio. Tiramos por Rue des Pyramides en dirección a la Ópera, pero nos detuvimos de camino en una confiterie Paul. Escampó y proseguimos en dirección a la Ópera. La mediorodeamos después de sacarnos fotos desde todas las perspectivas y nos dirigimos hacia los grandes almacenes Lafayette, para enseñarle a los niños la espléndida cúpula que preside el salón principal. Una maravilla del art noveau.

Por el Boulebard Haussmann y girando en la rue Tronchet llegamos a la plaza de la Madeleine, y contemplamos sus estilizadas columnas de la entrada.

Empezaba a anochecer y a todos se nos abría la boca con más frecuencia de lo habitual. El día había sido largo, de manera que cogimos el metro en la misma plaza y nos fuimos al hotel. Nos habíamos ganado el descanso. Junto al hotel compramos algo para cenar y así acabamos el día. Una muy buena forma de tomar contacto con París.

domingo, 14 de agosto de 2016

En el café de la juventud perdida - Patrick Modiano

Cuando leí Dora Bruder de Modiano, poco después de que le otorgaran el premio Nobel de Literatura, quedó en mi interior una sensación de que había leído algo muy bueno pero también muy corto y que debería algún día leer algo más que completase aquella lectura inaugural del planeta Mondiano.

Pasó el tiempo y la intención fue desvaneciéndose pero seguía latente. Y un buen día, en una de esas visitas que de vez en cuando hago a la biblioteca (me encantan las bibliotecas), me traje para casa En el café de la juventud perdida. La sinopsis me resultó prometedora.

Así como Dora Bruder me lo leí casi en un suspiro y dejó tatuado su título en la piel de mi recuerdo, En el café de la juventud perdida no sentí para nada el mismo arrebato imparable de lector voraz. Tardé en leerlo, no llegué a meterme ni a identificarme -y mira que traía ganas- y me resultó un libro que pasará lastimosamente al rincón de los libros olvidados rápidamente. Los libros y las personas somos así de caprichosos, a veces no encajamos por más que lo intentemos. No pasa nada, si se tercia volveré a leer a Modiano, porque se lo ha ganó con Dora Bruder, y yo soy de los que me quedo con las cosas positivas.


martes, 9 de agosto de 2016

Marilyn Monroe 34

Agosto despliega alrededor un halo de pereza y disfrute que probablemente no posea ningún otro mes del año. Hay quien detesta este mes, porque es sinónimo de atascos de tráfico, de calores, de noches sudorosas y de colas casi para cualquier cosa. Todo esto evidentemente depende de la ciudad donde te toque pasarlo. A mí me toca pasarlo en Fuengirola, donde vivo, y aquí -créanme- todo lo que les digo está presente. Muy presente. 

A mí agosto me gusta especialmente porque en él disfruto de mis vacaciones. Ayer justo las comencé y disfruté todo el día escuchando música, leyendo, viendo la tele y jugando con los niños. Cada cual se refugia en lo que más le cobija. Yo tengo muchos lugares de encuentro, caminos que son de vuelta a casa. Marilyn Monroe -según he leído- gustaba de darse un buen chapuzón. Tampoco está mal.


domingo, 31 de julio de 2016

Ciclos grazalemeños

Esta tarde regresaba en coche de pasar un fin de semana junto con la familia y unos amigos en El Bosque. Un fin de semana de baños en la piscina, largas siestas en la habitación, algo de lectura y sobre todo gozosas conversaciones alrededor de delicias gastronómicas locales.

En el trayecto de vuelta a casa decidimos realizar un alto en Grazalema, localidad donde mi santa estuvo viviendo dos años. Ambos le tenemos un cariño especial a Grazalema. Pasamos muchos días juntos allí. Recién nos casamos el destino nos separó y ella tuvo que marcharse a pasar dos cursos. Ahora todo queda muy atrás y el tiempo ha difuminado gran parte de la amargura de aquellos recuerdos. Al menos a mí sólo me vienen los buenos y, en cierta parte, los añoro. Flotan en mi memoria envueltos en el aroma de la juventud, de un incierto futuro por delante que ya es realidad. Años gastados por el uso de la vida, en la que he sido bastante bien tratado, la verdad, aunque también podría poner alguna que otra queja. En cualquier caso aquel pasado fue el germen aleatorio de este presente también azaroso y caprichoso. Nuestro par de mocosos por ejemplo.

Regresar a Grazalema es algo casi cíclico en nuestras vidas. Muchos de nuestros recuerdos se pueden medir por fases grazalemeñas, similar a como los indios americanos contaban los ciclos lunares dividiendo las estaciones.

Definitivamente ya he perdido la cuenta de las veces y con las personas con las que hemos ido. En todas estas visitas me vienen de nuevo recuerdos agridulces. Es posible que con los años los recuerdos se vayan volviendo más dulces. No lo sé. Esperemos que sí.