sábado, 10 de septiembre de 2016

París. Día 3.

El sábado por la mañana, en nuestra tercera jornada en París, amaneció el día nublado, pero según las predicciones del tiempo el sol iba a ir ganando terreno a lo lardo del día. Y así fue. Nuestro primer propósito del día era la ansiada visita a la Torre Eiffel. De manera que en cuanto terminamos de desayunar cogimos el metro y nos fuimos hacia Trocadero, desde donde iniciamos nuestra visita a la Torre Eiffel.

La Torre Eiffel es imponente incluso cuando ya la has visto antes. A los niños los dejó boquiabiertos. Su tamaño es faraónico, y su esbelta figura es lo singularmente atractiva como para llamar la atención desde donde quiera que se cruce en nuestra mirada.

Conforme nos fuimos acercando pudimos comprobar las enormes medidas de seguridad por las que había que pasar para poder acceder a la torre. Tras una larga cola, y tras pasar por un meticuloso control de seguridad, pudimos acceder al ascensor que nos subiría a la segunda planta de la Torre Eiffel.

Desde allí se divisa casi cualquier construcción que sobresalga de tamaño. Algo tan voluminoso como el Arco del Triunfo parece de juguete desde cierta distancia. Incluso las barcazas flotando en el Sena parecen ridículas. En la primera planta de la Torre Eiffel hay como una zona de descanso, con césped artificial, para tumbarse y tomar el sol, hay además un área con el suelo de cristal sobre el que los niños pasaban una y otra vez. Por supuesto yo ni acerqué. Me puso malísimo verlos allí.

Pasamos casi media mañana completa en la visita de la Torre Eiffel. Los niños lo estaban pasando estupendamente con la idea de estar en la Torre y no quisimos meterles prisa para irnos de allí. Fue el gusanillo del apetito en el estómago el que les obligó a salir. Así que cogimos el metro y nos dirigimos hacia el Barrio Latino, y junto a la Sorbona, en un Monoprix que encontramos por el camino, nos compramos unos bocadillos y eso almorzamos. Algo rápido y barato. Teníamos aún muchas cosas pendientes por ver.

Partimos desde las vetustas Termas de Cluny, por el Boulevard Saint-Michel, hasta la misma puerta del Jardín de Luxemburgo donde giramos hacia el Panteón. El día había comenzado a torcerse y se intuía que de un momento a otro se pondría a llover. El Panteón es uno de esos imprescindibles que no visitamos en nuestro anterior viaje a París, y no queríamos dejar pasar esta segunda oportunidad.

El edificio del Panteón se terminó de construir en plena Revolución francesa y en él se encuentran los restos de grandes personalidades de la historia de Francia, como son Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Marie Curie o Alejandro Dumas. También está instalado en el Panteón una réplica del péndulo de Foucault, en el mismo lugar donde originariamente se instaló el famoso péndulo para el experimento de demostrar la rotación de la tierra. Algo curioso.

A pocos pasos del Panteón, por la parte posterior izquierda, se encuentra la Iglesia Saint-Étienne-du-Mont, del siglo XV-XVI, construida sobre los restos de la cripta de la abadía de Santa Genoveva del siglo VI, patrona de París. La iglesia Saint-Étienne-du-Mont es, a mi gusto,  una de las más bellas de París. Exteriormente es una maravilla, pero es que interiormente tampoco está nada mal. Posee una pareja simétrica de  escaleras de caracol alrededor de las columnas centrales que son una auténtica maravilla. El púlpito de madera es sencillamente impresionante. Además contiene las tumbas de Jean Racine y Blaise Pascal. Jean-Paul Marat está enterrado en el cementerio de la Iglesia y también conserva las reliquias de Santa Genoveva. Las escalinatas laterales exteriores de la iglesia fueron utilizadas como escenario recurrente en el rodaje de Medianoche en París, de Woody Allen. En ella nos hicimos unas fotos simulando la escena.

Terminamos abrumados de tanta belleza y abandonamos la iglesia dejándonos llevar cuesta abajo entre calles repletas de bares, cafés-patisserie, tiendas de vinilos y librerías. Paramos en una cafetería junto a la rivera del Sena, con el perfil de la catedral de Notre-Dame asomando detrás de la espesura de los árboles y el trasiego en los puestos de los buquinistas.

Poco puedo contar ya que no se haya contado de la catedral de Notre-Dame. Lo que más me gusta de ella  -y esto es una percepción muy personal- es la parte trasera, donde sus arbotantes y contrafuertes pueden observarse con limpieza. La piedra ahí parece separarse y tomar espacio, como si estuviera estirada, casi despellejándose, frágil a la vez que sólida. Las gárgolas simulan observar todo lo que sucede cual cámaras de seguridad, misteriosas y siniestras. Uno puede imaginarse aún a Quasimodo asomado al rosetón, taciturno. ¡Cuántas leyendas y cuanta literatura alrededor de ella! Y todo en el inmejorable marco de la Ile de la Cité.

¡Desde el siglo XII hasta hoy, cuánta historia! Desde su origen en el pueblo romano, pasando por el oscuro medievo, la peste negra, Juana de Arco, la revolución francesa, la coronación de Napoleón, el romanticismo labrado en piedra, Esmeralda enamorando a Quasimodo en la imaginación de Víctor Hugo, los bombardeos nazis... ya sabemos que la historia está múltiples veces escrita con sangre y dolor.

Abandonamos la catedral hacia los jardines aledaños a descansar, sabiendo que uno acaba de pisar la piedra por la que caminó la Historia. Paso a paso. Desde allí continuamos nuestro camino hacia el Hotel de Ville. Otra maravilla. La plaza delantera estaba siendo restaurada y la vista perdía encanto enormemente.

Por la Rue du Renard llegamos hasta la Fuente de Stravinsky y desde allí hasta el Museo Pompidou. Había mucho ambiente. Jóvenes bailaban al ritmo contundente de música dance que salían de altavoces voluminosos. Nos detuvimos a verlos. A los niños les gustaba ver a los jóvenes bailar. Les echaron unas monedas.

Bagabundeamos por el Boulevard de Sébastopol, esperando que el atardecer cayera sobre nosotros. Desde el Forum Des Halles cogimos el metro hasta la Gare du Nord, cerca de nuestro hotel. El día estaba terminado y nuestros pies destrozados y aún nos quedaba mucho por recorrer en este viaje.

viernes, 2 de septiembre de 2016

París. Día 2.

Despertamos en nuestro segundo día con muchas ganas de disfrutar de la ciudad de la luz. Lo primero fue desayunar en el hotel, y cargar el depósito, después fuimos en metro hacia el Arc de Triomphe, colosal puerta de entrada a la ciudad. Miguelito estaba fascinado por la grandiosidad de la construcción, y Sofía por la amplitud de la plaza y de que para acceder a ella había que hacerlo bajo tierra.

Desde el Arco del Triunfo iniciamos nuestro paseo por la lujosa Avenue des Champs-Élysées. No sé si es la avenida más elegante del mundo pero si no lo es debe estar cerca. Joyerías, tiendas de diseñadores, el famoso cabaret Lido, galerías comerciales, concesionarios de coches. No eres una marca de primera fila si no estás allí. A media distancia de la avenida, en el innovador concesionario de Citröen, se podía distinguir desde la calle que  había en su interior un helicoidal tobogán de cinco plantas. ¡26 m de altura! Preguntamos si era posible que los niños se tiraran. Les encantó. Se hubieran pasado toda la mañana tirándose. 

Continuamos hasta la Avenue Winston Churchill, y en ella giramos para visitar el museo del Petit Palais, actualmente Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris, donde nos encontramos con obras de artistas franceses como Jean Ingres, Eugène Delacroix y Gustave Coubert, además de mobiliario y objetos de artes decorativos. Aunque lo más admirable con diferencia, a mi juicio, es el mismo edificio, especialmente el monumental pórtico de la entrada, verdaderamente imponente. El jardín interior semicircular estaba algo descuidado, todo hay que decirlo. La entrada fue gratuita.

Justo en frente del Petit Palais está el Grand Palais, que estaba cerrado por reformas, así que no pudimos visitarlo.  Continuamos hacia el Pont Alexandre III, porque los niños querían asomarse al río Sena. A Miguelito le encantaba ver pasar a las barcazas desde lo alto del puente. Desde aquí también podían ver los Inválidos con su cúpula dorada y la torre Eiffel. Empezaban a impacientarse, y no pensaban en otra cosa que en acercarse a la torre Eiffel. Pero el tiempo estaba aún algo revoltoso y quisimos dejarlo para otro día que tuviéramos un día soleado.

Volvimos por nuestros pasos de nuevo a la Avenida de los Campos Elíseos y continuamos hacia la Plaza de la Concordia, presidida por el obelisco egipcio de Luxor. Les explicamos que el obelisco es el monumento más antiguo de París, con unos 3000 años y que en esa plaza María Antonieta y Luis XVI perdieron la cabeza, y que no sólo ellos sino que muchísimos más cortesanos también lo hicieron gracias a la sobrecogedora idea de Guillotin. Hoy, en la plaza de la Concordia hay una enorme noria que no estaba en nuestra anterior visita a París en abril de 2004. Lo que sí siguen estando son las dos colosales fuentes. Preciosas las dos.

Abandonamos la Plaza de la Concordia, por la Rue Royal, encaminándonos hacia la Madeleine, pero torcimos por la Rue Saint Honoré para llegar a la Plaza Vendôme. La arquitectura y el diseño de esta sobria y elegante plaza es una de mis favoritas. La columna Vendôme, antes columna de Austerlitz, fye erigida por orden de Napoleón para celebrar su victoria en la batalla de Austrerlitz. Nos fotografiamos desde muchos de sus bellos rincones. Contemplamos desde lejos la Ópera Garnier

Se acercaba la hora de almorzar y de descansar un poco porque llevábamos toda la mañana caminando. Además comenzó a nublar el día y parecía evidente que de un momento a otro comenzaría a llover. Así que no era mal momento para parar. Pasamos por la puerta del Harry's New York Bar, allá donde Coco Channel, Humphrey Bogart, Rita Hayworth o el mismísimo Hemingway se tomaban Bloody Marys, pero desafortunadamente estaba cerrado, y al final nos tuvimos que meter en un McDonalds. ¡Cést la vie!

Después de almorzar y ya que el cielo había abierto decidimos pasear por las jardines del Palacio Real. Un entorno propicio para descansar la sobremesa. Había una brisa agradable y se estaba de escándalo estirando las piernas en los bancos de los jardines. El fluir del agua en las fuentes como música de fondo era una verdadera bendición.

Abandonamos nuestra pereza y nos dirigimos al patio interior de los Jardines del Palacio Real, conocido como el patio de las columnas. A los niños les gustó subirse y saltar al potro con ellas.

Era viernes y quisimos aprovechar que el día estaba nublado y que el Museo del Louvre cerraba sus puertas más tarde de lo normal. Así que pagamos la entrada y visitamos el Louvre. Sabíamos que es imposible visitar el museo completo en una jornada y mucho menos con niños, así que decidimos ver lo imprescindible y la parte española. Sofía tenía ganas de ver la Mona Lisa y Miguel los sarcófagos egipcios. Así que eso lo vimos. Yo tenía especial interés en esta ocasión por el Astrónomo de Vermeer y por un par de obras de Meissonier. La Venus de Milo era una atracción para todos.

El Louvre es inmenso, enorme, casi infinito, pero también algo caótico y desordenado, mal señalizado y muy ruidoso. Hay que tener una especial capacidad de abstracción para poder disfrutarlo y con dos niños eso es tarea prácticamente imposible.

Abandonamos el Louvre machacados y nos retiramos al hotel vía metro. Una cena ligera, una ducha rápida y un sueño profundo. Ese fue el menú que saboreamos aquella noche.



París. Día 1.

Casi en un suspiro ha pasado agosto. Ahora toca ordenar un poco el desbarajuste en el que uno cae en las vacaciones, porque siempre hay se quiera o no algo más de desajustes en los horarios y planes. Ahora que ya se nos acabó agosto toca ir concienciándonos en volver a la rutina.

Una de las cosas que más dejo de lado en las vacaciones es este blog, y en general, todo lo que sea sentarme delante de un ordenador. Así que hoy entro con ganas de contaros el viaje que mi santa, mis niños y yo hemos disfrutado este verano.

Desde hacía bastante tiempo que teníamos previsto un viaje a París, y aunque parecía que no iba a llegar nunca el momento de partir, al final, lo cierto es que llega. Luego todo pasa como un relámpago.

Tuvimos que madrugar, y mucho, para coger el avión, pero madrugar no es tan sufrido cuando lo que espera por delante es muy deseado. Ni siquiera a los niños les costó dar el salto de la cama. Metimos cada uno su maleta de cabina en el maletero del coche y nos dirigimos al aeropuerto. El despegue fue muy bien y el aterrizaje mejor. Aterrizamos en un avión de Air Europa en el aeropuerto Charles de Gaulle y desde el mismo aeropuerto cogimos un tren que nos llevó hasta la Gare du Nord. A pocos metros de la estación estaba ubicado nuestro hotel. El Hôtel Avalon es algo pequeño aunque funcional, en el que sirven un desayuno a un precio razonable -sobretodo teniendo en cuanta que los niños no pagaban- y estaba especialmente bien conectado por metro y tren.

Una vez realizado el check-in y dejado las maletas en la habitación, comenzamos la visita a la capital de Francia.

Lo que nos pillaba más a mano desde el hotel, dando un paseo agradable, era Montmartre. Subimos hasta los pies de la Basílica del Sagrado Corazón en el funicular, lo que divirtió mucho a los niños. Desde allí se disfruta de unas vistas soberbias. Prácticamente todo París está a los pies de Montmartre. Entramos en la Basílica y disfrutamos de sus impresionantes proporciones, incluso bajamos al sótano, al salir decidimos rodearla y seguidamente nos dejamos envolver por el espíritu bohemio de la Place du Tertre. Nos fotografiamos casi en cada esquina y escalera, y fuimos bajando entre callejuelas encantadoras, pasando junto a la torre del agua, el museo de Montmartre y el Espace de Dalí. Descansamos unos minutos en la Square de la rue Burq, donde había un parque donde los niños jugaron.

Continuamos nuestro descenso hasta el Boulebard de Clichy, en Pigalle, donde nos fotografiamos junto al Moulin Rouge. Allí cerca -en un Quick- almorzamos y nos refugiamos de la lluvia ya que acababa de comenzar a chispear.

Después de recargar la energía cogimos el metro en la estación de Blanche, que estaba casi en la misma puerta, hasta la parada del Museo del Louvre. Entramos a través del centro comercial que hay en las puertas del museo. Al salir a la superficie, Sofía quedó boquiabierta, le encantó. Dice que es lo que más le gustó del viaje. La simetría del colosal edificio, la pirámide invertida, el arco del carrusel, el obelisco al fondo y aún más lejana la torre Eiffel, con su estilizado e inconfundible silueta.

Comenzó a llover y esta vez iba en serio. Tiramos por Rue des Pyramides en dirección a la Ópera, pero nos detuvimos de camino en una confiterie Paul. Escampó y proseguimos en dirección a la Ópera. La mediorodeamos después de sacarnos fotos desde todas las perspectivas y nos dirigimos hacia los grandes almacenes Lafayette, para enseñarle a los niños la espléndida cúpula que preside el salón principal. Una maravilla del art noveau.

Por el Boulebard Haussmann y girando en la rue Tronchet llegamos a la plaza de la Madeleine, y contemplamos sus estilizadas columnas de la entrada.

Empezaba a anochecer y a todos se nos abría la boca con más frecuencia de lo habitual. El día había sido largo, de manera que cogimos el metro en la misma plaza y nos fuimos al hotel. Nos habíamos ganado el descanso. Junto al hotel compramos algo para cenar y así acabamos el día. Una muy buena forma de tomar contacto con París.

domingo, 14 de agosto de 2016

En el café de la juventud perdida - Patrick Modiano

Cuando leí Dora Bruder de Modiano, poco después de que le otorgaran el premio Nobel de Literatura, quedó en mi interior una sensación de que había leído algo muy bueno pero también muy corto y que debería algún día leer algo más que completase aquella lectura inaugural del planeta Mondiano.

Pasó el tiempo y la intención fue desvaneciéndose pero seguía latente. Y un buen día, en una de esas visitas que de vez en cuando hago a la biblioteca (me encantan las bibliotecas), me traje para casa En el café de la juventud perdida. La sinopsis me resultó prometedora.

Así como Dora Bruder me lo leí casi en un suspiro y dejó tatuado su título en la piel de mi recuerdo, En el café de la juventud perdida no sentí para nada el mismo arrebato imparable de lector voraz. Tardé en leerlo, no llegué a meterme ni a identificarme -y mira que traía ganas- y me resultó un libro que pasará lastimosamente al rincón de los libros olvidados rápidamente. Los libros y las personas somos así de caprichosos, a veces no encajamos por más que lo intentemos. No pasa nada, si se tercia volveré a leer a Modiano, porque se lo ha ganó con Dora Bruder, y yo soy de los que me quedo con las cosas positivas.


martes, 9 de agosto de 2016

Marilyn Monroe 34

Agosto despliega alrededor un halo de pereza y disfrute que probablemente no posea ningún otro mes del año. Hay quien detesta este mes, porque es sinónimo de atascos de tráfico, de calores, de noches sudorosas y de colas casi para cualquier cosa. Todo esto evidentemente depende de la ciudad donde te toque pasarlo. A mí me toca pasarlo en Fuengirola, donde vivo, y aquí -créanme- todo lo que les digo está presente. Muy presente. 

A mí agosto me gusta especialmente porque en él disfruto de mis vacaciones. Ayer justo las comencé y disfruté todo el día escuchando música, leyendo, viendo la tele y jugando con los niños. Cada cual se refugia en lo que más le cobija. Yo tengo muchos lugares de encuentro, caminos que son de vuelta a casa. Marilyn Monroe -según he leído- gustaba de darse un buen chapuzón. Tampoco está mal.


domingo, 31 de julio de 2016

Ciclos grazalemeños

Esta tarde regresaba en coche de pasar un fin de semana junto con la familia y unos amigos en El Bosque. Un fin de semana de baños en la piscina, largas siestas en la habitación, algo de lectura y sobre todo gozosas conversaciones alrededor de delicias gastronómicas locales.

En el trayecto de vuelta a casa decidimos realizar un alto en Grazalema, localidad donde mi santa estuvo viviendo dos años. Ambos le tenemos un cariño especial a Grazalema. Pasamos muchos días juntos allí. Recién nos casamos el destino nos separó y ella tuvo que marcharse a pasar dos cursos. Ahora todo queda muy atrás y el tiempo ha difuminado gran parte de la amargura de aquellos recuerdos. Al menos a mí sólo me vienen los buenos y, en cierta parte, los añoro. Flotan en mi memoria envueltos en el aroma de la juventud, de un incierto futuro por delante que ya es realidad. Años gastados por el uso de la vida, en la que he sido bastante bien tratado, la verdad, aunque también podría poner alguna que otra queja. En cualquier caso aquel pasado fue el germen aleatorio de este presente también azaroso y caprichoso. Nuestro par de mocosos por ejemplo.

Regresar a Grazalema es algo casi cíclico en nuestras vidas. Muchos de nuestros recuerdos se pueden medir por fases grazalemeñas, similar a como los indios americanos contaban los ciclos lunares dividiendo las estaciones.

Definitivamente ya he perdido la cuenta de las veces y con las personas con las que hemos ido. En todas estas visitas me vienen de nuevo recuerdos agridulces. Es posible que con los años los recuerdos se vayan volviendo más dulces. No lo sé. Esperemos que sí.



domingo, 10 de julio de 2016

Una Sol

Estamos de lleno en el verano. Y también en mitad del verano están plantadas mis vacaciones. Cuanto más cerca están más nervioso e impaciente me siento. No va uno contando los días pero los siente, está al caer. El calor, las horas de luz, la alegría por las calles, los niños en casa, ociosos, mi mujer también deseando que yo coja vacaciones para poder realizar actividades conjuntas. Todo lo que me rodea exige tiempo libre, horas de ocio, buscar alivio para el Sol que más quema.

Para sobrellevar esta espera, pocas cosas hay como disfrutar de una cerveza bien fresca, como por ejemplo una cerveza Sol. Esta cerveza mejicana es una de las lager más refrescantes por excelencia, además de una de las más extendidas junto con la Coronita. Como costumbre a ambas se les suele introducir en el cuello del botellín una rodaja de limón, que le ofrece un sabor más cítrico. Debido a esta peculiaridad es por lo que se suelen beber directamente de botellín.

A mi gusto es una cerveza demasiado suave, aunque muy refrescante. Su baja graduación alcohólica 4'5% permite dejarse llevar más fácilmente. De hecho en el botellín viene muy a las claras dicho que "está hecha con Sol, pasión y alma para un sabor refrescante".

Seguro que ya hace mucho que la han probado porque es una cerveza muy standard y se encuentra casi en cualquier gran almacén, y si tienen un poco de curiosidad en cuanto a cervezas hablamos pues ya sabrán de lo que les estoy hablando, y bueno, ya saben, estamos en esos calurosos días en los que -por lo menos a mí me pasa- importa más que sea refrescante a que sea muy sabrosa. Ustedes eligen.

domingo, 3 de julio de 2016

Un sueño hecho realidad

Después de regresar de mi personal tour de rock por la piel del toro, no deseo otra cosa que bucear de nuevo en todo aquello que viví. He descubierto grupos a los que conocía solamente de oídas con algún disco entresacado de sus discografías, también he consolidado grupos que me tenían ya hace tiempo agarrado de las orejas y sobre todo he subido un sólido escalón al concepto que ya tenía en una alta vitrina a lo que la música en directo significa. Pocas cosas hay tan emocionantes como la música en directo. Nada más demoledor que una onda de riffs de guitarra directa al pecho.

En apenas un mes he visto a Bruce Springsteen en el Bernabéu, a Radiohead, Sigur Rós o PJ Harvey en el Primavera Sound o a Biffy Clyro, Gary Clark, Jr y Neil Young en el MadCool, y, para terminar, con una noche en el siempre adecuado Teatro Cervantes con la música de John Grant. En estos días he dormido en hoteles y en colchonetas o sofás prestados por amigos, he tomado aviones de madrugada, AVEs, trenes de cercanías y autobuses, he esperado largas colas, sufrido grandes madrugones y sobre todo he estado muchas horas de pie, muchísimas. Esto que leen y que puede sonar a incomodidad y a cansancio, ha sido para mí como un sueño hecho realidad. Una experiencia vital en conjunto que no olvidaré.

Lo malo de todo esto es que lo veo algo irrepetible, pero lo bueno es que lo vivido me lo llevaré hasta  mis últimas cenizas. 

Pd: Todavía tengo pendiente algún directo (sonrisa socarrona).


jueves, 30 de junio de 2016

John Grant en el Cervantes

No había acabado de regresar a casa desde Madrid de disfrutar en el MadCool Festival y al día siguiente tenía otro concierto. En esta ocasión un concierto que había reservado casi un mes atrás. Mi cuñado y yo que mantenemos ciertas similitudes musicales sentíamos curiosidad por ver en directo a John Grant. Para un artista de nuestro agrado que se acerca por la Costa del Sol, no quisimos dejar escapar la oportunidad.

Hubo algo de decepción alrededor del concierto pero no corrió a cargo del artista americano, ni de nadie que estuviese en el Teatro Cervantes, que es donde se celebraba, sino de toda la gente que no fue. Se ve que John Grant no tiene suficiente reclamo para llenar el Cervantes, ni siquiera para medio llenarlo, aunque a mi juicio se llevó a cabo una publicidad muy escasa. Yo, que fui sin pensarlo, casi ni me entero.  El ritmo de entradas iba tan lento que llegué incluso a temer que pudieran suspenderlo, pero finalmente no fue así y pudimos ocupar nuestras butacas en segunda fila de platea y disfrutar de un estupendo espectáculo.

John Grant comenzó con Geraldine (uno de los temas que más me gustan) y Down here. También interpretó entre otras: Marz, Pale Green Ghost, Glacier y terminó el set con Queen of Denmark (que fue fabulosa), GMF y Dissapointing. Regresó en los bises y todavía interpretó Voodoo Doll, Drug y Caramel. Eché en falta que interpretara Global Warming, y grité por si me escuchaba y la tocaba, pero no pudo ser.

sábado, 25 de junio de 2016

En el MadCool Festival

La vida te da sorpresas. Y a veces, sólo a veces, son agradables. Días antes de partir hacia Chiclana participé sin ilusión en un sorteo de la MTV en el que se regalaban 10 abonos para el MadCool Festival de Madrid. Lo vi vía Twitter y para participar tan sólo había que perder un par de minutos. Al regresar de Chiclana y revisar mi correo me encuentro por email que era uno de los ganadores. No lo podía creer. Evidentemente no podía dejar escapar semejante oportunidad.

Así que el viernes por la noche preparé la mochila. El sábado madrugué y tras unos cuantos cercanías y un AVE nos recogieron en coche en Alcorcón a mí y a una pareja amiga con la que me uní en Atocha. Tiempo justo para ir a comer como es debido e irnos directamente al festival.

Casi sin pretenderlo me encontré en primera fila del escenario donde momentos después tocó primero Gary Clark Jr y después Neil Young + Promise of the Real. Un sueño hecho realidad. Neil  Young era uno de los grandes del rock que estaba deseando ver.

El concierto fue mágico, irrepetible. No sé explicarlo con palabras. Sólo se me ocurre decir que lo recordaré de por vida. Una reluciente luna llena fue testigo. Aún después tuvimos tiempo de ver a Biffy Clyro y tomar unas cervezas. Un amigo me dio cobijo por una noche en su casa y por la mañana, tras desayunar, regresé a las vías. El resultado fue un festival exprés. Casi más tiempo en transportes que escuchando música, pero sin duda valió la pena. Reencontrarse con amigos y escuchar buen rock en directo siempre es una combinación de lujo.
 
Mi amigo Iñaki (un grandísimo fan de Neil Young) y yo

miércoles, 22 de junio de 2016

Chiclaneando'16

Casi sin tiempo de deshacer las maletas después de regresar de mi particular escapada musical al Primavera Sound, al fin de semana siguiente, volví a meter, en esta ocasión, ropa de playa. Un fin de semana en Chiclana nos esperaba. La idea era pasar unos días de relax, pero desde el mismo principio el tema comenzó a torcerse.

El primer inconveniente vino por el pequeño de la casa, Miguelito, que mientras jugaba al fútbol en el cole, mientras regateaba -según cuenta-, pisó la pelota y al caer apoyó mal la mano y crack. Se fracturó el dedo índice. Escayola que te crió. Era un inconveniente más importante de lo que parece, porque ir con un niño inquieto de siete años con una escayola en el brazo (que no se puede mojar), a un hotel para estar todo el tiempo alrededor de una piscina no es buena cosa. ¿Pero qué hacer?

Una vez todo listo para  los poco más de doscientos kilómetros de distancia, justo en el momento de meter los bártulos en el maletero, mi santa observa que la rueda está desinflada casi completamente. Pinchazo al canto. Después de devolver todo el equipaje de vuelta a casa, después de cambiar la rueda pinchada por la rueda de repuesto, tuvimos que salir a buscar otra porque la que tenemos de repuesto no es suficiente para tanta distancia. En total más de dos horas de retraso. Llegamos al hotel tan tarde que ya no pudimos disfrutar de la piscina en la tarde del viernes. En fin.

El resto fue todo perfecto. Un clima envidiable, una habitación amplia y cómoda, un entorno paradisíaco, una compañía inmejorable, y abundancia de víveres. Como siempre descansar se descansó poco, pero pasarlo bien, lo pasamos estupendo. Hasta el año que viene.