viernes, 4 de septiembre de 2015

Covarrubias, Santo Domingo de Silos, Lerma, Burgos

Despertamos temprano. El cielo estaba casi despejado y en toda la noche parecía que no hubiera vuelto a llover. Salimos a desayunar a un bar cerca del hotel e iniciamos un nuevo día en dirección a Covarrubias. Primera parada prevista del día.

Covarrubias está aproximadamente a tres cuartos de hora en coche desde Burgos. Es un pequeño y agraciado pueblo que parece estar detenido en el tiempo, conocido como la Cuna de Castilla. Está situado en la Ruta de la Lana, en el camino del destierro de El Cid, en el Camino de Santiago y, sobre todo, muy cercana y de camino desde Burgos a Santo Domingo de Silos. Covarrubias está declarada Conjunto Histórico-Artístico Nacional y a nosotros nos encantó.

Nuestra primera impresión fue que era un pueblo dormido. Apenas nadie por las calles, los comercios abiertos pero no se apreciaba ningún movimiento. Si acaso una mujer con una bata que venía de comprar una barra de pan. Comenzamos a pasear dejándonos llevar por el conjunto de su encanto. Miraras hacia donde miraras todo era una estampa preciosa. Nos hicimos fotos junto al Torreón de Fernán González, torre defensiva del siglo X, en un plaza sin igual. Visitamos la Colegiata de San Cosme y San Damián, inesperadamente bella. Nos fotografiamos frente a la casa de Doña Sancha -esposa de Fernán González-, con su soportal y su balconada típicamente castellanos. Traspasamos las murallas y caminamos hechizados junto al río Arlanza, detuvimos nuestro paseo brevemente en un banco en el que me hubiera encantado pasar la mañana leyendo un buen libro, pero ni llevaba un libro ni podía disponer del tiempo, así que proseguimos nuestro deambular por las callejuelas de Covarrubias hasta desembocar en la Plaza Mayor, donde está el Ayuntamiento.

Finalmente tomamos asiento en una terraza junto al torreón, a tomar un café, con las murallas medievales de fondo, el sol dorando el empedrado de las calles y una brisa fresca alborotando las hojas caídas. Un lugar perfecto para dejar pasar el tiempo. Un lugar perfecto para detener el tiempo en nuestros recuerdos.

Abandonamos Covarrubias atravesando en coche el puente de piedra sobre el río Arlanza, en pocos minutos nos esperaba Santo Domingo de Silos. Una visita muy deseada por mí.

Sin duda nuestra primera visita en Santo Domingo de Silos era su monasterio benedictino, especialmente su claustro, el románico, claro está, porque el monasterio contiene dos claustros, uno románico del siglo XI y XII y otro construido posteriormente al mismo tiempo que la Basílica, ambos en el siglo XVII.

Buscábamos el claustro románico pero lo primero que encontramos fue la entrada a la Abadía y presidiéndola una gran secuoya. Impresionante. Finalmente, tras un corto rodeo llegamos a la entrada que da acceso al claustro románico, y nada más llegar nos informaron que en pocos minutos comenzaría una visita guiada por el interior del claustro que no quisimos dejar pasar. La guía  de la visita fue fabulosa.

La primera sensación que uno tiene cuando entra por primera vez al claustro de Santo Domingo de Silos es tranquilidad, sosiego, paz. Después, conforme la explicación de la visita guiada va desarrollándose, uno siente gratitud por poder visitar en su vida un lugar así. Algo similar sentí en mi última visita a El Patio de los Leones de la Alhambra. Sentir que uno puede visitar un lugar como estos con solo pagar una entrada es un auténtico privilegio. Un lugar que durante muchos siglos ha estado cerrado a cal y canto, fuertemente custodiado, que se pagaba con la vida traspasar furtivamente sus muros, bien por ser residencia real, bien por ser el palacio de un emperador o un espacio sagrado de meditación en un monasterio de clausura, por lo que quiera fuere, uno se siente un afortunado. Sobre todo sabiendo que es gracias a tantas restricciones y limitaciones a lo largo de los siglos la razón por la que el lugar permanece excelentemente conservado.

El claustro consta de dos plantas. La segunda planta se cree que se construyó a finales del siglo XII o principios del XIII. Su forma es casi cuadrada, pero lo que llama la atención es tanto su conjunto como sus detalles. El conjunto es armonioso y sencillo, incluso modesto, un patio interior ajardinado abierto al exterior -el cielo- por el interior -el jardín del claustro-.  Alrededor del jardín un pasillo cubierto, aporticado con columnas colocadas a pares sobre un podium corrido que limita el paso desde la zona ajardinada. Hasta aquí casi como cualquier claustro, salvando que este tiene unos pocos siglos más. En el centro una fuente. El agua: muy árabe o muy románico, como gusten. En un lado un ciprés, o más bien, el ciprés. Alto, esbelto, lozano y al mismo tiempo eterno. El molde del resto de los cipreses. ¿Está bajo sus raíces enterrado el abad Domingo -el futuro Santo Domingo-? Debe haber una respuesta para ello pero yo no la sé, pero en realidad ¿alguien lo sabe?

Todo esto es el conjunto y unos pocos detalles. El resto son todo detalles. Los ochos relieves en los machones de las esquinas, con pasajes de la vida de Jesús, la explicación del orden divino en aquella actualidad. En realidad no muy distinta de la de hoy día, mil años después. El pecado contra la virtud. La mentira y la negación contra la razón y la fe. La vida en la tierra y la divina salvación. El aquí y el ahora y el eterno más allá. Más detalles: los capiteles profusamente adornados con representaciones figurativas o vegetales. El techo forrado de madera, el piso adoquinado de piedra, casi como un mosaico romano,  y en medio de todo, las dos columnas torsas.¡Vaya giro! ¡Qué atrevimiento! El punto de quiebro. Desde aquí y hasta aquí. La curva frente al ángulo recto. El cuadrado frente los arcos de medio punto. Y de repente, sin esperarlo, como si no fuese ya suficiente, el gran salto de los siglos: ¡un arco de herradura! ¡escritos árabes sobre la piedra!¡en un lugar cristiano! ¡Las manos sobre la cabeza! El aprecio de la cultura hacia la Historia. El milagro del respeto. El valor de distinguir entre lo común y lo especial. El arte ganándose el respeto de la Historia y de quien la escribe.

Salimos del claustro. Aún estoy un poco aturdido. Mi niña dice que le ha gustado mucho la visita y especialmente la explicación. Tiene nueve años y es prácticamente la primera vez que escucha hablar de arte sacro, de arcos de medio punto, siglos que van y vienen, reyes, monasterios, relieves sobre la piedra, verborrea arquitectónica... y dice que le ha gustado. La magia de la comunicación. Ver las cosas en la realidad o verlas en un libro. Vivir versus leer. Tengo la ilusión de que puede que esta visita haya sido más importante de lo que estoy dispuesto a suponer.

El camino que nos lleva a Lerma es sencillamente hermoso. El suave perfil de las praderas con sus verdes intensos, el cielo plomizo cubierto de nubes algodonadamente infladas, el amarillo ocre de la mies, los girasoles saludando a la mañana, un par de cigüeñas planeando con sus alas extendidas, y en medio de todo, desde los ojos de esas cigüeñas, la cuerda gris del asfalto, y sobre él un coche color vino tinto. En ese momento conduzco sobre los sutiles cambios de rasante, aún bajo el profundo influjo del claustro, lo confieso.



Llegamos a Lerma. Aparcamos en medio de la Plaza Mayor, en superficie, nada de aparcamientos subterráneos. Una plaza enorme. En el aire olía a lechazo al horno. Ocupando completamente uno de los lados de la plaza está situado el palacio cortesano del Duque de Lerma. En las cuatro esquinas del Palacio Ducal hay cuatro torreones con el clásico estilo herreriano, tan característico de los Austrias, con los chapitales piramidales acabados en punta reforzando su aspecto simétrico. Entramos en el patio interior del Palacio Ducal, que ahora es un hotel de la cadena Paradores. El patio está cubierto y todo parece armonioso y bien cuidado. A pesar de ser privado es posible pasear por las bellas galerías de columnatas que rodean al patio. Una sobriedad desconcertante. Éste edificio fue tanto residencia del favorito de Felipe III como cárcel.

Con el coche nos acercamos a la Plaza de Santa Clara, y nos detuvimos junto al Mirador de Los Arcos, desde donde la mirada puede descansar en la enormidad del horizonte. Abandonamos Lerma de vuelta Burgos. Una hora más tarde estábamos sentados en una mesa del Restaurante Casa Ojeda, a punto de calzarnos un plato de cordero lechal al horno de leña. Para chuparse los dedos. Un lechazo como Dios manda. ¡Qué lujo! ¡Comida de reyes!

A la espalda del restaurante está la Plaza de la Libertad, también conocida como la Plaza del Cordón, por el cordón franciscano de la fachada del Palacio de los Condestables de Castilla, también conocida por la Casa del Cordón, en cuyos aposentos los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón al regresar de su segundo viaje a América. Ésto ocurrió el 23 de abril de 1497. Coincidiendo con la fecha de cumpleaños de nuestra Sofía, sólo que varios siglos antes. En la Casa del Cordón también falleció Felipe el Hermoso. Cruzamos por la Plaza Santo Domingo de Guzmán, por la calle Entremercados -me encanta este nombre de calle- y llegamos a la Plaza Mayor, desde aquí se callejea fácilmente por el casco viejo hasta la Catedral.

Entramos a visitar la Catedral y otra vez nos servimos de las audioguías. A los niños les entretenía y a nosotros no pareció una buena idea. La Catedral de Burgos es un mundo de detalles, siglos de trabajo para agrandar una fe, una adoración. Las torres, el rosetón, la bóveda estrellada, las capillas exageradamente decoradas, retablos rococó, el coro y su sillería de nogal y el trascoro barroco, los relieves decorativos, el Papamoscas y el Martinillo, el altar y el trasaltar, la escalera dorada, los pórticos góticos, los transeptos, el claustro, el sepulcro del Cid, su baúl... De todo y para todos. Un mundo, infinitud de vidas, todo por la vertiginosa ascensión a la eternidad. La fe y la vida en el más allá. Siglos esculpidos en busca del favor por el descanso eterno.  La materia prima parece la piedra, pero en realidad son la sangre y el sudor, la inspiración y el todopoderoso dinero. La fe y el poder, el vértice de la pirámide.

Abandonamos la Catedral viéndolo casi todo pero asimilando casi nada. Demasiada información en tan poco tiempo. Una vez fuera hay que alejarse hacia el otro extremo de la Plaza Santa María para poder ver sin incomodidades la catedral completamente. Introducirla en una fotografía ya es otra tarea.

Desde la misma plaza sale cada cierto tiempo un trenecito que hace un recorrido por los principales monumentos de la ciudad. Treinta minutos sobre un tren que parece de juguete pero que está a escala humana para obtener una vista general de la ciudad. Empieza hacia el Paseo de los Cubos, junto a las murallas y bajo el Arco de San Martín, continua por delante del Arco de Fernán González, delante del Mesón del Cid y la Iglesia de San Nicolás, en lo que supone un paseo por la fachada trasera de la Catedral, sigue hacia la Iglesia de San Gil Abad y tuerce hacia la Plaza de España, prosigue por delante de la Iglesia de San Lesmes  hasta cruzar el rio Arlazón, pasar por delante de la fachada del Museo de la Evolución y girar por el puente de San Pablo hasta la estatua del Cid, que se rodea y se vuelve a girar por el Teatro Principal hacia el Paseo del Espolón para regresar a la Plaza de Santa María a través del Arco de Santa María, uno de los monumentos más emblemáticos de Burgos.

Gran parte de este paseo que realizamos sobre el traqueteo del trenecito lo repetimos después pero a pie, insistiendo sobre el mismo recorrido intentando así aumentar nuestra capacidad de retentiva. No sé si lo conseguimos o no, pero yo conservo un muy grato recuerdo de nuestro paseo por Burgos. Desde el Paseo del Espolón atravesando uno de los tres arcos bajo la Casa Consistorial accedimos directamente a la Plaza Mayor.

Como los niños comenzaban a estar rendidos y nosotros teníamos los pies como si hubiésemos pasado toda la tarde con unos zapatos dos tallas más chicas de lo habitual, decidimos que lo mejor era tomar el camino de vuelta al hotel, y cenar algo en los alrededores, pues ni teníamos mucha hambre -el lechazo harta, doy fe- ni nos quedaba mucho espíritu. De manera que cenamos en el mismo sitio a cincuenta pasos del hotel en el que habíamos desayunado más que aceptablemente ese mismo día

martes, 1 de septiembre de 2015

Ávila, Segovia, Carbonero el Mayor, Peñafiel y Burgos

Nuestro segundo día amaneció frío aunque bastante menos nublado que el día anterior. Desayunamos en el hotel y fuimos hacia Cuatro Postes, que era una de esas fotos que no queríamos dejar pasar de Ávila, pero como en todo camino siempre hay una piedra en la que tropezar, nuestro primer susto del viaje fue escuchar un ruido extraño por la parte delantera del coche, por la rueda de mi santa y copiloto. Paramos el coche y miramos y oímos con atención, pero no fuimos capaces de averiguar qué era lo que sonaba. Cuando el coche estaba detenido no se escuchaba, pero en cuanto circulaba se hacía evidente y más repetitivo conforme más rápido rodábamos. Mi santa insistía acertadamente que lo mejor era llevarlo a un garaje, si podía ser Toyota mejor, y que allí unos profesionales le echaran un vistazo. Por delante teníamos alrededor de 2.000 km esperándonos y no era plan de viajar todo el rato con la mosca detrás de la oreja.

En el garaje Toyota de Ávila los mecánicos subieron el coche en la elevadora y lo inspeccionaron por abajo, pensando que tal vez algo estaba suelto o enganchado y que podía ser lo que sonaba al andar, pero lo que encontraron fue un buen chinarro incrustado entre el estriado del neumático. Fue extraerlo y el coche rodar como la seda. Todo fue eso, una piedra en el camino. Respiramos aliviados y proseguimos nuestro viaje. Les dimos las gracias a los mecánicos pues no nos quisieron cobrar nada por la inspección y continuamos más contentos que unas pascuas.

Este contratiempo nos retrasó pero no nos hizo cambiar de planes, de manera que continuamos hacia Cuatro Postes, a las afueras de Ávila, un lugar apartado que ofrece desde una posición elevada una privilegiada visión de la ciudad amurallada de Ávila

Después de comprobar que la vista era incluso más hermosa de lo que imaginábamos, continuamos nuestro viaje hacia nuestro siguiente destino: Segovia.

En Segovia aparcamos en una plaza triangular de la Calle Santa Isabel, desde la que se tenía una vista recortada del acueducto de Segovia al final de la calle. No era la parte alta y voluminosa del acueducto que estamos acostumbrados a ver en las postales, pero impresionaba ver una edificación con semejante longitud, ocupando la parte principal de toda una calle.

Los niños quedaron verdaderamente impresionados por el gran tamaño del acueducto. ¡Es gigante! - decían. Pero no teníamos tiempo que perder y tan pronto como nos hicimos unas fotos desde todos los bellos ángulos que imaginamos, continuamos subiendo por la empinada calle Juan Bravo, pasando por delante de la original Casa de los Picos y también frente al mirador que hay justo antes de llegar a la Casa de los Picos. Pocos metros más adelante nos detuvimos frente a la Iglesia de San Martín, para contemplar su bonita arquitectura y la originalidad de sus arcos. Contemplamos con deleite el entorno completo de la Iglesia, con el Torreón de Lozoya y la victoriosa escultura a Juan Bravo que preside la plaza. Continuamos subiendo calle arriba y nos detuvimos en el Café La Colonial. Yo necesitaba un café y los niños ir al baño y beber agua.

Nada más sentir retomadas las ganas de continuar nuestra visita seguimos hacia la Plaza Mayor, desde donde se observan magníficas perspectivas de la gótica Catedral de Santa María, conocida por la Dama de las Catedrales. Bella como pocas. Esta vez no entramos a visitarla porque Pepi y yo ya la habíamos visitado en una visita anterior y también porque esta visita a Segovia debía ser un pequeño recordatorio para nosotros y un breve primer contacto para los niños, aunque el tiempo se nos iba echando encima y al final no fue tan breve como teníamos prevista.

Continuamos nuestra visita por la Calle Marqués del Arco hacia la Plaza de la Merced, donde está la coqueta y bella Iglesia de San Andrés. La rodeamos junto al parque y continuamos hasta llegar a la Plaza de la Reina Victoria Eugenia, donde la mirada se detiene en el fondo, donde sobresale orgulloso el Alcázar de Segovia, uno de los edificios más bellos que conozco. A Sofía le encantó. A Miguel sin embargo le atrajo más cuando en la entrada de la plaza tropezamos con un centinela imperial de la guardia romana que nos dio el alto, y tras negociar con él, adecuamos pagar unos pocos sestercios y los niños posaron firmemente armados para una foto con él. Fue muy divertido y a los niños les gustó.

Desde la misma plaza, mirando por el tajo de la derecha, pudimos ver la Iglesia de la Vera Cruz, que poco después, en nuestra salida en coche de Segovia, contemplamos desde bastante más cerca.

Deshicimos nuestros pasos y dejamos Segovia en dirección a Carbonero El Mayor, donde en el Mesón Riscal reservamos mesa para almorzar. El lugar es conocido por la carne de buey que sirve y a Miguelito le hizo mucha ilusión ver que en una de sus mesas había comido Iker Casillas. La carne de buey a la piedra fue todo un descubrimiento para los niños, y un deleite para los mayores, o al menos para mí, que la disfruté enormemente. Eso de hacer la carne a la piedra en la misma mesa les llamó mucho la atención. Comimos estupendamente.

Nuestra siguiente parada prevista era Peñafiel. Cuna del buen vino y del buen lechazo. Visitamos el centro de Peñafiel y la Plaza del Coso, que estaba preparada para las fiestas locales, que se celebrarían en los días siguientes. Por eso en la mitad de la Plaza del Coso había instalado un ruedo en su interior. Desde detrás de la barrera se disfrutaban de unas estupendas vistas del castillo de Peñafiel, al que no subimos porque íbamos apretadillos de tiempo, de manera que regresamos al coche que estaba aparcado junto a la Iglesia de San Miguel Arcángel y continuamos nuestro itinerario.

El cielo fue nublándose a cada minuto, y conforme nos acercábamos a Burgos comenzaron a caer las primeras gotas. Aparcamos en la misma puerta del hotel para bajar las maletas pero justo en ese instante caían chuzos de punta y decidimos dejar el equipaje en el maletero hasta que escampase y subimos a la habitación primero.

Tan pronto como parecía que caería el diluvio paró de llover. En cuanto dejó de llover subimos las maletas a la habitación y, sin perder un segundo, bajamos en coche al centro, que aunque estaba a pocos minutos a pie desde el hotel, no nos fiábamos del tiempo.

Aparcamos en el centro, en el parking bajo la Plaza Mayor, ya había anochecido y estábamos bastante cansados. Aún así sacamos fuerzas y paseamos hasta la catedral para quedar impresionados por su estirada belleza gótica. La rodeamos completamente y buscamos un sitio donde picar algo para cenar. En la calle Diego Porcelos está la Cervecería Morito, de la que habíamos leído buenas críticas por Internet y allí nos metimos. Estaba de bote en bote pero tuvimos suerte y pillamos una mesa. Picamos unas tostas, unas patatas bravas y por supuesto morcilla de Burgos y alguna cosa más. Todo exquisito. Miguelito en cuanto llenó la panza comenzó a dormirse. Así que regresamos al hotel sin perder el tiempo pues ya tocaba descansar. Habíamos tenido un día muy largo y al día siguiente teníamos previstas otras muchas visitas. Fue un día verdaderamente inolvidable.

martes, 25 de agosto de 2015

Consuegra y Ávila

Todos los años por estas fechas veraniegas suelen coincidir las vacaciones de mi santa, los niños y las mías y tratamos de sacarle el jugo todo lo que podemos, y si la economía lo permite, intentamos realizar algún viaje. Este año teníamos claro que queríamos quedarnos por España, y que deseábamos evitar la atestada costa y sus atiborrados destinos. Así que decidimos marcar como destino el centro de España y sus alrededores, especialmente Castilla y León. 

De manera que dos días después de coger mis vacaciones, el miércoles 12 de agosto a las 6:30 de la madrugada, con todo el equipaje en el maletero del coche y con el tanque lleno de gasoill  y una ilusión inmensa, comenzamos nuestro serpenteante itinerario por España. 

No hicimos ninguna parada hasta pasar Despeñaperros, en Almuradiel, en una venta de carretera, donde desayunamos algo rápido y sin entretenernos continuamos el camino adentrándonos en la provincia de Toledo.

En mitad de la nada, en plena Castilla La Mancha junto a la autovía, coronando el cerro Calderico, están emplazados los doce famosos molinos y el Castillo de la Muela. Emblema y orgullo de Consuegra.

Los molinos de Consuegra no son, según parece, los gigantes del horizonte, con sus largos brazos y lanzas amenazantes, que encendieron la imaginación del ilustre Miguel de Cervantes, sino que supuestamente fueron los que hay en Campo de Criptana, pero para nosotros fueron más que suficiente para traernos a la memoria aquel delirante pasaje de El Quijote.

Visitamos uno de ellos y pudimos comprobar en su interior con un vídeo explicativo cómo se ponen en marcha y funcionan estos molinos harineros.

Nuestra segunda y última parada de esta primera jornada era Ávila.  Asi que bordeamos Toledo por la autovía y continuamos hasta  Ávila intramuros y en una bella plaza junto al Palacio de los Dávila aparcamos el coche.  Era la hora de almorzar y como parece que los kilómetros recorridos nos abrieron el apetito, paramos en Casa Guillermo, en la Plaza del Mercado Chico, que es como una Plaza Mayor, donde también está  el Ayuntamiento. En Casa Guillermo dimos buena cuenta a un chuletón de Ávila de 500 gr y otras entradas variadas, aparte de un estupendo postre de tarta de queso.

Después de haber repuesto las fuerzas adecuadamente decidimos pasear por el exterior de las murallas,   contemplando su majestuosa figura. Salimos por la puerta norte, junto al Palacio de Diego de Bracamonte, y paseamos por el exterior hasta la puerta del Carmen. Seguidamente fuimos hacia la Catedral, y realizamos una visita con audioguías. A los niños les entretuvo más de lo que Pepi y yo hubiésemos imaginado. Ya conocíamos la Catedral de Ávila pero nos encantó visitarla de nuevo.

Regresamos a la Plaza del Mercado Chico y compramos las típicas y dulcísimas yemas de Ávila. ¡Qué ricas! Compramos una docena de yemas y fuimos paseando por las intrincadas calles de Ávila mientras las degustábamos placenteramente.

Volvimos a atravesar las murallas por la Puerta de Santa Teresa, hacia la Plaza de Santa Teresa, donde está la Iglesia de San Pedro Apóstol. De nuevo caminamos junto a las murallas por la Calle San Segundo hacia la Plaza de San Vicente, donde está la magnífica Basílica de San Vicente y volvimos hacia la Plaza del Mercado Chico pues comenzaba a caer la noche sobre nosotros y ya estábamos pensando en poner punto y final a la jornada.

El perfil amurallado de la ciudad le daban un aspecto tenebroso a Ávila. Un viento repentino trajo unas nubes grises y comenzaron a caer cuatro gotas. En pocos minutos las calles se vaciaron y nos refugiamos en el Bar Gredos, en una perpendicular de la Plaza Mayor, y allí acabamos tomando unas tapas que nos sirvieron como cena. Al salir ya había escampado y cogimos el coche y nos dirigimos al hotel. El día había sido largo y cansado, y el descanso estaba más que merecido.

El hotel estaba situado en las afueras de Ávila, y la habitación del hotel tenía un baño enorme presidido por una gran bañera, en la que, después de más de 600 km en el cuerpo, me di un homenaje con un baño caliente de espuma. Fin de la primera etapa.

martes, 11 de agosto de 2015

Una Kirin Ichiban

Hoy voy a presentarles una cerveza exótica donde las haya, aunque es más extravagante por su procedencia que por su elaboración. Ésta es la Kirin Ichiban. Una cerveza que llega desde el lejano Japón, y está elaborada  con malta de cebada, lúpulo, maíz, arroz (¿cómo no?) y agua mineral natural.

Mi primera impresión he de reconocer que fue buena. La esperaba con algún resto de sabor extraño, pero no puedo decir que nada me desagradase, si acaso, puedo sostener que es muy suave y su amargor muy ligero. Contiene una grado alcohólico del 5%, que la sitúa en el mismo centro del abanico estándar. Es de color muy cristalino y la espuma es muy densa y nívea. Tal vez le falte aroma y personalidad, y puede que sea ese su mayor defecto. Aunque en general es muy agradable.

En definitiva es una cerveza que cumple con lo que espero de una cerveza, pero tampoco tiene nada que me llame la atención como para desear volver a cruzarme con ella, aunque, sin embargo, la preferiría por encima de muchas cervezas que lucen su apellido de nobleza y bla, bla, bla. 

A mí me gusta que las cervezas me hablen en el paladar y ésta cerveza que llega desde Japón, pasa con gusto la prueba.

Quiero reseñar que me gusta mucho el diseño del botellín. El fondo de la etiqueta de la botella es de color crema y las letras están en una dorado brillante. Sobre el nombre de la marca viene representado una especie de unicornio o dragón con fuego, como un ser mitológico, y en las esquinas hay dibujadas flores con tonalidades rosas, que en conjunto adornan muy atractivamente.

lunes, 10 de agosto de 2015

Arte callejero 34

Tengo el calendario tan cargado y cansado que cuando por fin regreso a casa al final del día no me queda ningún tipo de ánimo para sentarme a escribir en el blog. Además el calor tan sofocante y asfixiante que está haciendo este verano me impide verdaderamente alentrar en este cuarto en el que estoy ahora escribiendo esta entrada, porque es tal vez el cuarto más caluroso de la casa, o al menos, el único que no tiene aire acondicionado.

Pero ahora estoy de vacaciones y me es posible aprovechar esas primeras horas de la mañana, cuando aún el sol no ha comenzado a derretir la atmósfera y todavía se puede abrir la ventana y respirar algo de fresco incluso.

No se preocupen si no les presto toda la atención que suelo en los próximos días, pero tengo tantos proyectos por realizar, tantas ganas de exprimir el tiempo vacacional que me temo que no sé si podré entresacarlo para dedicarlo al blog. Aún así hoy les dedico una pizca.



Y no olviden que hoy es lunes y que la vida es maravillosa.

domingo, 19 de julio de 2015

El mundo visto desde el cielo - Ángeles Caso

Fui al rastro en busca de algún libro que me entrara por los ojos y me encontré con una impoluta primera edición de Planeta del libro de Ángeles Caso, El mundo visto desde el cielo. Me pareció un título cautivador y maravilloso. En la portada un muy adecuado autoretrato de Joshua Reynolds expuesto en el National Portrait Gallery de Londres. La primera impresión era inmejorable.

Leí la sinopsis del libro y ya quedé atrapado sin remedio. Un libro sobre la búsqueda de la inspiración, sobre el encuentro con el arte, los propósitos y despropósitos del arte sobre la realización individual. Sobre una existencia atormentada por la pasión, por la pasión creativa. Y todo mostrado como un monólogo, como una carta de despedida o de perdón, casi una confesión.

Curioseé por las primeras páginas y me encontré con una bella dedicatoria que decía:

 Para que puedas ver en palabras los sentimientos que llevas dentro.
Te quiero.
(Firmado) Juan.
Y siempre te querré.
8.Abril.1997

Esta dedicatoria -pensé- no puede seguir rodando sin rumbo por el mundo. Merece tener un lugar en una estantería, rodeado de otros libros, a ser posible junto a libros de arte, como forma de respeto al amor declarado. Así que pagué el euro que me pidieron por él y me fui como el portador de las bellas declaraciones de amor. A escasos cien metros de allí me senté en una terraza y despertándome con un café fui comenzando a leerla.

Pd: Soy un romántico.

sábado, 18 de julio de 2015

Marilyn Monroe 31

Julio es un mes de altas temperaturas, baños resfrescantes y bebidas con mucho hielo. Un mes para disfrutar de la plenitud de los días alargados y los cielos despejados. Un mes en el que las mujeres nos regalan el esplendor de su bronceado. Días de sonrisas amplias y sinceras en el que existe tiempo libre hasta para desperdiciarlo en siestas inesperadas. Los besos vienen envueltos en el aire refrigerado de una habitación con sábanas deshechas. Charlas abiertas al anochecer en terrazas abarrotadas. Un mes para amar la vida, la vida en mayúsculas, sin embargo a mí tanta alegría desbordante me produce una extraña nostalgia.


jueves, 16 de julio de 2015

Homeland. Season 3.

La tercera temporada de Homeland ha sido toda una sorpresa. Comenzó algo floja a mi juicio, pero a partir del capítulo cuarto o quinto y casi hasta el último suspiro del final fue ya un sinvivir. Pura intriga en el sofá. Una trama de espionaje y contraespionaje que te mantienen ojiplático y retorciéndote en el asiento. Casi contorsionándote. 

Mientras la serie transcurre, la cabeza no para de dar vueltas conectando lo que acaba de suceder con lo que esperas o sospechas que pueda pasar. Por muy rápido e intuitivo que uno sea conectado datos y acontecimientos, al final siempre queda sorprendido por el desenlace final en cada capítulo y admirado de que el resultado es mejor de lo esperado. Un final bien cerrado pero al mismo tiempo lo suficientemente abierto a distintas posibilidades, para que todo, o casi todo, pueda suceder, incluso lo que ni sospechas.

En esta tercera temporada ha pesado más la acción y la intriga que el drama psicológico, que en mi opinión podría haber sido demasiado pesado y reiterativo. Se le han añadido nuevos personajes -nuevas posibilidades- y también nuevos escenarios. Así, mientras la serie va avanzando, todo va a más, se amplían las opciones, la trama se complica, se multiplican las alternativas, pero de vez en cuando, un tiro en la cabeza, una bomba desde un dron o un arresto parecen ir allanando el camino y también aclarando el sentido del final, hasta que de pronto, en cuestión de un minuto, todo cambia.  Así es Homeland. No pienso esperar mucho en ver la cuarta temporada.

martes, 14 de julio de 2015

El toque de diana

Desde el pasado siete de julio hasta hoy me he levantado todos los días 10 minutos antes de los normal. Como cada año por estas idénticas fechas no quiero perderme el encierro diario de los Sanfermines, así que programo el despertador un poco antes y me deslizo aletargadamente desde la cama hasta el sofá del salón para disfrutar del encierro.

Los tres primeros días los vi solo, el cuarto se apuntó mi santa, que en el quinto se desapuntó, pero en cambio se apuntó mi pequeña Sofía, de nueve años, y el día siguiente Miguelito, de seis, y desde ese día todos -incluida mi señora- me pedían que los despertase para ver los encierros. Los tres últimos días la familia al completo nos sentamos cinco minutos antes de las ocho en punto de la mañana para ver los Sanfermines. Hoy ha sido el último encierro de las fiestas de 2015.

No se me ocurrió mejor manera de despertarlos que cantarles el clásico cántico de los mozos a San Fermín:


 ¡Viva San Fermín! ¡Viva!

Ahora todos se los saben y hasta lo cantamos a coro. ¡Hasta el año que viene!


domingo, 12 de julio de 2015

Una Orval

Pocas cosas me refrescan más como una cerveza helada. Una cerveza bien fría en el momento apropiado puede modificar un estado de ánimo, la confianza en nuestras posibilidades y sobre todo puede alegrarnos el día. Y en algunas ocasiones hasta nos ayuda en la siesta, o al menos a mí me pasa.

El caso es que hoy voy a presentarles una de esas cervezas que se me han ido quedando en el camino, la he ido dejando atrás, esperando que llegara su momento y un día por otro la cerveza sin beber, aunque en este caso no es del todo cierto. La cerveza que hoy presento es una Orval, y no se quedó sin beber. La Orval es una cerveza que probé un verano de hace casi cuatro años en el viaje que mi santa y yo disfrutamos por Bélgica. Aquel día de agosto acabábamos de salir del Museo del Cómic de Bruselas y estábamos deseando descansar los pies y de picar algo porque ya era la hora del almuerzo y con tanto caminar el apetito se hace notar rápidamente. No muy lejos de allí, en una animada plaza, pudimos tomar asiento en un restaurante junto a una amplia ventana desde la que pudimos descansar nuestros pasos al mismo tiempo que contemplábamos distraidamente el trasiego de la plaza.

La primera cerveza que pedí en aquel restaurante ya la presenté en este blog hace unos años, fue una Westmalle, y me quedó pendiente presentarles la segunda que caté aquel día, una Orval, una cerveza trapense de un razonable 6'2 % de alcohol. Después de aquel día volví a tomarme otra Orval un par de años después. Recuerdo que era una cerveza muy aromática, con un sabor fuerte  y un color cobrizo oscuro pálido y con espuma densa, nívea y duradera.

No puedo añadir muchos datos más porque mi memoria es bastante perezosa en ocasiones, pero recuerdo perfectamente que me pasó como aquella cita de Bécquer, aunque parafraseándola con cervezas en lugar de con libros. El recuerdo que deja una cerveza es más importante que ella misma, (por favor disculpen mi osadía al parafrasear).

martes, 7 de julio de 2015

El dormilón

Soy un hombre de dormir poco. Quiero decir que no soy de perezosas mañanas de domingo en la cama, al contrario, soy más de apagar el despertador y saltar de la cama. Es más, la mayoría de las veces estoy despierto bastante antes de que suene el despertador.

Sea por lo que sea no suelo dormir mucho más allá de seis horas, tal vez siete pero casi nunca ocho y jamás nueve.  La siesta la echo, como mucho, un par de veces al mes, porque con el horario partido del trabajo me es imposible y los fines de semana están tan cargados de actividades que en la mayoría de las ocasiones ni contemplo la posibilidad de echar una cabezada en el sofá. Con todo, no suelo ir bostezando por la vida. Al contrario, desde el minuto uno que he puesto el pie junto a la cama ya me siento cien por cien despierto.

Mi momento más perezoso y aletargado del día es después de la comida. Me levanto de la mesa a recoger los platos y mi cuerpo me está pidiendo un descanso y mi mente aún más, pero poco a poco, con más esfuerzo que voluntad voy ganándole terreno al sueño. 

Sin embargo, este último fin de semana algo ha pasado. Les cuento: Llevo como tres semanas que sufro unos intensos picores por los dos brazos, que en principio intenté ignorar, hasta que ya era tanto lo que me rascaba que pareciera que tuviera pulgas por los brazos, de manera que comencé a tomarme un antihistamínico cada noche antes de acostarme y los picores comenzaron a remitir, pero tan pronto dejé de tomármelos los picores regresaron con inquina. Así que decidí ir al médico.

El jueves pasado el médico me duplicó la dosis y me aconsejó combinar los dos antihistamínicos, los que yo me automediqué primeramente y el que él me acababa de prescribir, y me advirtió que entre los efectos secundarios estaba la somnolencia, y que si tenía que conducir que lo tuviera en cuenta. Yo ya había escuchado todo eso de que los fármacos producen somnolencia y hasta la fecha, me afectaba tanto como la subida en bolsa del Yen -que puede que me afecte pero no soy consciente-, aún así, como no tenía que conducir, no problem.

El caso es que este fin de semana he dormido como nunca. He ido a la playa el viernes y el domingo, en ambos días me eché una tremenda siesta en primera línea de playa, el sábado -no podía ser menos- la disfruté en la cama con el aire acondicionado refrescando mis sueños.  Desperté tarde los tres días y además me acosté pronto. El sábado, a media mañana, mientras todos en casa habían ido a la piscina y yo me quedé en casa leyendo, y en realidad no avancé mucho más de tres páginas, mientras que el domingo, al regresar de la playa, después de la ducha, me quedé dormido esperando la hora de la cena. ¡Increíble!

Mi niño cansado de que yo durmiera tanto me preguntó: ¿qué te pasa papá? ¿estás malito?