martes, 31 de diciembre de 2013

lunes, 30 de diciembre de 2013

Arte callejero 21

Las leyes no cayeron del cielo un buen día. Las leyes las redactaron las personas y las establecieron, para bien o para mal, para decidir los límites legales del comportamiento humano, para concebir una sociedad democrática y justa, y para evitar el libre albedrío. Sin embargo, las leyes han de ir adaptándose a la sociedad, han de ir modificándose para regular los nuevos ámbitos que puedan surgir, como por ejemplo el uso adecuado de Internet. Las leyes deben servir para normalizar y establecer unas condiciones igualitarias para todos, sin excepciones de ningún tipo. Otorgar derechos y establecer obligaciones, y deben ser generales y regir lo más justamente posible la convivencia de la sociedad. Son fundamentales para todos.

Pero viene ocurriendo últimamente que las leyes no se modifican pensando en el bien de un sociedad, sino más bien en los intereses de los partidos políticos. Desde que tengo uso de razón, las leyes se modifican para el uso y disfrute, o simplemente por capricho, de la fuerza política que esté al mando. Los Decretos de Ley que regulan el matrimonio, o el aborto, o las sucesivas leyes de educación, todas provocan un baile normativo cada pocos años y, a mi parecer, con ello sólo se consigue dividir más a la sociedad, que debe ser exactamente lo contrario de lo que se pretende con la normalización de las leyes. Las leyes deben abrir sus brazos al común de la sociedad, y en ningún caso, ir en contra del sentir común de ella.

Por eso cuesta comprender que nuestros políticos, que tan predispuestos están para cambiar el curso de la sociedad con sus decretos ley, al mismo tiempo, sean tan reacios a la hora de igualar su jubilación con el resto de la sociedad, o por ejemplo, soliciten unas capacidades de idioma para cualquier oposición, así como por su puesto una titulación, y sin embargo, ellos pueden llegar a ser presidentes del gobierno, o ministros de exterior si entender "buenos días" en una lengua distinta de la suya. Una vergüenza.


domingo, 29 de diciembre de 2013

El arte visto por mis ojos

Siempre he creído que apreciar el arte, sentirlo de verdad, es una abierta manera de crecer como persona. Siempre lo he creído así, y así lo sigo creyendo. Comprender que las personas nos distinguimos de los animales en gran parte porque somos capaces de crear de la nada, de plasmar una idea, de expresarnos, de sentir y crear unas sensaciones propias, de evolucionar en nuestros pensamientos, opiniones y gustos, además de otras capacidades, es lo que principalmente marca la diferencia. Y lo escribo con la letra pequeña pues nada de lo anterior tengo claro que sea exclusivo de los humanos, de hecho estoy seguro que al menos algunos animales son capaces de sentir el arte, o es que nunca vieron a un animal amansarse con la música.

Hay una idea general equivocada alrededor del arte, que viene a ser algo así como que todo arte debe explicar o sugerir, o transmitir un mensaje concreto. De que debe llegar a todo el mundo. Ese es un error muy extendido. El arte, el arte con mayúsculas, posiblemente acaricie muchas y diversas fibras y sea tan directo que con una sola y única atención puede poner de acuerdo a un elevado número de personas. Es más directo, es como un bestseller de las obras de arte. Pero eso no quiere decir que sea mejor ni peor que las demás, sino que así es su cualidad, puede que simplemente tocara más puntos comunes que otras, o que acertó más con el gusto general del gran público.

Con la música ocurre muy a menudo que en general se piensa que lo que a uno le gusta es maravilloso y lo que no, es una porquería. O con el arte abstracto, tan desprestigiado por las mayorías, que si no se entiende parece que no vale la pena. El respeto del arte perdió hace mucho esa batalla.

Si le preguntas a una niña de siete años cuál es su color favorito, probablemente contestará que es el rosa, y el de un niño el azul. Probablemente la sociedad los ha llevado a adoptar esas inclinaciones, pero nadie cree -y mucho menos un niño- que los demás colores son horrendos. Luego, conforme las personas vamos creciendo y definiendo nuestro carácter, esa elección primaria puede cambiar, o evolucionar, y sin embargo nadie -o no mucha gente, creo yo- opina que su color es el mejor, y que el del resto es una equivocación. Es una decisión tan arbitraria que nadie pone en duda la elección de los demás.

Exactamente igual ocurre con el arte. Que a la mayoría le guste más la pintura impresionista que la suprematista, por poner un ejemplo, es sólo una elección sensorial, de gusto o agrado hacia un tipo de expresión artística, pero no tiene por qué significar que la otra posibilidad, cualquiera que sea, sea mejor o peor. Es simplemente que por la razón que sea nos gusta o atrae, o nos identificamos más con ese tipo de placer estético.

Parece evidente comprender que a aquel al que le gusta una más amplia gama de formas de arte, más posibilidades tendrá de ser imbuido por ella. Por eso creo que hay que tener los sentidos bien abiertos al arte, porque el arte, bien pensado, es una de las más directas y naturales formas de disfrutar de la vida.

No sé si la capacidad o habilidad para apreciar el arte es innata o aprendida, supongo que gozará un poco de las dos partes, pero sí creo que cuanto más arte he visitado y contemplado, más amplios son mis gustos y, consecuentemente, más salgo ganando.

Camille Pissarro - L'Hermitage near Pontoise (1867)

sábado, 28 de diciembre de 2013

Aire libre - Blas de Otero

Hoy he querido festejar mi afortunado y fortuito encuentro con la poesía de Blas de Otero, escribiéndole este poema. Puede que parezca exceso de arrogancia o inmodestia colocar un poema mío junto a otro del poeta vasco, pero en realidad, como salgo maltrecho con la comparación, es casi un sonrrojante acto de agradecimiento.

Pueden leer el mío y olvidarlo, y deben leer el de Blas de Otero y amarlo.


Nuevos horizontes

Sin  buscarlo, sino tropezando,
el nombre de un poeta cayó entre mis ojos.
Un poeta nuevo, desconocido para mí,
ya fallecido pero nunca olvidado.

Alegría por encontrar a Blas de Otero
pero simultáneamente
tristeza por perder sus días.

Buceo en sus palabras,
menudas, delgadas y sinceras,
nado por el oleaje de sus versos,
sobre las brisas de sus esquinas
y me ahogo en sus poemas.

Resplandezco ilusionado por sus nuevos horizontes,
antiguos paisajes ya mil veces visitados,
sin embargo, encuentro un poema vivo,
cercano y mundano,
escrito a ras de tierra,
una poesía que habla de mí.

          Salvador Moreno Bonilla



Aire libre

Si algo me gusta, es vivir.
Ver mi cuerpo en la calle,
hablar contigo como un camarada,
mirar escaparates
 y, sobre todo, sonreír de lejos
a los árboles...

También me gustan los camiones grises
y muchísimo más los elefantes.
Besar tus pechos,
echarme en tu regazo y despeinarte,
tragar agua de mar como cerveza
amarga, espumeante.

Todo lo que sea salir
de casa, estornudar de tarde en tarde,
escupir contra el cielo de los tundras
y las medallas de los similares,
salir
de esta espaciosa y triste cárcel,
aligerar los ríos y los soles,
salir, salir al aire libre, al aire.

          Blas de Otero

viernes, 27 de diciembre de 2013

Una Brinkhoff's nº 1

Este mes como era de esperar voy a presentarles una cerveza alemana de esas que he probado en mi último viaje.

Era nuestra última noche en Alemania, estábamos en Münster, una ciudad encantadora, con calles formando un anillo que rodea la ciudad como un decorado auténtico de cuentos de navidad. La amplia plaza principal rodeada de edificios majestuosos daba al conjunto un inmenso sentido de belleza. Era noche cerrada y estábamos con los pies destrozados de pasear durante toda la jornada. Esa misma mañana habíamos estado visitando la Catedral de Colonia y gran parte de la ciudad. Al día siguiente, a media mañana, tendríamos que coger el coche en dirección al aeropuerto porque nuestro vuelo despegaba al final de la mañana. Acabábamos de sentarnos a descansar casi por primera vez en todo el viaje. El restaurante estaba decorado elegantemente con motivos navideños y estaba abarrotado de gente sonriente y con aspecto jovial, el aroma que inundaba el local era absolutamente balsámico. El camarero vino a tomarnos nota, y yo que le había echado el ojo a una cerveza que estaban probando en la mesa de al lado, le dije que quería una igual.

Aquella cerveza era una Brinkhoff's Nº 1 y me supo a gloria. La cerveza Brinkhoff's es una pilsener alemana, bastante suave y clara, con un 5% de alcohol y con espuma nívea y consistente, con un sabor final extraordinario. No tuve mucho tiempo de catarla porque me duró poco, lo que no es mala señal, y para la siguiente cerveza pedí otra distinta -ya saben, me gusta probar-. No sé si volveré a probarla en mi vida, pero sí que tiene un lugar privilegiado en el horizonte de las cervezas que he probado en el extranjero, al igual que los medallones de solomillo a la pimienta que devoré aquella noche. Se me hace la boca agua al recordarlo.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Los últimos días de diciembre

Los últimos días de diciembre traen el aire agitado de los cambios de estaciones. Las calles parecen más solitarias y los centros comerciales están abarrotados de gentes ansiosas por encontrar el regalo idóneo. El ajetreo es continuo y desordenado y todo parece estar infestado por un desvarío frenético. Cualquier intento de encontrar algo se hace dificultoso y lento. Las estanterías de las librerías, por ejemplo, están más desordenadas que nunca, y este desorden provoca un auténtico caos en el abecedario de las búsquedas. De repente Soledad Puértolas es una escritora de literatura extranjera y Los Cuentos de Canterbury de Chaucer está entre las superventas del momento. Los libros para niños están por todas partes y una tal Violetta puede habitar tanto la zona reservada a los clásicos como la de psicología, incluso entre los libros de viaje. Las personas que habitualmente siempre van desordenándolo todo por las librerías, en estas fechas, si cabe, aún lo practican más. Es una situación demencial.

Las tallas de los jerseys -si no están agotadas- nunca están donde deben y sus colores forman un arcoíris desordenado en cada estantería. Los descuentos de los precios no están actualizados en las etiquetas, y uno puede encontrar el mismo artículo con dos precios distintos. Una marabunta parece haber arrasado por la zona de bolsos. Bien pensado, lo mejor que uno puede hacer es huir y alejarse rápidamente. Abandonar la búsqueda parece lo más sensato, dejar todo para otro momento, quizás a primera hora del día siguiente cuando todo esté ordenado y bien colocado.

Así que me subo el cuello del chaquetón, meto las manos en los bolsillos y regreso para enfrentarme al fuerte viento que gobierna las calles, en busca de una cafetería apartada donde poder cobijarme.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La ridícula idea de no volver a verte - Rosa Montero

Se puso a llover repentinamente y me refugié en la biblioteca que hay cerca de casa -qué mejor sitio para refugiarse- y curioseé entre los libros de novedades y elegí uno que llevarme -me cuesta horrores no traerme ninguno, a pesar de que en la casa tengo libros que quizás no pueda leer en toda la vida-. Me traje el último libro de Rosa Montero, de la que no había leído nada con anterioridad, pero mi mujer que sí había leído un libro suyo (La hija del caníbal) me había comentado que le había gustado. El título me encantó: La ridícula idea de no volver a verte, no sé por qué pero me sonaba a frase hecha o a estribillo de canción -quizás exista-.

Leí la sinopsis y explicaba que el libro hablaba "de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la ciencia y de la ignorancia , de la fuerza salvadora  de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a vivir con plenitud y con ligereza.". Buf -pensé- un libro que abarca multitud de temas y todos me interesan. Por si fuese poco también añadía que era un libro "libérrimo y original... inclasificable..." y además incluía un Diario de Marie Curie. Esto último fue lo que me dejó un poco fuera de juego. ¿Que incluye un diario de Marie Curie? Efectivamente así debería ser pues pasando las páginas rápidamente comprobé que insertadas en el texto había salpicadas distintas fotos de la famosa científica polaca. Me lo llevo.

En cuatro sentadas lo he leído y quitando "el esplendor del sexo" que yo no lo encontré por ninguna parte, el resto, aunque ligeramente sí está en el libro.

Lo más acertado es que es un libro escrito con mucha libertad, pues la autora mientras avanza por la biografía de Marie Curie, introduce su principal preocupación sobre el principal tema de la superación de la muerte de un ser querido, punto en común de su vida privada en el momento en el que leyó la vida de Marie Curie. Me ha gustado.

Pd: Con la lectura de este libro me quité esa fama de la que tanto me tacha mi mujer de ser un lector exclusivo de autores masculinos.

martes, 24 de diciembre de 2013

Mis deseos

Siempre he sido muy de navidades y siempre he disfrutado intensamente ese aire familiar y hogareño que se respira en estas fechas. Las fechas más familiares del año, donde las familias se desplazan, hacen miles de kilómetros para encontrarse, y las sonrisas y los abrazos imperan en las casas y el brillo de la navidad alumbra en los hogares.  Por contra, la navidad es casi una maldición para aquellos que por las razones que sean quedan separados de sus familias, o simplemente no las tienen, y a buen seguro se sienten desplazados por la situación.
 
Yo el año pasado perdí el auténtico eje de las navidades de mi vida, mi madre, y sin ella la navidad ya no será lo mismo, y puede que nunca vuelva a serlo, pero aún, a pesar de todo, mantengo un recuerdo dulce de la navidad, o eso intento. Las navidades reunidos en nuestra casa, cuando venían mis abuelos, los regalos, las comidas que a todos nos gustaban, el tiempo de ocio juntos, la chimenea encendida... sí, verdaderamente la Navidad estaba escrita con mayúsculas en las fechas de mi vida. Ahora, además, están los niños, mis hijos y mis sobrinos, que dan un aire distinto y novedoso a todo. Su ilusión y sus ganas e inocencia brillan sobresaliendo por encima de todo, esperanzadoramente. Las navidades que me quedan se las entregaré a ellos y ojalá no vivan nunca una navidad tan triste como la que me tocó vivir a mí el año pasado. Bien pensado, esos son mis mejores deseos.


lunes, 23 de diciembre de 2013

Ecos de un viaje

Volver de un viaje y aterrizar lleva mucho más tiempo del que ocupa literalmente. Varios días más tarde aún arrastramos el dolor de pies y hasta los efectos del jetlag; todavía están las maletas por colocar en el último hueco del altillo del armario, y quedan por guardar en los cajones ropa usada en el viaje una vez lavada y planchada.

Una semana más tarde todavía quedan restos del viaje: un bombón de la caja que se trajo acompañando el café de la tarde, un ticket en la cartera de aquella cena en aquel restaurante, un mapa del museo que se visitó olvidado en el bolsillo de un chaquetón, el libro que se comenzó en el avión de ida y que aún está junto a la mesa de noche, cuyo separador de páginas es el billete de embarque.

Los viajes no acaban cuando uno vuelve, siguen acompañándonos. El eco de los recuerdos depende en gran medida de lo vivido en él.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Marilyn Monroe 12

Estamos en diciembre, tiempo de regalos, de Papá Nöel y de celebraciones navideñas, tiempo para estar con la familia, tiempo también para comidas sabrosas y postres deliciosos. En mi caso también tiempo para disfrutar de las cosas que me gustan: un buen café, un buen libro, un buen rato escuchando música, o descansando una buena siesta. Placeres pequeños.

Marilyn también tenía sus pequeños placeres.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Colonia - Münster

Aún siendo nuestra penúltima jornada, habíamos acumulado mi santa y yo tantas ganas por viajar y conocer nuevas ciudades que llegado el momento no quisimos desperdiciar ni un solo minuto y bajamos al buffet de nuestro hotel en Colonia cuando aún estaba amaneciendo. Queríamos exprimir nuestra estancia en la ciudad al máximo. Con ese primer café de la mañana verdaderamente terminamos de despertar.

Era lunes y Colonia comenzaba a calentar motores para una larga semana prenavideña. A través de la amplia cristalera del salón habilitado para el desayuno se veía la Catedral. El cielo esparcía una blanca claridad sobre ella y habían comenzado a apagarse la mayoría de las farolas. En la acera el viento empujaba arremolinadamente los escasos restos que aún quedaban por recoger de la noche anterior, mientras los empleados municipales aún estaban limpiando las calles. Las noticias de la prensa acababan de llegar a las oficinas para inaugurar las conversaciones y muchos empleados trajeados se dirigían diligentes hacia sus lugares de trabajo. Muchos de ellos caminaban con un café calentándoles las manos, otros en cambio consultaban el móvil mientras lo sostenían con sus manos desnudas al frío matutino.

Nuestros primeros pasos del día nos llevaron hacia la Catedral, la Kölner Dom, el monumento más visitado de Alemania, más de seiscientos años de construcción y durante muchos siglos el edificio más alto del planeta. Ostenta varios records de esos que quedan muy bien en las guías: que si la campana más grande, que si la aguja más alta, que si el mejor ejemplo del gótico y por supuesto, todo adornado con el seductor sello de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

La Catedral de Colonia merece, pues, una visita concienzuda y meticulosa, a ser posible con visita guiada, pero no la había en castellano en un horario se ajustase a nuestras necesidades, así que decidimos hacer la visita por nuestra cuenta con la ayuda de un pequeño tríptico que pagabas al entrar si eras honrado. Existía además la posibilidad de subir a una de las torres, quinientos y pico escalones mediante, pero también la  desestimamos porque los dos le tenemos bastante estima a nuestros gemelos y glúteos. Además nos robaría un tiempo del que no disponíamos.

Visitamos la catedral siguiendo el itinerario recomendado en el folleto, párrafo a párrafo, capilla a capilla, vidriera tras vidriera, contemplando sus imágenes, sus mosaicos, sus tumbas, sus esculturas y sus altares, el coro y especialmente el rico relicario de los tres Reyes Magos, obra magnífica en oro y principal atractivo de la Catedral, exceptuándola a ella en sí misma, claro.

Salimos de la Catedral casi una hora después por la puerta que da hacia la estación de tren Hauptbahnhof, en la Bahnhofvorplatz y cruzamos la plaza hacia Hohestrasse y giramos a la derecha en Schildergasse, una de las arterias comerciales principales de la ciudad y donde está el famoso centro comercial Kaufhof y el Weltstadthaus, el fabuloso edificio acristalado diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano.

 Continuamos hasta llegar al Neumarkt, donde había otro mercado navideño por el que curioseamos y desde donde contemplamos la Iglesia de St Aposteln. Dimos la vuelta y bajamos por Cäcilien Strasse, paralelos al metro y rodeados de iglesias y de edificios de aparcamientos.

Junto a St María im Kapitol, desde donde se veía el inmenso Hotel Maritim, giramos hacia la izquierda, pasando por delante del Hard Rock Café, por Quartermarkt, junto a las ruinas de la iglesia de St Alban. Desembocamos junto al Museo Wallraf-Richatz que tan buen eco en la memoria nos dejó la tarde anterior y nos detuvimos frente a la Farina Haus, en la misma plaza del Ayuntamiento, que es el primer sitio del mundo donde se elaboró la fragancia conocida como Agua de Colonia, tan extendida por todo el globo. 

La plaza del Ayuntamiento estaba en esos momentos en obras, pero se respetaba la espléndida vista hacia la fachada renacentista y su torre gótica. Un buen momento para descansar.

Rodeando la torre llegamos hasta el mercado navideño en Alter Markt, que es quizás el más bonito de todos los que habíamos visto hasta el momento, que además estaba separado apenas cincuenta metros del mercado navideño instalado en Heumarkt, tan bonito como el anterior, pero al que no acompañaba tanto el entorno. Todo era precioso y encantador.

Por Mülengasse bajamos hasta encontrar el caudaloso Rhein -Rin-, a la altura de las originales fachadas coloreadas de los edificios y  la poderosa  Groß Sankt Martin presidiendo majestuosamente la vista. Aunque está totalmente resconstruida después de la II guerra Mundial, la han realizado idéntica a la anterior. Una de las más atractivas estampas de la ciudad alemana.

Desde aquí también se puede disfrutar de una esplendida vista del Hohenzollern Brücke, famoso puente de acero que une el centro de Colonia con el resto del Europa. El puente ferroviario más utilizado de Alemania. 

Junto a estas formidables panorámicas nos fuimos despidiendo de Colonia. Nos acercamos al hotel, recogimos las maletas y salimos hacia el parking donde habíamos dejando el coche el día anterior, pero antes de darle la espalda a la Catedral nos detuvimos para disfrutar de una última vista de su doble silueta. Adiós Catedral de Colonia, absoluto faro de la ciudad,  auf wiedersehen
 
Nos acoplamos de nuevo en el coche y arrancamos en dirección a Münster. Por delante aún nos quedaban ciento cincuenta kilómetros, que para ser sinceros se nos hicieron largos ya que sufrimos varias caravanas de vehículos. Alemania es un país extenso, situado casi en el mismo epicentro de Europa y por sus carreteras pasan infinidad de trailers transportando todo tipo de mercancías. Además Colonia es famosa dentro del país germano por tener unos de los accesos más enrevesados y unas de las ciudades con el tráfico más caótico. Doy fe.

Llegamos a Münster sobre las tres de la tarde y aún quedaba tiempo antes de que anocheciera, pero no mucho, no estábamos para perder el tiempo. de manera que tan proto como aparcamos y nos dieron la llave de la habitación, soltamos el equipaje, nos abrigamos un poco para el frío y nos arrojamos a recorrer sus calles.

Münster es una ciudad pequeña de Westfalia, cerca de Dortmund, con un casco antiguo casi de cuento de hadas. Uno de esos lugares de ensueño que salen en las películas navideñas, donde cada rincón parece estar decorado para embellecer el conjunto. Las calles estaban abarrotadas de gentío alborotado, los escaparates de las tiendas competían en encanto los unos con los otros, y los olores de los mercadillos inundaban el ambiente dulcemente. El timbre de las bicicletas, que cruzaban disparadas desde casi cualquier sitio, aumentaba la sensación de irrealidad. El sentido navideño de lo que estábamos viviendo era verdaderamente contagioso y por un instante sentí unas ganas enorme de gritar Merry Christmas to everybody!, pero caí en la cuenta de que estaba en Alemania y allí se hablaba alemán y me retraje. Afortunadamente.

Paseamos por el anillo que rodea el centro histórico de la ciudad, donde cada fachada lucía orgullosa su iluminada hermosura, y contemplamos los frontones con sus características terminación en escalones, los amplios ventanales para aprovechar al máximo la escasa luz que dora sus calles, los portones robustos y sobrios de madera prieta y acostumbrada a ver helar las calles. Todo mostraba una sencillez tan distinta y natural a la que estoy acostumbrado que aun llamaba más la atención. La indudable diferencia que contemplábamos no encajaba con la invariable naturalidad de todas las personas que nos rodeaban, nadie parecía percatarse de la enorme belleza que les abrazaba. Caminaban ajenos y distraídos. Como ciegos en un palacio de cristal. No era posible. ¿Es que acaso nosotros éramos los únicos capaces de apreciar la sublime belleza que nos rodeaba? ¿Eran todos los que pasaban junto a nosotros estéticamente necios? ¿Habrían sido bautizados por una especie de maldición sensorial? ¿No estarían capacitados? Enseguida caímos en la cuenta de que en realidad nosotros éramos los únicos que no habíamos visto nunca antes algo así, éramos los únicos que estrenábamos decorado, éramos los únicos que no estábamos vacunados por la cotidiana indiferencia de lo mil veces contemplado. Lo que para nosotros era una utópica visión para ellos era el diario aspecto de cada jornada. Lo inamovible en el recorrido de sus días. Ese sentido de lo excepcional avivó aun más el fuego de nuestra ilusión.

Nos detuvimos a picar algo en uno de los cinco mercados navideños que encontramos por nuestro camino. Era el Giebelhüskesmarkt, en la Überweisserkirchplazt. Comimos una especie de merluza rebozada en una masa parecida a la de los fish & chips británicos, acompañada de un cartucho de patatas fritas al estilo belga con mayonesa.  Nada más terminar de tomar el último bocado volvimos por un hermoso y pequeño puente sobre un canal, hacia la Picassoplatz, a través de la plaza de la Catedral -Domplatz-,  donde visitamos el Museo monográfico a Picasso que hay en  Münster.

El Kunstmuseum Pablo Picasso no era especialmente amplio, ni especialmente bello, pero en conjunto fue una visita acertada. Faltaban bastantes obras que pertenecen al museo porque estaban de préstamo en Niza, pero a cambio, en el museo de Münster se encontraban  un buen número de obras de Matisse, prestadas por el Museo de Niza.

Salimos del museo prácticamente los últimos, orgullosos de que un malagueño tuviese un nombre de una plaza y un museo individual en aquella ciudad. Era uno de esos momentos en los que uno está deseoso de que alguien le pregunte de dónde es para contestarle que del mismo sitio que Picasso, de Málaga, pero no se dio el caso. Ains...

Ya había anochecido cuando salimos y temimos salir y no encontrar a nadie por las calles, pero nos llevamos una estupenda sorpresa cuando comprobamos que no sólo las calles estaban abarrotadas, sino que además había multitud de personas por todas partes. Las tiendas estaban aún abiertas, y el gentío llenaba cada taberna y cada plaza. Pepi tenía los pies machacadísimos y prefería sentarse para cenar esa noche, de manera que nos pusimos a pasear en busca de un lugar que nos entrara por los ojos. Finalmente dimos con una plaza animadísima, la Kiepenkerlplatz, donde en el centro había un mercado navideño, pero rodeándola había varios restaurantes a cual más bello. Tras un leve titubeo nos decidimos por el Restaurante Kleiner Keipenkerl, con una típica fachada de ladrillo, cruzada por vigas de maderas. El interior que pudimos ver a través del cristal esmerilado de la ventana parecía elegante y los platos bien servidos. No podíamos pensarlo mucho porque se iba haciendo tarde y estábamos derrotados. Nos decidimos por ese, pero al entrar un maître nos atendió en la puerta y nos dijo que sin reserva no era posible esa noche, que estaban completo. ¡Un lunes! De manera que volvimos a la plaza y preguntamos en el otro que estaba justo al lado que también tenía buena pinta. Nunca hay mal que por bien no venga, pensé. El siguiente también estaba lleno. Ni una mesa libre y no sería posible ni siquiera esperando en la barra. Empezamos a sospechar que tendríamos que volver a cenar de pie en un mercado navideño.  Salimos de la plaza y rodeamos la manzana y en un lateral de la calle vimos unas ventanas con las luces encendidas y junto a las ventanas varias parejas cenando. Nos acercamos disimuladamente para mirar el interior y tenía muy buena pinta. Al lado había una puerta, pero no había ningún cartel, ni nada que indicara que era un restaurante, absolutamente nada. Una puerta modesta y nada más. Empujamos la puerta y entramos en el restaurante, la puerta estaba junto a la cocina, y era evidentemente una puerta de servicio, pero ya estábamos dentro, había varios pequeños salones en el restaurante, todo muy laberíntico y bien decorado. El ambiente bullicioso animaba a sonreír y a la alegría, los camareros pasaban con bandejas llenas de jarras de cervezas, y el olor a carne bien guisada era cautivador. ¡Aquí me quedo yo! -deseé-. Paseamos de salón en salón buscando una mesa, y justo en ese momento una pareja se levantó. Nuestra oportunidad. Un camarero que nos vio y comprendió la situación, en seguida nos indicó donde colgar las bufandas y los chaquetones y le facilitó el asiento a mi señora. ¡Habíamos triunfado! Todavía pasaron unos minutos hasta que Pepi vio al primer metre, aquel que nos dijo que estaba todo lleno en el primer restaurante que fuimos, pasando por entre las mesas. El nombre del restaurante en letras doradas con la típica letra de imprenta alemana en la primera página de la carta, confirmó nuestras sospechas. Habíamos entrado en el restaurante que habíamos escogido primero por la puerta de servicio. ¡El que estaba completo! ¡Imposible sin reserva -dijo-!¡Vaya risas que nos echamos! Y lo mejor: ¡fue una cena estupenda!

Esa noche de vuelta al hotel confieso que el camino se me hizo ondulado. Varias cervezas que pedí en el restaurante tuvieron la culpa. Volvimos tras un largo y bonito paseo de vuelta al hotel. El viaje llegaba a su fin. A la mañana siguiente, después del desayuno y de un par de horas paseando por el centro, para ver las mismas calles con la luz del día, deberíamos salir hacia el aeropuerto que estaba situado a unos veinte kilómetros de allí. Un paseo.

Y así hicimos, al día siguiente regresamos al aeropuerto, devolvimos el coche que tan buen servicio nos había ofrecido y volamos de vuelta hacia nuestro hogar, donde habíamos dejado a los chiquitines que tanto echamos de menos.

Regresamos a casa satisfechos de haber aprovechado cada minuto de nuestro viaje y de haber cumplido prácticamente todos nuestros objetivos, todas las ilusiones que teníamos puestas en él. Orgullosos de haber hecho de una realidad un sueño.